Ernesto Carmona en Concepción, presenta el documental Imagen Final

Ernesto Carmona en Concepción, presenta el documental Imagen Final

altEste miércoles 13 de abril, el periodista Ernesto Carmona presentará el Documental Imagen Final, basado en su libro “Morir en la Noticia”. La invitación es abierta a todo público.-

El documental reabre el caso Henrichsen, el camarógrafo argentino que en 1973 filmó en Chile al grupo de militares que le disparaban y que le dieron muerte, una imagen que dio la vuelta al mundo como un símbolo de la violencia golpista en América latina.

IMAGEN FINAL

Argentina/Chile/Dinamarca/

Suecia, 2008.

Fue una de esas imágenes en movimiento que –como la del asesinato de John Fitzgerald Kennedy, o la del primer hombre en la Luna, tan trajinada en los últimos días– marcaron a fuego a quienes la vieron en su momento. El 29 de junio de 1973, en Santiago de Chile, el camarógrafo argentino Leonardo Henrichsen cubría para la televisión sueca el primer alzamiento militar contra el gobierno democrático de Salvador Allende cuando fue asesinado a sangre fría por un grupo de soldados que disparaban contra la población civil. La cámara de Henrichsen registra el preciso momento en que los soldados, ubicados a menos de cien metros del camarógrafo, lo ubican entre la multitud que se dispersa, le apuntan y le disparan, primero uno –presumiblemente al mando– con una pistola y luego los otros, a bordo de un camión, con fusiles. La cámara –impávida– sostiene su mirada sobre ese improvisado pelotón de fusilamiento con una firmeza que va más allá del coraje, la ingenuidad o la imprudencia. Allí, en esa mirada impasible, hay indignación ciudadana, hay denuncia política, hay condena social. Hasta que, súbitamente, esa mirada se desploma y la imagen se vuelve negra. “Fue ver cómo, a través de sus ojos, lo mataban”, sintetiza hoy su hermana, Leticia Henrichsen, en el documental Imagen final, dirigido por Andrés Habegger.

Allá por 1973, todavía no había “directo” en los noticieros de televisión: se filmaba en 16mm. reversible y había que esperar el revelado para ponerlo al aire. Pero esa “muerte en directo” fue quizá la primera –y, a la vez, la más brutal– experiencia de televisión en vivo, como si esos pocos segundos filmados por Henrichsen eternizaran para siempre la sensación de tiempo presente. No deja de ser una paradoja que esas imágenes –que dieron varias veces la vuelta al mundo como símbolo de la violencia de las dictaduras militares en América latina– nunca hayan servido para condenar judicialmente a los asesinos. No hay prueba más contundente que el testimonio cinematográfico que registró la propia víctima. Y, sin embargo, el sumario militar que se inició en julio de 1973 quedó casi inmediatamente cerrado, sin condenas de ningún tipo, después del golpe del 11 de septiembre. Lo que hace el film de Habegger –junto al periodista Ernesto Carmona y organizaciones chilenas de derechos humanos– es reabrir la causa e ir en busca de los asesinos de Henrichsen, más de treinta años después.

“El deseo de matar de esos militares fue evidente y dio una idea de cómo sería luego el golpe”, reflexiona Carmona en el comienzo de Imagen final. Dedicado a preservar la memoria de los periodistas desaparecidos y asesinados durante la dictadura de Pinochet, Carmona sin embargo señala que el caso de Henrichsen es particularmente significativo, “una víctima de segunda clase”, porque la Justicia chilena considera que los crímenes previos al golpe fueron producto de la violencia política de la época y que ya han prescripto, algo a lo que él se resiste. Revisando una y otra vez el expediente y el film mismo de Henrichsen, Carmona –siempre seguido de cerca por Habegger– se tropieza no sólo con la memoria corta de la sociedad chilena en general sino también, en particular, con el manto de impunidad con que están cubiertos los responsables del crimen, que aún hoy lo niegan, a pesar de las evidencias palmarias. “Si no hay justicia, habrá funa”, arenga Carmona delante de la casa donde se esconde el ex cabo segundo Héctor Bustamante, en alusión a la modalidad del “escrache” a la chilena.

Paralelamente a esta investigación, Imagen final va trazando un retrato de Henrichsen, quien se había iniciado como cadete en el noticiero Sucesos Argentinos para llegar a cameraman y ser contratado luego por la TV sueca. En Estocolmo, el film encuentra a Jan Sandquist y Gunilla Molin, que fueron los compañeros de Henrichsen en la cobertura periodística de América latina (“Cubrimos juntos dieciséis golpes de Estado”, recuerda Sandquist) y que estuvieron junto a él en Chile en el momento de su muerte. En Santiago, presenta a un camarógrafo chileno que fue quien encontró la cámara y rescató el rollo final de Henrichsen. Y en Buenos Aires, a un grupo de ex compañeros de Leonardo en Sucesos Argentinos. Este último costado es el más anecdótico y el menos interesante del film; lo demora innecesariamente en su investigación y lo empuja en su tramo final hacia cierto sentimentalismo que acentúa la música grave y luctuosa en exceso de Pedro Onetto.

Queda, sin embargo, la pintura de un hombre íntegro, que no debió haber muerto a los 33 años, pero que en el instante en que lo hizo parece haber adherido al concepto de Rilke de la “muerte propia”, que es una muerte noble.

Fuente del artículo: Página 12

La muerte en directo de un cineasta

El documental reabre el caso Henrichsen, el camarógrafo argentino que en 1973
filmó en Chile al grupo de militares que le disparaban y que le dieron muerte,
una imagen que dio la vuelta al mundo como un símbolo de la violencia
golpista en América latina.

Por Luciano
Monteagudo
(Pagina 12)
Fue una de esas
imágenes
en
movimiento que –
como
la
del
asesinato de John
Fitzgerald
Kennedy, o la del
primer hombre en
la
Luna,
tan
trajinada en los
últimos días– marcaron a fuego a quienes la vieron en su momento. El 29 de junio
de 1973, en Santiago de Chile, el camarógrafo argentino Leonardo Henrichsen
cubría para la televisión sueca el primer alzamiento militar contra el gobierno
democrático de Salvador Allende cuando fue asesinado a sangre fría por un grupo
de soldados que disparaban contra la población civil. La cámara de Henrichsen
registra el preciso momento en que los soldados, ubicados a menos de cien metros
del camarógrafo, lo ubican entre la multitud que se dispersa, le apuntan y le
disparan, primero uno –presumiblemente al mando– con una pistola y luego los
otros, a bordo de un camión, con fusiles. La cámara –impávida– sostiene su mirada
sobre ese improvisado pelotón de fusilamiento con una firmeza que va más allá del
coraje, la ingenuidad o la imprudencia. Allí, en esa mirada impasible, hay
indignación ciudadana, hay denuncia política, hay condena social. Hasta que,
súbitamente, esa mirada se desploma y la imagen se vuelve negra. “Fue ver cómo, a
través de sus ojos, lo mataban”, sintetiza hoy su hermana, Leticia Henrichsen, en el
documental Imagen final, dirigido por Andrés Habegger.
Allá por 1973, todavía no había “directo” en los noticieros de televisión: se filmaba
en 16mm. reversible y había que esperar el revelado para ponerlo al aire. Pero esa
“muerte en directo” fue quizá la primera –y, a la vez, la más brutal– experiencia de
televisión en vivo, como si esos pocos segundos filmados por Henrichsen
eternizaran para siempre la sensación de tiempo presente. No deja de ser una
paradoja que esas imágenes –que dieron varias veces la vuelta al mundo como
símbolo de la violencia de las dictaduras militares en América latina– nunca hayan
servido para condenar judicialmente a los asesinos. No hay prueba más contundente
que el testimonio cinematográfico que registró la propia víctima. Y, sin embargo, el
sumario militar que se inició en julio de 1973 quedó casi inmediatamente cerrado,
sin condenas de ningún tipo, después del golpe del 11 de septiembre. Lo que hace el
film de Habegger –junto al periodista Ernesto Carmona y organizaciones chilenas
de derechos humanos– es reabrir la causa e ir en busca de los asesinos de
Henrichsen, más de treinta años después.
“El deseo de matar de esos militares fue evidente y dio una idea de cómo sería
luego el golpe”, reflexiona Carmona en el comienzo de Imagen final. Dedicado a
preservar la memoria de los periodistas desaparecidos y asesinados durante la
dictadura de Pinochet, Carmona sin embargo señala que el caso de Henrichsen es
particularmente significativo, “una víctima de segunda clase”, porque la Justicia
chilena considera que los crímenes previos al golpe fueron producto de la violencia
política de la época y que ya han prescripto, algo a lo que él se resiste. Revisando
una y otra vez el expediente y el film mismo de Henrichsen, Carmona –siempre
seguido de cerca por Habegger– se tropieza no sólo con la memoria corta de la
sociedad chilena en general sino también, en particular, con el manto de impunidad
con que están cubiertos los responsables del crimen, que aún hoy lo niegan, a pesar
de las evidencias palmarias. “Si no hay justicia, habrá funa”, arenga Carmona
delante de la casa donde se esconde el ex cabo segundo Héctor Bustamante, en
alusión a la modalidad del “escrache” a la chilena.
Paralelamente a esta investigación, Imagen final va trazando un retrato de
Henrichsen, quien se había iniciado como cadete en el noticiero Sucesos Argentinos
para llegar a cameraman y ser contratado luego por la TV sueca. En Estocolmo, el
film encuentra a Jan Sandquist y Gunilla Molin, que fueron los compañeros de
Henrichsen en la cobertura periodística de América latina (“Cubrimos juntos
dieciséis golpes de Estado”, recuerda Sandquist) y que estuvieron junto a él en
Chile en el momento de su muerte. En Santiago, presenta a un camarógrafo chileno
que fue quien encontró la cámara y rescató el rollo final de Henrichsen. Y en
Buenos Aires, a un grupo de ex compañeros de Leonardo en Sucesos Argentinos.
Este último costado es el más anecdótico y el menos interesante del film; lo demora
innecesariamente en su investigación y lo empuja en su tramo final hacia cierto
sentimentalismo que acentúa la música grave y luctuosa en exceso de Pedro Onetto.
Queda, sin embargo, la pintura de un hombre íntegro, que no debió haber muerto a
los 33 años, pero que en el instante en que lo hizo parece haber adherido al
concepto de Rilke de la “muerte propia”, que es una muerte noble

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