Egipto, la izquierda y el golpe de Estado

Lo explicaré del modo más sencillo. Hace dos años y medio se puso en marcha en el mundo árabe un proceso inesperado de irrupción de los pueblos (llamado a veces «primavera árabe») que abrió una modesta pero luminosa oportunidad en la zona. Yo la llamaría sin lugar a dudas «revolución».

No fue una revolución socialista y no fue dirigida por la izquierda. Tampoco fue una revolución islámica y los islamistas tuvieron asimismo un papel muy reducido. Pero como fue una revolución democrática, salió a flote la verdadera relación de fuerzas en la zona -reprimida durante décadas- y las elecciones, allí donde las hubo, llevaron al gobierno a los partidos islamistas de la orbita de los Hermanos Musulmanes. Tanto la izquierda de la región, avejentada y estalinista, como los partidos islamistas, que incubaban sueños de califato, cedieron a la presión popular y adoptaron sinceros programas democráticos. Los fulul de la dictadura, a su vez, se reciclaron en demócratas y, desde distintas organizaciones y partidos, en condiciones sin precedentes de libertad de expresión y reunión, comenzaron a trabajar para recobrar el poder.

Sé que no importa lo que diga, pues en cualquier caso se malentenderán mis palabras. Soy comunista y si algo me inspira poca simpatía es la combinación de neoliberalismo económico y conservadurismo religioso. En los dos últimos años no he dejado de llamar la atención, en Egipto y Túnez, sobre la complicidad de los HHMM y Nahda con las instituciones financieras internacionales, su falta de programa social y económico y su recurso a las mismas tácticas represivas de la dictadura. Pero también he insistido en alertar contra la tentación de combatir a los islamistas por cualquier medio, en alianzas antinaturales con las manos negras de la dictadura o mediante estrategias de acoso y derribo que, a tenor de la actual relación de fuerzas, sólo pueden favorecer el retorno de los viejos y trágicos modelos de gestión regional (con la guerra civil argelina, tan cercana, como sombra y advertencia). El proceso que comenzó en Túnez abrió un marco inestable y fluido en el que democracia, revolución e involución se citan, se buscan, chocan, negocian y se combaten. A mi juicio, lo más revolucionario que se puede hacer en estos momentos en Egipto, y en todo el mundo árabe, es tratar de construir un Estado de Derecho democrático mientras se trabaja a medio plazo -gramscianamente- en un proyecto contrahegemónico basado en el descontento social.

Pues bien, la voluntad de acelerar la revolución sin haber normalizado la democracia (¡que en el mundo árabe es ya revolucionaria!), y a despecho de la relación de fuerzas, da todas las ventajas a los proyectos involutivos islamofóbicos. En Túnez en la forma de una «transición pacífica a la dictadura»; en Egipto, como estamos viendo, en la forma clásica, terrible, de una intervención militar que, en este caso, sólo puede desembocar en una guerra civil.

Millones de egipcios han salido a la calle de un modo saludable, en alas de una indignación justa y valiente, en la prolongación de un movimiento popular que es la única garantía en el mundo árabe -y en cualquier parte- de una verdadera democracia. Pero ese movimiento popular se inscribe -dejadme decirlo de manera provocativa y brutal- en una estrategia de acoso y derribo contra los HHMM orquestada y preparada con arreglo a un plan muy similar al que derrocó a Allende en Chile o al que intentó derrocar a Chávez en Venezuela.

Dejadme ser aún más provocativo: un cierto sector de la izquierda -árabe y mundial- cuando hay revoluciones las llama conspiraciones y cuando hay conspiraciones considera que, entonces sí, ha llegado la verdadera revolución. ¡Contra el islamismo los golpes de Estado son revolucionarios! ¡Aunque se trate del ejército egipcio, el más proestadounidense del mundo, el mismo que disparó contra el pueblo y torturó a los revolucionarios hasta hace pocos meses!

En Egipto la izquierda forma parte del Frente Nacional de Salvación, coalición también de la derecha neoliberal y de los fulul de la dictadura, y su máximo representante, Hamdin Sabahi, que ocupó el tercer lugar en las elecciones presidenciales, ha pedido varias veces en los últimos días la intervención del ejército y ha saludado sus «revolucionarios» comunicados. Lo mismo en el caso de Tamarrud, el movimiento responsable de las movilizaciones del 30 de junio, cuyos portavoces confiesan abiertamente haber coordinado las protestas con la cúpula militar, y que han respondido a la assadiana declaración de las fuerzas armadas («daremos nuestras vidas combatiendo a los terroristas, extremistas e ignorantes») reclamando la inmediata detención del presidente electo Mohamed Mursi.

Si el presidente electo no se va, ya conocemos la «hoja de ruta» anunciada por el ejército: formará una junto cívico-militar para preparar la transición, disolverá el parlamento, suspenderá la constitución y aplicará mano de hierro a todos los «terroristas, extremistas e ignorantes» que se opongan a su proyecto de salvación nacional.

¿Nos suena el plan? A mí mucho. Tenemos la suficiente experiencia histórica para saber qué significa eso. No parece que haya ya muchas alternativas. El rencor histórico acumulado durante décadas por las fuerzas islamistas parecía haberse disuelto en su victoria electoral y en esa pragmática reivindicación teatral, expresada con entusiasmo de neófitos, de la «democracia parlamentaria». Si se les niega con un golpe de mano lo que han adquirido en las urnas, ¿no volverá ese rencor, ahora intensificado y legitimado, a una organización de ideología y tradición muy poco democrática, acostumbrada a la clandestinidad y tentada muchas veces por la lucha armada? Puede ocurrir que no sea Siria sino Egipto «la tumba de las revoluciones árabes». En su editorial de ayer, Abdelbari Atwan, editorialista de «Al Quds», evocaba el «escenario argelino». Sí, de eso estamos hablando, pero en un país de 80 millones de habitantes, al lado de Israel, y en un contexto explosivo de crecientes conflictos sectarios en Siria e Iraq. Bachar Al-Assad se puede sentir muy orgulloso de haber anticipado el nuevo modelo -el más viejo- contra las amenazas del «terrorismo islámico». Se acabó el asunto. Volvemos a la «excepción árabe». Moubarak, Ben Ali, Ghadafi, Al-Assad (y nuestros gobiernos occidentales y nuestros medios occidentales) tenían razón: el mundo árabe no es democratizable.

Y nuestra izquierda, entre tanto, vitoreando al ejército.

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