Crónica de Ruperto Concha: “El Dinero”

PARTE 1

PARTE 2

Hasta hace algunas décadas, aquí en Chile, los empleados y obreros cobraban su sueldo en dinero efectivo o en un cheque, el que había que ir a cambiar en el banco o a depositarlo si es que se tenía una cuenta corriente. Y por su puesto, eran comparativamente muy pocos los que tenían cuenta corriente, y los bancos no se mostraban muy entusiasmados en abrirles nuevas cuentas a simples gentes de trabajo. Así, casi la totalidad de la gente de trabajo, obreros y empleados, cada fin de mes entraban en contacto con una cantidad de dinero en efectivo. Un fajo de bonitos billetes muy bien impresos en la excelente Casa de Moneda de Chile.

Tener en la mano es dinero en efectivo, aún si fuese poco, producía una sensación de seguridad. Era dinero real. Y esa sensación de seguridad era tan fuerte que incluso lleva a la gente a no experimentar el vértigo de la inflación desatada que velozmente le restaba a ese dinero su poder adquisitivo. El dinero estaba ahí, pero cada vez alcanzaba para comprar menos cosas.

En 1959, bajo la presidencia de Jorge Alessandri, la desvalorización de nuestro dinero había llegado a tal extremo que hubo que reemplazar al peso, nuestra unidad monetaria, por el escudo, una nueva unidad que valía mil pesos.

Pero ese cambio de signo monetario no cambió nada en realidad. Sólo sirvió para no tener que escribir tantos ceros en nuestras cuentas. Y además la inflación continuó galopando y en 1975, la dictadura militar resolvió echar a la basura al ya enanizado escudo, y lo cambió de nuevo por el nuevo peso que valía mil escudos. O sea, este peso de Pinochet valía un millón de aquellos pesos de Jorge Alessandri.

Es el actual peso. Esa ridícula monedita que desprecian hasta los más pobres de los pobres. La moneda más pequeña que todavía sigue en uso es la de 10 pesos. O sea, una moneda de 10 millones de pesos de 1959.

De algún modo, uno no puede sino preguntarse… ¿hasta qué punto era real ese dinero? ¿Qué era lo que hacía que sirviera para algo?

Y, cuando vemos que también ahora los precios siguen elevándose y un mismo billete ya no alcanza para comprar lo que podía comprar hace apenas un año… ¿Seguimos creyendo que el dinero es algo verdadero y real?…

En estos momentos el endeudamiento real de Estados Unidos se estima en algo más de 27 millones de millones de dólares. En el planeta somos siete mil millones de habitantes. O sea, si la deuda de Estados Unidos se repartiera por igual a cada uno de los habitantes del planeta, cada uno, considerando hasta las guagüitas recién nacidas y los ancianitos más seniles, cada uno recibiría algo más de 3500 dólares. Equivalente a un millón 640 mil pesos. Una familia pobre, digamos, de Mozambique o Somalía, que tenga acogidos a por lo menos un par de abuelos y 4 hijos, o sea 8 personas, recibiría más de 13 millones de pesos.

Y oiga, esa fantasía corresponde a la imaginaria repartición de lo que debe Estados Unidos en estos momentos. Una cifra enorme que ni siquiera ellos saben en qué se la gastaron. Y, también ahora, se estima sobre bases razonables, que la deuda de la Unión Europea es igualmente gigantesca.

Como señalé en una crónica de 2007, en que anunciaba la inminencia de una crisis económica mundial, ya entonces se estimaba que el dinero acumulado en las entidades financieras privadas era una cifra tan gigantesca que alcanzaba para comprar, fíjese bien, ocho veces la totalidad de todas las cosas que pudieran venderse en nuestro planeta Tierra.

Todo. Todas las tierras agrícolas, los bosques y los parques, las casas y edificios, las fábricas y laboratorios, las universidades y las escuelas, los teatros y las obras de arte… en fin, todo lo que estuviera en venta, incluyendo los votos de los políticos mercenarios y la castidad de muchas, muchísimas almas codiciosas.

Y sobraría plata todavía para comprarse todo lo que hubiese en otros 7 planetas iguales a la Tierra.

Pero, ¿es real ese dinero? … Ese tesoro inimagibale, ¿tiene todavía algo que ver con la noción fundamental de lo que es el dinero?

Esos 3.500 dólares por cabeza para cada habitante del planeta, ¿qué valor real podrán tener el día de mañana?…

Como siempre, para entender esas cosas complicadas, vale la pena comenzar por el principio.

En la Biblia, los cronistas hebreos dejaron constancia de que los deudos del cacique Abraham compraron a un terrateniente cananita una parcela que incluía una cueva, en la que establecieron la tumba, y pagaron por ella varios shekel de plata.

Eso habría ocurrido alrededor de 800 años antes de que en el reino de Lidia se inventara el dinero, es decir, las monedas. O sea la palabra shekel no correspondía a monedas sino a una medida de peso. El pago fue hecho en trozos u objetos de plata que en conjunto pesaban los shekel acordados en el negocio.

Y, a través de los siglos, sucesivos pueblos y civilizaciones utilizaron un objeto que reunía, por un lado, determinado peso en un metal valioso, y, por otro, el sello de un estado que garantizaba que ese metal había sido debidamente acuñado en forma de moneda.

Monedas como la “dracma” griega, la “rupia” india, le “onza” y el “peso” de España, la “libra” inglesa, y el “talero” holandés, que dio origen a la palabra “Dólar”… todas esas palabra aludían al peso que debía tener cada moneda.

Así, en el comercio internacional, los cambistas utilizaban balanzas para pesar las rumas de monedas y establecer cuántas de unas equivalían o cuántas de otras. Por ejemplo, una Libra inglesa, en sus orígenes, tenía que ser un pedazote de plata equivalente a 12 onzas.

Por cierto siempre parecieron sinvergüenzas que trataban de estafar usando monedas adulteradas. No sólo falsificadores privados que trataban de pasar monedas de plomo enchapaditas de oro. También abundaron los gobernantes sinvergüenzas que iban empobreciendo cada vez más la ley con que fundían sus monedas: cada vez con más cobre y con menos oro.

En Roma, los últimos emperadores se esforzaron en recobrar la buena ley de su moneda, y echaron a correr el llamado “sólidus” de oro, la palabra que dio origen a la palabra italiana “soldo”, que significa moneda.

Algunas naciones tuvieron éxito en mantener el prestigio de sus monedas selladas. Fueron famoso y codiciados los “cequíes” que emitía la República d Venecia, y los escudos que emitía la república de Génova. De estos escudos genoveses, llamados los Genovinos, derivó hasta nuestros días la palabra “genuino”, para significar verdadero y legítimo.

Con el avance de las técnicas, las monedas llegaron a normalizar su valor. Siempre hubo algunos falsificadores, pero eran muy pocos y arriesgaban ser condenados a muerte. Sin embargo, el desarrollo de la economía y la abundancia de riquezas llevó a que se realizaran operaciones que implicaban el pago de miles de monedas en oro o plata. Por ejemplo, el rescate que tuvo que pagar Inglaterra para liberar a su desastroso rey Ricardo Corazón de León, fue fijado en 80 mil onzas de oro.

Esto significaba un cargamento de dos toneladas y media de monedas de oro. Pero aún, para juntar el dinero del rescate, los ingleses tuvieron que inundar los mercados de Europa con cargamentos de productos agrícolas, con innumerables fardos de lana fina y rebaños enteros de vacas de buena raza y de ovejas seleccionadas… en fin, tuvieron que hacer centenares de negocios distintos y luego unificar el dinero obtenido.

Finalmente lo que tuvieron que hacer fue pedirle prestado el dinero del rescate a varios banqueros lombardos, los que se hicieron cargo de negociar los bienes ingleses y, por supuesto, obtuvieron de aquel rescate una ganancia enorme en cifra de negocios y en intereses que les pagó Inglaterra.

En cuanto a los banqueros, ellos por cierto no viajaron cargando esas dos toneladas y media de monedas de oro. No necesitaban hacerlo, pues sus agentes en Austria tenían en sus cofres esa suma, y la pagaron sobre una carta bancaria emitida en la Lombardía. En vez de dos toneladas y media, la carta sólo era un pergamino sellado y protegido que no habrá pesado más de un cuarto de kilo.

Esas cartas de pago fueron las primeras “letras” bancarias y su valor era la cifra que los banqueros hubiesen escrito allí. Con ello, al parecer, todos salían ganando. Un correo podía llegar bastante rápido a su destino y allí las palabras contenidas en la “letra” bancaria se convertían en muy concretas y brillantes monedas.

Y con su ordenada e inteligente administración los banqueros fueron amasando fortunas realmente inmensas. De hecho, ellos financiaron la mayor parte de las guerras medievales, incluyendo las Cruzadas, y se enriquecieron mientras las naciones avanzaban por la historia junto a una legión de desdichados lisiados por la guerra y el hambre.

El aumento sostenido de las cantidades de dinero en juego en cada episodio de la historia, no podía sino llevar a que el dinero metálico diera paso a otro dinero, digamos, simbólico. O más bien “político”. Fue la irrupción del papel moneda, el billete, cuyo valor práctico era señalado por la tinta impresa en cada billete.

El primer ensayo a nivel nacional fue realizado por el gobierno revolucionario de Francia, y, si bien terminó en un desastre generalizado, permitió que hábiles banqueros aprovecharan la desvalorización casi absoluta de los billetes revolucionarios, y alcanzaran a hacer operaciones bancarias que incluyeron inmensas adquisiciones de bienes raíces. O sea, la gente común lo perdió todo, pero los especuladores ganaron fortunas.

Recién a finales del siglo 19, el uso del dinero en billetes se impuso en forma sistemática a nivel internacional. Pero la garantía de que su valor fuese verdadero, estaban en la convertibilidad. O sea, el valor indicado en cada billete podía ser cobrado en oro al presentarlo en el Banco Emisor del dinero.

Y fue sobre esa base que, al final de la Segunda Guerra Mundial, las potencias occidentales vencedoras se reunieran en un lugar llamado Bretton Woods, Estados Unidos, para buscar un sistema económico y financiero que permitiera deconstruir a un mundo en que el 80% de los países industrializados estaban en ruinas.

En esa reunión de Bretton Woods, los europeos eran partidarios de crear una nueva moneda dotada de suficiente respaldo real para garantizar su estabilidad, que no se desvalorizara, y que sirviera de “reserva internacional”, es decir, el dinero de cada estado soberano para realizar sus transacciones internacionales.

Estados Unidos fue el único país que no estuvo de acuerdo. En realidad, en el curso de las dos guerras mundiales, ya Estados Unidos tenía en sus bóvedas prácticamente la totalidad del oro del mundo desarrollado, y era el único país de occidente que no había sufrido daño alguno en su infraestructura industrial y comercial.

Así, Estados Unidos impuso, más por la fuerza que por la razón, que el dólar, el papel moneda de ese país, pasara a ser aceptado internacionalmente como la “divisa” o moneda válida para todas las reservas económicas de los países, y para todas las transacciones comerciales.

Esto significaba que, desde ese momento, el Banco Central de Chile, por ejemplo, sólo podría imprimir billetes cuyo valor estaría garantizado por las reservas internacionales que tuviéramos. Es decir, por la cantidad de dólares que hubiera en nuestra cuenta corriente nacional.

Todos los países del mundo aceptaron esa reserva internacional en dólares, y prácticamente ningún país, fuera de Estados Unidos, mantuvo el sistema de convertibilidad. Todas las monedas de todos los países cotizarían su valor en términos de sus reservas internacionales en dólares.

En cuanto a Estados Unidos, éste asumió el compromiso de mantener la convertibilidad del dólar, de acuerdo al precio alcanzado por el oro, que, en 1944, era de 35 dólares la onza de 31 gramos. O sea, una convertibilidad de coquito más de un gramo de oro por cada dólar.

Y, bueno, pasó lo que tenía que pasar. Cinco años después de aquel acuerdo de Bretton Woods, Estados Unidos se encontró metido en la guerra de Corea, y el enorme costo de esa guerra, sumado al enorme costo del Plan Marshall para al reconstrucción de Europa y el Japón, llevó a que Washington, sin pedirle permiso a nadie, redujera a la mitad la convertibilidad del dólar. O sea, el dólar ya no valía un gramo de oro sino sólo medio gramo.

Y ese medio gramo se hizo humo durante la Guerra e Vietnam. Por decisión unilateral de Estados Unidos, el dólar dejó de tener respaldo en oro. Y por supuesto, comenzó a producirse el fenómeno de las emisiones enormes de dólares que ya no estaban respaldadas en oro sino en presunciones especulativas sobre el crecimiento económico de Estados Unidos.

Hoy, la onza de oro no vale 35 dólares. No. Ahora vale alrededor de 1.700 dólares. Es decir, en términos de respaldo en oro, 1.700 dólares de hoy valen lo que valían 35 dólares de 1944.

En términos lógicos, lo que había ocurrido era que el dinero metálico original había sido reemplazado por el dinero político. El respaldo de ese nuevo dinero, básicamente el dólar, era únicamente el poder político de Estados Unidos, un poder directamente anclado sobre todo en su gigantesco tamaño como mercado comprador de la producción de otros países, más su enorme poder político identificado con su poderío militar.

En estos momentos el valor del dólar depende únicamente de lo que otros países estén dispuestos a pagar por él. La deuda de más de 16 millones de millones de dólares que tiene el gobierno de Estados Unidos, y la totalidad de sus intentos de reflotar su economía, se basan casi exclusivamente en las decenas de miles de millones de dólares, sin respaldo alguno, que cada mes imprime la Reserva Federal para inyectar dinero dentro del país.

En cualquier otro país del mundo, lanzar esas brutales emisiones inorgánicas de billetes dólar, habría provocado ya una inflación demoledora. El euro, por ejemplo, como el yen japonés, la libra esterlina británica, y muchas de las principales monedas del mundo, han experimentado la desvalorización inmediata en cuanto lanzaron emisiones de dinero para financiar los salvatajes financieros de la crisis actual.

La inflación en Estados Unidos, en términos reales, se estima en sólo un 16% en los últimos 5 años. Eso, porque el dólar sigue siendo la divisa mundial. Todo el cobre que Chile vende en los mercados metaleros de Londres o de Nueva York, se transa en dólares. O sea, Chile tiene que comprar dólares a cambio de nuestro cobre.

Es decir, el valor del dólar se mantendrá con pérdidas relativamente pequeñas, en la medida en que Estados Unidos pueda conservar el privilegio de ser el único país legalmente autorizado para imprimir dólares.

De ahí que para Estados Unidos la más terrible amenaza sea el fenómeno que ya comenzó con las nuevas potencias emergentes del Brics, que están encabezando el abandono del dólar para sus transacciones. Chile se cuenta entre los países que, al menos en sus transacciones con China, Rusia, India, Brasil y Sudáfrica, más otros países como Australia, Corea del Sur, Indonesia y Japón, entre otros, ya no está obligado a comprar dólares a cambio de nuestro cobre.

Ahora el pago se efectúa sobre estimaciones en monedas nacionales reunidas en una canasta referencial, lo que evita que alguna de esas monedas pueda sufrir alteraciones violentas como devaluación o falta de liquidez.

Algunos economistas piensan que el der4umbe catastrófico del dólar ya es inminente. Otros, en cambio, estiman que será lento, que tardará todavía varios años, sobre todo porque los países que tienen grandes reservas en dólares, harán esfuerzos para impedir una desvalorización brusca.

Asimismo, hay quienes creen que en el subsuelo norteamericano hay riquísimos yacimientos de gas natural, que permitirán surtir las necesidades energéticas del país, evitando la importación de petróleo desde los países árabes y Canadá.

Pero todas esas so variantes del dinero con respaldo político y militar. Pero, al parecer, los avances revolucionarios como el bit-coin, pueden llevar a nuestra civilización hacia un nuevo concepto de dinero. El dinero con respaldo matemático, que en su esencia misma haría imposible la especulación financiera monetaria, y las emisiones de dinero sin respaldo realmente eficaz.

Las características concretas de este nuevo dinero matemático, mal llamado “dinero virtual”, son realmente difíciles de comprender todavía. Pero el hecho real es que los bancos centrales y los gobiernos del mundo están aterrorizados, pues ese nuevo dinero implica el surgimiento de una nueva economía que lanzará al neoliberalismo a un rincón junto a los dinosaurios y otros fracasos inmensos.

Por ahora, los hechos netos son que el bit coin, que partió teniendo un valor de 4 dólares, cayó inicialmente a valer sólo 2. A fines del año pasado, mucha gente comenzó a comprender las posibilidades y ventajas de ese nuevo dinero, y el bit coin subió a valer 42 dólares. Apensa dos semanas después del desastre económico de Chipre, el bitcoin ya alcanbzó una cotización de 72 dólares. Una semana después llegó a 200 dólares y siguió subiendo a más de 300, para súbitamente tener una caída a 160 dólares por bitcoin.

O sea, con caída desastrosa y todo, el bitcoin tiene en estos momentos un valor de 160 dólares, es decir, una ganancia del 400 por ciento de su valor en sólo 4 meses.

¿Qué ocurrirá en el futuro inmediato?

Está claro que los bancos y los gobiernos han tratado de convertir al bitcoin en una burbuja similar al esquema de Ponzi, o la Prámide. Generar una inmensa especulación con el bitcoin, para luego liquidarlo con grandes pérdidas, como sería el caso de los últimos especularores ingenuos que comprar bit coin a más de 300 dólares.

Con ello, se lograría satanizar la nueva moneda matemática para eventualmente prohibirla como operación ilícita, peligrosa y delictual.

¿Lograrían hacerlo? ¿O será que ya es un hecho irreversible el que el dinero metálico, al igual que el dinero político, enfrentan el destino de quedar obsoletos sin remedio?

¿Será que una nueva civilización exige un nuevo concepto de dinero, y una economía realmente humanizada?

Los cambios que se nos vienen encima son apasionantes. Y muchísimo más profundos y complejos de lo que esperábamos.

¡Ya le contaré algo inesperado que está ocurriendo con los jóvenes!

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