Violeta Parra, el canto de todos

Patricia Bravo y Patricia Stambuk, legítimas autoras de “Violeta Parra, el canto de todos”, publicaron este modelo del género testimonial bajo el sello editorial Pehuén. Lo escribieron cuando estudiaban periodismo en la Universidad de Chile y participaban en un seminario sobre testimonios, en 1970. Para realizarlo, entrevistaron a los familiares y amigos más directos de Violeta. El golpe militar y la prejuiciada minusvaloración de tan importante obra, impidió la publicación, aunque circularon versiones parciales, sobre todo en el extranjero, donde no se les reconoció el crédito y, por cierto, muchos la usaron apropiándose de un trabajo señero. Cuarenta años después, aparece la edición definitiva que Patricia Bravo alcanzó a revisar y corregir antes de morir. El que quedara por primera vez en evidencia su autoría, constituye un hecho irrefutable y valioso.

En su trabajo, las noveles periodistas demostraron estar muy al día en lo tecnológico, pues usaban grabadora, algo muy poco frecuente en esa época. Patricia Stambuk compró en Punta Arenas una grande, de buena calidad y en lo práctico, era casi como llevar otra cartera. Este detalle es interesante, porque los testimonios tienen ese valor agregado de ser fidedignos y conservar el habla de cada informante.
Por sobre todo impresiona el respeto de las entrevistadoras para con sus entrevistados. Ellas desaparecen por completo, sin intervenir ni conducir las declaraciones y les dejan el protagonismo. El resultado es una biografía compuesta con elegancia, de calidad literaria superior, veraz, intensa, carente por completo del embellecimiento del recuerdo. De las diversas voces va surgiendo el retrato de Violeta Parra, artista genial, violenta, en constante lucha, “a palos con el águila” con la miseria; incomprendida, tierna, feroz, desorganizada, pero rigurosa en la creación; desordenada, “al lote”, charra de vestimenta, ajena por completo a la moda; decidida a volar y vivir como los pájaros sin someterse a ninguna atadura.

Muchas humillaciones

“Tuvo que pasar muchas rabias, muchas humillaciones hasta con sus compañeros. Le oían cantar una canción a lo divino y decían que estaba ‘cucú’”, dice su hermana Hilda. Para Violeta, lo macabro no sólo se desplegaba en el arreglo de los “angelitos”, poseía un tremendo enganche con la muerte. A su hija Carmen Luisa le advirtió: “Cuando uno quiere matarse, se mata calladita; yo nunca voy a decirte que mañana voy a matarme o que tengo ganas de matarme”. A Héctor Pavez le dijo: “Hay que morirse. Uno tiene que decidir la muerte ¡mandarla! No que la muerte venga a uno”.
Margot Loyola acuña una expresión admirable para definirla: “No le gustaba la permanencia”. Esto que se aplicaría a la renovación de sus amores, se extiende a su inquietud constante, a su búsqueda incansable, al desafío, al reto, a su tenacidad, a la gran aventura.

Entrañables voces son las de su madre, Clarisa Sandoval, y sus hermanos Roberto, Lautaro, Oscar. Fueron sus amigos y la admiraron algunos de los más notables intelectuales de mediados del siglo XX: el fotógrafo Sergio Larraín, el director de Proarte, Enrique Bello, Tomás Lago, quien fue director del Museo de Arte Popular Americano, el arquitecto Fernán Meza.
Asombrosa aventura fue su llegada al Museo del Louvre, con la dirección en un papel que llevaba en la mano. La aceptaron, luego la rechazaron. Insistió entre lágrimas. ¡La aceptaron! Y hasta le dieron permiso para trabajar en el mismo Louvre; allí terminó la arpillera del Combate Naval de Iquique. Expuso sesenta y una obras: tapices, máscaras, esculturas en alambre, pinturas, en el Pabellón de Marsan -que se encuentra en el extremo noroeste del palacio del Louvre. Desde 1905, éste y los edificios adyacentes se dedican a las artes decorativas-. Hasta ella llegaron directores de museos de diversas ciudades europeas; a Roberto Matta le gustó todo y prometió ayudarla; hasta le ofrecieron un palacio italiano para exponer. Ella seguía ofreciendo funciones en el teatro.
Las autoras destacan que los instrumentos indispensables de Violeta eran la guitarra, el cuaderno y el lápiz. Ella escribió siempre, desde muchachita. Esa escritura, y su crear constante le permitieron superar las injusticias, el hambre e incomprensiones. Escribió y escribió toda la mañana el día que tomó la decisión inexorable. ¿Esos escritos, qué se hicieron?

Testimonio de los maridos

Entre sus muchos méritos, el libro contiene los fieles testimonios tanto de Luis Cereceda, primer marido y padre de Angel e Isabel, como de Luis Arce, su segundo marido y padre de Carmen Luisa y Rosita Clara (muerta en 1954). No sólo revelan la visión que de Violeta tuvieron esos hombres tan cercanos a ella en momentos determinantes de su vida. Eran hombres inteligentes y comprometidos, que la amaron, pero estaban imposibilitados de seguirla en su vuelo creador por su calidad de obreros condenados a un trabajo duro. Cereceda destaca algo importantísimo: “Eso sí, escribía mucho, tenía muchos poemas, yo no sé que habrá pasado con esas cosas. Para escribir tenía una facilidad tremenda, era una maravilla, mucho más que para tocar la guitarra”. Y recuerda la mención honrosa que obtuvo en un concurso literario de Quillota. Luis Cereceda no olvida el primer premio que ganó en un concurso de baile español, organizado por los recién venidos en el Winnipeg, en 1944. En aquella época, señala, Violeta comienza a dedicarse a la política, junto al Partido Comunista. Los esposos abren en su propia casa una secretaría para la campaña presidencial de Gabriel González Videla y Violeta, por iniciativa propia, organiza un comité de dueñas de casa. Violeta agarra vuelo, canta en quintas de recreo, se dedica más y más a su oficio y pasión. Hasta que el marido le dice: “Bueno, sigue con tu arte, yo me voy”.

Carmen Luisa, su hija menor -fallecida en 2007-, declara con desgarradora sinceridad cómo a ella le tocó hasta el final acompañarla en su dolor, su violencia, su depresión creciente; su intento de suicidio; sentir desde sus estados de ánimo maravillosos hasta su amargura y llanto, su lamento porque “todo el mundo la había dejado. Estaba tan sola, abandonada de los hijos”. Y algo terrible para una creadora, “se le había acabado su vena”. Carmen Luisa constata que el único lazo de inconmovible afecto y comprensión se lo proporcionó su hermano Nicanor. Ella sintió el disparo ese domingo 5 de febrero de 1967 y fue la primera en ver a su madre tirada en el suelo. Resalta que el día anterior había almorzado con su hermano Nicanor, él preocupado por su estado de ánimo trató de estimularla indicándole un derrotero: “¿Por qué no te escribís una novela, Violeta?”. Ella desechó la idea: “No, guachito… Escríbetela vos mejor, yo estoy muy cansada”. Y Nicanor tiene patentes esas palabras dichas “con una voz muy rara en ella: ‘Sí, voy a descansar… voy a descansar’”. Luego le ofreció: “Te voy a cantar una canción. Se llama Un domingo en el cielo”.

Taller de creación

Gastón Soublette, profesor de estética, musicólogo y compositor formado en Francia, la conoció en la Radio Chilena, donde él era director de programas. No tardó en establecerse el vínculo y comenzaron a reunirse con Jorge Millas, poeta, el más importante filósofo chileno, constituyendo un verdadero taller de creación. Este académico e historiador del arte reconoce que, gracias a su encuentro con Violeta Parra, aprendió la importancia de la tradición popular poética y musical, géneros como el canto “a lo divino” y “a lo humano” y el empleo de la décima, forma tan clásica y culta. Además, Soublette realizó algo muy importante: la notación musical de las composiciones de Violeta, notación que ella no conocía, aunque había inventado una especie de registro propio. En cuanto a su voz, muchos decían que era lo único que ella no tenía, pero Soublette destaca su “voz convincente, expresiva”. Lamenta que se hayan reído de ella por su canto “a lo divino”. Esto es muy importante porque -aunque él no lo dice-, revela lo transgresor de Violeta, ya que por tradición, el “canto a lo divino” sólo es interpretado por hombres.

Ella quería darle una suerte de residencia fija a la utopía. En 1965 levantó una carpa-peña en Maipú, que después trasladó a la comuna de La Reina. La carpa tenía una capacidad para mil personas. Allí, Violeta decidió vivir, cantar y recibir a sus amigos. La imaginaba como un gran centro de arte. Sobre todo, quería que llegaran los jóvenes. Pero no aparecieron y ralearon los amigos. El vecindario la rechazó por los ruidos. Le cortaron la luz…
Entrevistada por René Largo Farías, en 1966, dijo: “Yo creo que todo artista debe aspirar a tener como meta el fundirse, el fundir su trabajo en el contacto directo con el público. Estoy muy contenta de haber llegado a un punto de mi trabajo en que ya no quiero ni siquiera hacer tapicería ni pintura ni poesía, así, suelta. Me conformo con mantener la carpa y trabajar esta vez con elementos vivos, con el público cerquita de mí, al cual yo puedo sentir, tocar, hablar e incorporar a mi alma”.
Llegó el 5 de febrero de 1967.
El resto no es silencio. A ello contribuyen Patricia Stambuk y Patricia Bravo con su elocuente y luminoso Violeta Parra el canto de todos.

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 751, 20 de enero, 2012)
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