Me lo contaron mis viejos: La mina se llevó a mi abuelo

altEn el año 1960, en pleno apogeo de las minas del carbón, muchos hombres y entre ellos algunos muy jóvenes, emigraron de los campos para trabajar en las minas de carbón de la zona de Coronel y Lota, en busca de una mejor vida.

Entre ellos mi abuelo, don Juan de Dios Aguirre Cerda, que vino a trabajar a las minas de Schwager, en donde la exigencia para entrar era saber leer y escribir y tener dos apellidos. El abuelo Juan llegó a Coronel, desde el interior de Temuco, sin saber leer y escribir y sin conocer a nadie.

En Coronel habían casas en donde hospedaban a los afuerinos y mi abuelo tuvo la suerte de hospedarse en la casa en donde el dueño era profesor, quién le enseñó a leer y escribir en sólo dos días, por las ganas inmensas de entrar a trabajar a las minas.

Ya estaba listo para entrar, pero faltaba otro requisito importantísimo: tener los dos apellidos. Pero mi abuelo sólo tenía uno, el de su padre. No se sabe la razón de por qué tenía uno solo, por lo que se vio en la necesidad de agregarse el otro apellido él mismo. Y ese fue Cerda en honor a un presidente, don Pedro Aguirre Cerda. Por el alcance de su primer apellido, desde entonces se llamó Juan de Dios Aguirre Cerda.

Cuando ya hubo obtenido los requisitos se presentó a trabajar y por su juventud le dieron el puesto de apir, cargo que consistía en ayudar al barretero a apalear el carbón, mientras éste sacaba el mineral de los yacimientos.

Ya estando establecido y con trabajo en el periodo de un año, decidió ir en busca de la mujer que sería su compañera, la que se encontraba esperándolo en la ciudad de Temuco, con la que contrajo matrimonio en la localidad de Trogolhue.

Regresaron a Coronel donde comenzaron a formar su familia, en la población Granfelot, donde nacen tres de sus hijos: Juan Froilán, Rosa Inés y Edelmira del Carmen.

Luego de un tiempo el trabajo mejoró y el sueldo aumentó, con lo que pudo comprar un terreno en el que edificó lo que sería la casa propia, donde fue creciendo la familia con el nacimiento de dos niñas: Berta Elizabeth y María Angélica.

El trabajo en las minas era demasiado riesgoso, algo que mantenía siempre preocupada a su mujer y, porqué no decirlo, a todas las esposas de los mineros, las que no sabían si regresarían a sus hogares ya que siempre ocurrían tragedias y las cantidades de mineros accidentados eran considerables.

Hechos que eran demasiado desastrosos, porque las familias quedaban en desamparo y porque casi todas eran numerosas.

El abuelo Juan era demasiado responsable en su trabajo, en ocasiones estando accidentado igual se presentaba a trabajar.

Mi abuelo también tenía sus tiempos libres. Le gustaba mucho el fútbol, lo practicaba junto a sus vecinos y amigos, la mayoría eran hinchas del Lota Schwager. Esto lo impulsó a formar un club de barrio, para mantener a los jóvenes y niños en actividad sana. Ese club se llamó ‘Club Deportivo Juan Aguirre Cerda’.

Este tiempo fue el más bonito para mi abuelo ya que venía en camino su sexto hijo, al que esperaba con muchas ansias porque sería el último; además quería que fuese hombre. En la mina contaba lo feliz que se sentía arreglando su casa para su último retoño.

Lamentablemente ocurrió lo que preocupaba a su mujer cuando él se iba a trabajar.

En la mañana del 15 de junio de 1968, como si presagiara la gran tragedia, antes de ir a su trabajo reunió a todos sus hijos y a su mujer para decirles que se cuidaran, que se mantuvieran siempre unidos y dirigiéndose al mayor de sus hijos, con sólo 9 años de edad, le dijo que protegiera a su madre y a sus hermanos menores si él no volvía del trabajo y dándole un beso a cada uno se marchó hacia su trabajo.

En el transcurso del día, mientras su esposa se encontraba tejiendo ropa para el bebé que llevaba en su vientre con 6 meses de gestación, de pronto el sonido ensordecedor y desesperante de las sirenas, bomberos, ambulancias y el correr de la gente, anunciaban que algo terrible sucedía.

Mi abuela encendió la radio y el locutor informaba, con gran desesperación, que en la mina de Schwager había ocurrido una tragedia, una explosión con gas grisú había dejado 14 víctimas fatales y otras heridas de gravedad, dentro de las cuales se encontraba mi abuelo, quien fallece a causa de graves quemaduras internas las que le causaron la muerte. Antes de morir, en su agonía, le dijo a uno de sus compañeros que le comunicara a su esposa que la amaba con toda el alma, a sus hijos también y que el hijo que vendría iba a ser hombre.

La muerte de mi abuelo dejó desamparados a una mujer, 5 hijos vivos y uno por nacer, el cual es mi padre, al que amo con toda mi alma. Él nació el 26 de agosto de 1968, dos meses después de la tragedia.

Por otra parte mi abuela, con sentimientos encontrados, vio nacer y recibió en sus brazos a su pequeño hijo, con la alegría de traerlo sano a este mundo y con la tristeza de no poder mostrárselo a su amado esposo y decirle: “éste es tu pequeño hijo”. Y con lágrimas que rodaron sin control por sus mejillas, con un beso lleno de amor y angustia, selló lo que sería un largo camino que seguir, sin la ayuda de él.

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