Guerra a Muerte: Momento fundacional de una región con una historia por construir.

altUno de los silencios más grandes de nuestra historia, que no son pocos, se encuentra justamente en los albores de la república, una vez apaciguada la guerra de Independencia, hacia 1818, establecido el gobierno en Santiago de Chile, negros nubarrones se cernían sobre el sur de Chile.

Claro que las tareas de organización del estado, que han ocupado nuestras horas de historia en la escuela y el liceo, no nos han dejado espacio para conocer cómo hemos llegado hasta aquí.

Si hiciéramos una cronología de la historia desde el territorio, sin considerar las mesuras de la historia del estado, la guerra de independencia, comenzaría hacia 1810 y acabaría con la captura y fusilamiento de los Pincheira en 1832, no es broma, los mismos que han estado novelados por la tele. O sea, que nuestra guerra se extiende 14 años más de lo que dicen los libros de historia, esto a manera de caracterización, pues sabemos que se habría de explicar porqué y cómo y este no es lugar, por la extensión del artículo.

Lo que quiero señalar con todo esto, es que la Región de Concepción, tiene matices en su evolución que son muy importantes y diferenciadas de la “historia sagrada” que el bicentenario nos presenta, no es el único período, pero como es fundacional y es de lo que todos hablan, estaría bien hacer unas cuantas puntualizaciones sobre nuestra historia.

La Plaza de la Independencia se denomina así, justamente porque fue la plaza liberada más importante para los patriotas, O’Higgins firmó el acta de independencia en un tambor en los Morros de Perales y posteriormente la llevó a la plaza de Concepción para proclamarla, cosa que repitió en Talca y en otras ciudades y villas, es que la liberación de Concepción y su región era fundamental para los patriotas, era la frontera con los mapuche, alineados a uno y a otro bando, por lo tanto, frontera inestable, tener Concepción era esencial, medio país ganado, diríamos.

Fue Ramón Freire el verdadero general vencedor de la guerra de Independencia, en palabras de Gabriel salazar:
“un general que tuvo una hoja de triunfos militares más nutrida que la de O’Higgins y Carrera y un estadista que se jugó entero (sorteando con sorprendente habilidad, durante seis años, las múltiples trampas que le tendió el patriciado mercantil de Santiago) para que “los pueblos” (las comunidades productoras) pudiesen construir libre, deliberada y democráticamente, el tipo de Estado necesitaban para su desarrollo. Freire no fue dictador como O’Higgins –pese a que también fue designado Director Supremo-. Ni conspirador golpista como Portales, pudiendo haber dado golpes militares en más de una oportunidad (gozaba de enorme popularidad entre los militares y de gran confianza en la ciudadanía provincial) o haberse aferrado al poder (abdicó voluntariamente no una, sino varias veces, y fue llamado otras tantas al gobierno, por todos los sectores).”1

Este  mandatario penquista es el gran olvidado de este período, dado que no ha representaba un modelo válido para la imagen conservadora, finalmente triunfante con Portales; ni para la liberal de los empresarios mineros y los banqueros de finales del siglo, responsables de la guerra del Pacífico. Freire merece un estudio más detallado, tal vez encontremos un antecedente de la clase media democrática, laica y culta que dió frutos generosos como  Aguirre Cerda, por ejemplo.

Pero después, todo se apartó de este territorio, comenzaron las luchas de los señores, que si esta constitución o la otra, que si se debía fundar tal o cual obra, que si el congreso o el presidente, en fin, cosas de estado, evidentemente resueltas en santiago de Chile. Algo muy diferente sucedió en el sur, acabada la guerra se fueron generando montoneras y los odios crecían entre los vecinos, sin estructura reconocible para gobernarse, las comunidades de esta región se vieron arrastradas a la violencia de seres ambiciosos o personajes de desmedido personalismo, Vicente Benavides, los hermanos Seguel, el Cura Ferrebú y una seguidilla de bandidos y montoneros, muy lejanos al mito de Robin Hood, mantuvieron a toda la región en la parálisis social y económica.

Veamos un ejemplo de como funcionaba por esos años esta región en palabras de un cronista de la época: “Benavides, cada día peor, mandando guerrillas por todas partes y buscando que robar y dinero que tener; rara semana sin tener presos paisanos para pedirles dinero y si no le daban los fusilaba, como lo hizo con el hombre honrado del campo, don Cirilo Oliva, que vivía en el campo cerca del lugar de Quilacoya, (lugarejo en la margen este del curso inferior del Biobío, a 14 kilómetros de Talcamávida) y habiéndosele llevado una de sus guerrillas a la presencia de Benavides, le dice que le diera dos mil pesos para sus tropas, y como el pobre Oliva no los tenía lo hizo fusilar. De valde le decía: tengo mi casa, viñas y terrenos, ocúpelos, véndalos. Yo tenía unos mil pesos en dinero, pero hace días que me los saltearon. Señor, no tengo en mi poder ni cuatro pesos, y en la plaza de Santa Juana lo fusiló. A los pocos días hizo fusilar a otro paisano por igual cosa, porque no le daba dinero. No había mes que a dos o tres hacía fusilar porque no le daban dinero, estos eran paisanos”2

Esta región no tenía grandes terratenientes, en aquella época había algunos, es cierto, pero el habitante de a pie de estas tierras era como el señor Oliva, un campesino de mediana propiedad. La guerra se ensañaba con este tipo de personas, con los penquistas que iniciaban un Chile fuera de las estructura coloniales, con pequeños emprendimientos, boicoteados por estas figuras de poder autoritario, hijos de la cultura de la violencia de la conquista.

Toda esta región, estaba poblada de aquellos campesinos con propiedad en la frontera, cada día más desdibujada, dependían de un hinterland con flujos propios, tenía en ese momento un origen étnico, social y cultural, heredero de la frontera y sus dinámicas, todas ellas muy desconocidas, indígenas de una y otra banda del río y soldados campesinos configuran los pueblos y campos de estas tierras, cómo ocurrió ese proceso de mestizaje, no lo sabemos a ciencia cierta, la historia tiene todavía la tarea de debatirlo.  

Por otra parte, nadie se libraba de participar y padecer de esta cruenta guerra, ni lo niños, como lo explica Jorge Rojas, la diferencia es que mientras los niños del valle central comenzaban a construir el recuerdo heroico de los “padres de la patria”, en el sur la guerra era una realidad presente en toda su miseria: “

“Coffin cuenta que entre agosto y diciembre de 1817, a casi todos los hombres, mujeres y niños de Talcahuano se les obligó a trabajar en las obras de defensa del puerto. Manuel Gregorio García Ferrer, nacido en 1803, tenía unos 14 años por entonces y con posterioridad recordaba el violento ambiente que había rodeado la ocupación patriota de Concepción y el posterior sitio de Talcahuano. En su relato menciona las incursiones de los chilotes realistas, al mando de Antonio de Quintanilla, para debilitar la moral de los patriotas que todavía controlaban algunos sectores de Concepción. Por el río envia-ban balsas con ciertos pájaros vivos (traros o traru) para representar la muerte que les esperaba; todo esto acompañado de vejigas infladas de vaca, con mensajes ofensivos en su interior…. Tras la ocupación patriota de Concepción, José Ordóñez se atrincheró en Talcahuano y en el sitio que se inició hizo uso de todos los recursos humanos disponibles. Los niños, por ejemplo, debían acarrear piedras en sus mantas.”3

La miseria de la guerra hacia de Concepción una tierra de nadie, siempre en peligro, villas como Hualqui, Santa Juana, Yumbel, Arauco y muchas otras, además de los campos y caseríos rurales eran totalmente inestables, la población buscaba la protección de algo parecido a un ejército, todo ello ante la pasividad de la autoridad política, recordemos que se está organizando todo en Santiago de Chile.
Cuando los militares ya había comprado cascos y charreteras nuevas y reorganizado sus tropas, acuden a poner orden en el sur, comienzan a duras penas contra las montoneras, poco a poco van imponiendo su autoridad, hasta acabar con los últimos, los Pincheira, Manuel Bulnes, penquista y futuro presidente, es el super héroe del momento, capturando 20.000 cabezas de ganado mientras los campesinos y gentes de la región de morían de hambre, luego ya no se supo más de Bulnes por estas tierras.

Desde un buen principio, hay un fallo en este Estado, hay un concepto del ciudadano que no acaba de posicionarse en el centro de la política de este, ni siquiera como un potencial efectivo para las tareas de levantamiento económico, es visto sólo como milicia, si es que es necesario, y si es sureño, todavía importa menos, queda lejos, allá, en la frontera, porque recuerdo, Chile acababa aquí, en la región de Concepción, luego por barco hasta Valdivia, al medio había un país con otra nación, la mapuche.
Concepción despertó a la vida republicana de esta forma, abandonada por el estado, con su gente arrojada al expolio y por lo tanto, se autorganizó rápidamente para responder a esta deficiencia, no por nada las revoluciones que vendrían a mediados de siglo, 1851 y 1859, otro olvido de la historia del libro de la escuela, pero hablar de Rosario Ortiz, de Úrsula Binimelis, de los obreros artesanos, carretoneros y boteros, no cabe en el bicentenario. En medio de todo ello, otro terremoto, la ruina de 1835.

Robinson Silva Hidalgo

Doctor en historia de América, Universitat de Barcelona

Foto: Estatua del Libertador Bernardo O Higgins, en los Tribunales de Concepción, destruida tras el terremoto del 27 de febrero pasado

Estas leyendo

Guerra a Muerte: Momento fundacional de una región con una historia por construir.