“Oso latza izan da. La tortura en Euskal Herria”

Euskal Memoria ha presentado su último trabajo monográfico, “Oso latza izan da. La tortura en Euskal Herria”, junto con representantes de Egiari Zor y Torturaren Aurkako Taldea, y más de 200 personas que han sido torturadas durante las últimas cinco décadas. Una aportación basada en el trabajo colectivo, para conocer la verdad sobre la tortura y la impunidad que rodea a esta realidad.

Julen Arzuaga, escritor y coordinador del trabajo, ha subrayado la dimensión del trabajo, que recoge cientos de testimonios, cuyos retazos forman el testimonio colectivo de la tortura: “Este trabajo es un ejercicio de reconocimiento. Un tributo a tantas personas, a tantas vascas y vascos que han tenido que guardar en silencio sus vivencias. Sin embargo, este trabajo no es definitivo. Que sirva para conocer la verdad y abrir el camino de la justicia, para dar un paso y reconocer nuestra memoria”.

Un «oso latza izan da» que atraviesa décadas, policías, gobiernos y leyes

En realidad, el punto de partida podía ser la Inquisición. O el artículo de “The New York Post” de 1946: «[A los detenidos en España] les encierran las muñecas y los tobillos y se los retuercen. Les meten trocitos de madera bajo las uñas y fósforos encendidos. Algunos presos son marcados eléctricamente. A otros los sumergen en baños helados». Pero Euskal Memoria inicia su investigación a fondo en 1960, a la par que nace ETA, con la «primera redada en cadena» y Melitón Manzanas al frente: «La paliza fue tan impresionante que algunos policías debían abandonar la sala porque no resistían». La inspiración era la Gestapo, la policía secreta nazi. Sin límite de detención, sin miedo a dejar marcas, sin noticias en la prensa… Hay que llegar a finales de los 60 para encontrar una huella en los medios. Es la denuncia de unos pocos representantes de la Iglesia, como el obispo de Gasteiz Mateo Múgica: «Ahora que estoy ciego, veo más claras las cosas», dice antes de morir.

La tortura allana el proceso de Burgos, subraya “Le Monde”. Y luego engrasa los fusiles que acaban con Txiki y Otaegi. El último estado de excepción franquista machaca a un sacerdote de 31 años llamado Tasio Erkizia, al que le diagnostican «síndrome de aplastamiento» y está en coma un mes tras pasar por la Jefatura de Bilbo.

«Españoles, Franco ha muerto». Pero poco cambia en los calabozos. «Buscan crear un clima de terror de manera indiscriminada», denuncian en una carta varias personalidades, con Julio Caro Baroja a la cabeza. El cuerpo amoratado de Amparo Arangoa en “Zeruko Argia” pasa a ser la primera foto robada a la tortura; luego habrá pocas más. El tope legal de detención «baja» a diez días con sus noches. Inge Genefke, médico danesa, de Amnistía Internacional, escribe: «Si bien la tortura se detecta por todo el Estado español, en el País Vasco es más común».

De repente, un oasis, una luz en el túnel. En 1977 la tortura se detiene unos meses, no hay denuncias. Pero no es la luz de salida. La frecuencia vuelve a ser tal que “Egin” titula un día: «Varios detenidos en Navarra, libres sin haber sufrido malos tratos».

Las marcas ya no se toleran, toca perfeccionar el sistema. El tope de incomunicación se sitúa en cinco días, pero los abogados son expulsados primero de los calabozos y luego también de los despachos judiciales. La incomunicación se blinda a sí misma, y ya pocas veces habrá goteras en esos sótanos.

Algunos magistrados en Euskal Herria, muy pocos, toman medidas. Así surgen el «caso Magallón-Goñi Tirapu», el «caso Olano», el «caso Olarra», el «caso Juana Goikoetxea», el «caso Tomás Linaza»… En 1980, 3.000 ciudadanos de Zornotza exigen investigar torturas a varios vecinos; serán juzgadas, pero ¡en 2001! Cuando hay condenas, son mínimas, y les suceden indultos, a veces ascenso incluido.

Joxe Arregi se lo explica a sus compañeros de celda muy despacio, exhausto, antes de morir: «Oso latza izan da». Unas fotos sacadas del interior de la prisión revelan su cuerpo destrozado y dejan fijado ese 13 de febrero como día contra la tortura para la posterioridad. Casi seguido cae el médico de Oiartzun, Esteban Muruetagoiena, a quien antes de fallecer visita el abogado Álvaro Reizabal: «Jamás vi a nadie en tal grado de locura, desvarío y derrota: en sus alucinaciones veía fusilamientos, campos de exterminio y otros horrores que consideraba películas que habían proyectado en la celda».

Son los años de González y Barrionuevo, de los GAL, de Intxaurrondo, de Galindo, de Joxean Lasa y Joxi Zabala enterrados en cal viva, de Mikel Zabalza desaparecido en el cuartel y hallado en el Bidasoa. El PSOE niega lo innegable. Pero lo señalan hasta sus aliados políticos del PNV. Xabier Arzalluz dice: «Nos encontramos con que muchas personas, incluso miembros de nuestro propio partido, gente absolutamente pacífica, vienen denunciando haber sido sometidos a torturas terribles».

De «la bañera» a «la bolsa»

Para entonces, «la barra», «el quirófano», «el potro», «el misionero» o «la bañera» son ya palabras que en Euskal Herria tienen un significado añadido, y tétrico. A partir de mitades de los 80 otro tanto ocurrirá con «la bolsa», «las flexiones», «el suero de la verdad»… Nace la tortura «blanca» o «limpia». También será imposible ya identificar a los torturadores, que pasan a actuar con la cara cubierta y sin usar nombres ni apodos que los puedan delatar.

Las policías adaptan también otro modelo: el «alemán», basado en un control amplio de sospechosos y la acumulación de ficheros que da pie a redadas masivas. La tortura servirá a su vez para engordar esos ficheros. Felipe González responde a las protestas así: «La culpa de la existencia de leyes antiterroristas la tienen los terroristas».

Se acercan los 90, y el túnel sigue igual de negro. Nace Torturaren Aurkako Taldea para atestiguarlo. Nigel Rodley, Relator para la Tortura de la ONU, elabora en 1994 un informe con 21 casos referentes al año anterior: cita «la bolsa», los golpes, los electrodos, los ejercicios extenuantes… Acaban de morir en comisaría Gurutze Iantzi y Xabier Kalparsoro. A la primera la forense de la Audiencia Nacional le receta un mucolítico; del segundo dice un policía que «me pidió una cerveza y cuando fui a cogerla se tiró por la ventana»; antes, a la familia de Mikel Zabalza la enviaron a preguntar por él «a objetos perdidos»…

También muere en los nuevos calabozos de la Ertzaintza Juan Calvo, detenido por robar un taxi. Presenta 35 marcas producidas por porras, pero el número dos de Interior de Lakua sentencia que «se ha muerto de su propia enfermedad». Y el Estado francés también queda bajo sospecha; no tortura, pero entrega a vascos a sabiendas de lo que ocurre al otro lado de la muga.

La kale borroka da paso a operaciones policiales constantes contra la juventud y a imágenes tan difíciles de olvidar como la de los imparables temblores de Jaime Iribarren, presidente del Consejo de la Juventud de Nafarroa, tras salir machacado del cuartel. Los dramáticos finales de Kalparsoro e Iantzi se usan en los calabozos para crear más terror. Se lo recuerdan a Antxon Oilokiegi, que tiene problemas cardíacos por los que fallecería años después: «Vas a acabar como Gurutze y el médico forense no va a tener problemas en diagnosticar un paro cardíaco».

Se va el PSOE y llega el PP, que empieza por excarcelar a Galindo. Fernando Elejalde se convierte en una de esas goteras incómodas tras acabar en el hospital, hasta el punto de que el entonces gobernador civil en Gipuzkoa, Angel Goya, presenta la dimisión. Pero la filtración llega a grieta gorda en 2001 con el rostro monstruosamente ennegrecido e hinchado de Unai Romano. En “Oso latza izan da”, el joven gasteiztarra expone su impresión de que la cárcel sacó esa imagen para dejar constancia pública de cómo había llegado allí y sacudirse el «marrón» en caso de que empeorara.

Pero ni por esas habrá condena. Tampoco dos años después, tras escucharse y verse en televisión en riguroso directo a Martxelo Otamendi, director de “Egunkaria”, nada más salir de la Soto del Real: «Si a nosotros nos han hecho esto, ¿qué no harán con otras personas?».

Se prometen cámaras, se anuncian protocolos… pero sobre todo se niega, se tapa, se calla. «Corta un momento, vamos a repasar las condiciones de la entrevista», dice el número dos del Ministerio de Interior, Antonio Camacho, cuando una televisión australiana le pregunta por la tortura en Euskal Herria. El PSOE está de vuelta.

El proceso de negociación de 2006 reducirá el número de denuncias, pero tampoco será el final del túnel: «El Estado no está en tregua», repiten desde Madrid. Un juez llamado Ramón Sáez Valcárcel señala en un voto particular a otro llamado Fernando Grande-Marlaska por dar por buena la declaración de un detenido llamado Iñigo Zapirain que ha referido torturas, en un claro toque de atención. Alertas mayores llegan desde Estrasburgo, que comienza a condenar al Estado español por no investigar los maltratos.

Retorna el PP, siguen las denuncias, y se renuevan otra vez las técnicas. Inazio Otaño: «Me ponían una especie de masa delante de la nariz y le prendían fuego. Perdí el equilibrio. Notaba las manos y los brazos muy fríos». Iñaki Igerategi: «Me dijeron que `tu hija mayor suele ir sola en patinete a la ikastola. Tu mujer va al gimnasio. Tiene tal talla de sujetador. ¿Qué va a hacer sola?’». Hasta hoy.

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