Haciendo la historia de la TV en dictadura

“Ríe cuando todos estén tristes” es el comienzo de la canción del principal programa de humor de las noches de la dictadura, el Jappening con Ja, emitido a partir de 1978. También es el título del libro de Sergio Durán Escobar, un acercamiento histórico pionero al entretenimiento televisivo bajo la dictadura de Pinochet, tal como dice su epígrafe.

Si en las calles el Mamo Contreras era el director de orquesta, los shows estelares conducidos por Raúl Matas, la “platita poca pero segura” de Enrique Maluenda en el Festival de la Una o el equipamiento completo para su hogar que regalaba Don Francisco en Sábados Gigantes, eran no sólo el aceite a la violencia del régimen, sino que también espacios para que se vieran la ‘gente linda’ en los estelares nocturnos y para que se sintieran representados la inmensa mayoría de no lindos.

Condenada al autofinanciamiento a partir de un decreto de la dictadura en 1975, la TV chilena terminó por consolidarse como el más masivo e influyente medio de comunicación del país. Hacia 1980, a lo menos un televisor presidía las salas de estar de la mayoría de los hogares chilenos. Sergio Durán describe y analiza la trayectoria de los géneros musicales, de concursos, las telenovelas y los programas infantiles.

-¿Fue un instrumento de evasión la TV durante la dictadura?

-Creo que sí. TVN era el canal del Gobierno y los restantes canales estaban sujetos al régimen a través de la figura de los rectores delegados. El control era directo. No se trata sólo de un hecho político, hay un elemento que es lo comercial que explica también las cosas. Esa programación evasiva que es efecto de la voluntad política de distraer de la realidad y la necesidad de los canales de autofinanciarse.

-Pero no es sólo evasión…

-Había otra dimensión: Los programas que podrían ser de entretenimiento o distractivos servían también para representar, espacio para que la gente pudiese aparecer en pantalla, ver sus problemas y en virtud de las carencias que significaba la vida cotidiana en dictadura. Estos programas eran muy valiosos para el público.

-Señalas en el libro que la TV es como un sucedáneo de la esfera de lo público.

-Es un contexto en que la dimensión de lo público fue restringido: el desplazamiento de la población, el toque de queda, las restricciones al derecho de reunión, la censura y la clausura de medios de izquierda. Todo eso hacía que lo público se restringiera y se copara por el discurso oficial. En ese contexto hay un repliegue hacia la esfera privada. La televisión cumple así como un sucedáneo de las funciones que se satisfacen en el ámbito público, como la participación, algo de debate. Era como una instancia compensatoria.

-En la dictadura se consolida Don Francisco, quien se mantuvo en la TV hasta hace poco…

-Hay mucha habilidad de su parte para acomodarse a los contextos. Parte en los ’60, en un contexto democrático, después del golpe militar sigue en pantalla y en la transición continúa. Si lees entrevistas que le han hecho a lo largo de los años te das cuenta que su discurso se repite: que se dedica al trabajo, que no le gusta la política, que no es intelectual, se plantea cercano a la gente. Ha sabido construir su imagen como hombre cercano al pueblo y no político. Sin embargo, se mete en temas sociales, siempre cuidándose de no meterse en lenguajes como la lucha de clases o abanderarse con partidos. Una sociedad en estado de sitio y sin democracia tuvo su envés en Sábados Gigantes. El programa no hubiese sido el fenómeno que fue en un contexto distinto a la dictadura.

-En una época de carencias Don Francisco regalaba autos.

-La televisión participa de esta tendencia de asociar el bienestar material y las representaciones al consumo. Es la época donde se instala la idea del crédito, de la compra a plazo, del dinero plástico y la televisión participa del proceso. Don Francisco realiza los sueños a la gente a través de cosas materiales. Es cómplice en ese sentido del modelo.

-Hay gente que lo considera en su momento hasta un santo.

-Tiene que ver con lo mismo. En un momento de grandes carencias para gran parte de la población, de poder participar y verse representado, el animador del programa de variedades aparece como el gran benefactor. Es la antítesis del animador de programas nocturnos, que aparece como más formal, más distante.

-Como los de los programas Sabor LatinoVamos a Ver.

-El show musical tuvo su apogeo a fines de los ’70. Eran programas con mucho presupuesto que acaparaba la mayor inversión de los canales, el mayor rating y del cual se hablaba el resto de la semana. Trataban de emular una revista de espectáculos en un salón elegante, ya sea el Hotel Carrera o el O’Higgins, y venían uno o varios artistas del extranjero a cantar en exclusiva para ellos. Estos programas contribuían a proyectar la imagen de un régimen modernizador, sólido en lo económico, glamoroso. A la vez le da la espalda al Chile real, no se ven las carencias de la población, menos la represión y violaciones a los derechos humanos. En cambio, teníamos esta televisión glamorosa, brillante, exitosa.

-Espacios donde era invitada sólo la ‘gente linda’, de la que hablas también en el libro.

-Los invitados al show musical eran altas autoridades políticas, lo que habla de que la dictadura avalaba estos programas. Incluso algunos miembros de la Junta se dejaron ver en estos programas. También había deportistas, modelos, gente de televisión. Ese tipo de público, que era muy distinto al de Sábados Gigantes, que era gente común y corriente. Acá era gente elegante, acomodada.

-¿Qué programas serían sus similares en la TV de hoy?

-El reality, la farándula y la telerealidad. Son los programas que hacen autoreferencia de la televisión. El deportista, el cantante o el actor, eran quienes llegaban a la TV en los ’80. Ahora en cambio la TV se alimenta de si misma: genera un contingente humano en realitys y eso mismo genera un material de comentarios y crean una farándula. Funcionan de manera autorreferente.

-¿Por qué tanto en la dictadura como ahora las noticias de TV cuando hay movilizaciones sociales recalcan las imágenes de violencia callejera?

-Alimentan en la población una sensación de inseguridad, asocian ciertas ideas políticas a la violencia y de generar una necesidad de orden. En la dictadura los opositores no salían y cuando salían eran vinculados a hechos de violencia callejera. Los locutores tomaban además la palabra por ellos y explicaban lo que pasaba. Es una idea de clase media, de valorar un supuesto bienestar material y el temor a perderlo. No creo que sea muy distinto hoy día. La diferencia es que ahora hay un distanciamiento de lo que la TV muestra, tenemos las redes sociales e Internet que permiten contrastar dichas versiones.

-¿Y qué te parecen programas como En su propia trampa?

-Lo primero es un hecho económico: en los últimos años se ha fomentado mucho la no ficción de entretenimiento. Es más barato porque hacer ficción es más caro. Está además la idea de la autorreferencia: la TV habla de todos y no conoce límites. Este tipo de programas se presenta como un tribunal popular que denuncia cierta injustita, pero en realidad hace un espectáculo de la pobreza. La TV aparece cumpliendo un rol social y pocos cuestionan qué imagen hacen del sujeto, cómo se representan los ricos y los pobres. O qué problemas deja de tratar cuando escoge estos supuestos problemas que representan a la gente. Cuando la TV opta por meterse con el cojo que no es cojo deja de hablar de muchas cosas. Esos programas funcionan como un tribunal pero al final del día todo sigue igual. Es un espectáculo.

-¿Con un financiamiento público sería distinta la TV hoy?

-Seguramente, porque no estarían con la presión de tener que captar el auspicio publicitario.

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