Me lo contaron mis viejos: Los Últimos Grandes Héroes

altCon gran tristeza y pesar, los mineros empezaron a conocer la noticia del cierre de las minas. A Jacinto se le hizo un nudo en la garganta, trago saliva, intentaba comprender la situación, pensaba en su mujer, sus hijos y en su madre que dependían de él; su vieja, que había perdido a su marido en la mina, en una corrida.

Ahora él ¿qué haría para llevar el alimento a su hogar? Sus compañeros en un rincón hablaban precipitadamente, con angustia, con rabia e impotencia. Ya nada se podía revertir, pues la cruda realidad los azotaba sin contemplaciones. Su destino laboral era incierto y su educación era muy precaria como para pensar en lograr otro trabajo y eso lo hacía sentirse más desvalido. Él había dado los mejores años de su vida a las labores mineras y en su cuerpo, delgado y encorvado, se notaba la fatiga, el cansancio; las enfermedades ya se habían hecho presentes y se hacían notar con esa tos que desde hacía tiempo lo aquejaba y que mostraba las secuelas del polvo del carbón, en esos lugares húmedos, donde sus espaldas se doblaban para extraer el preciado tesoro negro.

El roce de una mano en su hombro lo volvió en un instante a la realidad. Se volvió, intercambió una significativa mirada de mutuo y mudo entendimiento, del dolor que golpeaba sus corazones por la incertidumbre del porvenir, de su familia y de todas las familias.

De pronto, el hombre se vuelve y le dice, casi en secreto: “no te aflijas, que el capataz dice que unos contratistas escogerán algunos mineros para realizar algunos trabajos al interior de la mina, así que no te preocupes, pronto estaremos dentro de la jaula otra vez, iluminando con nuestras lámparas las vetas y nuevamente traeremos el oro negro y así seamos nosotros los que cambiemos el tiempo y la suerte”.

Jacinto sonrió débilmente, tenía miedo de soñar ya que lo único que sabía hacer era extraer con su picota el inagotable mineral. El hambre y la miseria le daban el valor para seguir en su labor agotadora.

Con la ilusión de ese proyecto de trabajo, regresó a su hogar donde lo esperaba su familia. Se sentó junto al brasero y comió lo que la mujer le había preparado, mientras le contaba la noticia que su compañero le había dado y que lo hacía estar más tranquilo, ante la angustia y el temor del cierre de las minas, único trabajo que sabía desempeñar, en el que se había iniciado siendo muy niño, cuando su madre había enviudado y le ofrecieron reemplazar a su padre en la labor de la mina y que, a pesar de lo duro y agotador y que cada día le restaba un poco más de sus fuerzas y su salud se sentía disminuida, él realizaba con verdadero afán y dedicación, sabiendo que la lucha de cada día era el sustento de su familia.

Quería educar a sus hijos, darles una oportunidad distinta a la que a él le había tocado vivir, que no se rompieran el lomo para ganar unos miserables pesos, que sus vidas fueran menos sacrificadas ¡Sólo, si él pudiera darles una mejor educación…!

Con estos pensamientos logro irse a descansar, teniendo la esperanza de ser llamado por sus jefes a desempeñar nuevamente su trabajo en esas oscuras galerías que él conocía tan bien.
Pasaron unos días y así como su compañero le había dicho, un grupo de trabajadores fue llamado para continuar las faenas mineras. Ante esta noticia había amanecido alegre, se había levantado lleno de optimismo y júbilo porque, a pesar de lo duro y sacrificado de su labor, de la lucha diaria y de lo agotador de su trabajo, él amaba las minas, esas oscuras galerías de las que se contaban tantas y tantas historias de las cuales, en ocasiones, él también había vivido; como en una ocasión en que creyó ver un perro mostrando sus colmillos brillantes que parecían oro y en actitud amenazante; o cuando, arrastrándose para llegar a una veta de carbón, veía moverse en la penumbra sombras que asociaba a los más siniestros personajes, que más de una vez le habían provocado un gran espanto, que sólo dominaba aferrándose a una oración, que le hacía recobrar de nuevo la tranquilidad y el miedo desaparecía para seguir su fatigosa jornada.

El grupo de mineros reanudó nuevamente su afanosa labor, habían sido elegidos por su responsabilidad y experiencia, ya que conocían en forma cabal cada rincón y siempre sabían encontrar las mejores vetas. Día a día continuaron bajando a cumplir con la tarea encomendada, era un grupo reducido, sabían lo que sus jefes esperaban de ellos y se sentían felices de haber sido elegidos para continuar la agotadora extracción del valioso mineral. Habían sido elegidos entre muchos otros que no tuvieron la suerte de ser llamados, que habían quedado sin trabajo y a los que les esperaba un incierto futuro.

Ese día de septiembre Jacinto se levantó inquieto, no sabía a qué atribuir la desazón que lo embargaba. Se despidió de su madre, de su mujer y de sus hijos con más tristeza que de costumbre, recibiendo la bendición de esas dos mujeres que eran sus grandes amores y se fue a cumplir con su labor.

Como cada mañana saludó a sus compañeros, tomaron sus lámparas, ingresaron a la jaula, algunos cantando y otros conversando, hasta llegar al fondo de la mina.

Caminaron por las galerías, pero de pronto alguien en forma despavorida gritó: Grisú, Grisú, atrás, atrás. Ya era tarde, una gran llamarada había iluminado el lugar, en forma veloz, rápidamente. Jacinto trató de protegerse, su mente voló hacia sus seres queridos, a sus hijos, a su esposa, su madre; pero él y sus compañeros no lograron escapar de ese infierno, se habían quedado para siempre ahí, el fondo de la mina los había reclamado para ella, nadie más le quitaría su tesoro, esa era su venganza final.

Después… todo fue un profundo y absoluto silencio.

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