Ricardo Claro: el visitante del Paseo Bulnes (ex agentes recuerdan su vínculo con la DINA)

La nueva brigada se instaló en el Paseo Bulnes, cerca de la calle Alonso Ovalle. Transcurrían los últimos meses de 1976. La DINA aún reinaba. Pero en el horizonte aparecían nubarrones negros para su jefe, entonces coronel Manuel Contreras. Había logrado triunfar en su descarnada disputa con el jefe de la Dirección de Inteligencia del Ejército, DINE, general Odlanier Mena. Este consideraba que Contreras convertía la ortodoxia de la inteligencia en una banda de ladrones y despiadados asesinos. Se lo dijo más de una vez a Augusto Pinochet. Otros integrantes del cuerpo de generales opinaban parecido a Mena.

El crimen de Orlando Letelier el 21 de septiembre de 1976 en Washington, autoría de los hombres de Contreras, había sellado la suerte de la DINA. Estados Unidos, uno de los principales gestores del Golpe Militar, exigía esta vez a Pinochet poner fin a su organismo estrella de la represión.

Entonces, para Contreras y sus brigadas comenzó a escasear el dinero. Pinochet tuvo buen cuidado de empezar lentamente a recortarles el presupuesto con la intención de asfixiarlos. En ese escenario nacía la última brigada de la DINA, y tal vez la menos conocida de todo el período de las cuatro letras con puño de hierro: la Brigada Económica.

Contreras habló con el oficial de la Fuerza Aérea retirado, su amigo personal Arturo Ramírez Labbé. Le pidió que fuera el jefe. ¿Objetivo?, conectar empresarios poderosos y personas influyentes que, desde sus empresas e instituciones, aportaran los primeros y desviaran los segundos, fondos para la misión patriótica aún inconclusa.

A pesar de sus desvelos, el jefe de la DINA todavía conservaba el honor de ser el hombre más poderoso y temido de Chile después de Pinochet. Como su ayudante para todo servicio, incluido su protección personal y chofer, Contreras le puso a Ramírez Labbé a un integrante de la temida Brigada Lautaro: Eduardo Cabezas Mardones, de chapa José Luis Ibarra. Mardones venía de la FACh y se había destacado en astucia y brutalidad desde un comienzo. Por sus cualidades llegó a convertirse en el guardaespalda y todo terreno del oficial de Carabineros Ricardo Lawrence, segundo hombre del Grupo Delfín en el cuartel de exterminio Simón Bolívar.

Uno de los primeros empresarios que se hizo asiduo visitante en el Paseo Bulnes, fue Ricardo Claro Valdés, que ya estaba vinculado al organismo. Muchos años después, procesado y arrestado por los crímenes del cuartel Simón Bolívar, el mismo Cabezas Mardones recordó en sus declaraciones judiciales las visitas de Ricardo Claro a Bulnes para reunirse con Manuel Contreras y Ramírez Labbé.

“El trabajo consistía en que Ramírez Labbé tenía que tomar contacto con personas importantes de universidades y empresarios. Por ejemplo recuerdo a Ricardo Claro. (…) En Bulnes, en reiteradas ocasiones me percaté de la presencia del señor Claro, del rector de la universidad de Chile y Manuel Contreras. (…) La labor ya no era política, era netamente económica”.

El rector de la Universidad de Chile mencionado, corresponde a otro hombre de confianza de Contreras, el abogado asesor de la Junta Militar, Julio Tapia Falk.

“Agradecía a Dios el hecho de tener algo de fortuna porque ello le posibilitaba ayudar a ciertas causas y obras ‘hasta que duela’. Muchos son los que pueden dar fe de ello”, escribió sobre Claro para la revista Capital la historiadora Patricia Arancibia Clavel, poco después de la muerte del empresario en 2008.

Un agente amenazante

Cuando llamamos por teléfono a Cabezas Mardones para que aportara más antecedentes acerca de la relación de Claro con la Brigada Económica y entregara nombres de otros empresarios colaboradores, éste respondió amenazante. “Yo no tengo nada que hablar con usted. ¿De dónde sacó mi teléfono? No me llame nunca más”, y cortó. Volvimos a marcar el número y de manera amable le pedimos una conversación. Después de un largo silencio, se escuchó “Ya te dije ya. ¡Cuidadito conmigo!”. Ante la diplomática despedida, no llamamos más.

Pero el debut de Claro apoyando la causa de la DINA había ocurrido bastante tiempo antes, cuando el organismo crecía y crecía y se requería cada vez más dinero que no alcanzaba a cubrir el presupuesto que se le otorgaba desde el gobierno central. En distendida conversación con el ex agente Jorgelino Vergara, más conocido como El Mocito, nos recordó que cuando entre 1974 y 1975 él trabajó como mozo en casa de Manuel Contreras en calle Pocuro con Antonio Varas, Ricardo Claro acudía “a cenar a esa casa con el Mamo. Yo lo aprendí a conocer porque era yo el que lo atendía”.

En el libro del periodista Javier Rebolledo “La Danza de los Cuervos”, El Mocito cuenta que Ricardo Claro no sólo a veces pagaba los sueldos de los agentes de la Lautaro, sino que acompañado de los principales hombres de la DINA, también disparaba balas incendiarias en fusiles de grueso calibre en los bosques del Cajón del Maipo. Era invitado por Contreras a la Casa de Piedra, que la dictadura había confiscado al dueño del diario Clarín, Darío Saint Marie, y traspasado a la DINA para que la usara como lugar de descanso y prisión transitoria de detenidos.

La partida al “exilio”

Avanzaba el tiempo y Pinochet estaba sometido a fuertes presiones y debía decidir el destino de la DINA. Ya a fines de 1976, sencillamente no contestaba los oficios personales que Contreras le hacía llegar pidiendo urgente más dinero. En los desayunos diarios entre los dos, Pinochet le explicaba que no se podía más. Se daba cuenta de que alguna razón tenían los detractores de la DINA, que iban creciendo. Pero Contreras y su monstruo hambriento le mantenían el país en orden. Para el dictador, de inmenso valor. Finalmente, Pinochet sacó a Mena de la DINE. El detractor perdía la batalla. —Pero te ofrezco la embajada en Brasil, Negro, allá vas a estar tranquilo— le dijo. Y Mena partió al “exilio”. El Negro, como le decían cariñosamente sus más cercanos, mordía la derrota. Aunque en sus pensamientos se anidó el espíritu de la venganza.

Contreras se convenció que llegaba el momento en que había que empezar a sobrevivir. Los días de gloria quedaban atrás. Estados Unidos seguía presionando con amenazas de cortar la venta de pertrechos militares, si el régimen no ponía fin a la DINA, que había osado matar en territorio estadounidense.

El Mamo sabía que habían logrado dar golpes mortales al MIR, al Partido Comunista y a los socialistas. Pero el apetito represivo era muy grande. Apenas transcurrían tres años de la guerra antimarxista. La DINA necesitaba urgente más dinero. Los tentáculos de la bestia crecían temiblemente. Causaba preocupación y temor dentro de sectores del mismo Ejército y las otras ramas de las Fuerzas Armadas.

Tres planes

Entonces, Contreras diseñó tres planes que operarían en paralelo. Uno conduciría a obtener recursos propios para seguir golpeando al enemigo. Debía demostrar a todos, y especialmente a Pinochet, que la DINA seguía vigente y necesaria. Para ello incursionó en la formación de empresas fantasmas, varias de ellas con vínculos en Panamá, a través del abogado panameño Guillermo Endara, quien después sería presidente de ese país entre 1989 y 1994. Ellas debían aportar lo necesario para cubrir una parte de los gastos de las brigadas operativas y el pago de informantes. Otra parte surgiría de algunos asaltos que deberían realizar los agentes más fogueados.

El segundo plan fue la formación de la Brigada Económica, el que logró con éxito.

El tercero fue el más maquiavélico. Frente a los críticos de los métodos brutos de su organización exigiendo el retorno a la ortodoxia clásica de la inteligencia militar por la que abogaba el general Mena y otros, la DINA demostraría que estaban equivocados. ¿Cómo? Generando ellos mismos la subversión marxista, a punta de bombazos nocturnos en las principales ciudades del país. Entonces tendrían que reconocer que la DINA era insustituible. Que el peligro subversivo aún latía.

Los planes funcionaron como Contreras quería. Operaron las empresas de papel que trabaron pingües negocios oscuros y fraudulentos. Algunas fueron Entrecostera Panatlántica, Edice Investment Inc., y South Fishing Corporation.

Los bombazos dieron sus frutos, al menos por un tiempo. No fueron muy potentes. Algunas sedes bancarias, oficinas públicas y postes de alumbrado fueron los objetivos. Aparecieron críticas a la Policía de Investigaciones que dirigía el general retirado Ernesto Baeza, otro de los enemigos de los métodos DINA. Las mismas dudas de eficiencia recayeron sobre las redes de inteligencia de las Fuerzas Armadas y Carabineros. Contreras lograba por ahora justificar la continuidad del puño de hierro. Eso sí, a cualquier precio. Aún actuando como bandidos y terroristas.

Entre los aportes realizados por los amigos empresarios a la causa, hubo uno que, aunque modesto en el valor material, tuvo gran efecto de apoyo a los planes de Contreras para mantenerse en el trono. Unos meses antes de que finalmente Pinochet decidiera poner fin a la DINA en agosto de 1977 y remplazarla por la CNI, un pequeño accidente puso en evidencia que la subversión marxista era malévolamente inducida.

Por orden de Contreras, Cabezas Mardones viajó a Concepción a retirar un trabajo de imprenta empacado en 50 cajas de cartón. “Cargué la camioneta y partí. Pero en la carretera de regreso un camión pasó a llevar la camioneta y se volaron unas cajas. Ahí vi que contenían panfletos con consignas en contra del gobierno militar. Era la política sucia”, recordó el agente en una de sus declaraciones judiciales en 2007. El actualmente fallecido juez Víctor Montiglio lo había procesado por los crímenes del cuartel Simón Bolívar.

Por esas cosas de la vida, el general Odlanier Mena recibió a fines de julio de 1977 un llamado de Pinochet a la embajada de Brasil. Por decreto 1878, el 13 de agosto de ese año Pinochet creó la Central Nacional de Informaciones, CNI. La DINA desaparecía entre la tormenta. Con Manuel Contreras arrestado en el Hospital Militar. Estados Unidos pedía su extradición por el crimen de Orlando Letelier. Mena regresaba a Santiago en gloria y majestad para asumir la dirección de la CNI. La venganza estaba cumplida.

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