La Necesidad de un proyecto a 200 años. Independencia cultural e ideológica

altChile es el país forjado tras la batalla de Lircay (1830), donde los rumbos del país fueron tomados por una de las facciones independentistas que organizó la república; el empresariado de Santiago, que instituye el periodo conocido como la República Conservadora.

Tras ese triunfo la independencia política no involucró, necesariamente, una transformación social.

Muchas figuras ilustres vieron en el proceso de Independencia, el origen en América de formas superiores de convivencia política, que permitirían formar un nuevo sujeto histórico popular. Por lo tanto, en su agenda había cosas como crear un vasto programa de educación popular, poner fin al analfabetismo, a las discriminaciones clasistas, abolir los rasgos aristocráticos, recortar el poder de la iglesia, entre otros.

La elite que triunfó tras 1830 en Chile, que instauró la república conservadora, con Diego Portales a la cabeza, postergó todo ese ideario proveniente, sobretodo, del bando liberal. La historia de nuestro país, está marcada en sus inicios por un golpismo, de los poderes fácticos nacionales.

La clase dominante instaurada en el país, ha marcado el modo de gobernar. Con la independencia, ganamos nuestro derecho a negociar, más que a elegir, de qué centro de poder queremos depender. La independencia política ha  permitido negociar a la clase dominante mejores condiciones para ellos, al permitir el arrase con los recursos naturales y el pueblo chileno. Pero esta elite no tiene un proyecto de un país más justo. Este sesgo ha marcado transversalmente la historia de Chile.

Esa dependencia a los centros de poder, ha teñido de derecha a izquierda, de una dependencia ideológica y cultural que se puede explicar, fundamentalmente, por el entreguismo de las elites chilenas.

El Chile Colonial

El gran acontecimiento celebrado en el bicentenario, es el quiebre con la corona española. Vale la pena hacer una aclaración. El Chile que forjó el ideario independentista no vivía en esa especie de feudalismo oscurantista que señalan en los libros de liceo. Chile era una de las colonias más desarrolladas productivamente, en América  latina. Ello se debe, principalmente, a que era un punto estratégico para la llegada y salida del pacífico y al Virreinato del Perú. Como no era una economía productora de metales preciosos y suponía enormes gastos de mantenimiento, debido a la guerra de Arauco, muchos sirvientes del rey en nuestras tierras, como Manuel de Salas, lo aconsejaban y le pedían la transformación de una colonia que siempre representaba números negativos, una colonia deficitaria, en una productora de excedentes. Dentro de las mejoras que proponía, estaba la creación de escuelas de técnicos agrícolas, mejorar la producción a través de la introducción de nuevas especies en el territorio, en otras palabras, aplicar la ciencia y la industrialización a la producción.

La creencia habitual es que Chile se libera de la noche feudal, cuando en realidad el Chile que se independiza es el que se ha beneficiado con las leyes de la dinastía de los Borbones, a lo largo de décadas – un estado inversor que desarrolla las fuerzas productivas y que va originando una protoburguesía. Esa clase beneficiada ha enviado a Europa, a estudiar a sus hijos en plenas guerras napoleónicas; eso genera cuadros políticos y militares preparados de las formas más avanzadas.

Eso es el origen de un mínimo, pero suficiente mayor grado de ilustración, en la juventud de la vieja aristocracia. Masa crítica mínima como para que un país se proponga liberarse.

Comerciantes franceses ya habían entrado al país mucho antes de la independencia, y muchos con literatura  de la ilustración de contrabando. De ahí también, vienen apellidos como Letelier, Bachelet o Pinochet.

Como señala Hugo Montecinos, colaborador de Resumen, “Dentro del contexto americano, en Chile había un cierto desarrollo. Fuerzas productivas y personas, capaces de pensar un nuevo destino”

60 años antes de la Independencia, todos querían modernidad y progreso.

El descubrimiento de América es parte del proceso de expansión mundial del capitalismo, desde el siglo XVI. En el Chile colonial hay formas de vida bastante más avanzadas que en la propia España.

Centenario 1910

El Chile Bicentenario arrastra los mismos problemas que el de 1910, bajo una lógica bastante sencilla; sigue habiendo oprimidos y explotados, utilizados por una minoría que lucra con su trabajo. Las normas, el paisaje, las formas de represión pueden cambiar, pero el Chile de hoy se asimila bastante al que existió entre 1870 y 1910.

La clase obrera del centenario era propiamente moderna, incipiente, productora de empresas altamente insertas en el capital internacional, como el nitrato y el nitrógeno, a través del guano y el salitre y sin embargo, la única forma de resolución de conflictos de la clase dirigente frente a las huelgas obreras, fueron las masacres (en 2007 se cumplen cien años de la matanza de la escuela Santa María).

En esos tiempos, la clase política y los medios, decían que era un conflicto entre privados. Cuando se construye la represa Ralco en el Bío-Bío, Eduardo Frei va a señalar, lo mismo que señalaron las clases políticas hace 100 años; que es un conflicto entre privados. Y sin embargo, asistió a cortar la cinta cuando se inauguró. Lo mismo dijo el gobierno con el conflicto de los subcontratados del cobre.

En el Bicentenario a los trabajadores chilenos no les queda otra que hacer paros. La negociación colectiva y las denuncias a la inspección del trabajo parecen anecdóticas. Los trabajadores públicos deben hacer paros (ilegales) y no huelgas (legales) porque la Constitución se los prohíbe, y la clase política no lo ha modificado a pesar de las recomendaciones internacionales.

Hugo comenta “Estamos como en 1910, con conflictos entre privados, y por ende con la utilización de la represión, pero con un movimiento social en reflujo con la pérdida de alrededor de 60 años de victorias. Una clase obrera capaz de resistir una huelga dura, con muertos de por medio y ganarla, es la de 1910. Eran hijos de campesinos, hijos de inquilinos, de propietarios pobres, que no tenían todavía en el cuello la marca del yugo”. Hoy “el Bicentenario nos encuentra con una clase obrera domesticada, que ha nacido con la legalidad de un código del trabajo, que es un fiasco. La impronta de la dictadura es evidente: la letra con sangre entró”.

Las clases subalternas del centenario fueron capaces de organizarse, formar filarmónicas, escuelas nocturnas, mutuales, de luchar contra los vicios, contra el alcoholismo, sin la injerencia de un Estado, sin asistencialismo. Compraban imprentas tipográficas de 10 millones de pesos para propagar sus ideas y boletines. La policía se las arruinaba, y volvían a comprar otras. ¿Hasta qué punto el Estado paternalista y sus leyes sociales castraron la conciencia de autopoder de la gente?

Nuestro problema identitario

El ser como otros ha sido una problemática que trasciende toda la historia de Chile. Siempre se mira hacia fuera como un modelo a seguir. Eso está íntimamente relacionado con el entreguismo con el que han conducido al país las clases dirigentes. Como nos señala Hugo: “No nos hemos podido ver en otro espejo, porque no lo hemos creado. Nos reflejamos en el espejo de las clases dirigentes, hoy representadas en el oligopolio de la prensa”.

Eso nos hace vivir en una incongruencia cotidiana. Nos compramos el discurso de modernidad europeo y vivimos con un 15% de desempleo estructural. Tenemos el puerto con mejor ubicación en el pacífico en Talcahuano, que tiene además, bastantes industrias y constituye uno de los problemas sociales más grandes del país. Lo que no tiene relación con el clima, por ejemplo (no estamos en Aysén, o en el Chaco) sino que no hay interés en producir, no hay un estímulo foráneo ni interno.

Esta situación se comparte con los demás países latinoamericanos. Sus formas de producción son similares. Para romper la dependencia de los centros de poder, Hugo nos señala que “hay  que proveerse de una institucionalidad cultural propia, para mirarnos a nuestro espejo. Cuando concebimos eso, nos damos cuenta que el proyecto indoamericano es plausible. Por ejemplo, el 18% del territorio nacional es cultivable, lo que nos indica que no somos autosuficientes y que se refleja en que el 80% de los productos de la canasta básica chilena son productos importados”

La fragmentación de Latinoamérica en pequeños países es un proyecto de las oligarquías locales para tener mayor control territorial, pero no es por una cuestión natural. Como dice Hugo “Si fuéramos tres o cuatro grandes países, América latina sería un verdadero contrapeso al capital transnacional”.

Nuestro proyecto nacional debe ser elaborado por las clases subordinadas y debe tener en cuenta la Patria Grande, una fuerte impronta internacionalista, ya que no somos autosuficientes.

Hugo nos comenta “No ha emergido un proyecto auténtico, que analice objetivamente la situación sudamericana y chilena. Todos los que ha habido en la historia, han sido incrustaciones de diagnósticos internacionales con mixturas.”

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