Un talón de Aquiles

El Presidente Sebastián Piñera, dio en el clavo al proclamar el 19 de Julio, durante una inauguración del DUOC, que la educación «es un bien de consumo». Un mes después tuvo una reunión con directivos de la Corporación de la Producción y del Comercio y de la Sociedad Nacional de Agricultura. Detonante de esa reunión no podía ser otro, pensamos, que la educación y la discusión que universitarios y secundarios, seguidos de sus profesores y maestros, han desencadenado en la opinión pública del país. Lo pensamos, porque tres días antes, Lorenzo Constans, Presidente de la CPC, había propuesto ya una «agenda corta» para la solución del conflicto. Estaba en juego la educación como negocio. O el cese del mecanismo que así la promueve. O la debacle del sistema financiero del país en su conjunto. «Manejo de crisis», debió llamarse esa reunión clave. El acuerdo tiene que haber sido total, o «global», como se dice hoy en el espíritu del tiempo. En todo caso, hubo acuerdo de no gravar a los empresarios con nuevos impuestos para la educación.
Si todo se vende como bien de consumo, y si el sistema económico-financiero vive o muere según que esa premisa se cumpla, y si los estudiantes están poniendo en cuestión que el sistema educativo siga en esta feria libre de compra y venta, entonces es claro que los estudiantes están apuntando al talón de Aquiles del sistema en su conjunto, un punto vulnerable en cuya salvaguarda se le va la vida.

Secundarios y universitarios lo han visto con más claridad, justeza y oportunidad que muchos de nosotros, sus aliados o sus opositores. El ministro Hinzpeter se preguntó hace algunos meses por qué los estudiantes lo mezclan todo en la misma olla: el destino del cobre, las represas de HidroAysén, el petróleo de Magallanes, y … la educación. Hacen política, acusó, y para ello reciben instrucciones partidarias. Se equivocó en lo de las instrucciones, pero acertó en lo de hacer política, aunque para él la política sea una cosa distinta y nada tenga que ver con lo que los estudiantes entienden bajo el mismo término.

Es posible mostrar con argumentos la centralidad política tanto del lema presidencial de una educación como «bien de consumo», como de la indignación estudiantil que se le resiste y apunta a lo contrario.
Desde que la tasa de ganancia de los grandes consorcios productivos trasnacionales comenzó a declinar – hasta llegar a un 50% – entre los años 60 y 70 por efecto combinado de la competencia, la saturación de mercados, los movimientos obreros o sociales y la consiguiente alza de los salarios, y otros, los capitales «globalizados» comenzaron a buscar otras fuentes que acumularan en sus arcas nuevas ganancias para suplir las que iban en merma (1). Es en razón de esta búsqueda que desde fines de los años 70 o comienzos de los 80 se asiste a un proceso de cambio que, a más tardar tras la crisis asiática de 1997-1999 y como consecuencia del aumento de liquidez que se produce entonces, deja atrás los antiguos modelos fordista y taylorista de producción como principales medios de maximizar las ganancias. Entretanto, y en virtud de los cambios estructurales que se han ido produciendo, los trabajadores han diferenciado su propio formato y sus expectativas. En efecto, con el desarrollo de la informática ha ido de la mano una elevación del nivel cultural de los mismos, de lo cual se deriva el que se requiera de ellos una forma de participación en la empresa no solo corporal, sino de toda su subjetividad. Se requiere, en otras palabras, que sean intelectualmente creativos y estén emocionalmente comprometidos con la empresa, la cual junto con confiarles tareas más sofisticadas, tiene medios para atarlos a sus propios objetivos.

El capitalismo está, pues, cambiando de fase. Se ha pasado, según los analistas citados, del «capitalismo industrial» al «capitalismo cognitivo». Así ha ido transformándose la configuración de las empresas, tanto en sus productos, dotados cada vez más de elementos «inmateriales» (memorias electrónicas o «inteligencia» robótica al servicio de trabajadores del intelecto), como por la distribución de posiciones y tareas dentro de ellas. El dueño o principal accionista de la empresa se «retira» parcialmente a administrar la renta que ella le devenga, mientras delega en bien pagados gerentes o managers su poder y dominio directo sobre la empresa, transformada ahora en un mecanismo para hacer negocios. Bajo los managers de primera línea, se forma un cuerpo escalonado de «ejecutivos» que llegan a confundirse con los que antiguamente se llamaban trabajadores u obreros. Pero, insensible y paradójicamente, estos trabajadores «cognitivos» han sido o están siendo despojados o expropiados de sus capacidades intelectuales, de su creatividad, en suma de su subjetividad, pues ella está, de ahora en adelante, al servicio y bajo el control de la empresa.

En esta fase del capitalismo, en que la extracción de valor a partir del trabajo asalariado se ha vuelto cada vez más problemática, el capital acumulado, entre otras por las AFP, en los institutos de crédito y el que se transa en las bolsas de comercio se presta a manejos que se constituyen en nuevas fuentes de ganancias, debido a la versatilidad del mundo financiero. De ahí un primer deslizamiento del capital productivo al capital financiero como fuente de ganancia.

El segundo deslizamiento se produce cuando los capitalistas comienzan a mirar con otros ojos algunos bienes considerados históricamente como bienes comunes, y que por lo tanto eran administrados principalmente por los estados a nombre y en provecho de las respectivas comunidades nacionales.
Entre estos bienes se cuentan las aguas y la energía, los caminos, la salud, pero también las viviendas que proporcionaban antiguamente algunas empresas a sus trabajadores – como la población Yarur, o los campamentos mineros de Sewell y Chuquicamata, o la misma ciudad baja de Lota – y que luego los estados subvencionaban como viviendas sociales. Todos estos bienes han sido o están siendo privatizados para convertirse en nuevas fuentes de ganancia, principalmente en el caso de las viviendas, mediante el mecanismo del crédito que hace subir a la estratósfera su valor y aumenta en la misma proporción las ganancias de los pulpos inmobiliarios – hasta que la burbuja revienta, como en el caso de las subprimes estadounidenses.
En la línea de bienes considerados hasta hace algunos lustros como comunes o sociales está la educación. Por ello se la ofrecía gratuitamente y de buena calidad para todos, desde la escuela primaria (hoy básica) hasta la técnica o universitaria. Por razones ideológicas o por prejuicios religiosos, esa educación pública no fue muy frecuentada por los hijos e hijas de los católicos llamados «pudientes» de nuestro país. En países como Francia o Alemania, donde tales prejuicios no tienen tanto peso social, la educación pública gratuita, ha sido la que elige la mayoría de la clase media académica o del mundo de los negocios.
En todo caso, hoy ha cambiado la mirada de los capitalistas sobre la educación. Ésta se ha vuelto «bien de consumo», es decir, un producto que se intercambia en el mercado de los valores monetarios; se ha vuelto una «inversión», como también lo explicó Piñera, y por consiguiente es uno de los nichos de donde el capital privado puede extraer ganancia, al mismo tiempo que un lugar privilegiado donde los inversores privados puedan comenzar a manipular y controlar los cerebros que más adelante habrán de servir, como «capital cognitivo», a las empresas.
Lo que está sucediendo ante nuestros ojos en Chile lo han visto con particular claridad antes que nada los más directamente afectados: los secundarios y los estudiantes técnicos y universitarios. Ellos nos están haciendo ver a todos que el negocio de la educación o la educación como negocio se está convirtiendo en una burbuja tanto o más peligrosa que la de empresas del retail como La Polar. Pues, por un lado, este sistema educacional no consigue mejorar la calidad de los conocimientos impartidos – a ojos vistas no es éste su principal propósito -, y por otro lado, carga un endeudamiento gigantesco y de por vida sobre las espaldas de las familias y de la gran mayoría de los futuros profesionales, los cuales, por añadidura, están lejos de tener asegurados los puestos de trabajos de donde sacarían los medios con que pagarían sus deudas.
Al resistir y demostrarse en contra de este modelo, los estudiantes y escolares están, pues, atacando uno de los talones de Aquiles de la actual fase del modelo capitalista. Lo saben ellos. Por eso engloban otras piezas del mismo sistema en su protesta. Lo saben también los financistas, como Piñera, que ven peligrar una fuente de donde extraer sus ganancias, en el momento en que varias de las que tenían entran en crisis.

Notas: (1) Ver los análisis en que se inspira el presente artículo, redactado con la colaboración de investigadores de la Corporación Plataforma NEXOS: son los capítulos de Christian Marazzi, «La violencia del capitalismo financiero», p. 21-61, y de Carlo Vercellone, «Crisis de la ley del valor y devenir.
(*) Investigador de Plataforma Nexos, www.plataforma-nexos.cl
Foto: Trabajadores de ex Gacel, recientemente cerrada, adeudando los sueldos de los trabajadores de 3 meses.
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