Cuento: Cura de espanto

La historia versa más o menos así. Tenemos a un sujeto, al que apodaremos El Gaucho, haciéndose pasar por el novio de una chica afuera de la parroquia La Merced, de calle Freire. Tenemos, poco después, al mismísimo cura intentando estrangular a aquel tipo, siendo ambos detenidos por carabineros a los pocos minutos de empezada la trifulca.

El Gaucho vino a conocer a su hermano recién a los treinta. Una infancia de orfanato, una adolescencia en la calle y una temprana juventud arrebatada por el hampa, hicieron de él un hombre verdaderamente temible. Más de alguno de sus colegas de andanzas le había manifestado públicamente sus respetos:

— Es un tipo de principios. No permite que ninguna de sus víctimas sufra. Altiro le mete un segundo tunazo para que se vayan rapidito a los brazos de San Pedro… 

El caso fue que El Gaucho se llevó una amarga sorpresa cuando descubrió que Elías, su hermano, había tomado un camino distinto al suyo, al hacerse cura. Con el tiempo, Elías también se ganó el respeto de sus colegas, presentándose como un tipo piadoso y muy temeroso de Dios. Sin embargo, lo que más molestó a El Gaucho, fue que Graciela, su eterna enamorada, se fuera a casar con su peor enemigo en la misma parroquia donde Elías ofrecía sus servicios religiosos.

Y es que la Graciela era una malagradecida, decía El Gaucho. “Antes de ir a parar a la cárcel, la dejé forrada en plata para que se aguantara los tres años y un día. Y ella va y se mete con ese patán. Con ese matón de barrio que, lejos de mi categoría, jamás saldrá del bajo mundo. La Graciela me traicionó, y si cree que la dejaré casarse con ese esperpento, está muy equivocada”.

El día de la boda, El Gaucho se disfrazó de novio y se presentó delante de su hermano Elías, minutos antes de la ceremonia. Le dijo que era su hermano, hizo lo posible porque recordara un par de anécdotas de cuando niños, y trató de convencerlo de que aquel casamiento era un error, ya que era él quien debía ocupar el lugar del novio.

— No te preocupes, hermanito. Ya tengo conversado para que al novio lo despachen antes de que ponga un pie en esta iglesia. ¡Cásame a mí con la Graciela! 

Lejos de creerle una sola palabra, Elías tomó un lavatorio con agua bendita que había a sus espaldas y se lo arrojó en la cara. Acto seguido, salió disparado hacia el patio interior de la parroquia, advirtiendo a los invitados lo que le pasaría al novio cuando llegara. El Gaucho no tardó en darle alcance.

— ¡Recapacita, soy tu hermano! –le gritó con su traje de novio arruinado por el agua bendita.

Entonces Elías, perdiendo todo control de sus actos frente a los invitados y uno que otro fiel que paseaba por allí, le echó manos al cuello y comenzó  a estrangularlo. Un primo de la novia intentó separarlos, pero la pierna de Elías fue más rápida y, sin dejar de apretarle el cuello a El Gaucho, se liberó de su atacante. Hizo lo mismo con otro par de invitados, hasta que llegaron los carabineros. Ahí fue cuando El Gaucho pensó: “te cosiste huevón”, y echó una bolsita de marihuana en el bolsillo de la túnica de Elías, de puro canalla no más.

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