A 60 años de la fundación de la Cut. Repensando el día de las y los trabajadores

Hace exactamente 60 años, en el teatro Coliseo de Santiago se juntaban 2355 delegados representantes de 952 organizaciones sindicales de todo el territorio. Es ahí, entre los días 12 y 16 de Febrero de 1953, que se fundaba la Central Única de Trabajadores (CUT). Aquella organización establecía en sus estatutos fundacionales que “frente al régimen capitalista, la CUT realizará una acción reivindicacionista encuadrada dentro de los principios y métodos de la lucha de clases, conservando su plena independencia de todos los gobiernos y sectarismos políticos partidistas” para luego dejar bien claro que “no es una central apolítica; por el contrario, representando la conjunción de todos los sectores de la masa trabajadora, su acción emancipadora la desarrollará por sobre los partidos políticos, a fin de mantener su cohesión interna” [1] Resultaría interesante preguntarse hoy en día cuanto de esa autonomía que se profesó en sus comienzos, respecto a los gobiernos y los partidos políticos, existe dentro de la CUT actual.

Lo cierto es que la actual CUT no es precisamente una organización autónoma. Funciona principalmente bajo la dirección de órganos representativos de partidos políticos. Aquí juegan un rol de dirección clave la Concertación y sobre todo el partido comunista. Con respecto a ésta última organización, dicho sea de paso, todo indica que apoyara a la candidata del progresismo neoliberal: Michelle Bachelet.

Para seguir desempolvando ese viejo manuscrito fundacional de 1953, citaremos otro párrafo que nos parece interesante “la huelga será la expresión máxima de la lucha de clases asalariadas. La CUT no deberá hacer distingos entre huelgas legales o huelgas ilegales; por cuanto es deber apoyar toda lucha justa que persiga mejorar las condiciones de vida y de trabajo” [2]

La CUT actual, heredera de la democracia capitalista de los años 90 tuvo como actores principales a dirigentes como Arturo Martínez, ejemplo claro del colaborador prototipo de los espacios concertacionistas en el poder (ejemplo que se repite en bastantes otras organizaciones sindicales). Su acción, en conjunto con todos aquellos que seguían sus fines, estuvo orientada institucionalizar el movimiento sindical, actitud que dista mucho con el ilegalismo y autonomía que pretendía en sus primeros años la CUT, característica posible de apreciar al leer su acta fundacional. Hoy en día también esta ausente su férrea disposición a mantener la independencia frente al Estado y los partidos políticos.

Más allá de idealizar a la CUT fundacional, ya que sabemos que “del dicho al hecho hay bastante trecho”, ésta primera declaración nos sirve para esbozar de manera general los ideales que tenía la organización en sus inicios. No es menor el hecho de que las listas que surgieron para representar a la organización eran visiblemente variadas, mostrando una relevante diversidad ideológica entre sus participantes. Por un lado encontrábamos la liderada por Cloratio Blest con sindicalistas de filiación comunista y socialista; otra con Manuel Collao a la cabeza, la cual aglutinaba sectores socialistas e ibañistas; Por otro lado estaba Ernesto Mirando que aglutinaba a grupos anarcosindicalistas; además de otras dos de carácter trosktista e ibañista.[3]

No es menor el hecho de que la lista de Clortario Blest triunfara, figura difícil de conceptualizar, pero que podríamos definir como un social-cristiano que, a diferencia de los demócrata-cristianos que estaban relacionados a la elite, éste estaba ligado a sectores trabajadores de filiación comunista, socialista o anarquista. Tampoco es menor el hecho de que su figura sea la de un hombre que se caracterizó por mantenerse a lo largo de toda su vida en la lucha de las y los trabajadores, pero siempre teniendo una gran independencia de cualquier grupo o partido político. Es por eso que a “Don Clota”, como también le llamaban, se le ligue al ideario del anarquismo, ya que siempre puso por sobre todo el valor de la autonomía de la clase trabajadora.

Dicha autonomía es bastante cuestionable en la CUT actual. Eso sí, sería un despropósito achacarle dicha falencia sin antes echar un breve repaso al periodo dictatorial y su relación con los trabajadores y trabajadoras. Porque, a pesar de que la autonomía de la clase trabajadora se encontraba mermada durante el periodo de la UP, debido a la intromisión del Estado en sus asuntos y de los partidos políticos que se peleaban por arrogarse su representación, es solo después del golpe de Estado que los trabajadores y trabajadoras pierden toda su capacidad transformadora y su autonomía.

En primer lugar tenemos la represión terrorista del Estado sobre todas las organizaciones sindicales que existían en el territorio que comprende la región chilena, lo cual conllevó la nula capacidad para establecer procesos de movilización tendientes a mejorar su situación y organización. A esto se suman las re-estructuraciones jurídicas implementadas en el plan laboral del hermano del presidente José Piñera, y la constitución de 1980 que generaron todo el marco legal para que la organización sindical desapareciera. Aquí comienza la flexibilización extrema de los mercados laborales, en donde los trabajadores y trabajadoras consiguen trabajos precarios que no les entregan ningún tipo de estabilidad, teniendo al patrón amenazándole a despidos a causa del no cumplimiento de sus expectativas. La subcontratación se extiende y las condiciones de vida se precarizan. También, se restringe la capacidad negociadora del movimiento sindical y se le ataca con diversos mecanismos como la fragmentación que se genera debido a que una misma empresa tiene diversos sindicatos por rama de producción o sede a lo largo del país. El sindicalismo se burocratiza y se intenta transformar en un asunto técnico, más que político.

Por otro lado, se genera una re-estructuración del modelo de producción en esta región del planeta, en donde se procede a una desindustrialización, la cual elimina las grandes concentraciones de obreros que antiguamente existían en las fábricas. Surge una terciariciación de la economía que genera un auge del ámbito laboral ligado a los servicios y una alza en los puestos de trabajo que no concentran elevadas cantidades de operadores, a la vez de establecer el chanchullo legal de sectorizar y desligarse de las obligaciones que tenía la empresa con sus trabajadores; acabando, en buena parte, con los índices de sindicalización. A todo esto se viene a agregar la privatización del sistema de pensiones, salud, educación, etc que dejan en una condición de marginalidad a los y las trabajadoras del país, los cuales ahora tienen empleos precarios y bienes básicos privatizados, una situación que los pone en condiciones de subordinación al empresariado y les quita capacidad combativa.

Bajo este marco regulatorio asume la democracia en nuestro país. La CUT que había estado proscrita desde 1973, resurge en 1988 con el nombre de Central Unitaria, a diferencia de la antigua que se llamaba Central Única. Esta nueva central que supuestamente recogía el legado de la antigua CUT sirvió como un sofisticado mecanismo de domesticación de los movimientos sociales ¿acaso sus conexiones con el partido gobernante de la época (la concertación) le permitía cumplir otra función?

La autonomía de la CUT primigenia desapareció durante la democracia y se transformó en un órgano funcional al modelo. Los dirigentes sindicalistas ya no eran los representantes de una colectividad, sino los especialistas en mediar con el Estado, una clase con sus propios privilegios dentro de la mayoría de los y las trabajadoras. Actualmente, cuando el partido comunista le gana protagonismo a la concertación dentro de la central, resulta que éste está más comprometido que nunca con la institucionalidad vigente al ser parte del parlamento y de las aspiraciones presidenciales de la candidata neoliberal Michelle Bachelet.

Por eso no llama la atención la proliferación de organizaciones laborales fuera de la CUT y los partidos tradicionales, las cuales se están organizando de manera autónoma siguiendo los postulados de la vieja organización de los años 50 y del primer movimiento obrero en esta región de latinoamerica, ese que buscaba tener independendencia de cualquier Estado o partido político. Tenemos el ejemplo de lo que ocurre en el “Gran Concepción” en donde este primero de mayo se convocan a concentraciones y marchas paralelas a la oficial de la CUT. También tenemos el surgimiento de movimientos de trabajadores y trabajadoras contra el modelo de AFPs, así como la organización de los trabajadores portuarios que demostraron su fuerza en la última huelga nacional que realizaron, la cual fue convocada por sus bases mismas, sin la mediación de representantes sindicales burocratizados, ni el fantasma del partido comunista. Así como en el “Gran Concepción”, en diversos puntos de la región chilena la organización sindical de carácter más autónomo esta proliferando. En cualquier caso estas expresiones no deben ser idealizadas, lo cierto es que están recién conformándose de forma más solida, y deben pasar por varias experiencias y debates para fortalecerse.

En todo caso, estas nuevas percepciones vienen guiadas por nuevas maneras de comprender al sujeto potencialmente revolucionario. Cada vez se ve menos, a pesar de intentos de algunos grupúsculos que han quedado anquilosados en el pasado, la exaltación a la figura del obrero, como si este fuera una figura mesiánica y el único sujeto realmente revolucionario. Lo cierto es que cada vez cobran más importancia y visibilidad otros sujetos y sujetas que han demostrado tener niveles de movilización y critica a veces mucho más potentes como los indígenas, mujeres, jóvenes, diversidades sexuales, etc. Por otro lado la figura monolítica del obrero pareciera ser minoritaria en un mundo en donde la producción ha tendido a terceriarizarse y eliminar las concentraciones de obreros en las fabricas. También hay que recordar que regímenes autoritarios y fascistas como el de Hitler o Stalin tenían como principio la exaltación del obrero, sin embargo fueron los perores enemigos de los y las trabajadoras. Muchas veces la ideología obrerista era funcional a un modelo de dominación que se ajustaba bien a la figura patriarcal del macho revolucionario y el desarrollo industrial del capitalismo de Estado.

Ahora bien, aunque el obrerismo pareciera estar obsoleto, es necesario sostener que la función de los y las trabajadoras sigue siendo sumamente importante para generar verdaderos cambios en la sociedad. Al fin y al cabo, ellos son aun la mayoría y su capacidad para paralizar la producción de servicios y mercancías los hacen sumamente peligrosos para los poderes de la elite.

Esta visión viene a desmentir que el único trabajador revolucionario es el obrero, ya que cualquier trabajador puede ser potencialmente un sujeto de emancipación. Por ejemplo una huelga masiva de trabajadores de servicios como el transporte público (metro y micros) pueden generar importantes niveles de desestabilización. También se están valorando el aporte de otros actores sociales. No es menor el hecho de que las revueltas más significativas en los últimos tiempos como lo son Freirina, Aysén o Dichato han sido generadas por colectividades que, aunque están mayormente conformadas por trabajadores y trabajadoras, se han desenvuelto en espacios no laborales, sino que en sus territorios, barrios y poblaciones. De alguna manera las revueltas se han desplazado desde el ámbito laboral al territorio, las revueltas se han territorializado. Este proceso no es propio de la región chilena, sino que es un fenómeno que se esta produciendo en toda latinoamerica, como afirma Raul Zibechi, en los últimos tiempos estos movimientos “desde sus territorios lanzaron formidables ofensivas que abrieron grietas en el sistema de partidos sobre el que se asienta la dominación y modificaron el escenario geopolítico regional. De modo directo e indirecto, influyeron en lo local, lo nacional, regional y global” [4]

Muchas veces la figura de la comunidad, guarda mayor potencia subversiva que la del sindicato, lo cual nos demuestra la inviabilidad de las tesis obreristas que ponían sobre un pedestal superior a la clase obrera por encima de los otros grupos por el solo hecho de estar situados en la dirección de los medios de producción. Lo cierto es que eso no siempre se cumple, las colectividades están agitándose en sus territorios, más que en las fabricas. Qué decir de los indígenas que han demostrado ser uno de los actores más contestatarios sin ellos identificarse como obreros, ni siquiera como trabajadores, sino simplemente como mapuche.

Por otro lado, los nuevos movimientos están desenfundando las más primitivas y hegemónicas formas de dominación, las cuales incluso van mucho más allá de la imposición del capitalismo. La lucha contra el patriarcado, dominación anterior a la existencia de burgueses y proletarios, e históricamente despreciada por las corrientes revolucionarias, es un elemento cada vez más presente en las nuevos sujetos y sujetas antagónicos al sistema. La dominación patriarcal es un pilar angular del actual modo de explotación, su estructura es una de las bases para la conformación del capitalismo, y pareciera necesaria su eliminación total si es que queremos esa sociedad igualitaria que muchos anhelamos.

Sin embargo, teniendo siempre en cuenta la importancia de otros actores y sujetos, así como la inviabilidad del obrerismo, resulta sumamente relevante potenciar la autonomía en el accionar de colectividades de trabajadores y trabajadoras. Cuando esa potencia autónoma se desencadena es cuando surgen los grupos como la CUT o el Partido comunista que buscan institucionalizar al movimiento de trabajadores a cambio de algunas regalías económicas reformistas. Es necesario destacar que en el otro extremo se encuentran muchos sectores ligados al socialismo anti-estatal o el anarquismo que rechazan las reivindicaciones, por ejemplo, salariales de los trabajadores organizados por el hecho de considerarlas reformistas.

Lo cierto es que ambos extremos parecieran nocivos. Por un lado el reformismo del PC y la CUT parecieran no tener ninguna proyección que haga conservar la autonomía al movimiento. Por otro lado, las visiones más radicales suelen obviar el hecho de que muchas veces los y las trabajadoras no optaran automáticamente por la revolución social, sino que necesariamente deberán conseguir conquistas mínimas que le permitan profundizar su crítica y adquirir experiencia en una práctica cotidiana de desobediencia contra el sometimiento que viven en sus espacios laborales. Por otro lado estas desobediencias, como están en proceso de constitución, muchas veces estarán ligadas a fines reformistas, pero no por eso pierden la potencialidad de ser posteriormente radicales.

Por otro lado, se debe tener en cuenta que es bastante difícil que un trabajador que tiene familia y gana el sueldo mínimo esté preocupado de leer a Marx o Bakunin para ampliar su accionar revolucionario. En un país en donde la esclavitud laboral aún es una realidad y los sueldos muchas veces son miserables es difícil que los actores sociales tengan las herramientas o el tiempo para generar una crítica radical. Pareciera ser que la clave está en conseguir adelantos en las condiciones de vida de los sectores más marginados, sin perder la autonomía de los movimientos sindicales y sin venderse a la institucionalidad. Aquí el asunto es bien complejo porque las líneas divisorias entre reformismo y reivindicación son sumamente difusas. La respuesta para superar esta dicotomía sólo podrá generarse a través de la discusión teórica y practica de lo diferentes actores que están tratando de abolir el actual modelo de dominación, pero no podemos obviarla por el hecho de que está manchada con fines reformistas, o porque el PC y otros grupos izquierdistas aspirantes a nuevos partidos dirigentes estén historicamente insertos en esas problemáticas.

En cualquier caso, otro punto sumamente relevante es el imperativo por generar un cambio de mentalidad, más allá de cambiar marcos regulatorios y determinadas leyes que permitan cambios en la estructura jurídica laboral. Varios de los pilares del sistema se sustentan en una mentalidad individualista muy difundida, la cual pone el acento en el éxito personal por sobre el de la colectividad. Hace bastante tiempo que esta actitud no es solo patrimonio de las capas dominantes de la sociedad, ya que la ideología burguesa se ha implantado en todos los sectores de la sociedad, incluso en los más desposeídos. En tal sentido valores como el consumismo y la competencia están hondamente insertos en los y las trabajadoras del país. Si antes valía la pena organizarse colectivamente para mejorar las condiciones o el sueldo propio y de mis compañeros, ahora lo que prima es salvarse solo y evitar cualquier tipo de asociatividad, incluso con tus compañeros más cercanos, los mismos que sufren tu misma explotación.

Por otro lado, pareciera un despropósito avanzar en conseguir ciertos logros económicos para los y las trabajadoras si es que estos los utilizan para comprarse un celular último modelo o más plasmas para ver el “Quique Morandé”. Es imperioso que la contraparte del trabajo, o sea la lógica del consumo, sea profundamente criticada. Resulta probable que muchas personas que tienen sueldos bajos, al conseguir más dinero producto de movilizaciones sociales, no opten por trabajar menos para poder organizarse con sus vecinos y compañeros, sino explotarse el mismo número de horas con tal de consumir más, o sea mucha gente preferiría seguir alienándose la misma cantidad de horas y bajo la misma presión explotadora con tal de ganar más plata. Eso no posibilitaría liberar tiempo en la vida de las personas, tiempo que pudiera ser utilizado para reflexionar y organizarse, además esta situación podría producir sujetos alienados pero con más dinero, o sea una forma más sofisticada de alienación. Tener más riqueza para ser “alguien en la vida” o simplemente para ser más que mi vecino, pero ¿qué sucede con la riqueza albergada en las relaciones sociales? Como lo describe lucidamente Miguel Amorós “el consumidor es tan esclavo como el trabajador. En esta sociedad la disminución de la jornada de trabajo no significa sino el aumento proporcional del tiempo dedicado al consumo. En esa perspectiva la liberación del trabajo no es una liberación, ni siquiera parcial. Es la clave de la moderna explotación. El tiempo disponible se dispensa en actividades de ocio, sin salir de la esfera privada. El resultado es una mayor artifialización de la vida, dedicada a la satisfacción compulsiva de necesidades cada vez más artificiales. Así pues, por el consumo de masas iremos a parar al mismo lugar al que se llegó por el trabajo prolongado: al embrutecimiento, a la miseria moral y a la enfermedad”[5]

Resulta sumamente importante recordar esto. Desde sus orígenes en Europa, el movimiento obrero abogó no por un aumento de salario, sino que por la abolición del trabajo asalariado, dos cosas que parecen similares, pero que guardan subjetividades profundamente distintas. Por un lado está la lógica de que el trabajo me dignifica, visión muy difundida y que tiene sus orígenes en el pensamiento burgués. Mucha gente que tiene trabajos miserables suele pensar así. Lo cierto es que creer actualmente que el trabajo dignifica, sería como decir que la explotación dignifica. La verdad es que el único trabajo que dignifica es el que potencia la creatividad humana, sin embargo este trabajo no existirá hasta que se acabe con el trabajo asalariado, no cuando tenga más capacidad de adquirir mercancías. Acabar con el trabajo asalariado significa que mis acciones no son hechas para que me den un sueldo o una cantidad de billetes al vender mi fuerza de trabajo a intereses ajenos a mi persona, sino que mi trabajo lo realizo para mis necesidades directas o de mi comunidad, así como para desarrollar nuestra creatividad y las relaciones sociales con nuestros compañeros y compañeras de vida. La trampa de la ideología de la dignificación del trabajo asalariado esta presente en el hecho de que algunas personas hablan de “el día del trabajo”, en vez de “el día del trabajador”. Este cambio parece superficial, pero uno tiende a glorificar a seres humanos que desarrollan una actividad, mientras que el otro habla de glorificar una actividad que explota a seres humanos, entre una y otra hay bastante diferencia. Una frase de Bonanno lo resumen muy bien “¡Qué locura es el amor al trabajo! Qué gran habilidad escénica la del capital, que ha sabido hacer que el explotado ame la explotación, el ahorcado la cuerda y el esclavo las cadenas. Esta idealización del trabajo ha sido la muerte de la revolución hasta ahora. El movimiento de los explotados ha sido corrompido por la penetración de la moralidad burguesa de la producción, la cual no es sólo ajena al movimiento sino contraria a éste. No es una casualidad que los sindicatos fueran los primeros en ser corrompidos, precisamente por su mayor cercanía a la gestión del espectáculo de la producción.” [6]

Por supuesto es importante lograr ciertos niveles de mejoramiento de sueldo y condiciones laborales para generar ciertos espacios y tiempos para que la gente pueda reflexionar y actuar, pero igual de importante es instalar la subjetividad que nos recuerda que el logro final no es aumentar y seguir aumentando los sueldos, sino lograr abolir las clases sociales y el trabajo asalariado, así como también generar una mentalidad que deseche los valores consumistas e individualistas y ponga acento en valores de cooperación y de comunidad. No se trata de repartir mejor las mercancías, sino de eliminar su existencia. Eliminar la producción de mercancías no es dejar de crear cosas, sino empezar a crearlas para satisfacer verdaderas necesidades humanas, no las del mercado. La sociedad ideal no sera la que distribuya para todos la misma cantidad de mercancías, sino la que elimine por siempre la categoría de la mercancía dentro de la sociedad.

No está de más recordar el origen etimológico de la palabra trabajo. Ella viene de tripalium, que en latín significa tres palos (tri/tres y palium/palos). El tripalium era una herramienta de tortura, o sea se homologó la tortura al acto de trabajar. Es significativo el hecho de que todas las sociedades con anterioridad al capitalismo valoraran más el ocio que el trabajo, aún con sus precarios medios tecnológicos que determinaban que la sociedad se debía reproducir principalmente a través del trabajo, ya que no habían maquinas que alivianaran las obras del hombre y la mujer.

Por otro lado, es importante recalcar que el tema de las clases sociales aun tiene bastante vigencia. Es cierto que el escenario se ha complejizado y que debemos criticar el economicismo propio de ciertas corrientes marxistas o izquierdistas, pero de manera general aun es posible vislumbrar la diferenciación primigenia entre burgueses y proletarios. Claro, aquí no nos referimos a la figura folclorica del proletario dentro de la fabrica, sino al proletario en tanto sujeto que tiene que vender su fuerza de trabajo y su tiempo para poder sobrevivir. De alguna manera casi todos y todas estamos en esta situación, es la libertad que nos vende el sistema; “trabaja para los intereses de otro o muérete de hambre”, bonita libertad esta…

Lo cierto es que actualmente los proletarios son la mayoría, aquí se encuentran desde el obrero hasta el profesor; desde el oficinista hasta el barrendero; desde el abogado hasta el reponedor de supermercados. Es cierto que entre ellos hay diferencias en el “nivel de vida” que el sistema les ofrece, pero una cuestión es concreta: todos están obligados a trabajar para los intereses de otro, están estructuralmente sometidos al sistema y no tienen ningún poder de decisión sobre él (al menos en términos globales y estructurales). Clasificaciones como clase media baja, clase media alta, clase emprendedora y otras más, son puras quimeras que suelen confundirnos y negarnos la posibilidad de identificarnos en un mismo grupo sometido a los designios del modelo capitalista. Es preferible, si es que aceptamos utilizar la categoría de clase social, decir que solo existen dos clases sociales: proletariado y burguesía. Como dijimos, el proletariado seria todo aquel que tiene que vender su fuerza de trabajo, si es que no quiere morir de hambre, aquí se encuentra una diversidad grande en relación al acceso a las mercancías,  pero todos están unidos por verse sometidos estructuralmente por el capitalismo y tener que trabajar para otros u otras.

Por otro lado, están los pocos burgueses que son dueños de las fabricas, holdings, empresas o acciones que les permiten subsistir sin mover un solo dedo, todo mediante la explotación de la mayoría. La frase que Marx dijera en el siglo XIX aun tiene plena vigencia: “Os horrorizáis de que queramos abolir la propiedad privada. Pero en vuestra sociedad actual, la propiedad privada está abolida para las nueve décimas partes de sus miembros, precisamente, porque no existe para esas nueve décimas partes. Nos reprocháis, pues, el querer abolir una forma de propiedad que no puede existir sino a condición de que la mayoría de la sociedad sea privada de propiedad.” [7]

En este primero de mayo, fecha que muchas veces no pasa de ser un acto folclórico producto de la perdida de nuestra memoria histórica, resulta importante destacar que luchamos, en última instancia, por la abolición del trabajo asalariado, no por migajas ni “sueldos éticos”. Por otro lado, apoyar las causas de los y las trabajadoras no implica celebrar y tolerar muchos de los rasgos mayoritarios que se encuentran insertos en ellos: religión, nacionalismo, machismo, racismo. Tener esta actitud es propia de los populistas que siempre quieren estar “ firmes con el pueblo”. Siempre debemos criticar estas actitudes, y nadie tiene la superioridad moral para esquivar estas criticas, por muy del “pueblo” o “representantes del pueblo” que se digan ser.

No nos interesan las dictaduras, ni de trabajadores, ni de burgueses, nos interesa acabar con toda autoridad impuesta y sembrar la libertad colectiva. Debemos destacar que no luchamos por que la clase trabajadora gobierne el mundo y que todos sean trabajadores, ya que lo que buscamos es la supresión total de las clases sociales, lo cual daría por resultado una sociedad nunca antes conocida, en la cual no seriamos definidos por roles como trabajador/estudiantes/obrero/mujer, sino sólo por nuestra calidad de seres humanos o por otras categorías que nuestra imaginación actual no permite que concibamos, y que por tanto sólo se conocerán en la practica.

Creemos fundamental seguir un trayecto de autonomía de quienes intenten cambiar el modelo. Autonomía de las colectividades por cualquier agrupación que quiera dominarlas, ya sea el Estado o los partidos políticos (revolucionarios o no revolucionarios). El cambio radical de conciencia se tendrá que dar por las y los trabajadores en su conjunto, no porque dirigencias iluminadas lleguen a bendecirlas con el camino correcto, en ese sentido rechazamos a cualquiera que se arrogue el titulo de verdadero representante de los y las trabajadoras. Nadie nos va a emancipar, sino que este proceso vendrá necesariamente bajo la forma de una “auto-emancipación colectiva”.

Alguien podrá decir que lo que estamos proponiendo es imposible, que se necesitan direcciones, militantes especializados, organizaciones jerárquicas que guíen al movimiento, partidos que tomen el poder, etc. Nos podrán acusar de que nuestras ideas son demasiado novedosas, que la gente no las entiende o que la horizontalidad no sirve frente al poder jerárquico del Estado. Sin embargo, lo cierto es que nuestras ideas no tienen nada de nuevo ya que el primer movimiento obrero estaba “asentado en multitud de organizaciones autónomas, del estado y de los partidos” [8], sin dirección jerárquica y conformadas por infinitud de grupos: sociedades de resistencia, grupos de teatro, bibliotecas populares, mutuales, periódicos obreros, etc. Lo que proponemos es lo mismo que redactó hace 60 años la primera CUT, así como los principios en los que se fundamentaba el primer movimiento obrero en la región chilena asentado en organizaciones socialistas y anarquistas, antes de que llegara y se instalara con fuerza el fantasma de los partidos y Estados supuestamente proletarios y revolucionarios. Frente a los diferentes grupúsculos que han intentado históricamente erigirse como los salvadores y representantes de la clase trabajadora, los cuales han creado las peores aberraciones como lo fue el capitalismo de Estado sovietico y tantas otras bajo la practica autoritaria vestida de consigna revolucionaria, nosotros, por el contrario, creemos igual que los trabajadores y trabajadoras de la primera internacional, los cuales en 1864 declararon al mundo que: “la emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos” y no de sus pretendidos representantes.

Por un primero de mayo contra el trabajo asalariado y los falsos representates de los explotados. Por la automenacipación colectiva de todas las comunidades del planeta. Abajo toda autoridad, arriba la autonomia de todos los pueblos.

Bibliografia
1-Barría, Jorge (1971) Historia de la CUT. Ediciones prensa latinoamericana, chile p. 53
2-Idem, p.53
3-Idem, p.55
4- Zibechi, Raul: “El territorio como espacio emancipatorio ”
5-Amoros, Miguel: “Primero de mayo contra el trabajo”
6-Bonanno, Jose Maria: “El placer Armado”
7-Marx, Karl: citado en Cuadernos de la negación numero 2
8- Zibechi, Raul: “Autonomía y emancipación en Marx”

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