“Ministra Matthei: No somos violentistas” [análisis de las irracionalidades que se viven en el Valle Huasco]

El Río Huasco no tiene más de cinco metros de ancho y no llega más arriba de la rodilla. Este hilo de agua que ha permitido la vida humana por miles de años en medio del Desierto de Atacama, sostiene ahora a 8 megaproyectos mineros y la planta de cerdos de Freirina, entre otros negocios que usan agua intensivamente. Pedro Santander, periodista y habitante del valle, discrepa con las acusaciones de violencia que la ministra Matthei lanzó sobre los manifestantes de Freirina. Asegura que en la zona no hay violencia sino irracionalidad: la irracionalidad de un sistema que pone las ganancias por sobre la calidad de vida de los chilenos.

Si por estos días alguien quiere ser testigo en vivo y en directo de cómo un sistema económico pone la razón y la tecnología al servicio de la irracionalidad, le recomiendo que se dé una vuelta por el Valle del Huasco, Tercera Región de Atacama.

Este hermoso y relativamente poco conocido valle del Norte Chico forma parte de las zonas de transición entre el desierto atacameño, característico del Norte Grande y los valles verdes de la zona central. Sin embargo, como los valles ubicados más al norte del Valle del Huasco (por ejemplo, el de Copiapó) han perdido sus ríos por culpa de la acción humana, este valle es la última frontera que detiene el avance del desierto hacia el sur.

Aquí prácticamente nunca llueve y la existencia del valle depende exclusivamente del agua del Río Huasco y sus afluentes, cuyo caudal es formado por el permanente y lento derretimiento de los glaciares de la cordillera, gracias a lo cual fluye agua desde lo alto hasta Huasco, caleta pesquera donde se juntan río y mar. Y decir “río” podría parecerle exagerado a alguien del sur chileno si viera el nuestro: en promedio no tiene un ancho mayor de cinco metros y salvo en las pozas que hacen los niños para bañarse en verano, no llega más arriba de la rodilla. Este delgado hilo de agua, que visto desde el aire parece una larga y fina culebra, ha permitido la vida humana por miles de años, en medio del desierto de Atacama, con un equilibrio ecológico que ha generado un paisaje rico en aceitunas, paltas, damascos, duraznos, higos y nueces.

Sobre ese delicado equilibrio se ha lanzado en los últimos años toda la irracionalidad de un sistema que pone al capital por sobre todas las cosas, incluso por encima de la vida humana.

“La planta de chanchos de Freirina es uno de los muchos ejemplos de la irracionalidad puesta al servicio única y exclusivamente del capital: para la crianza de cada cerdo se necesitan, en promedio, cerca de 40 litros diarios de agua; multiplicado por aproximadamente. 300 mil cerdos, significa ¡12 millones de litros por día!”

El caso de la planta de chanchos de Freirina es uno de los muchos ejemplos de esa locura puesta al servicio única y exclusivamente del capital: para la crianza de cada cerdo se necesitan, en promedio, cerca de 40 litros diarios de agua; multiplicado por app. 300 mil cerdos significa ¡12 millones de litros por día! Sumemos a eso lo que informa la Dirección General de Aguas (DGA, 2008): el consumo de agua fresca por parte de las grandes compañías mineras que se ubican en el valle ascendió el 2006 a 12 mil 800 litros de agua por segundo, lo que significa un consumo anual de 403,6 millones de metros cúbicos. A ello se agrega la expansión -también irracional, aunque tecnológicamente muy sofisticada- de los parronales con uva de exportación. Quienes vivimos acá somos testigos de cómo en cada temporada este monocultivo crece y crece en este estrecho valle cubriendo como una camanchaca verde los cerros hasta la punta, muchos de ellos propiedad de los Huasco Altinos, comunidad indígena que, como muchas otras en nuestro país, también está afectada por la ocupación ilegal de sus tierras.

Mientras tanto, a los habitantes de la zona, la mayoría pequeños agricultores, se nos controla cada vez más nuestro uso del agua. A fines de noviembre de este año, en una reunión entre los pequeños regantes de la zona y la directiva de la Junta de Vigilancia del Valle (organismo encargado de coordinar el riego en la cuenca y el mismo que recibió US$60 millones de Barrick Gold para que dejara de oponerse a la instalación del megaproyecto minero Pascual Lama), se nos informó que el Tranque Santa Juana viene disminuyendo su nivel desde el año 2008, progresivamente. Por eso se nos han impuesto turnos de riego y un control cada vez más estricto del riego, que incluye la instalación de un sistema de monitoreo satelital para saber cuánta agua estamos usando. También supimos en esa reunión que un técnico de la Junta de Vigilancia subió recientemente a  ver las faenas del proyecto minero Pascua Lama y presenció en terreno “que los glaciares están claramente disminuidos y con polvo en la capa alta” y que “se constata un excesivo movimiento de tierra por parte de Barrick”, lo que produjo la bajada del lodo por el río durante meses imposibilitando por cuatro meses la siembra.

Y este es sólo uno de los ocho megaproyectos mineros que se encuentran instalados en la zona cordillerana. A diferencia de los conflictos medioambientales que han formado parte de la agenda noticiosa actual y que se desarrollan cerca del mar, es decir, en la parte final del valle (planta de cerdos en Freirina, Central Castilla, Central Punta Alcalde, etc.), esta gran minería extractiva a cielo abierto se ubica en las cabeceras de las cuencas hídricas y en las nacientes de los ríos cordilleranos. Por lo mismo, su presencia es menos visible, no se ve directamente, y suele ubicarse a más de cuatro mil metros de altura. A ratos vemos pasar maquinaria pesada y camionetas con gringos, otras pocas veces se han visto chinos subiendo en las micros rurales que los acercan a sus proyectos. Más frecuente es observar los cambios de turnos que se realizan en la pequeña localidad de Conay, hasta ahí suben en promedio 4 ó 5 buses con trabajadores que reemplazan a los que vienen bajando de la mina, escoltados por tres camionetas de seguridad; cada vez son más los mineros bolivianos que se observan entre ellos.

Pero nadie ve directamente las faenas mineras, ni el daño que éstas le provocan a los glaciares, a los humedales y a los milenarios restos arqueológicos. Sabemos que los megaproyectos están aquí, pero no están a la vista, son una presencia fantasmagórica,  arriba de nuestras cabezas, y, sin duda, la más mortífera: cada gramo de oro extraído de la mina requiere remover cuatro toneladas de roca y consumir ¡380 litros de agua!, sólo un gramo.

Pero este consumo indiscriminado de agua que realizan las mineras con el fin de extraer oro de las entrañas de las montañas, para luego enterrarlo como lingotes en el fondo de las bóvedas de los bancos foráneos, es permitido sin control por el Estado y sus gobiernos de turno, lo mismo que las permanentes excavaciones de pozos en los parronales que autoriza la DGA, lo mismo que los millones de litros de agua diaria para los chanchos.

Contrastando con esa permisividad, a nosotros los regantes de pequeños predios agrícolas, que desarrollamos una actividad que ha sustentando la vida del valle hace miles de años de cordillera a mar, nos controlan y nos restringen cada vez más, hasta la última gota de agua que usamos para producir alimento para el  Norte Chico, en el marco de una actividad sustentable y respetuosa del medioambiente.

Pero todo esto no lo considera la ministra Matthei, quien nos ve como violentistas y extremistas por defender el agua, el aire y la tierra, es decir, la VIDA, que al capital le importa mucho menos que un gramo de oro.

Foto: Olca.cl

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