¿Porqué no debe haber indulto?

altDurante estos meses, y a propósito del bullado Bicentenario patrio, hemos vivido con la amenaza de la aplicación de un indulto presidencial. Esta facultad es la que permite a los presidentes sentirse reyezuelos o semidioses, poniéndose por sobre el bien y el mal, para posar de magnánimos y ser benévolos con maleantes y malhechores encarcelados otorgándoles perdón y libertad.

 En general uno puede soportar tanto gesto de deidad y tolerar tales gestos de clemencia cuando la medida del indulto beneficia a delincuentes comunes o delincuentes ocasionales: el que se robó la gallina, el que tuvo un día de furia, el que cometió un error. Pero hasta por ahí no más llega la tolerancia.

 Pretender beneficiar con el indulto a criminales de lesa humanidad es una infamia y una falacia. Infamia porque ofende, falacia porque engaña. Los criminales que están presos por los delitos cometidos contra los derechos humanos no pueden ni deben ser, en modo alguno, beneficiados con medidas de esta naturaleza. Crímenes contra los derechos humanos, o de lesa humanidad, son crímenes contra personas indemnes e indefensas, cometidos por agentes del estado, u organismos creados para tal propósito, usando todo el poder, los medios y recursos que se ostentan desde el estado; peor aun cuando ese estado es un ente dictatorial regido por la ley de las armas y del poder absoluto, como fue aquí en Chile durante la dictadura de Pinochet.

 Los crímenes se cometieron con total impunidad y abuso de poder. Detenidos desaparecidos, asesinatos, ejecuciones, atentados, torturas, son testimonios ciertos de una dictadura oprobiosa. Pero cada víctima de la dictadura, cada persona muerta o desaparecida significa también una familia, otras personas, un alguien que queda a la deriva. Esos familiares también son testimonios de dolor, de sacrificio, de soledad, de lucha en la búsqueda del ser querido, de lucha por establecer la verdad, de lucha por encontrar justicia. Todo aquello acompañado de humillaciones e impotencia.

Y la verdad ha tomado demasiado esfuerzo y demandado demasiado trabajo para imponerse, para salir a la luz pública, para que fuera asumida por el estado y la sociedad. Pero finalmente se fue imponiendo. Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación e Informe Rettig de por medio, y Corporación Nacional de Reparación y Reconciliación, Comisión Chilena de Derechos Humanos, Mesa de Dialogo, Comisión Valech, Reapertura de Comisión Rettig y Comisión Valech, son expresión y testimonio de esa verdad.

 La verdad judicial también se ha impuesto en innumerables casos, aunque ahí ha tomado mucho más tiempo, más trabajo, más paciencia. La justicia pasó de su etapa de ciega sorda y muda de la época de la dictadura a una etapa de convaleciente, pero con serios síntomas de padecer un cáncer incurable. Dicen que cuando la justicia no es oportuna, ya no es justicia. En estos casos ha tardado demasiado. Se ha tomado demasiado tiempo para sacudir las alfombras de la impunidad y de las inmunidades, para empezar a establecer y reconocer judicialmente verdades que estaban en primera página. Así y todo, los familiares de las víctimas han tenido la fortaleza y la paciencia para seguir bregando hasta establecer la verdad primero y lograr algo de justicia después.

 Conste que los tribunales son muy dados a creer las versiones que dan los verdugos y muy dados a acoger los alegatos de chamuchina de los abogados que las fuerzas armadas de la patria disponen y pagan para defender a los criminales nacidos y criados en sus filas. En los últimos tiempos les ha dado a las Cortes de justicia por ponerse muy buenitos con los asesinos y dictan condenas de pacotilla; les aplican penas simbólicas y los mandan para la casa, o bien los absuelven y los dejan plenamente libres. Entonces ocurre que la justicia no solo ha tardado una eternidad, lo que ya en sí la cuestiona como tal, sino que además se ha quedado sorda de un oído y perdido la espada.

 ¿Y a pesar de todo esto quieren beneficiar a los criminales? Eso es una infamia.

 Los defensores del indulto pretenden justificarse aduciendo razones humanitarias y la necesidad de perdonar y otra serie de patrañas dichas con palabras empalagosas y rostro compungido. Pero los criminales no solo se han beneficiado de una justicia lerda y pusilánime, cuando no complaciente, con la mayoría de ellos, sino que nunca han tenido signos de arrepentimiento (salvo un par de contadas excepciones). Tampoco han mostrado nunca voluntad de cooperar para establecer la verdad, para ayudar a superar el dolor de los familiares, para abrir espacios a una verdadera reconciliación. Por el contrario, siempre han actuado de manera altanera y soberbia, nunca han asumido sus responsabilidades, se han ocultado en tecnicismos institucionales, han obstruido y bloqueado las investigaciones judiciales y la labor de la justicia misma y, para colmo, no se han cesado de burlarse de los familiares de las víctimas. ¿Y para estos infames piden perdón?

 Sin embargo, este comportamiento de los criminales es del todo coherente. Así son y así fueron. No existen los tipos incautos que cometieron errores o fueron empujados por sus superiores a cometer actos que no deseaban. Se trató de gentes que actuaron deteniendo, torturando, asesinando, ocultando, reprimiendo, con total entusiasmo y dedicación porque así se ganaban la vida, mejoraban sus sueldos, construían sus casas, criaban su familia, lograban anotaciones favorables en sus hojas de vida, ganaban medallas y hacían carrera hacia la gloria. Mataron por dinero y por gloria. Asesinaron por trabajo y por convicción. Entonces, aclaremos que se trató de gentes profesionales en el oficio de exterminar seres humanos y siguen sintiéndose muy satisfechos de su cometido, entre otras cosas porque siguen recibiendo la paga por la que trabajaron y siguen siendo defendidos y apoyados por las instituciones para las que trabajaron.

 Entonces, que no salgan ahora los políticos de cuarto enjuague a limpiar la hoja de vida de criminales que no merecen perdón. Eso es una falacia. Los poderosos que gobiernan este paisito bicentenario tienen la tentación de indultar porque de ese modo minimizan y ocultan sus propias responsabilidades en la gran tragedia nacional que significó la dictadura; minimizando los crímenes de sus empleados, se aminora la culpa de los propios. Por lo demás esa es una tendencia cíclica de los poderosos. Incitan, provocan, lideran y monitorean las peores felonías y luego, ya vestidos con ropajes de oveja, se auto decretan amnistías o proclaman indultos de vergüenza, con lo que dejan establecido su auto perdón e imponen el olvido como verdad nacional.

Esta vez, al menos, espero que no tengan éxito. No podemos permitirlo. No habrá ni perdón ni olvido.

Foto: Luciano Aedo, asesinado por la CNI en Avenida Grecia en el entonces Barrio de Hualpencillo, actual comuna de Hualpen

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