Me lo contaron mis viejos: El Manta

altEn una noche de Julio del año 2006, en pleno invierno, don Juan Valdebenito, un hombre muy trabajador, con barba larga que le tapaba sus mejillas y un par de ojos verdes brillosos que a cualquiera le entregaban confianza, sencillo y humilde, cumplía su labor de esos años en la guardia de la antigua caleta de Lota.

Comúnmente hacía su recorrido alrededor de las once de la noche, pero comenzó más tarde esa vez. Sin ningún alma que lo acompañase empezó a caminar, acostumbrado a este rumbo de vida y trabajo, porque uno que otro hombre se había marchado por el ambiente que tenía el lugar: tenebroso, oscuro y desconfiado.

Esa misma noche se abrigó y cubrió de lleno su rostro con su manta y un sombrero que le había obsequiado un ‘viejo amigo’. Así, sin prisa, alumbrando las olas y las huellas en la arena, por las afueras de una casa abandonada, a los pies de ésta, comenzó su escalofriante recorrido por el entorno de la caleta. Cuando ya se alejaba de los lugares que recurría a menudo, se asombró al ver una luz que se reflejaba en la ventana del segundo piso de la casa… Siendo ya cerca de las dos de la madrugada.

Acudiendo a ella a pasos lentos, por si hubiese estado alguien y no se espantara… para decirle que no debía estar a tantas horas de la noche en un sitio privado y sin que nadie le hubiese concedido el permiso para ingresar.

Llegó a la entrada de la casa sacando las llaves de su bolsillo, silenciosamente abrió la puerta, subió las escaleras cautelosamente, de puntillas, llegando al descanso de ésta se dirigió a una mesa en dónde estaba aquella luz que alumbraba la habitación, era una vela que estaba a punto de desvanecerse por el viento que entraba por esa ventana.

Aterradamente observó que no se encontraba nadie, en ese instante tuvo un escalofrío que le erizó la piel, recordando al amigo que no veía hace mucho más de cuatro años, al Manta; pero sin darle mucha importancia a éste presentimiento, se asomó a apagar la vela con mucho cuidado, cuando siente una mano en su hombro deteniéndolo a apagarla. Se voltea de inmediato y era el rostro tenebroso, pero a la vez demostraba decir ¡he vuelto! Era el ‘Manta’… su amigo.

Asombrado de este encuentro inesperado, le pregunta: “Juan ¿Qué haces aquí?… Tantos años sin saber de ti y te apareces como si nada”. Manta se acercó a abrazarlo y Juan lo esquivó.

altPor la reacción que tuvo su amigo, triste y con la voz angustiada le responde: “Amigo Juan, vine a despedirme de ti ya que tendré un viaje muy largo en dónde podré estar mejor y salir de éste hundimiento de vida que he llevado durante muchos años. Viejo, como le decía a don Juan, sé que fue mucho tiempo sin tener noticias el uno del otro, pero te pido que me entiendas”. Cayéndole algunas lágrimas, continúa: “pasé por muchas pruebas difíciles en mi vida, en la condición que me encontraba hubiese decidido esto antes pero seguí adelante, tampoco recurrí ni pensé en nadie que me pudiese ayudar, ni siquiera en mi familia… pero ya basta, para que nadie sienta culpa, me marcharé y no regresaré jamás.”
Apagándose de golpe la luz de la vela.

Inmediatamente Juan baja corriendo las escaleras, gritándole que lo esperase para que le siguiera contando y decirle que igual entendía la posición en la que se encontraba y que lo entendiera también a él, pero ya era demasiado tarde, se había ido sin dejar rastro alguno. Y murmurando… ¡Qué diablos pasa!…

Así, bajando desconcertado a las orillas del mar y sintiendo la misma sensación de escalofríos de aquellos hombres que se habían marchado por el ambiente del lugar, se sienta, demasiado cansado, como si hubiese ido a una corrida de muchos kilómetros para poder llegar a una meta, pero reflexionando a la vez las palabras de su amigo. Dándole muchas vueltas en su cabeza, se pregunta: “¿Realmente qué le habrá pasado? ¿Por qué viene ahora sin avisar?…”

Quedando muy asustado, preocupado por lo sucedido y arrepentido de no haber podido alcanzar al viejo amigo, decide ir a visitarlo a la casa, para poder tener un poco más clara la situación.

A la mañana siguiente se tomó el día libre para ir a dónde le tenían que dar una explicación, llegando a los viejos pabellones, cerca de la Mina El Chiflón. Golpeó de una manera urgente una de las puertas de las viviendas para que le abrieran y preguntar en dónde estaba viviendo la madre de su amigo.

En la puerta dos mil trescientos seis le abre una vieja anciana con muchas arrugas y usando un bastón le pregunta, con la voz tiritona por la edad: “¿Qué desea caballero o en qué puedo ayudarlo? Hace años que no me vienen a visitar”, poniendo una cara de amargura con la vida, se respondió. Él la reconoció de inmediato por la voz de aquella y le dice: “Doña Carmen, soy yo, Juan Valdebenito, amigo de José… ¿Me recuerda? ¿No me reconoce?”

Entablando una conversación llena de preguntas, le dice: “He pasado mucho tiempo encerrada aquí, ya no siento ni percibo el giro de las llaves en la chapa de la puerta, cuando entraba mi hijo, -recalcando- ¡Mi único Hijo!” Llorando le responde: “Si me recuerdo de ti, jovencito, cuando jugabas con José a la entrada de la mina y yo salía a buscarlos para que no bajaran a las entrañas de esa maldita y peligrosa oscuridad, quizás por tanto prohibirles desde pequeños, mi hijo quiso experimentar y bajó sin precaución alguna, nunca más volvió, ya ni siento su olor, sólo el olor a muerte…”

Juan, espantado de la historia que le había revelado Doña Carmen, cae al sofá y le pregunta: “¿Cuándo sucedió esto?” “El tres de mayo hijo, hace dos meses”.

Con voz sorprendida: “Pero, ¡cómo! ayer estuvo conmigo, conversando, relatándome que ya no podía más… Que iría a un viaje y que escaparía de todo esto…”

“Mi hijo estaba arrepentido de muchas cosas, Juan, cosas que no le resultaban y más con la muerte de su esposa; de ti hablaba demasiado, pero no se atrevió a visitarte para que tú no cargarás también con los problemas de él.” Con voz sublime le dice: “Lo echamos de menos, pero entiéndelo… Lo mismo me dijo él esa noche… Juan, sólo te dejó una foto de cuando eran unos pequeños traviesos amigos, hasta que la muerte los separó…”

Sin nada más que agregar, Juan se despide y le agradece a Carmen por la explicación que la había dado por lo que sucedió…
– Adiós mijito, cuídese, él siempre estará con nosotros.

Dando suspiros recorrió el barrio en donde jugaban y los lugares en donde se escondían para poder bajar a la mina, pero siempre los sorprendía el celador.

Ese día, después de haber sabido todo lo que había sucedido con el Manta, se fue para la pega al turno de noche y no deja de ver la vela, en el segundo piso de la casa, que se apaga con un fuerte soplón de viento. Cerca de las dos de la madrugada, en los pabellones en donde vivía aquel hombre, se escuchan los llantos angustiados… suplicando disculpas.

El alma en pena del Manta recorre todos los lugares que acudía con su amigo, el Juan.

Nadie se explica nada. En la tarde la madre, después de haber relatado la historia de la muerte de su hijo, pierde la vida en un ahogo de llanto, muriendo tranquila en su casa. En aquel pabellón vela su alma, llorando por su hijo.

Juan se resignó a la compañía de José en las noches frías del invierno.

Esos días, cerca de las dos de la madrugada, se ve un hombre alto, con una manta roja mirando hacia el mar, llorando…

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