¿Cambiarán los tiempos?

¿Cambiarán los tiempos?

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Hace 45 años, el escritor colombiano Gabriel García Márquez publicó Cien años de Soledad. En uno de sus capítulos, describe un Macondo convulsionado por una huelga a la compañía bananera que se había instalado invasivamente en el pueblo, de la noche a la mañana. José Arcadio, de la estirpe de los Buendía, es uno de los protagonistas del suceso que se desencadena por un decreto promulgado por el gobierno, el cual permite la masacre de cerca de 3000 personas de parte del ejército colombiano, consideradas comunistas o subversivas desde el poder por encontrarse en huelga. Tras la masacre, José Arcadio es herido y trasladado en uno de los vagones del ferrocarril, encima de los muertos; un tanto afectado por los hechos despierta rodeado de sus compañeros muertos, donde había niños, mujeres y hombres. Logra escapar del ferrocarril donde llevaban a los muertos para tirarlos al mar, como lo hacían con la banana que descartaban, y vuelve a Macondo.

A su regreso se encuentra con una realidad bestial; el suceso no era recordado por nadie y el resto del país leía los periódicos donde se mencionaba que no hubo muertos. José Arcadio repite hasta su misma muerte “Los mataron a todos. Eran más de tres mil, y los tiraron al mar”


García Márquez hace en este capítulo un correlato de la historia de Colombia. El acontecimiento se denomina la masacre de las Bananeras. En el Municipio de Ciénaga, el año 1928 el ejército disparó contra los obreros que protestaban por las precarias condiciones de trabajo- entre ellas por ejemplo, la subcontratación, aunque no lo crean- de la United Fruit Company, de capitales norteamericanos-bajo su control por lo demás, estaba la producción de piña y banana, en extensos territorios que atravesaban diversas fronteras latinoamericanas-.


Para muchos de nosotros, García Márquez hizo visible a nivel internacional un acontecimiento fundacional de las luchas sindicales colombianas, y por sobretodo la bestialidad del imperialismo norteamercano y los ejércitos nacionales a sus órdenes. Rescatándolo del fango pestilente, de los hipócritas historiadores del statu quo. Algo similar a lo que hace Patricio Manns en Actas de Marusia, adaptada al cine por Miguel Littin.


No fue la historia oficial quien recuerda la masacre, sino una obra literaria. Maestra, pero literaria. Dentro de nuestra verdad no oficial, la memoria popular encuentra un oasis del cual nutrirse y construir su propio proyecto. Sin embargo, nuestro pueblo, sobretodo el chileno, se pierde en los páramos del olvido, afectados por la peste del insomnio donde olvidamos una y otra vez que todo lo que ha mejorado las condiciones de vida del pueblo chileno, ha sido obra de sus propias manos.


Una de las tareas principales de la organización revolucionaria chilena, sea cual sea su vertiente política, es la reconstrucción de la memoria socio-política del pueblo. Pero la memoria no se expresa solo en un monolito, en una barricada o en un acto. Debemos construir cultura con memoria en toda práctica política y revitalizar la pedagogía como algo superior a una carrera universitaria. Marx da en el clavo, cuando señala en la Ideología Alemana “las ideas de la clase dominante, son, en todas las épocas, las ideas dominantes”.


¿Cómo construir nuestras ideas dominantes?

¿Cómo construir pueblo?

¿Cómo construir?


No hay que definir desde antes nuestra dirección política. La teoría revolucionaria, debe ir madurando gracias a nuestra práctica política. Y hoy nuestra realidad nos muestra una izquierda sectarista, incluidos los anarquistas. Precisamente porque hoy es más fácil llevar un nombre, una clasificación, que el peso de una realidad impuesta, donde el sentido común ha sido subvertido del tal modo, que incluso los espacios académicos, no solo los medios de comunicación, reproducen los valores del sistema de consumo. Sistema que vale la pena recordar no se cae a pedazos; somos nosotros los despedazados.


Necesitamos un movimiento que permita socialización. Producción de verdades del pueblo, diversión del pueblo, lenguaje del pueblo, comercio del pueblo, cines del pueblo, medios del pueblo, calles del pueblo, poblaciones del pueblo, música del pueblo. Construir la cultura emancipadora del pueblo, para contribuir con una verdadera institucionalidad cultural -institucionalidad para-estatal-.


Las condiciones se están dando para intervenir el sentido común de la población chilena. Una crisis orgánica del discurso que legitima el Estado neoliberal-subsidiario. La casta política perdida en acuerdos para-populares.


A tomar el cielo por asalto…


Qué salto a las estrellas será tarde

de una esperanza raquítica y cobarde?
qué mundo submarino no será nuestro?
porqué un vigor no vino?”

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