Cuento: “Juanito Tres Perros”

“Pero si son los mejores amigos del hombre, pues, cómo les voy a negar mi amistad y compañía”. Así se lo confesó una mañana a su supervisor. Juanito Tres Perros trabajaba de funcionario de aseo municipal, barriendo en los alrededores de la Laguna Redonda, y dejándose acompañar por tres quiltros vagabundos, a los que conoció en diferentes circunstancias. Diógenes, Humo y Colicorto se transformaron, con el pasar de los meses, en estupendos compañeros de ruta. Y hubo un día muy gris, en el que llegaron a salvarle la vida.

Don Dago estaba al tanto de la vida de Juanito Tres Perros. Con los codos apoyados en la barra de su cantina ubicada en calle Tucapel, el viejo se reportaba cada tarde. Don Dago se sabía casi de memoria los agraces de su historia. “A mí me mató que me dejara mi señora”, le confesó  innumerables veces entre copas, “me caí al litro y altiro empezaron los problemas. Perdí definitivamente a mis hijos, la pega, los amigos. Todos se fueron, quedé en la calle, botado”. A veces llegaban las lágrimas, y entonces Don Dago sacaba desde debajo de la barra un cortito de fuerte que parecía devolver milagrosamente la calma al desgraciado.

Pero hoy, al verlo asear los pasajes aledaños al patinódromo, rodeado de sus ángeles guardianes cuadrúpedos, Juanito Tres Perros parece el ser humano más feliz de la tierra. No siempre fue así. Hubo una época en que la desesperación se hacía una con los recuerdos, y cada mañana no era otra cosa que la continuación de un insoportable calvario. Como la madrugada de aquel día gris, que lo sorprendió tendido sobre la línea del tren, con su cabeza apoyada sobre los rieles, a solo metros de la animita de la Petronila Neira, una pobladora del sector Lorenzo Arenas asesinada a comienzos del siglo XX en Concepción, y cuyos vecinos no tardaron en atribuirle toda clase de sanaciones y prodigios. En aquella oportunidad, Juanito se arrepintió a último momento, asustado por el pitazo del tren de carga, que pasó a centímetros de su cráneo.

Esa misma mañana de mierda se le acercó Colicorto, un perro negro salchicha que le disputó el pan con cecina. Su manía de ladrarle a los automóviles puso nervioso en más de una oportunidad a Juanito Tres Perros, quien, temiendo un fatal desenlace, varias veces cerró los ojos imaginando lo peor. Sin embargo, a poco de andar, comprendió que Colicorto era un experto en el asunto, y no había vehículo que no pudiera esquivar debidamente. Diógenes y Humo aparecieron un día arrancando de una jauría. Tras cambiarse de vecindario, sus antiguos dueños no se molestaron en llevarlos consigo, abandonándolos a su suerte entre los pasajes de la Villa Primavera. Juanito pensó que donde comen dos comen cuatro, y les ofreció comida a cambio de compañía y lealtad. Los canes bien sabían de eso.

Poco a poco, la presencia de estos animales se convirtió en una especie de terapia para la depresión de Juanito. Así se lo contó a Don Dago, después de dejar el basurero correctamente estacionado afuera de la cantina. “Me venía una pena negra, oiga, al verme de empleado de aseo, y cómo estaría de triste que hasta me figuraba que la gente sentía asco al verme. Por eso mismo dejé de ver a mis amigos. No quería la lástima de nadie. Y esos mozuelos que ve allá afuera echaditos al lado de mi basurero, son los que me devolvieron la alegría, ¡salud!”.

Cada noche, a eso de las nueve, Juanito Tres Perros dejaba la cantina de Don Dago. Medio chispeado, echaba a caminar por Vicuña Mackenna, la calle de la línea férrea. A su lado, Diógenes, Humo y Colicorto habitualmente jugaban a morderse entre sí, mientras el viejo sonreía.

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