Me lo contaron mis viejos: Un Instante en la Oscuridad

Me lo contaron mis viejos: Un Instante en la Oscuridad

“Un Instante en la Oscuridad” es uno de los cuentos premiados este año 2011 en el concurso literario de la cuenca del carbón “Me lo contaron mis viejos”, organizado por el Centro Cultural Pabellón 83 de Lota, por cuatro años consecutivos.

Transcurría el invierno, lluvioso y barroso, en este lugar enclavado en el sur y como de costumbre Alejandro, mi abuelo, se prepara para ir al trabajo. Son las cinco de la madrugada, está listo el manche y la charra con agua de hierba, sólo falta echarlo al bolso y caminar a esperar el bus que lo llevaría hacia la mina de Lota. Sus pies se llenan de barro rojo y la lluvia sigue cayendo como cascada por el camino hacia abajo, su cabeza mojada, sus ropas estilan, las manos están frías, pero lo único que piensa es en llegar al refugio temporal, un paradero donde esperaba el transporte que lo llevará hasta el frente de trabajo. Por fin llega el vehículo, un bus grande y frío, sube y muchos otros obreros van callados, como dormitando o tal vez pensando por algún rato, qué difícil saber lo que está en sus mentes. Mientras tanto, los goterones de lluvia golpean las latas del bus y se confunden con el ruido del motor.

Mi abuelo se friega las manos, debe tener frío, tal vez sus pies están mojados, sus ojos tiernos parecen vidriosos, seguramente está pensando en su familia. Llega a la compañía minera, se baja y apura los pasos, lo veo difuso, se me pierde entre tantos hombres, sus ropas de mezclillas se confunden, lo veo ansioso, a pesar de los años de experiencia pareciera que fuera su primer medio de trabajo. Sube a la jaula y comienza el descenso estrepitoso, por fin llega junto a su amiga la picota, las luces de sus cascos son verdaderas estrellas que saturan la oscuridad y destellan por todas partes, parece una constelación, y la claridad que avanza hace el retroceso a la oscuridad.

Mi abuelo, de aspecto rudo, toma la picota y la golpea una y otra vez con una fuerza que me sorprende y pareciera que, aunque se agoten sus fuerzas, su único objetivo es derribar el manto negro y brillante del mineral. Sólo escucho el múltiple golpeo de la picota, siento la presión; el calor es intenso, mi abuelo suda, su cara ya tiene el color negro, es como si se confundiera con el carbón, sólo veo sus dientes blancos, me está sonriendo, me mira con ternura, pareciera que no le importa estar a kilómetros de profundidad bajo tierra, es normal para él trabajar en túneles oscuros, lugares pequeños, con mas compañeros a su alrededor que sufren, luchan y pelean a diario contra el mineral, único sustento de vida. No hay opción, es esto o nada. Son tiempos difíciles, hay que alimentar a los hijos, nada importa, sólo golpear y golpear con fuerza aunque se le vaya la vida en esto.

Al rato, de entre la oscuridad, veo correr unos roedores y un hombre grita ¡¡¡Gas Grisú!!! Y como su eco retumbaba sin fin, se repite grisú, grisú… Hombres corren, siento miedo, me inunda la angustia, no veo a mi abuelito y antes que me de cuenta se oye un estruendo, una explosión inmensa. Sólo escucho gritar de dolor, gemidos y de repente un silencio, quietud y oscuridad. No veo nada, tiemblo, tengo mucho frío. Sólo cierro mis ojos y aprieto mis parpados, mientras en mi mente está la imagen de mi abuelo y su sonrisa, y cuando decido abrirlos estoy en mi cama, miro el cielo blanco y me doy cuenta que estoy en mi dormitorio. Sólo era un sueño, o tal vez fui transportada a aquel tiempo donde mi abuelito Alejandro vivió, para conocer el sacrificio y esfuerzo de una generación de hombres que luchó por su familia en las minas de Lota.

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