Comunidad de Laja reconoció a sacerdote Félix Eicher, testimonio de vida y humildad

Se resistió a que una calle de Laja llevase su nombre, porque prefieActive Imagere “servir donde pueda pero sin hacer bulla”. Sin embargo, el pasado 27 de mayo, el sacerdote Félix Eicher aceptó con humildad, y con bastante emoción, el homenaje que le rindió la comunidad lajina, donde ha vivido por más de 50 años, que lo reconoció como “un patrimonio viviente”.

Tenía 35 años -en 1961- cuando llegó a Chile como voluntario. Antes había estado cinco años en Argentina. Supo que en Laja se requerían sacerdotes y fue a conocer la localidad. Le gustó porque  sus orígenes son campesinos. Y propuso al  entonces Obispo de los Ángeles, Manuel Sánchez una forma para organizar la parroquia.  El obispo aceptó y su nombramiento salió el 31 de julio de 1961, seis días después fue fundada la Parroquia Cristo Rey, de la cual es su fundador y único párroco permanente.

“El padre Félix se ha erguido como patrimonio cultural viviente de la comuna, una persona muy especial, querido y respetado por la comunidad toda, por lo que significa en términos humanos, sociales, y de entrega al prójimo, pese a que no nació en esta tierra, que viene de zonas lejanas de Europa, es un lajino y un chileno más”, se indicó en la ceremonia, realizada en el gimnasio de la escuela José Abelardo Núñez, ante una multitud de personas que quisieron festejar con ‘su curita’.

El primero en hacer uso de la palabra fue el alcalde José Pinto quien aseguró que el padre Félix es un sacerdote que  trasciende al mundo católico, por ser de todos los lajinos, “alguien  que se ha dedicado a servir al más desposeído y necesitado, más allá de la fe que puedan profesar, independiente de la posición social, económica, de ideologías políticas o credos religiosos, desde su primer día en esta tierra”.

De origen belga, aunque nacionalizado chileno a partir de 1970, el padre Félix aún mantiene un acento que muchas veces hace que lo consideren como un extranjero. Pero él asegura que se siente un chileno más y que ya se quedó en esta tierra, que considera la suya. “Me gusta pasar la vida sencillamente. No me interesa en absoluto ser una personalidad. Para mí estar en el último asiento o en el primero es lo mismo…”, sostuvo en una de las pocas entrevistas que ha dado.

Si bien la existencia del padre Félix en Laja ha sido tranquila, no ha estado exenta de momentos tristes y dolorosos, como los ocurridos con ocasión del golpe militar del 11 de septiembrActive Imagee de 1973. En los días posteriores, arreciaron las detenciones y Laja no estuvo al margen de esa situación.

“Cuando yo me di cuenta que estaban buscando a las personas que habían colaborado con el gobierno de Allende, no solamente buscándolos sino encarcelándolos, empecé a tener miedo, especialmente por el clima de tensión que se estaba formando…”

En su afán por ayudar y por evitar muertes, el sacerdote convenció a Luis Espinosa, ex dirigente sindical, de que se entregara. Lo acompañó hasta la Prefectura de Los Ángeles donde lo entregó a la guardia. Nunca más supo de él.

“Cuando supe que Lucho Espínosa no aparecía por ninguna parte y que yo lo había llevado a Los Ángeles, fue un dolor muy grande para mí que quedó para siempre. Este ha sido siempre un dolor que me ha quedado…”, reconoció en el marco de una entrevista realizada para el libro “No hay dolor inútil”.

Un reconocido homenaje

Durante el acto de reconocimiento al padre Félix Eicher, se le hizo entrega de un crucifijo de madera con incrustaciones de plata y un rosario. También de un galvano.

Del mismo modo, familiares de los detenidos desaparecidos de Laja y San Rosendo le reconocieron su aprecio, respeto y agradecimiento, por el rol que jugó durante la dictadura, en una época de dolor y sufrimiento para muchas familias lajinas.

A su vez, el padre Félix agradeció el gesto con su peculiar español, que aun muestra su  acento extranjero. Argumentó que él no puede dar más porque es pobre, declarándose  un hombre común y corriente y no sintiéndose merecedor de tal homenaje. Con especial gracia contó pasajes jocosos de su juventud y entrada al seminario. Por cierto, recordó los dolores  sufridos en su país natal durante la Segunda Guerra Mundial, cuando tuvo que vivir en la clandestinidad por desertar del ejército alemán.

Al término de la ceremonia las asistentes se agolparon a su alrededor para saludarlo y abrazarlo, demostrándole todo su cariño y aprecio.

 

Por MEV

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