Cuento: Ciudad Brumosa

En cuanto entré a ese garito de calle Vicuña Mackenna llamado Don Hami, un tipo de la barra insistió en decirle al dueño que me sacaran a patadas. En fin, cada quien tiene sus días difíciles y podrá meterse en los asuntos que considere necesarios. No le presté mayor atención, y al poco rato se me acercó un sujeto de gruesos bigotes que se presentó como Calixto:

—En menos de media hora podría haber una redada aquí dentro. Le aconsejo que beba rápido su cerveza.

Desconfiado, miré a mi alrededor preguntándome a cuántos de ellos se llevarían en caso de que fuera cierto. Calixto pareció haber leído mis pensamientos, ya que se apuró en contestarme:

—No se trata ninguno de ellos. Es a mí a quien buscan, pero estoy tranquilo. Mire, el Pancho Soto se lo merecía. Soy un hombre de palabra y el asunto estaba acordado desde hace mucho antes: cincuenta y cincuenta. ¡Nos resultó tan sencillo entrar a esa financiera del centro de Coronel, en calle Manuel Montt, y pelarse la caja fuerte…! Incluso, le diré que saltar la pandereta fue lo más difícil. Yo tengo mi edad y el tontorrón tenía sus kilos. Pero una vez al otro lado la cosa marchó. El guardia nos debía el favor hacía ratito, así es que no puso problemas en dejarnos la ventana del wáter sin trancar…

En ese momento, Calixto hizo una pausa para echar un largo trago de su cerveza. Yo miré por la ventana que daba hacia la línea férrea, buscando algún rastro de los policías que supuestamente llevarían a cabo la redada, pero no había ninguna señal de ellos. Calixto encendió otro cigarrillo y continuó su relato:

—Una vez adentro encontramos la caja fuerte, preparamos nuestros implementos y aplicamos oxicorte. En pocos minutos calculamos que debíamos tener casi veinte palos para cada uno en nuestras manos. Entonces ocurrió: al muy idiota le dio una violenta revoltura de guata y fue como si hubiese perdido el juicio. Comenzó a correr de un lado a otro, buscando algo con qué limpiarse: se había cagado en los pantalones. Me decía que no podría escapar de allí con toda esa mierda en sus calzoncillos y que, por dignidad, en caso de que nos agarraran no quería hacer el ridículo.

“Algo de razón le encontré al Pancho, pero lo que no entendí fue lo que hizo después. Insistió con aprovechar de dejarles un mensaje a los dueños de la financiera, y se embetunó las manos con su propia caca, escribiendo en las blancas paredes:

PUEBLO QUE ROBA A SUS LADRONES

CIEN AÑOS DE PERDONES. CERDOS.

“El problema fue que pasó a llevar como media docena de alarmas en su nauseabunda faena. Así es que me aburrí de apurarlo y lo dejé allí, a su suerte. Sabía que no conseguiría saltar la pandereta solo, que lo atraparían y que me delataría. Pero no tuve otra opción, parecía enloquecido, lanzando mierda para todos lados, ¡hasta a mí me salpicó!

“Y bueno, ha pasado un par de semanas desde aquello y espero a que vengan por mí en cualquier momento. Pero he decidido no irme de la ciudad y ver cómo me las puedo arreglar… ahí está lo suyo Álvarez. De usted depende ahora.

—No se preocupe, Calixto—le respondí tomando la maleta que había extendido hacia mí—si acá dentro está lo que acordamos, tenga por seguro que a ese pobre diablo lo declaro en estado de demencia y lo acuso de sufrir delirio paranoide. Eso lo liberará a usted de todo, y a él lo dejará libre después de un par de semanas de fingir el tratamiento. Fue bueno eso de que encontraran un fajo de billetes en el inodoro, ya que a los policías no les cupo ninguna duda que no se trató de robo, sino de un desquiciado acto poético. Debió haber visto los dibujitos de su compadre… se demoraron como una semana en limpiar la sucursal.

Nos estrechamos la mano y salí del Don Hami con una maleta llena de billetes en la mano. Hacía mucho calor y el humo de media docena de incendios forestales en los alrededores de Concepción comenzaba a nublar la ciudad. Tomé un colectivo en dirección al centro, y sólo después de llamar al Pancho Soto pensé en comerme un Barros Luco en la Fuente Alemana, y en renunciar a mi trabajo en el psiquiátrico el lunes siguiente.

Pintura: En la cantina – Juan Carlos Boveri

+ de Oscar Sanzana Silva

En el nombre de la Locura (Texto Integro)

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