Cuento: El Gritón

Cuento: El Gritón

altNo recuerdo muy bien en qué momento le dio por empezar a gritar. Lo peor de todo es que no se le entendía nada. A lo mejor la historia sería distinta si él hubiese dicho algo con tanto alarido. Pero eran sonidos guturales, y no callaba nunca. Gritaba y gritaba en la cornisa de un piso 17 del Edificio Amanecer. Nos habían contratado para arreglar las cañerías de un departamento que quedó pa la cantá después del terremoto. Ese día, lo confieso, se nos ocurrió visitar a las chiquillas de uno de los cafés de la Galería O’Higgins, y bueno, una cosa llevó a la otra y llegamos un poco más tarde de lo habitual.

Eso sí, almorzamos una buena cazuela y altiro nos volvió el alma al cuerpo. Todo anduvo bien la primera media hora, pero fue después de destapar la cañería cuando él explotó. Es cierto que quedamos bien hediondos, mal que mal, nos ensuciamos con una mierda atrapada allí desde el mismísimo 27/F. Pero nosotros somos profesionales, sabe, y estos son gajes del oficio. O sea, que a uno le salpique un poco de caca en los pantalones no es para volverse loco y salir al balcón aullando como un lobo.

Lo que yo creo es que mi socio se guardaba una pena de amor. De esas que hacen daño, de las que lo liquidan a uno por dentro. Eso pensé, y ahí como que me empezó a crujir, pero no saqué nada con usar buenas palabras. Lo agarré varias veces para que se entrara, por último si gritaba acá dentro no lo escucharía nadie más que yo y los otros maestros. Pero dale con salir y seguir con la tonterita. ¡Imagínese que ya tenía a un buen lote de gente mirándolo desde allá abajo!

Al final, oficial, usted bien sabe que la paciencia se le acaba a uno. Era amigo mío, pero no de los más cercanos. En realidad, lo conocía hace poco. Y en la pega era ahí no más, siempre hacía los trabajos apurado porque quería mandarse a cambiar a los cafés con piernas. Me acerqué por detrás, tratando de no pensar en la maldad que le iba a hacer. De haberse quedado callado le juro que no hubiese pasado nada, pero el gritón siguió en lo suyo. Le pegué flor de patá en el poto y se mandó balcón abajo. Mire lo que son las cosas oficial, el finao por fin cerró la boca mientras caía. Yo me lavé la cara y las manos, eché las herramientas en mi bolso, sintiéndome harto aliviado le diré, y me senté en el piso a esperarlos a ustedes.

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