Me lo contaron mis viejos: El Ánima de Javier

Me lo contaron mis viejos: El Ánima de Javier

altEn las frías noches de invierno, cuando el viento implacable azota las humildes casas del sector de Schwager, se puede oír el lamento de un niño y si se pone la debida atención, se puede escuchar claramente que llama a su madre pidiéndole ayuda.

Según se comenta en el sector, hace unos 60 años aproximadamente, cuando comenzaba todo el apogeo de las grandes empresas carboníferas donde muchos dejaron sus hogares y sus familias para unirse a esta gran aventura que era la extracción del carbón, llegó un matrimonio joven: Elisa de 24 años, su marido Hernán de 30 años y su pequeño hijo Javier de tan sólo 4 años, dejando atrás una vida tranquila pero poco próspera, con la ilusión de que este nuevo trabajo los ayudaría a surgir y dar una mejor vida a su hijo.

Los días para Elisa y su hijo pasaban lentos, entre el abandono que ella sentía por el exceso de trabajo de Hernán y lo difícil que era lograr cuidar a Javier, que era inquieto y no paraba de preguntar una y otra cosa.

Hernán llegaba agotado, con la picota todo el día, la pala y sumido en la oscuridad de la mina, sólo quería llegar a su casa y descansar, sabiendo que al día siguiente una nueva jornada de sacrificio le esperaba.

Fue así que en sus largas jornadas de trabajo conoció a Rubén, otro extraño en el lugar, ya que venía de Santiago probando suerte en la nueva empresa; entre conversaciones salió que él estaba solo y que pagaba un cuartucho en una pequeña pensión del sector. Hernán, siendo cortés lo invitó a su casa, donde compartieron, comieron y el niño se llevó muy bien con Rubén.

Rubén, encariñado con el niño, comenzó a frecuentar la casa de Hernán, a lo que Elisa no estaba de acuerdo ya que notaba algo raro en Rubén, pero no sabía descifrar bien lo que era; Hernán sólo sentía que encontró un buen amigo.

El niño se sentía feliz con su tío Rubén, quien lo regaloneaba y cada vez que el bolsillo se lo permitía le llevaba uno que otro regalo. Todo era normal para Hernán pero Elisa insistía que algo no le gustaba de Rubén, pero como en aquellos tiempos las mujeres no tenían autoridad ni derechos, sino que primaba el machismo y era el hombre de la casa quien disponía y ordenaba todo, Elisa no tenía más que acatar lo que su marido disponía, que era ley en su hogar ya que a la más mínima desobediencia o rebeldía por parte de ella, sería duramente castigada como acostumbraban todos los machistas, a golpes.

Fue en un día frío que Rubén le solicitó a Hernán que lo dejara llevar al niño a la plaza que estaba a dos cuadras de su hogar, para que tomara aire y jugara un rato con otros niños, que a las 5 de la tarde estarían de regreso para la merienda del niño.

Llegaron a las 5 a la casa, Rubén fue muy cumplidor en el horario pero el niño llegó cansado, con los ojos llorosos y no quiso comer. Elisa preguntó por la actitud del niño, a lo que Rubén respondió que otro niño lo había pasado a golpear cuando jugaban y por eso tenía los ojos llorosos, que si no comía era porque él le dio muchas golosinas y se disculpó.

Pero Elisa estaba intranquila y observaba atenta cada movimiento y gesto que Rubén tenía hacia su pequeño hijo; las salidas se hicieron mas frecuentes, Elisa se oponía pero Hernán decía que era el único momento de relajo que él tenía, ya que necesitaba descansar y muchas veces el niño no lo dejaba. El niño empezó a cambiar su forma de ser, estaba mas introvertido, comenzó a orinarse y a manifestar rechazo hacia los gestos de cariño (caricias, besos, abrazos, etc…).

Las señales estaban claras pero tanto Elisa como Hernán no las veían, sólo Elisa tenía un poco de distancia hacia Rubén, pero sólo eso, porque algo raro la hacía tomar esa distancia, pero eso no impedía ir en contra de su marido, evitando que el pequeño Javier siguiera pasando por el martirio y las vejaciones a las que Rubén lo sometía.

Javier, en su inocencia aceptaba los caprichos de Rubén. Bajo amenazas y engaños, Rubén lo sacaba de la seguridad de su hogar hacia ese cuartucho que se había transformado en la peor pesadilla del niño.

Fue en una de esas salidas que todo cambió en el hogar de Elisa y Hernán. Eran las 3 de la tarde, estaba nublado y como siempre Rubén convenció a Hernán para salir con el pequeño Javier; sus pasos lo encaminaron hacia la pequeña plaza, lo dejó jugar un rato con otros niños y luego argumentó que debían regresar a casa porque estaba por llover. El niño se dejó llevar hacia ese lugar en donde Rubén saciaba sus más bajos instintos, pero sin consumar aún la violación. El niño era tocado, besado, manoseado y obligado a realizar lo mismo a su agresor, esto hacía que el niño en su mente inocente asociara que todo gesto de cariño era sucio, inadecuado y malo.

Todo se dio para que este ser despreciable lograra su cometido.

Elisa pasó una mal día, tenía un fuerte dolor de estómago, necesitaba ir al hospital, así que apenas llegó Hernán le pidió que la llevara, dejando al niño encargado a la vecina ya que se encontraba dormido; fue cerca de las 11 de la noche que Rubén llegó a casa de su amigo, la vecina le informó lo acontecido y le pidió que se quedara unos minutos con el pequeño, mientras ella daba una vuelta a su casa.

Había comenzado a llover, hacía frío y el pequeño dormía plácidamente en su cama. Rubén lo observaba y en su mente miles de aberraciones pasaban una y otra vez, como una cinta de video; fue así como tomó al niño y se fue a su cuarto, en donde llevó a cabo sus más bajas pasiones, violando al pequeño, quien en su llanto de dolor no podía comprender lo que el tío Rubén le hacía que le causaba tanto dolor. Consumada la aberración, el niño no dejaba de llorar. Rubén, intranquilo y perturbado por lo que había hecho, pensaba cómo se lo explicaría a su amigo, ¿qué diría cuando el niño contara todo?… Lo negaría, pero ¿le creerían?

Elisa regresó del hospital con su marido y en su casa estaba la vecina llorando, explicando que dejó el niño al cuidado del señor Rubén y que cuando regresó ya no estaban en la casa. Elisa desesperada le pedía a su marido que fuera por el niño, Hernán salió rápidamente pero cuando llegó a donde Rubén el pequeño cuarto estaba vacío. Llovía muy fuerte, el viento casi no dejaba avanzar.

Hernán regresó a su casa, pensando que tal vez su amigo había llevado al niño de regreso; pero no había sido así, ni su amigo ni su pequeño hijo habían regresado. Comenzó la búsqueda, pero no había señales de ninguno de los dos, los gritos desesperados de los padres alertaron a los vecinos quienes se unieron a ayudar; eran minutos de angustia, de llanto, de lamentaciones. Elisa sólo quería a su niño, suplicaba para que nada le hubiese pasado, pero no sabía que el descuido de su vecina había ocasionado la desgracia del pequeño Javier.

Rubén no apareció. En su desesperación por callar al niño y evitar que se enteraran de lo que había hecho, lo llevó al sector de la mina en donde, sin compasión alguna, lo golpeó en la cabeza con una roca, lanzándolo luego a un pique abandonado y dejándolo ahí, en donde agonizó por horas hasta dar su último suspiro.

Nunca se encontró el cuerpo del niño, sólo se encontró en el cuarto rastros de lo sucedido y fue ahí donde Elisa comprendió porqué su rechazo hacia ese hombre que le había quitado la vida a su hijo, violándolo y privándola a ella de su compañía.

Elisa y Hernán abandonaron el sector, regresando a su lugar de origen, en donde Elisa dice escuchar cada noche a su hijo llorar y pedirle ayuda; Hernán y Elisa se separaron; Elisa nunca perdonó a Hernán por dejar a su hijo con un extraño, con un amigo que casi no conocía, de quien no sabía nada, sólo lo que él contaba en el trabajo.

Es por eso que en las frías noches de invierno, en los alrededores de la mina Schwager, se escucha el lamento y el incesante llanto de un niño llamando a su madre y suplicando ayuda; se dice además que todos los 20 de junio -fecha en que el pequeño Javier cumplía años- un pique donde aseguran ver al niño saltar, se llena de flores blancas y muy perfumadas, que los lugareños perciben ese olor desde sus hogares y saben que es el pequeño Javier que cumplió un año mas.

Rubén se dejó llevar nuevamente por sus bajos instintos, fue apresado y fue en la cárcel donde pagó todo el daño y el horror que causó a Javier; fue golpeado y brutalmente violado, fueron los presos los que le hicieron sentir el mismo dolor y desesperación que él hizo sentir a ese niño inocente. Murió solo en su celda, sin recibir siquiera la ayuda de los guardias.

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