Escenarios futuros en Venezuela

Futuro de la Revolución Bolivariana

¿Qué hacer ante la coyuntura planteada a raíz del referéndum del 2 de diciembre?

Marcelo Colussi

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            Las crisis, en sí mismas, no son necesariamente negativas. Por el contrario, son momentos que pueden revestir gran utilidad. En tal sentido, una crisis es una ventana de oportunidades.

            En este momento la Revolución Bolivariana se encuentra ante una situación que podríamos caracterizar como de posible crisis. La derrota en el referéndum del pasado 2 de diciembre abrió un nuevo escenario que puede llevar a dos caminos: la profundización del proceso revolucionario, o su reversión. No hay crisis en sentido estricto, pero de acuerdo a los pasos que se vayan dando en lo inmediato y en el mediano plazo, la cachetada que representó esta batalla perdida en diciembre podría transformarse en un proceso de crisis prolongada con consecuencias fatales para la revolución. O, también, de acuerdo a la forma en que se procese y reencause este nuevo escenario abierto, la línea política de todo el proceso podría fortalecerse, fortaleciendo al mismo tiempo la propuesta del ALBA y toda una corriente antiimperialista que ahora está comenzando a tomar forma en América Latina.

            Sin dudas que la derrota sufrida en el referéndum no fue poca cosa. Si fue el primer revés experimentado en estos ya nueve años de gobierno del presidente Chávez después de once elecciones, las repercusiones de todo ello pudieran parecer algo sobredimensionadas. Pero hay que tener en cuenta que no fue un simple traspié; todo indica que el proceso sufrió un golpe nada despreciable. Golpe del que, sin dudas, puede recuperarse –de nosotros depende ello–, pero que, por lo pronto, debe tomarse como algo importante y sobre lo que no podemos autocomplacernos en forma irresponsable: la revolución tenía un exceso de triunfalismo que se vino abajo precipitadamente, la revolución aún está muy lejos de haber echado raíces sólidas. Obviar esto en el análisis puede llevar, lisa y llanamente, al triunfo de la contrarrevolución.

            La reversión de todo el proceso es posible, sin dudas. De hecho las fuerzas de la derecha local así como el imperialismo estadounidense están totalmente enfocadas en ese objetivo. Por eso el triunfo que obtuvieron en el pasado referéndum tiene un valor especial: indica que la revolución también puede perder en las urnas. A partir de eso, el año que se inicia augura una dura, durísima batalla. La lucha de clases está al rojo vivo, y quizá este es un momento especial en la historia del país, pues ahora se está ante la posibilidad real de profundizar el camino socialista. Ante esa perspectiva, la derecha también está enfocando toda la artillería pesada en la lucha. Aunque haya sido muy estrecho el margen con que se impuso, políticamente eso funciona como un aire fresco que la renueva.

            Ahora bien: ¿por qué entonces esta derrota en un proceso electoral, única en nueve años tras diez triunfos consecutivos, por qué a un año de un triunfo inapelable en las elecciones presidenciales con casi dos tercios del electorado favorables al proceso bolivariano, desata toda esta preocupación? Porque esto desnuda debilidades estructurales del proceso bolivariano que el triunfalismo anterior no permitían ver, o no se querían ver.

            Después de casi tres décadas en que la onda neoliberal barrió todos los países latinoamericanos, con una desmovilización enorme del campo popular y un enorme retroceso en las conquistas sociales obrero-campesinas, la aparición de Hugo Chávez en la escena pública trajo nuevas esperanzas. Volver a hablar de planteos socialistas fue, sin ningún lugar a dudas, recuperar parte del terreno perdido todos estos años. Hay quien ha interpretado su accionar político como una encarnación de las protestas populares desatadas en lo interno de la sociedad venezolana a partir del Caracazo, la primera gran reacción a los planes privatizadores en Latinoamérica. En parte es así; pero básicamente se trata de un líder tremendamente carismático que, sin provenir del marxismo, pudo transformarse en un interlocutor con los sectores más postergados de Venezuela como nadie en la izquierda lo había logrado ser con anterioridad. El proceso bolivariano iniciado en 1998 no fue, en sentido estricto, una revolución socialista popular desde abajo. Pero con el curso de los acontecimientos, algunos años después, fue transformándose en eso. O, al menos, ese es el horizonte hacia el que apunta. La derecha nacional e internacional lo comprendió, de ahí que comenzó su ataque furioso, y lo seguirá manteniendo siempre buscando su caída.

            El ataque a la Revolución Bolivariana y a su líder sigue, y durante este año 2008 se incrementará nutriéndose en la reciente victoria del NO a la reforma constitucional. El abanico de instrumentos que continuará utilizando es amplio. Nunca está del todo descartada la intervención militar directa del imperio, aunque eso, dada la coyuntura actual, no pareciera lo más viable. De todos modos, jamás hay que olvidar que Venezuela, a un paso de Estados Unidos, es la reserva petrolera más grande del mundo y difícilmente la geopolítica estadounidense se resignaría a perderla con tranquilidad. Por el contrario hará lo imposible por retornar a este gobierno díscolo a la “normalidad” que requiere el gran capital para continuar su hegemonía. Este año, por tanto, con más virulencia aún que en años anteriores, asistiremos a distintas estrategias de desestabilización. Sin descartar la opción militar, pero dejándola en suspenso de momento, la matriz dominante estará centrada en lo que se dio en llamar golpe de Estado suave: interminables ataques mediáticos permanentes y sabotaje a la economía. De hecho, eso ya está en marcha, ¡y a marcha acelerada!

            La debilidad que puso de manifiesto la derrota del 2 de diciembre estriba en la naturaleza misma de todo el proceso bolivariano que viene desarrollándose: no hay aún un planteo clasista claro, falta todavía una franca ideología revolucionaria. Y esto deja ver que el gobierno, si bien dispone del petróleo, no maneja todas las palancas del poder económico, lo cual lo coloca en una situación de cierta precariedad. Pareciera que efectivamente buena parte de las fuerzas armadas están con la revolución, y hoy la hipótesis golpista no tiene gran cabida. Chávez y el equipo gobernante –no siempre revolucionario y socialista– manejan Miraflores y buena parte del aparato estatal. Pero falta mucho para manejar todo el poder. La derecha dispone de mucho margen de maniobra (producción de alimentos de consumo masivo, banca, medios de comunicación, universidades, jerarquía de la Iglesia Católica), y el gobierno hasta ahora se ha movido en relación a ella con una suavidad que a veces abre interrogantes: ¿no quiere o no puede ir más allá?

            Otro punto muy importante a considerar en todo el proceso vivido hoy en Venezuela es el papel jugado por Hugo Chávez. La derecha festeja eufórica que, no habiendo ganado la reforma constitucional propuesta y al no haber posibilidad de reelección continua, Chávez tiene sus días contados como presidente del país. En tal caso, para enero del 2013 terminaría su mandato, con lo que –esa es la lógica que se asume– terminaría también esa “pesadilla” socialista que se está viviendo. De ser así –y en buena medida el resultado del referéndum produjo generalizadamente ese sentimiento– eso indica una debilidad. No hay dudas que, hoy por hoy, no puede haber revolución socialista sin Chávez. Pero sólo con Chávez tampoco. Que todo un proceso político de transformación social tenga como única garantía la presencia de una persona es cuestionable. Pero más aún: es peligrosísimo. ¿Qué pasa, entonces, si Chávez desaparece? ¿Qué pasa desde el 2013 en adelante entonces si no hay reelección: se termina el sueño socialista? Más aún: ¿qué pasa si muere hoy?

            Sin dudas, entonces, la pasada derrota en las urnas vino a mostrar fragilidades que no estaban muy claras, o que no se querían ver. ¿Cómo debe reaccionar ahora la revolución entonces? Definitivamente con un proceso profundo de revisión, de replanteamientos. De hecho el gobierno ya ha comenzado a hacerlo. Pero hay que tener presente algo básico: en un momento como el actual o se profundizan las cosas o se corre el riesgo de caer sin posibilidad de retorno.

            Tal vez, visto ahora retroactivamente, no era necesaria esta propuesta de reforma –ni los 33 artículos presentados por el presidente, y menos aún los 36 que se le adicionaron posteriormente– para avanzar hacia el socialismo. La construcción de una sociedad socialista no depende tanto de un texto constitucional sino de las políticas reales y de las nuevas relaciones de poder que se van estableciendo. La constitución vigente de 1999 puede ser suficiente marco jurídico para adelantar cambios profundos. De lo que se trata, en definitiva, es de edificar un nuevo protagonismo popular, de las grandes masas siempre olvidadas y explotadas por el capital, y de nuevas relaciones para con la propiedad privada de los medios de producción. Ahí sigue estando el meollo. Si eso no cambia, más allá de la etiqueta que se le coloque, la situación real del pueblo oprimido no cambiará.

            Las primeras reacciones del gobierno ante los resultados del referéndum son contradictorias. Se habla de profundizar las conquistas, pero al mismo tiempo de frenar un poco la velocidad de la marcha. Se habla de la necesidad de cambiar la forma de hacer política atacando frontalmente la corrupción y la burocracia, de dar respuestas contundentes a los problemas sociales que se han venido acumulando últimamente (desabastecimiento, inflación, seguridad ciudadana, impunidad), todo lo cual es una estrategia adecuada, pero la participación popular y protagónica de los movimientos sociales –garantía revolucionaria de todo ello– aún sigue siendo más una declaración formal que una realidad. Construcción del socialismo, pero buscando alianzas con la burguesía nacional y con gestos de reconciliación tal como lo pide la derecha. Es muy prematuro aún decir con precisión si todos estos movimientos tácticos del mes de diciembre preparan condiciones para dar un salto hacia delante o hablan, en definitiva, de un límite ideológico de este proceso.

            Lo que está claro es que, como intento de transformación de una sociedad en búsqueda de un nivel superior de vida, tanto material como cultural, desacelerar y hacer concesiones al enemigo jurado no asegura mucho. Puede ser, en todo caso, una táctica de reposicionamiento. Pero también –y esperemos que no sea ese el caso– puede mostrar debilidad. ¿Era necesaria la ley de amnistía? ¿Puede confiarse que una burguesía nacional sea un aliado real? Si el socialismo del siglo XXI se define como capitalista, sí. La gran burguesía nacional no parece estar muy proclive a ningún entendimiento con este gobierno. Intentó innumerables veces quitárselo de encima, y lo seguirá intentando, con el beneplácito y la acción directa de su socio mayor: el imperialismo estadounidense. ¿Es el empresariado llamado “bolivariano” el compañero táctico? ¿O estratégico? ¿Son acaso estos capitalistas menos explotadores que los grandes grupos económicos nacionales? Ahora bien: estas pretendidas alianzas, ¿acercan o alejan del socialismo, del poder popular para los pobres, del control obrero y campesino de la producción?

            La revolución nunca tuvo un partido político orgánico. Tuvo aparatos electorales que, como tales, repitieron siempre los vicios de cualquier democracia burguesa clientelar, en el caso de Venezuela agravados por la cultura rentista de su perfil monoproductor. Y el actual partido en construcción, el PSUV, aún no está claro cómo se definirá. Ahí, quizá, hay una gran oportunidad. Es el momento ahora de profundizar la democracia de base, el poder popular real organizado desde abajo. De esa definición puede depender en buena medida el avance de la revolución. Así como está, ese partido es un fracaso. Una propuesta revolucionaria que nazca y crezca en su seno puede dinamizar mucho todo el proceso.

            ¿Qué hacer en esta coyuntura? La única manera de avanzar en la construcción del socialismo es profundizar las medidas de corte revolucionario que se intentaban pasar con la reforma (acotamiento del campo al latifundio y al monopolio, mejoras en las condiciones de vida de los trabajadores, fuerzas armadas al servicio de la revolución) e impulsar otras que la coyuntura impone urgentemente (guerra a la corrupción, refuerzo del trabajo mediático, promoción a fondo de nuevos valores e ideología). El único garante de todo ello será la movilización real de una democracia de base que, hasta ahora, no ha encontrado los verdaderos espacios donde crecer. Para todo esto quizá no sea necesario volver a presentar una propuesta de reforma de la magnitud de la presentada. Tal vez basta con algunos artículos claves que perfectamente se pueden manejar con las leyes habilitantes aún vigentes. Y el tema de la elegibilidad continua del presidente –sabiendo que Chávez es aún la mejor, y quizá única, garantía de todo el proceso– puede ser presentado por la población con la recolección de firmas, o con una enmienda constitucional.

            Pero lo que queda claro es que o se avanza en la senda de un socialismo basado en el poder desde abajo, o el reformismo tibio de esta “burguesía nacional” cuartarepulicana aún enquistada en el Estado no alcanzará para contener los ataques de la derecha dura que terminarán quedándose con el petróleo, el verdadero botín de guerra en juego, hambreando y reprimiendo una vez más al pueblo.

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