Rebeliones: como Estambul pero en Río de Janeiro

En este emocionado diario personal (cuyo título original es “En el ojo de la tormenta”), el brasileño Michel de Souza se filma a sí mismo mientras registra con su cámara de fotos la represión policial a las masivas protestas de los últimos días en Río de Janeiro.

Salieron de Facebook y tomaron las calles de Brasil como no se recordaba desde la época en que terminó la dictadura (1964-1985) cuando el pueblo exigía democracia, y desde los reclamos a favor de un juicio político contra el presidente Fernando Collor, en agosto de 1992. Lo que comenzó este viernes 14 de junio en São Paulo como un movimiento contra la subida de la tarifa del transporte público derivó el lunes en un grito histórico de indignación: cien mil personas en Río de Janeiro, 65.000 en São Paulo y decenas de miles en Brasilia, Maceió, Porto Alegre, Fortaleza, Salvador, Vitória, Curitiba, Belém y Belo Horizonte. En total, más de 240.000 ciudadanos, sin ningún líder visible, ni ninguna organización dominante, clamaron contra la mala gestión del transporte, la corrupción y la violencia policial, entre otras cuestiones.

Por encima de las pequeñas escenas aisladas de violencia, la noticia fue el orden y la paz con la que discurrieron las marchas. En Río de Janeiro un grupo de manifestantes invadió la Asamblea Legislativa. En Porto Alegre la policía tuvo que dispersar con gas a varios manifestantes que apedrearon a los agentes. En Brasilia, decenas de manifestantes tomaron durante varios minutos el tejado del Congreso. Pero nada de eso logró empañar la estampa de cientos de miles de personas caminando pacíficamente por las principales capitales del país.

En São Paulo, donde se produjeron el mayor número de heridos y detenidos el pasado jueves, la policía se mantuvo a un prudente distancia y con escasísima presencia, mientras los manifestantes coreaban: “¡Que coincidencia, no hay policía y no hay violencia!”. Había cientos de manifestantes, filmando, fotografiando, tuiteando todo lo que sucedía ante sus ojos. Y miles de ellos portaban cartulinas blancas, minipancartas, con pequeños mensajes dirigidos al mundo.

En las cartulinas había de todo. Desde el clásico “haz el amor y no la guerra” hasta “libertad para [Julian] Assange”, escrito en inglés; “No venga al Mundial”, también en inglés; “Disculpen las molestias, estamos mudando el país”; “No son los céntimos, son los derechos”; “Si algún céntimo fuera para educación, yo no estaría aquí”; “Por una vida sin tornos [en referencia a los del metro]”; “el transporte no es mercadería”; “Hace ocho meses éramos electores. Ahora somos vándalos; “Estamos luchando por usted”. Entre los cánticos de São Pablo el más repetido, acompañado por decenas de tambores en un ambiente plenamente festivo, fue el que invitaba a salir a la calle contra la subida de las tarifas en el transporte.

Diez días, más de 100 heridos y 230 detenidos después de su primera marcha en Sao Pablo, el Movimiento por el Pase Libre, que reclama el acceso gratuito al transporte público, ha hecho historia en el país. Pero ahora, las razones de la protesta son más vagas y ambiciosas. Cuando se pide a los entrevistados escoger una sola razón entre todas las que le han llevado a la calle, la respuesta casi nunca surge al instante. Pero termina llegando.

“Yo me manifiesto por los derechos humanos de los indígenas, de los homosexuales, de las minorías”, explica la activista Rebeca Lerer, de 36 años. “El aumento de la tarifa es sólo la gota que colmó el vaso”, añade. “Fuera de Brasil se dice que está todo bien, todo lindo, pero la cuestión de fondo es que no estamos solucionando los problemas históricos de desigualdad”.

Rebeca Lerer cree que la gestión del transporte en la ciudad más poblada de Brasil, con 11 millones de habitantes, fomenta esa “desigualdad histórica”. “La mayor parte de los recursos se destinan a la industria del automóvil y se deja a un lado el transporte público. El tráfico es un caos, mucha gente tarda tres y cuatro horas en llegar a su trabajo. Y entre las doce y las cinco de la mañana no hay transporte. En la periferia hay como islas de gente que nunca viaja al centro, porque para ellos trasladarse es un lujo. La ida y la vuelta desde casa al trabajo cuestan seis reales diarios (2,1 euros). Eso ya es mucha plata para muchos. Con esas condiciones, ¿cómo se puede permitir una subida?”.

“Los 20 céntimos de aquí son el parque de Estambul”, explica un grafitero de São Paulo, en referencia a las protestas que se desencadenaron en Turquía por la construcción de un centro comercial sobre un parque adyacente a la plaza de Taksim. “Yo llevaba varios años pintando grafitis en contra de las subidas”, añade el citado grafitero, quien prefiere no revelar su nombre. “Hace unos tres años, cuando subieron el precio a tres reales ya dije que era un robo. También pinté hace cuatro años contra la forma en que se estaba gestionando el mundial. Se está llevando por debajo de la mesa, sin transparencia. Y escribí en un gran muro donde decía que si se jugase la Copa de la Corrupción, Brasil ya la habría ganado. Pinté también muchas veces la frase ‘Vamos a las calles’, porque Facebook no basta. Y de pronto la gente respondió. Hay pancartas que decían ‘Hemos salido de Facebook”.

¿Por qué ahora? “Por dos factores: Estambul y la llegada del Mundial en 2014”, continúa el grafitero. “Lo de Estambul empezó porque el Gobierno pretendía destruir una plaza para construir viviendas. Y nosotros tenemos aquí mucha más tierra verde arrasada en la Amazonia que en toda Turquía. Así que ves a la gente de Estambul protestando y te preguntas qué hacemos parados. Y por otro lado, está el Mundial de 2014. Sabemos que todo el mundo nos mira y que somos el país del fútbol. Pero no queremos ser conocidos sólo por el fútbol”.

Fuente: El Puercoespin

Foto: http://www.maspormas.com

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