Me lo contaron mis viejos: Se Paga con la misma Moneda

Me lo contaron mis viejos: Se Paga con la misma Moneda

altTal vez la experiencia avala a un ser de historias y conoce ya el territorio al cual él pertenece, es por esto mismo que todos no corren la misma suerte a la hora de trabajar en la mina, por ello son muchos los hechos que han sucedido en ésta.

Un día, un joven de mediana estatura, obligado a trabajar por el bien de su familia, llegaba por primera vez a trabajar a la mina Chiflón Puchoco, ubicada en Schwager, al frente del mar en aquellos años. No tenía idea del nuevo mundo al cual ya pertenecía, pero sus antecesores vivieron de esto, sustentaron a su familia y ahora era el turno de este joven llamado Juan José Mella.

Su padre y su abuelo vivieron de esto, pero ambos rodeados de tragedias. Fue así como ambos hombres murieron aplastados en las profundidades de las minas. En algunas personas rondaba la idea de que, tal vez, esta familia estaría siendo atacada por algún ser extraño, allanado en las profundidades de las minas. Es por esto que, entre algunas personas de la mina, retaron a un duelo a Juan José.

Como siempre hay progenitor de toda idea, este fue el capataz, que ya conocía la mina al revés y al derecho, debido a los años de servicio que ya ha prestado al Chiflón. Para comprobar si era verdad aquel mito que rondaba por las mentes de algunos trabajadores, el capataz encargado de la sección donde trabajaba Juan José, le dijo: “como tú sabes, tu padre y tu abuelo murieron en esta mina y está la inquietud aquí de que algún ser extraño, tal vez el mismo diablo, tiene algo en contra de tu familia. Es por esto que te quiero encargar una misión para comprobar aquel hecho que ronda por varias cabezas, además probaremos tu valentía, tu coraje y habilidad. Quiero que vayas hasta el último piso, por denominarlo así, y que aguardes allí una hora para ver qué sucede. Si no llegas luego de tres horas, un tiempo necesario para que bajes y luego subas, este hecho será comprobado.”

Juan José aceptó la propuesta del capataz, dijo que no tenía miedo a nada de lo que pasara allá abajo y que si era por el bien de su familia, más valor tenía aún para enfrentarlo.

Acordaron juntarse a las diez de la mañana en la entrada del pique en cual trabajaban ambos, el capataz y el joven.

Los trabajadores alentaban a Juan José. La hora ya se acercaba. Nadie sabía lo que pasaba por la mente de Juan José en aquel momento, sólo sabían que por fin comprobarían si era verdad lo que ellos estaban afirmando.

“Juan José, llegó la hora”, le dijo el capataz.

Juan José, sin arrepentimientos, se internó lentamente en la mina, con la esperanza de poder volver con vida y ver a su familia, que era lo que más quería en aquel momento.

Faltaba poco recorrido para llegar al lugar de los hechos, nadie trabajaba a esa hora, estaba completamente solo o tal vez no. Todos esperaban a la entrada del pique por si salía Juan José.

De pronto, Juan José se vio atormentado por una espesa neblina negra que se aproximaba de a poco hacia él. Luego, le comenzó a faltar el oxígeno, ya no tenía fuerzas para continuar cuando de pronto escucha unos pasos, que cada vez se acercaban más y más. Volteó para ver si venía algo cuando… ¡zas! Juan José cae sobre el piso sin remedio alguno. Era el mismísimo diablo que rondaba por aquella zona y ya era su tercera víctima en la familia Mella: primero el abuelo, luego su padre y ahora él. Esto ya era una pesadilla.

Comenzaron a pasar los minutos, el tiempo se agotaba. Los trabajadores, atónitos, esperaban en la entrada del chiflón.

¡Sólo quedan diez minutos!… gritaban algunos.

El capataz pensaba, pensaba y pensaba “¿vendrá por ahí?” Cuando de pronto un trabajador gritó “¡Se acabó el tiempo, capataz!, ya no llegó.”

La idea que rondaba por algunas cabezas se había cumplido. Todos por fin podían comprobar que era verdad lo que afirmaban y lo primero que hicieron fue darle la noticia a su madre, que todos los días lo esperaba con una rica sopa de huevo, pero lo que no sabía era que ya no sería necesario esperarlo nunca más.

Un hombre robusto golpeó la puerta donde vivía el joven. La madre con mucho gusto fue a abrir la puerta pensando que era su hijo, pero lamentablemente no era éste sino que un compañero de trabajo que iba con la misión de comunicarle que su hijo había fallecido.

Al conocer la noticia, la señora se entristeció en gran manera, reventando en llanto, atónita, sin poder creer la noticia que le estaban contando. La señora quiso saber quién era responsable de aquel macabro hecho y el joven robusto respondió: “fue el capataz, él fue el de la idea.”

El hombre se marchó y la señora, muy triste, maldijo todas las veces que pudo a aquel hombre responsable, el capataz.

Lo que no sabía este pobre hombre, que trabajaba de capataz en la mina, era que la maldición ahora caería sobre él, siendo ahora él la víctima de todo lo que causó.

Pero Juan José aún tenía una misión antes de partir, quizás a donde; era vengar su muerte, que por culpa de un simple hombre había perdido.

Al día siguiente todo parecía normal, pero no todo era así. Aquel hombre culpable de hace morir a un noble joven, había muerto. Nadie sabe cómo fue, sólo saben que pudo ser obra de aquel joven trabajador que aceptó una mísera propuesta, perdiendo así su vida.

El alma de este joven se perderá y su cuerpo descansará en las profundidades de la mina, pero no en una mina cualquiera, sino que en la cual los hechos macabros abundarán por toda la eternidad.

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