Doscientos años… ¿de qué?

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Por la tele nos dicen cualquier cosa con tal de que suene publicitariamente “correcta”. Incluso hubo una locutora de noticiarios que dijo que este setiembre se celebra el “bicentenario de nuestro país”… ¡cómo si antes del 18 de setiembre el territorio de Chile no hubiera existido! Bueno, la pobrecita no entiende la diferencia entre País, Nación, Estado y Patria.

De partida, la Historia nos muestra que en el Cabildo Abierto del 18 de setiembre de 1810, una abrumadora mayoría de los chilenos votó por rechazar al rey José Bonaparte, que ofrecía una monarquía constitucional, libertad de cultos y de prensa, instauración de un sistema parlamentario, modernización de la educación laica, reforma del sistema judicial, y, por supuesto, eliminar los siniestros tribunales de la Inquisición que, en nombre de Jesucristo, enviaban a miles de personas a la tortura y a morir quemados vivos. En cambio, el Cabildo reiteró su fervorosa fidelidad al rey Fernando VII de Borbón, un reyezuelo estúpido y grosero, ávido de riquezas, traidor, cruel, despótico, y con la conciencia tan sucia que se lo pasaba comprando indulgencias a los curas de puro miedo a irse de cabeza al infierno.

Y no es que los chilenos hayamos tenido el cerebro especialmente apolillado. De hecho, esos fueron los términos de todos los gritos revolucionarios que sacudieron a América Latina a partir de 1810, comenzando con Venezuela en abril, siguiendo con Argentina en mayo, Bolivia, en julio, Ecuador en agosto, y Chile y México en setiembre. Todos juraban su devoción a Fernando VII, al que apodaban “el Deseado”, y que al poco tiempo de volver al poder pasó a apodarse “el Aborrecido”.

Imperios y Paradigmas en Guerra a Muerte

Sabemos lo que son los imperios, pero ¿qué son los Paradigmas?… Básicamente. En Ciencias Sociales, un Paradigma es una estructura de referencias, creencias, cosas que se dan por verdades confiables, sistemas filosóficos, científicos y morales. Y esa estructura es utilizada como un modelo que nos lleva a percibir la realidad de una manera determinada, y, además, que nos lleva a estudiar y explorar el mundo de una manera determinada. Es decir, un paradigma es una especie de colador intelectual que canaliza la forma por la cual entendemos al ser humano, el mundo y el rumbo de la humanidad hacia el futuro. Podríamos decir que un Paradigma es una maquinita de percibir y entender la realidad, el presente y el futuro. Cuando cambia la maquinita, cambia toda nuestra manera de percibir, sentir, juzgar, apobrar o condenar lo que ocurre alrededor de nosotros.

Y hacia 1810 estaban luchando a muerte el imperio británico, con su paradigma anglosajón, protestante e individualista, contra el imperio español, con su paradigma latino, católico e institucionalista (que pone las instituciones por encima de los individuos).

Era más que una guerra entre británicos e hispánicos. Napoleón Bonaparte era un factor temible, vigoroso  de fulgurante inteligencia, que podía hacer que el paradigma latino terminara venciendo al anglosajón. Pese a su odio hacia el imperio español, el imperio británico ya tenía claro que España era un imperio carcomido que estaba próximo a su derrumbe. Fue así que la corona británica terminó haciendo alianza con Portugal y España, para quebrantar el poderío de Francia. Pero eso no era más que las turbias estrategias puntuales por el dominio mundial. Detrás de eso estaba el surgimiento del nuevo paradigma occidental, que en esencia fue una creación de los intelectuales y los políticos británicos.

Fue el llamado Paradigma Liberal, sobre estructuras jurídicas democráticas que tomaban como referente básico los derechos civiles de los ciudadanos. Es el paradigma que llevó a la Revolución Gloriosa que sacudió a Inglaterra en 1688, en que se puso término para siempre a la monarquía absolutista y de derecho divino. En ella se establecía que el poder de los reyes era conferido por voluntad del pueblo, y que todas las decisiones económicas y militares del reino debían ser aprobadas por el Parlamento. Y en esa Carta de Derechos, promulgada en 1689, sellaba para siempre los procedimientos políticos y judiciales que configuran  actualmente una democracia liberal. A partir de l Revolución Gloriosa, los británicos sellaron la unión de Escocia, Gales e Inglaterra, y redactaron la primera Constitución Política democrática de los tiempos modernos.

El triunfo del Paradigma Liberal

Los grandes pensadores ingleses llegaron a crear una cúpula cultural apoyada por la creciente clase alta de extracción plebeya, negociantes, empresarios industriales, marinos, banqueros, abogados, etc., que llevó al florecimiento de un pensamiento político y social que desafiaba y humillaba al absolutismo medieval. Ya en 1729, el inglés Ephraim Chambers editó la primera Enciclopedia del mundo, 50 años antes que la versión francesa dirigida por Diderot. Y, de hecho, el pensador británico John Locke proporcionó el fundamento teórico, filosófico y político que fundamentó la Revolución de la Independencia de Estados Unidos, en 1776.

Ciertamente, el espíritu subyacente en la política imperial de Napoleón Bonaparte estaba imbuido del paradigma liberal británico, adaptado a la idiosincracia latina, y eso era, exactamente, lo que aterrorizaba a Gran Bretaña. Napoleón les estaba arrebatando y modificando el paradigma, y parecía capaz de volverlo en su contra.

En ese contexto, simultáneamente, naves británicas privadas, mezcla de balleneros y contrabandistas, mantenían un activo comercio clandestino con las colonias españolas de América, lo que permitía la llegada de libros y productos industriales de buena calidad a mejores precios que los del monopolio estatal español. En ese espíritu de relativa complicidad de la clase acomodada chilena y los visitantes británicos se venía produciendo una importante corriente de jóvenes de buenas familias que viajaban a estudiar en Inglaterra, donde se imbuían del nuevo paradigma. Recordemos que entre estos se cuentan Bolívar, Miranda y O’Higgins, entre muchos otros.

Asimismo, un número importante de jóvenes españoles, incluso en las filas del ejército, adherían secretamente al paradigma liberal, y de hecho fueron los más importantes protagonistas de la guerra civil llamada de la “independencia” española, en alianza con Inglaterra y combatiendo junto a los ejércitos británicos en territorio español. De los militares sudamericanos impregnados de liberalismo en España, destacan los hermanos Carrera, y el futuro general José de San Martín.

La Contrarrevolución española

La derrota napoleónica  en España reinstaló en  el trono a Fernando VII, quien, tras haber prometido respetar las reformas políticas y sociales impuestas durante la guerra, reinstauró ferozmente el absolutismo, devolvió sus poderes  y riquezas a la Inquisición, e hizo liquidar a un número enorme de españoles. Incluyendo a héroes militares de la guerra.

En Buenos Aires, Argentina, la influencia del pensamiento francés y británico era profunda, y de hecho la mayoría de los políticos argentinos declaradamente compartían la visión del venezolano Simón Bolívar, de evitar la desintegración de la unidad latinoamericana, y, en cambio, constituir una vasta democracia federal de lo que los argentinos llamaron “Las Provincias Unidas de Sud América”, que fueron declaradas independientes el 25 de octubre de 1817. Chile lo  haría el 12 de febrero de 1818.

El desastroso reinado de Fernando VII de España marcó el crepúsculo definitivo del imperio español, y un amargo retraso de la nación española en comparación con el progreso del resto de Europa.

En América Latina, los sueños de Argentina y Venezuela se derrumbaron, principalmente por la acción de agentes británicos encargados de impedir a toda costa que pudiera formarse una unión o confederación de los pueblos latinoamericanos, que los haría demasiado fuertes para las aspiraciones de dominio imperial británico.

En el caso de Chile, Gran Bretaña se apresuró en ofrecer y concretar un empréstito de 300 mil onzas de oro al gobierno de Bernardo O’Higgins, aún sabiendo que existían grandes posibilidades de que el aún frágil gobierno de Chile independiente no pudiera cumplir oportunamente con sus pagos. El interés británico, reiterado en cada uno de los procesos independentistas de nuestra región, llevó al endeudamiento precoz de los regímenes independizados, a la vez que la mayor parte de los créditos fue invertida en compra de armamento y consolidación de estados formales que rápidamente se volvieron hostiles entre sí y desembocaron en cruentas guerras con su secuela de resentimientos nacionalistas. Esa hábil política imperialista rápidamente hizo imposible cualquier intento de integración de las naciones latinoamericanas.

La realidad en el Bicentenario

América Latina viene saliendo de una temporada en el infierno que en el último cuarto del Siglo XX se caracterizó  por brutales dictaduras, corrupción y un lamentable retraso en el desarrollo social y económico. Curiosamente, la arrogante incompetencia del presidente George W Bush tuvo por efecto producir en América Latina un rápido proceso de maduración política y de diseño de nuevas estrategias políticas y de desarrollo.

A la vez, la desintegración de la Unión Soviética había desarticulado políticamente a la izquierda marxista latinoamericana, mientras que la nueva economía neo-liberal se adueñaba de gran parte de las ideas y métodos de la economía marxista para aplicarlas en su sistema donde el concepto de Estado era reemplazado por el de Gran Capital.

El fenómeno se apareó con las doctrinas impuestas por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, y los grandes actores de la banca y las finanzas, generando inmensas ganancias financieras que no quedaban en nuestra región geográfica, en donde, en cambio, las crisis se sucedieron con efectos ruinosos.

En pleno proceso de crisis, los gobiernos de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay acordaron la  creación del Mercosur, aspirando a formar un espacio  de intercambio y desarrollo protegido. Al Mercosur fueron invitados Chile y Bolivia, pero en Chile los gobiernos de la Concertación prefirieron mantener su estrategia de acentuar la economía de libre mercado y suscribir tratados de libre comercio con el mayor número de países del mundo desarrollado.

Con ello, se acentuó la caracterización económica de Chile como país exportador de materias primas o con mínimo valor agregado, mientras en cambio, Argentina y Brasil lograban superar sus crisis políticas y financieras, manteniendo extraordinarios índices de crecimiento. En cifras de este año, Argentina alcanzó ya un crecimiento superior al 8%, y Brasil superó el 11%, y ambas naciones ya se incorporaron en propiedad en el Grupo de los 20, que incluye a las naciones consolidadas y de alto desarrollo económico.

Claramente, Sudamérica está optando mayoritariamente por la integración. Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Paraguay, Surinam, Uruguay y Venezuela, han logrado avances hasta hace poco impensables en materia de integración y desarrollo de políticas conjuntas que permiten vislumbrar la formación de un grupo inspirado en el modelo de la Unión Europea.

Chile, Perú y Colombia aparecen como los países de relación conflictiva. Perú, bajo un gobierno carente de apoyo popular, aparece cercano a dar un giro hacia la centro-izquierda y la integración. En Colombia, la Corte Suprema anuló por inconstitucional el tratado militar con Estados Unidos que entregaba bases militares en  su territorio en términos considerados amenazantes por los países vecinos. El gobierno de Juan Manuel Santos parece estar asumiendo rumbos bien distintos del que había establecido Álvaro Uribe y que llevó a Colombia al borde de una guerra con Ecuador y con Venezuela.

En cuanto a Chile, estamos en los comienzos de un gobierno de centro derecha que, en pocos meses, ha tenido actuaciones que sorprenden a la izquierda. No sabemos qué posición se le dará a Chile durante el gobierno de Sebastián Piñera, en términos de la Unión y la Integración latinoamericana.

Así, pues, si podemos celebrar algo en este Bicentenario, es el protagonismo de aquellas minorías que en 1810 fueron la avanzada del pensamiento democrático latinoamericano. Y también la esperanza de que después de doscientos años de tanteos, errores, unos pocos aciertos, y muchos amargos desencuentros entre hermanos… la esperanza que nos queda ya demostró que es fuerte y aguantadora.

Es una esperanza con raíces de doscientos años.

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