¿Tsunami o estafa?

¿Tsunami o estafa?

altEn su particular estilo la nueva forma de gobernar celebró su primer año de mandato: con un gran show mediático que involucró a todo el país. Esta vez, además, le salió gratis. El reality de la presidencia estuvo determinado por la desgracia ajena. Pero eso tampoco nos debe extrañar. Aunque en este caso se trató del aprovechamiento de una desgracia por partida doble, o triple. La japonesa, la nuestra y las consecuencias humanas de ésta última.

El gran terremoto que sacudió a Japón la madrugada (nuestra) del viernes fue la ocasión que se le presentó al gobierno para montar su gran espectáculo. El terremoto que afectó a Japón alcanzó los 9.1 grados Richter y provocó un maremoto que destruyó pueblos y puertos de la zona costera. El cataclismo es una gran tragedia para el pueblo de ese país; provocó miles de muertos, decenas de miles de desaparecidos y un daño material inmenso, aun difícil de calcular. Más aún, provocó también la falla de centrales nucleares que pueden aumentar considerablemente la magnitud del desastre; en los hechos la explosión en una planta nuclear, y la inestabilidad en otra, crea una situación de peligro y de riesgo radiactivo de proporciones catastróficas, y que se agrava minuto a minuto.

La enorme magnitud del sismo y del subsiguiente maremoto significó una alerta de tsunami para todo el borde del Océano Pacífico, desde arriba en Alaska hasta abajo en la Antártica; es decir, algo así como 20 países cuyas costas podían verse afectadas por la onda reactiva del tsunami que afectó a Japón. Por supuesto que Chile era uno de esos 20 países que corrían el riesgo de un eventual maremoto.

Japón sufrió el terremoto, el maremoto y, como consecuencia directa de ello, un desastre nuclear. Bastaba que la población chilena supiera la noticia para que se mantuviera en alerta y tomara medidas preventivas por sí misma; más todavía si la noticia la podía ver en imágenes. Con o sin la faramalla gobernante, la población se habría mantenido vigilante, habría evacuado en los lugares que el saber popular lo indicara (como ocurrió también durante nuestro propio desastre del año pasado), y habría tomado las precauciones que la cultura sísmica nos ha creado o inculcado. La experiencia de haber vivido recién hace un año una situación similar, mantiene una sensibilidad y capacidad de reacción de nuestra población que no necesitaba de la orquestación de un show y un montaje comunicacional como lo hizo el gobierno.

De nuevo, la nueva forma de gobernar consiste en utilizar los sentimientos de angustia de la gente, consiste en exacerbar la sensación de vulnerabilidad, consiste en crear una situación de emergencia artificialmente para dar una idea de supuesta capacidad de manejo de situaciones de crisis. Una estafa. Una estafa porque la población por sí sola sabía que medidas preventivas o de alerta debía tomar. El rol del gobierno consistía en informar, en llevar tranquilidad, en monitorear los sistemas internacionales de control sobre la trayectoria del tsunami y mantener a la población al tanto de aquello. Todo lo demás fue un exceso, una desproporción no casual sino deliberada, que tenía como propósito demostrar una eficiencia supuestamente mayor que la que tuvo la Onemi y el gobierno de Bachelet cuando ocurrió el terremoto del 27 de febrero de 2010. Esto es una burla a la realidad. Pretender comparar los efectos que pudiera causar la onda reactiva del tsunami en Japón en las costas chilenas (de lo cual estábamos alertados con 14, 18, 22 o más horas de antelación) con los efectos de un cataclismo inmediato en nuestro territorio, no solo es una burla a la realidad, también tiene olor a bajeza, a mezquindad, a estafa. Uno puede entender la desesperación de los gobernantes por remontar las cifras negativas que arrojan sus propias encuestas, por querer lavar la imagen de sus desprestigiados gerentes o querer lavar la ropa de la cuestionada intendente Jacqueline van Rysselberghe (permitiéndole crear su propia farándula), pero están llevando este afán desmedido a límites peligrosos.

La tragedia que en estos días afecta a Japón debiera sensibilizar a todo el mundo. Bueno, casi a todo el mundo. Nosotros tenemos un gobierno que está por sobre estas consideraciones humanas y coloca su propio mezquino interés político por sobre la desgracia de otros. Claro, se trata de otro país, otro pueblo, ubicado a miles de kilómetros de distancia, pero que también se han mostrado sensibles cuando la naturaleza nos ha golpeado a nosotros. Pero al gobierno chileno eso le resbala. Montó un show, para variar, que cualquier marciano que estuviera mirando se habría quedado con la impresión que el desastre nos había golpeado a nosotros y no a Japón. Felizmente, en Chile no hay marcianos y los chilenos esperamos ver eficiencia en la solución de los problemas verdaderos que afectan al país y su población.

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