Enero en Argentina: Comenzó el rock

Uno.
El obrero Pablo Díaz que trabajaba en el predio de la minera Vale do Río Doce en el puerto de Bahía Blanca (al sur de la provincia de Buenos Aires), en medio de una tormenta bíblica, fue arañado fatalmente por un rayo.  Se desconocen casos de empresarios al respecto.
Dos.
Es verdad. El actual gobierno argentino no tiene por qué hacer el socialismo y ni siquiera tiene que pavimentar el camino hacia una fase post capitalista. Por una parte -la menos importante-, no está en su programa ni en su práctica concreta y discursiva; y por otra -la más importante-, una nueva etapa histórica caracterizada por la hegemonía de los intereses de los trabajadores y el pueblo es labor de las grandes mayorías. Y el socialismo no es un modo de producción totalmente otro que el capitalismo. Eso será el comunismo. La socialización de las fuerzas productivas y la caminata dura por terminar con la apropiación privada del excedente socialmente producido, es un combate. Un período inacotado y determinado por las relaciones de fuerzas internacionales, regionales y nacionales. Algo parecido al socialismo anticapitalista (¡ahora es preciso adjetivarlo para no confundir el menú todavía más!) es un trecho significado por la exposición multidimensional y desembozada de la lucha de clases, donde el pueblo trabajador  lleva una ventaja parcial sobre la minoría gran propietaria que económica, política, diplomática, mediática y militarmente ofrecerá resistencia mortal ante la perspectiva cierta de la pérdida de sus privilegios naturalizados por siglos de dominación. Esa ventaja parcial de las fuerzas sociales que producen la riqueza; que siembran cereales y fabrican tecnología atómica; que construyen viviendas, educan, pintan, laboran en servicios, historian y novelan desde la emancipación del género humano, se expresa siempre por abajo como movimiento contradictorio ante la vieja sociedad, y luego se juega estratégicamente en el desmantelamiento del Estado tal como se conoce hoy. La participación en la democracia burguesa o dictadura del capital, e incluso hacerse del gobierno, es sólo parte de una forma para facilitar la organización popular, su cabeza y sus pies, y liberar la edificación del poder de los desheredados. Lo cierto es que sin armadura teórica y material, los trabajadores y el pueblo carecen hasta de la oportunidad de ser derrotados.

Es una perogrullada que frente a la mundialización del capitalismo y sus matices, el socialismo anticapitalista debe avanzar -desigualmente y de acuerdo a los complejos regionales- de manera mundial. Cualquier proyecto de poder con el horizonte puesto en el fin  de las clases sociales y del mismo poder de unos sobre otros, debe considerar cardinalmente ese carácter ampliado de la liberación humana. De lo contrario, contiene en su seno las pistas de su próximo fracaso.

Por eso, y otras innumerables razones, al Ejecutivo argentino es preciso observarlo con las armas de la crítica mientras se propugna en el movimiento real de los trabajadores su organización altamente politizada, con la mira en el poder como un medio históricamente limitado para acabar con él y las relaciones sociales y de reproducción de la existencia que lo justifican. A aquellos sectores que se decepcionaron rápidamente –algunos sin siquiera dar batalla- y a otros que sí enfrentaron la represión  y que hoy colaboran disciplinadamente con el capitalismo a la argentina, ni siquiera hay que denunciarlos de posibilistas. Menos de reformistas o socialdemócratas. Esas categorías no dan cuenta de la naturaleza del gobierno y sus funcionarios. En Argentina no existe reformismo ni socialdemocracia.
Sólo existe el capitalismo puro y duro del siglo XXI propio de un país empobrecido y dependiente: concentración del excedente, desigualdad galopante, intensificación de la explotación del trabajo asalariado, primarización económica, destrucción de recursos naturales sin repuesto, dominio del momento financiero de la reproducción capitalista, programas sociales con tope y dispositivos de alienación para regimentar  precavidamente un eventual ciclo de luchas sociales. Sí, en Chile parece peor. Pero Chile es vanguardia del ultraliberalismo. Habría que ver si los propios eslabones mexicanos y colombianos están a su altura. Y también es preciso testear qué estilo es el que está cruzando la cordillera andina en estos momentos. ¿Chile se argentiniza o Argentina se chileniza? Los ajustes estructurales, los programas sociales focalizados, la transnacionalización de la economía (con disfraces jurídicos o al desnudo), las privatizaciones, el daño irreversible de los ahorros  previsionales, las leyes antiterroristas, el patrón primario exportador, la intervención estatal para rescatar a los dueños de todo cuando están en aprietos, la represión contra los pueblos originarios y la desobediencia civil, la tercerización laboral (si la mitad de la fuerza de trabajo argentina está ‘en negro’, informalizada, entonces el subcontratismo no necesita cobrar las dimensiones chilenas), son materia aprobada con fondo de carnicería desde la segunda mitad de los 70’ del siglo anterior en Chile.

El anticapitalismo en Argentina tiene el deber objetivo de hundirse en el movimiento real de los trabajadores y el pueblo; aprovechar sus impulsos espontáneos gatillados por el empeoramiento general de la vida para adquirir tonelaje político, para conducir-participando; alimentarse y alimentar una nueva generación de insubordinados que actualice el proyecto de una sociedad distinta a la capitalista. Es decir, tonificarse con celeridad unitaria, amplia, radicalmente democrática, muy lejos de las capillas, los aparatos, los manuales trasnochados y la autoexclusión respecto del propio pulso popular. Salir por fin de la fotografía en blanco y negro, y convertirse en largometraje en 3D. Y ello jamás significa hipotecar principios, objetivos estratégicos ni memoria. Sólo que los principios, los objetivos estratégicos y la memoria son condición insuficiente para transformarse en alternativa política desde, con y para las grandes mayorías. En fin, montados sobre el análisis concreto de la realidad concreta y no sobre recetarios y sectas, llegar a ser pueblo en lucha, construcción genuina de fuerza social de mayorías, con proyecto y orgánicamente democrática, independiente e insobornable.

Tres.
En la coyuntura, Argentina sufre una crisis inflacionaria y de déficit  público (8 mil 600 millones de dólares el 2011) que en vez de remontarse con industrialización, nacionalizaciones e impuestos sustantivos al capital, pretende solucionarse mediante recorte de subsidios, salarios bajo el costo de la vida y reprimarización privatizada de la economía.

Asimismo, la administración de turno, fuera de toda propaganda, canceló el 2011, sólo en intereses, 9 mil 500 millones de dólares de la deuda pública que alcanza los 175 mil millones de dólares. Y pese al mayor gasto social, según las propias cifras desacreditadas del gobierno, la pobreza en el país raya el 25 %. El crecimiento está numerado en alrededor de un 4 % para el 2012. Ni los programas sociales ni la expansión económica dan como resultado una distribución del ingreso y de la riqueza socialmente producida menos inequitativa. Incluso con un 42 % de la población total percibiendo un salario, casi al borde técnicamente del pleno empleo. ¿Por qué? Porque aunque exista cesantía de un solo dígito, el movimiento del capital tiende a la concentración del excedente producido colectivamente y satisface sus tasas de ganancia a través de la súper explotación del trabajo (la mitad de la fuerza de trabajo está ‘en negro’, remunerada muy por debajo de los promedios de los trabajadores sindicalizados y en condiciones infrahumanas, sin seguridad social ni derechos de ninguna especie), el despojo de recursos naturales (megaminería y abuso del suelo que demanda la industria agropecuaria) con daños económicos y culturales  tanto a los pueblos originarios, como a las comunidades en general donde invasivamente se hincan sus intereses; y la tutela de las bolsas comerciales y financieras donde se especula y dictamina el precio de las mercancías.

Las novedades de enero son la obligatoriedad de hacerse de la tarjeta digital para emplear el transporte de personas en Buenos Aires, y los resultados de la primera negociación colectiva o paritaria del año entre trabajadores y empresarios. Junto con el incremento de un 127 % del precio del boleto en el subterráneo o metro capitalino, ahora la gente de a pie tiene que abrirle un crédito al transporte, pagando por adelantado los viajes que todavía no ha realizado. Igual que en Chile. ¿Qué se hace con el dinero cancelado con antelación al uso real del transporte colectivo mediante la tarjeta? ¿Duerme dentro de la tarjeta o se emplea en asuntos que desconoce la población? ¿Qué ocurrirá con la gente que anda con los ‘pesos justos’ para el viaje diario? ¿Ganan los usuarios con esta medida?

Por otro costado, 15 mil trabajadores de la industria aceitera de la Ciudad de Buenos Aires, San Luis, Bahía Blanca, Rosario, fundados en una investigación efectuada por la Universidad Nacional de Rosario sobre el precio de la canasta básica de una familia tipo (mil 460 dólares), lograron un reajuste salarial del 24 %. Es la primera negociación de 2012 y, en consecuencia, tendrá un impacto significativo en la seguidilla de paritarias que se resolverá durante el primer cuarto del año. Para llegar a ese porcentaje, los trabajadores debieron tomar medidas de fuerza con el fin de “sensibilizar” al empresariado del sector.  Ahora bien, se trata de una negociación donde se concordó un 24 % de  aumento remuneracional. Y el gobierno, a través del Ministerio del Trabajo, obligó el acuerdo. Por tanto, la inflación real supera ese porcentaje.

Enero 25 de 2012

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