Apicultura en Crisis: Las abejas amenazadas por la industria alimentaria

Apicultura en Crisis: Las abejas amenazadas por la industria alimentaria

Desde el año 2006 se viene produciendo una inusual mortandad de abejas que supera el 30 % a nivel mundial, pero se registran alzas en las muertes desde mediados de los años 90. Las abejas comenzaron a morir en países como Francia, siguió su desaparición en Italia, España, Suiza, Alemania, Austria, Polonia, Inglaterra, Eslovenia, Grecia, Bélgica, Canadá, EE.UU. Brasil, Japón, la India, y también en Chile. Esta desaparición de abejas se denomina con la sigla DSC (síndrome de despoblamiento de colonias o Colony Collapse Disorder). Maria Bravo, apicultora de Patahual (camino a Santa Juana) declara  “Yo tenía 35 cajones hace tres días después fui a ver y  encontré uno totalmente vacío”

El DSC afecta obviamente la producción de miel de abeja, importante por sus  propiedades- antisépticas, expectorantes, energizantes, alivia malestares en la garganta, influye sobre las enfermedades reumáticas, tiene un efecto desintoxicante en todo el organismo, etc. además provee importantes nutrientes a quienes la consumen-. Pero las abejas, además de producir miel para nuestra alimentación, cumplen un rol fundamental en el ciclo de reproducción de las plantas. En su búsqueda de alimento, las abejas melíferas diseminan el polen, permitiendo la polinización y reproducción de las plantas. Las abejas de miel polinizan el 70 % de los cultivos destinados en su mayoría a la alimentación. Neil Carman, del consejo científico del Club Sierra (organización conservacionista norteamericana) explica que “debido al papel fundamental desempeñado por las abejas en la polinización de los cultivos, la desaparición de la abeja mielífera amenaza la producción de los cultivos, que suponen un tercio de nuestra alimentación, incluyendo cerca de 100 frutas y verduras.” En Chile, la superficie susceptible a ser polinizada por insectos bordea las 177.000 hectáreas, considerando almendros, manzanos, perales, frutales de carozos, paltos y semillas de hortalizas, etc. (INIA). De esta forma, las abejas no solo participan en la conservación de la biodiversidad, sino que también permiten la reproducción de vegetales y frutos  que sirven de alimento al ganado y a nosotros mismos. La disminución de la población de abejas por lo tanto, tiene efectos graves para quienes están en pie de lucha por la soberanía alimentaria y para la subsistencia de los agricultores.

En los años 40, se introduce en América Latina  la llamada “revolución verde”, que hace referencia a los cambios dirigidos a crear un modelo agroexportador, junto a la mano de obra barata, los trabajos temporales, la introducción  de tecnología en maquinarias; se abre las fronteras a la monstruosa industria química trasnacional, se masifican las semillas híbridas, los fertilizantes y plaguicidas químicos. Pese a que, hasta ahora no existen estudios concluyentes en torno a cuál es la causa del SDC, se piensa en la combinación de variados factores ambientales como la invasión de señales electromagnéticas, y todo lo relacionado con la industria alimentaria. Por ejemplo, la invasión de monocultivos en desmedro de los bosques nativos, hace pensar en un problema  de tipo nutricional, ante un ambiente dominado por especies que no son las más adecuadas para cubrir las necesidades nutritivas de los insectos. Raquel Moya, Apicultora de Tomeco, explica que  las abejas recorren un radio de 4 kms y no visitan los monocultivos forestales “ellas siempre visitan el nativo como el Mardoño, porque tienen más néctar y flores”. Juan Quiñones de Apiterra, Cauquenes comenta “si tienes un apiario y alrededor hay plantaciones forestales tiene que ser muy pequeño, porque los pinos y eucaliptos que se siembran acá no tienen flores…el nativo en cambio tiene floración y  es atractivo para la abeja por su  néctar”.

El uso y abuso de pesticidas ha sido considerado como el factor determinante en el SDC. Los pesticidas sindicados como los responsables del SDC  son los  de tipo Neonicotinoides tales como el Tiametoxam, la Imidacloprid y la Clontianadina, producidos por la compañía agroquímica alemana Bayer. Los dos últimos son usados como tratamiento en semillas de maíz y canola (raps), los químicos son absorbidos por la planta y soltados a través de su polen, néctar y agua con el objetivo de eliminar posibles plagas, lo que obviamente resulta dañino para los insectos que se alimentan directamente de ella. La introducción al mercado de este tipo de plaguicidas coincide con la repentina tasa de desaparición de abejas, así lo confirma el estudio de las Naciones Unidas (2011) para el Medio Ambiente (PNUMA) el cual estableció que efectivamente estos pesticidas pueden causar la pérdida de sentido, de dirección, afectando la memoria, el metabolismo cerebral, parálisis y mortalidad, representando un riesgo para las abejas, gatos, peces, ratas, conejos, pájaros y lombrices. María Bravo constata que la población de abejas ha disminuido gracias a la presencia de sustancias tóxicas en los monocultivos “las abejas se desorientan y se pierden del cajón…nosotros tenemos plantaciones orgánicas pero no sacamos nada porque la abeja sale y se contamina igual y se destruye, se intoxican”. A esto se suma que los Neonicotinoides se traspasan al suelo mediante las raíces de las plantas penetrando el subsuelo y contaminando finalmente las fuentes de agua utilizadas para riego agrícola, consumo animal y humano, pudiendo además permanecer en el suelo durante años, llegando a afectar las siembras futuras.

Países como Alemania, Eslovenia, Italia y Francia han restringido el uso de Imidacloprid en las plantaciones de maíz, sin embargo, su sucesor, la Clontianadina, sigue causando la muerte masiva de abejas en todo el mundo. La agencia de protección ambiental de E.E.U.U (EPA) aprobó la Clontianadina el año 2003 con la condición de que Bayer  presentara un estudio sobre su efecto en las abejas. Recién el 2007 Bayer presentó un estudio el cual EPA declaró admisible liberando definitivamente su comercialización. Sin embargo, surgieron voces ante el polémico informe desde el cual se filtró que “los estudios de toxicidad muestran que la Clotianidina es altamente tóxica tanto por contacto como por ingestión para la abeja de la miel”. Tom Theobald, miembro de la Asociación de Apicultores del Condado de Boulder explica: “En 2010, conseguí un documento de la EPA que revelaba que la Agencia ha permitido el uso generalizado de este plaguicida, tóxico para las abejas, en contra de las evidencias que señalaban su toxicidad. La Clotianidina no cumple con los requisitos para estar registrada. En los EE.UU, un tercio de la población de abejas ha muerto desde 2006.

Sin considerar el reclamo a nivel mundial que han hecho los apicultores, Bayer sigue fabricando y vendiendo plaguicidas Neonicotinoides, de hecho el Imidacloprid (vendido en Chile como Gaucho 600 FS, usado en maíz, avena, trigo entre otros) ocupa el primer lugar entre los plaguicidas más vendidos de Bayer, mientras que Clotianidina (conocido como Poncho 600, usado en lupulino maíz y raps) está en séptimo lugar. En Chile la importación de plaguicidas continúa creciendo sostenidamente, solo entre los años 1997 y 2005, ha experimentado un alza del 62,96%.

Otro factor de importancia que se considera causante del SDC es la aparición en las abejas de nuevos virus, o bien una variante de alguno  ya conocido, así también se considera la aparición de una enfermedad llamada Nosema Ceranae presente en el  país hace un par de años. Al respecto Científicos a nivel mundial vienen alertando sobre el riesgo de que los organismos transgénicos afecten de modo estructural, es decir en su ADN, al resto de los organismos, haciéndolos inestables y mas susceptibles a determinados elementos externos. Esto estaría sucediendo con  nuestras abejas expuestas al polen transgénico, tanto en los campos como en suplementos alimenticios provenientes de la soja transgénica.

Aún con omisión, control y censura a las instituciones de investigación pública por parte de las corporaciones transnacionales que no permiten estudios científicos concluyentes, todo apunta a que los organismos modificados genéticamente a largo plazo pueden tener efectos impredecibles en la constitución de  los mismos alimentos,  su valor nutricional, su carácter alergénico y sus contenidos tóxicos. Esto ayuda a explicar la aparición  de nuevos virus no deseados y de sus efectos no previsibles, del mismo modo que se ha probado que una cantidad sorprendente de alimentos transgénicos genera reacciones alérgicas. No debiéramos sorprendernos de estas consecuencias cuando se incorporan al medio ambiente organismos totalmente nuevos, eludiendo miles de años de evolución genética por la que han pasado todas las especies, incluidas las abejas y las plantas que las alimentan.

Cabe preguntarse ¿estaremos presenciando las primeras expresiones del daño causado por  los transgénicos? Más aún, debemos tener claridad sobre el daño que los transgénicos podrían provocar en nosotros. Está comprobado que el ADN y las proteínas de los organismos modificados genéticamente persisten en los intestinos de los mamíferos, pudiendo ser  transportados por la sangre a órganos internos, se ha probado que ratones alimentados con transgénicos de soja, maíz, papas, etc. desarrollan enfermedades asociadas al hígado, páncreas y riñones, sistema inmunológico y bajan su fertilidad. Se habla además de cáncer, diabetes, Alzheimer y una cantidad de otras enfermedades de tipo degenerativas. Al respecto, la transnacional Monsanto declara que “no hay necesidad o valor en testear la seguridad de los alimentos genéticamente modificados en humanos”. La base de Monsanto es que el producto mantenga las cualidades buscadas, lo que suceda después, no debe importar.

Debido al bajo consumo interno de miel, entre el 85 y 90% de la producción nacional de miel se exporta a Europa, principalmente, Alemania ( 74,3%), llegando a exportar a la UE 20 mil toneladas por temporada, lo que llevó a Chile a posicionarse dentro de los 15 productores a nivel mundial, sin embargo los apicultores se han encontrado con un  nuevo escenario desde que en septiembre del 2011, un fallo judicial del tribunal de la Unión Europea determinó que la miel debía ser etiquetada   de acuerdo a la contaminación genética, permitiendo la comercialización solo de aquella que presente menos de 0,9% de polen contaminado. Recientemente un embarque de miel Chilena fue rechazado, los estudio revelaron que cerca de 20 tambores presentaban altos grados de contaminación transgénica, presumiblemente de maíz y soja. En la temporada 2010-2011, la baja  en las exportaciones llegó a 4 mil toneladas, bajando también su precio. La mayor parte de los ingresos de los apicultores provienen de la venta de miel, en menor parte de otros derivados de las abejas, como polen, cera, jalea real y propóleos.

Guillermo Riveros, ingeniero agrónomo, presidente de la Asociacion de Productores Orgánicos del Bío Bío, declara que gracias a que este rechazo de  embarque se está sabiendo lo que en Chile sucede con la contaminación transgénica. En Chile se siembran cultivos transgénicos desde 1992, aunque se prohíbe el consumo de  semillas transgénicas en el país mediante la Resolución del SAG Nº 1.523 del año 2001, se autoriza la existencia de semilleros de multiplicación de transgénicos. Un fallo judicial en el 2010 y  ratificado en marzo de este año puso fin al secreto sobre la ubicación exacta de los cultivos transgénicos, y ordenó al SAG poner la información a disposición de quien la solicite. El proceso enfrentó a las organizaciones de agricultores orgánicos y antitransgénicos con los productores agrupados en  la Asociación Nacional de Productores de Semillas (ANPROS), constituida en su mayoría por semilleros transgénicos incluido Monsanto y Von Baer. El año 2011 se contabilizaron 31.000 hectáreas de cultivos transgénicos de exportación, 3 mil de estas hectáreas ubicadas en la región del Bío Bío, de las cuales más de 2 mil son de raps  (canola), casi 400 de maíz y más de 300 hectáreas plantadas con soya. En nuestra región las comunas con más presencia de transgénicos y a las vez las más contaminadas con plaguicidas son Los Ángeles, Coihueco, Bulnes, El Carmen y Chillán.

Riveros opina que el fallo ratificado en marzo de este año, es un avance pero es insuficiente, pues no  termina con la contaminación transgénica, ya que los semilleros transgénicos se encuentran indistintamente junto a plantaciones tradicionales y orgánicas, ante esto los productores apícolas se sienten impotentes “es imposible  la coexistencia entre esos, no se puede hacer la distinción mucho menos si la abeja que ya está con polen contaminado llega al panal y contamina todo, y cuando uno se da cuenta la miel ya esta en contendores, no hay nada que hacer”. Riveros da a entender que la política estatal es contradictoria “al promover por una parte la coexistencia entre semilleros transgénicos y cultivos convencionales u orgánicos, y de otra parte fomentar las exportaciones de productos apícolas sin contar siquiera con laboratorios ahora que la normativa internacional exige certificación de la miel respecto a su contenido  transgénico,” Los costos de la certificación orgánica son altos, accesibles para los grandes empresarios, pero no para los pequeños apicultores “tampoco el gobierno tiene la voluntad de poner la infraestructura para que esto se resuelva, y esto lo pide Europa”, señala. Indap fomenta inclusive la alimentación de abejas con suplementos alimenticios en base a soya transgénica y por otro discrimina a los pequeños productores  imposibilitados de certificar su miel para exportación.

Riveros agrega que el destino de la miel contaminada se ha convertido en un problema para los apicultores, debiendo ser comercializada en Chile, o en los mercados Norteamericano y Asiático, más aun la miel está dejando de ser percibida como un producto sano, escenario ante el cual no existe una política institucional. “El Estado debe  decirle  basta a los transgénicos, a los semilleros… estamos por moratorias completas, restringir definitivamente a los transgénicos, lo mismo con el control de plagas, debe ser preventivo y orgánico, nos oponemos a todos los químicos que hoy en día se comercializan, aunque sean un beneficio económico para un grupo selecto de personas que ven el negocio antes de la finalidad última de la producción de alimentos.”  Finaliza.

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