El dudoso mercado de los textos escolares

El dudoso mercado de los textos escolares

La polémica se ha instalado en torno a la renovación anual de los textos escolares por parte de las editoriales. Y menos mal, porque la queja de tantos padres y apoderados que se ven obligados a incurrir en la compra de nuevos textos cada comienzo de año es un ítem que bien puede desestabilizar cualquier presupuesto familiar pero sin embargo, queda silenciada debido a diferentes factores.

Quien abrió fuego fue la periodista María Teresa Cárdenas en una columna publicada en El Mercurio, en la que se preguntaba respecto de esta cada vez más repetida actitud chilena de hacer “borrón y cuenta nueva” de todo sin aprovechar lo construido que, en el caso de los textos escolares, se convierte en una renovación obligatoria anual, sin poder aprovechar los libros que ya se compraron en años inmediatamente anteriores.

El tema que aqueja a aquellas familias que no reciben los textos de manera gratuita por parte del Estado, es decir, un parte importante de las familias cuyos hijos en edad escolar son requeridos para iniciar un nuevo año con textos propios, no pasa, finalmente de ser un grito en el desierto cada marzo para finalmente, quedar ahogado por la contingencia a los pocos meses.

El hecho es que no se entiende por qué las editoriales proceden a un cambio anual de los textos, cuando las matemáticas siguen siendo las mismas, al igual que las enseñanza del lenguaje o la historia, y para qué decir de la religión o teología, como llaman hoy a las otrora clases de religión, cuyas enseñanzas centrales no han cambiado en los últimos 2000 años, al menos en los colegios cristianos.

Comparando los textos de un año y otro, vemos cambios, pero nada sustancial que justifique una nueva compra que, como sabemos es particularmente onerosa. No es un dato baladí el que cada texto de estudio se empine, por lo general, sobre los 15 mil pesos, llegando en su mayoría a los 25 mil pesos. ¿Por qué las editoriales se empeñan en cambiar de versión cada año? ¿Por qué los profesores optan por ellas y desechan con las que ya trabajaron y conocen? ¿No es acaso un sistema de mercado y el afán de comercial de las editoriales que les abre esta posibilidad?

Rápidamente respondió estas preguntas la Cámara del Libro, el órgano gremial que agrupa a las grandes editoriales, transnacionales por cierto, que se disputan, no sin una particular agresividad anualmente este jugoso mercado a través de una declaración pública. Allí explican que “las nuevas ediciones de los textos escolares obedecen a los ajustes curriculares que el Ministerio de Educación realiza en forma periódica de acuerdo a distintos parámetros, en el último tiempo ello ocurre en el marco de la Reforma Educacional. (…) Éste es el único factor que influye en la decisión de abordar nuevas ediciones, por lo que no es efectivo que ésta se vea motivada por razones comerciales”.

Los dardos, por lo tanto, caen ahora en el Estado, cuyas políticas educacionales son tan cambiantes que de un año para otro, que se deben reformular en los nuevos textos. Así se entiende entonces, por qué la educación en Chile está donde está. Sin embargo, esta es una explicación a todas luces insuficiente porque los lineamientos pueden cambiar de énfasis, pero no siempre de materia. De todos modos, esto exige un pronunciamiento del ministro de Educación y, ojalá un cambio de criterio que ponga fin al desatado comercio que se ha hecho en torno a los textos de estudio.

Mirando otras realidades, como la coreana, por ejemplo, se sabe que el Estado entrega todos los textos de estudio de manera gratuita a todos los estudiantes del país, pero no sólo eso, además el material está completo en un sitio web que se puede descargar desde cualquier computador. Para qué vamos a comentar detalles como que los padres tienen activa participación en la educación de sus hijos, al punto que es responsabilida de ellosde que sus hijos ingresen leyendo a los cinco años a la educación primaria.

Las editoriales han aprovechado lo que se denomina “una ventana de oportunidad”, es decir, un espacio que no está regulado y en el que han podido obtener jugosas ganancias de manera lícita y en un juego limpio. Echando una mirada a algunas de las ediciones, vemos que son de altísima calidad, un verdadero lujo, que bien puede justificar su valor de mercado, sin embargo, es un abuso del sistema el que sea una obligación adquirirlos.

¿Qué dicen los establecimientos escolares? Sólo hay silencio, un silencio sospechoso, cuando la opción por un texto determinado es libre en tanto se convierte en una obligación para los padres. ¿Es acaso una decisión que no tiene alguna comisión o un porcentaje por volumen, como sucede en otros ámbitos del mercado? ¿Qué dicen los jefes de área y los profesores: reciben ellos algún incentivo que los haga decidirse por alguna edición en particular? No es pensar mal, es sólo aplicar las mismas reglas y la misma lógica que impera en todo lo demás y donde la educación, a todas luces, no es la excepción.

Fuente: Radio Universidad de Chile

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