Quizás lo ha oído, quizás lo ha visto. Waldo Carrillo, el chinchinero de la Región

Quizás lo ha oído, quizás lo ha visto. Waldo Carrillo, el chinchinero de la Región

altEl único chinchinero sureño y de la famila. Así se presenta Waldo Carrillo, el chinchinero que día a día puede verse en las calles de Concepción bailando al ritmo de su bombo. La presentación de Waldo no tiene nada de casual, al contrario, contradice toda la tradición chinchinera que actualmente se mantiene a través de ciertas familias que la conservan.

Los chinchineros, son artistas que se masificaron a mediados del reciente siglo XX, junto al organillero que ponía la melodía de fondo al rirtmo del chinchin. Se dice que a fines del siglo XIX llegó a Valparaíso una partida de 300 organillos que se distribuyeron por la zona central, llegando a nuestra provincia, sólo de visita, cuando las familias que los trabajaban realizaban giras hacia el sur. La antigüedad y la escasez de este instrumento han contrubuido a que se fuera ausentando de las calles y plazas, y el chinchin fuera quedando como el sobreviviente de esta tradición.

Con varitas de mimbre, de membrillo o de ciruelo, Waldo comienza a tocar el bombo y a dar pasos. Los platillos que se juntan con la cuerda que tira de los pies van marcando, la cueca, el tango, el vals o la cumbia que en ese momenento le inspire. El climax lo alcanzan los giros donde el bombo, parece que puede salir disparado a cualquier parte.

Su ingreso al oficio del chinchin tiene una claridad que sólo la puede dar la realidad. “Tenía 5 años y andaba con mi mamá aquí, en la Plaza Independencia, y estaba tocando una familia chinchinera y a mí me llamó la atención. Justo, en el grupo había un niño que tenía un bombo a su medida, y se lo pedí prestado y, desde ahí que me empeciné en tocar. Para mi mamá, esto le vino como anillo… nuestra vida era muy dura y los pesitos que me podía ganar, servían”.

Si bien, el chinchin ha sido considerado un arte patrimonial chileno por el Estado, éste mismo persigue el trabajo de Waldo. El año 2008, cuenta, tuvo que hacer una huelga de hambre para presionar a las autoridades a que lo dejaran trabajar. La huelga duró seis días y seis horas, hasta que consiguió que, al menos por unos meses, carabineros no se lo impidiera.

Su testimonio demuestra la hipocresía de la institucionalidad “si me ven con ustedes, que andan con cámaras, los carabineros harán vista gorda, pero si me ven solo, me echan porque no tengo permiso y tampoco me dan”.

La situación económica es precaria, “me gustaría que mi hijo aprendiera a tocar, pero que intentara vivir de esto”, dice Waldo. Es indignante para cualquiera ver cómo se financia una institucionalidad que aborda las tradiciones populares como piezas de museo. Con que haya un par de chinchineros en el país y que den vuelta el mundo, la propaganda de que “se hace algo”, está hecha.

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