Chile, la memoria –audiovisual- obstinada

El cineasta chileno Patricio Guzmán no deja de repetir en todas sus conferencias y talleres que da por el mundo que “un país sin memoria es como una familia sin álbum de fotografías”. Lo dice el autor de la trilogía “La batalla de Chile” en el que “cámara en mano” documentó la aventura del gobierno de la Unidad Popular encabezado por el Presidente Salvador Allende desde su nacimiento, hasta las dificultades que terminaron con el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973.

Desde esa fecha hasta nuestros días es posible agrupar las expresiones audiovisuales desarrolladas antes, durante y después de este hito sin mucha dificultad, porque la mayoría son expresiones que nacen de la conmoción como punto central del relato: Conmoción antes del golpe, producto de la efervescencia de ser testigos de la experiencia de la Unidad Popular, recogida mayoritariamente por cineastas extranjeros que simpatizan con la oportunidad de retratar las diferentes aristas del primer gobierno socialista que llega al poder por las urnas [1] . Este mismo sentimiento contagia a algunos documentalistas chilenos que, comprometidos con la Unidad Popular, retratan sus expresiones desde dentro [2] . Hay una tercera manifestación muy somera, que puede reflejarse en la televisión estatal de la Unidad Popular – Canal 9- que intenta llevar a la pantalla pequeña la difusión del programa cultural de Salvador Allende, recogida en la medida 40 de su programa [3] , que se resume en llevar la cultura a los lugares más recónditos del país y a los sectores excluidos de la sociedad.

La conmoción también es el punto de partida del sinnúmero de relatos audiovisuales – ficción y documental- que nacen a partir del golpe de Estado en Chile, la mayoría de ellos, rodados en el exilio por cineastas que logran rescatar material fílmico al exterior [4] – en los primeros cinco años de la represión-y posteriormente en Chile, en la clandestinidad y con apoyo de la resistencia en el extranjero –entre 1976 y hasta el final de la dictadura en 1990.

A diferencia del anterior, el relato audiovisual en este periodo tiene múltiples expresiones, que van más allá de la simple división entre el cine de ficción y realidad. En 1979 entra en escena la manifestación audiovisual de protesta a través del video arte que tiene su máxima expresión en el Colectivo Acciones de Arte (C.A.D.A) fundado por la artista Lotty Rosenfeld [5] . A principios de los ochenta y con el surgimiento de las primeras manifestaciones masivas de rechazo a la dictadura de Pinochet y de medios de comunicación que se sitúan abiertamente en la oposición, surgen los noticieros clandestinos, gracias a un mayor acceso a equipos “caseros” de grabación y reproducción – betacam, súper VHS- que hacen posible la grabación, edición, distribución de las copias en una red clandestina apoyada por la resistencia en el exilio. Esta difusión a través del video como herramienta democratizadora hace posible que experiencias como el Teleanálisis muestren todo lo que la televisión oficial oculta, en otras palabras: el Chile invisible [6] .

En los últimos años de la dictadura ya era posible ver en el cine de ficción algunas cintas que logran sortear la censura –moral y política del régimen- que tocan tangencialmente algunos aspectos de la represión.

En el periodo transicional que vive Chile desde 1990 hasta 2003, surgen diferentes productos audiovisuales que se recrean en aspectos conocidos del régimen, llevados a la pantalla a través de la ficción y con la ayuda de protagonistas que –curiosamente- han estado presente en otros productos audiovisuales en otros géneros identificados más bien con el entretenimiento. El consumo de estos productos audiovisuales al menos en el cine, puede considerarse que cumple expectativas comerciales, llegando incluso en algunos casos a compartir taquilla con estrenos cinematográficos americanos, en algunas salas de grandes ciudades. El público hace cola en el cine para ver un drama que refleja en la ficción de una realidad pasada, que el espectador identifica como lejana y política. No es raro que películas como Machuca de Andrés Wood, que aborda el periodo previo al Golpe de Estado a través de la historia de tres niños de clases sociales distintas, sea identificada por la audiencia como una cinta política, llegando en algunos casos a provocar reacciones previas en sectores de la sociedad expresadas en frases reiterativas como “no la veo por que no me quiero meter en política”. Esto que resulta inverosímil a 13 años del “retorno a la democracia” es una escena frecuente, que comienza recién a generar algunos “progresos” hacia 2003 y nuevamente teniendo en cuenta la onomástica del golpe de Estado. No en vano ese año se cumplen 30 años de la muerte de Salvador Allende en medio del Palacio de la Moneda en llamas, una imagen potente, pero que una parte del Chile post transición no quiere recordar.

Hay que señalar que si bien es cierto en los mismos primeros 13 años, las ficciones cinematográficas post dictadura chilena y argentina tienen muchos puntos en común en cuanto a desarrollo, posteriormente toman caminos distintos y opuestos: la chilena busca la masividad, que no la profundidad de un sinnúmero de relatos que aún quedan por contar –tortura, desaparición- mientras que la argentina, toca sin problemas y con asertividad temas considerados tabú en los primeros años como el secuestro de bebés y la adopción ilícita durante la dictadura.

Sin embargo es en la pantalla pequeña, y en un proceso no superior a los últimos cuatro años, donde comienza a manifestarse un despertar de los discursos audiovisuales en cuanto a su papel catalizador de memorias, y que logra llegar a un núcleo más cerrado: la familia chilena.

En 2008 aparece en la televisión privada – Canal 13- la serie Los ochenta inspirada abiertamente en la fórmula televisiva española de Cuéntame. En forma análoga a la matriz española, Los ochenta arranca en un periodo previo al golpe de Estado, avanzando en la línea espacio temporal desde 1973 hasta 1988 – que corresponde a la temporada actual, de la serie todavía en curso-. Su puesta en programación en horario prime time los domingo por la noche, le ha reportado una gran audiencia, comprobable al día siguiente y materializándose a través de conversaciones en el ámbito familiar y de trabajo desencadenadas por la ficción, que aborda temas hasta ese momento nunca abordados ni al interior de la familia ni en el ámbito laboral, por miedo, en el tiempo posterior a la dictadura, y ya en la segunda mitad casi por comodidad y por miedo a la descalificación en el entorno laboral.

Los ochenta es un claro enlace entre el pasado y el presente, en dos niveles: a través de su bien elaborada historia y luego, a partir del lazo entre cada espectador y su propia relación con el pasado reciente, con su construcción personal de memoria y percepción del entorno político, cultural, económico de la época. Los vínculos familiares en los que se desarrolla la trama, y la implicación de cada uno de sus personajes, con los hechos históricos acaecidos en dictadura y que son vividos en primera persona, empatizan con el espectador al punto de generar la discusión en entornos hasta ahora no conquistados por el relato de los vencidos [7] .

Otro ejemplo a señalar es el caso de la serie de ficción televisiva Los archivos del Cardenal (TVN, Chile) al aire en 2011, que al igual que Los ochenta centra su escenario en el mismo periodo histórico y parte de un núcleo familiar parecido, aborda con un tratamiento más explícito, temas como la tortura, el secuestro y la desaparición de personas. Si bien esta serie no logró la audiencia necesaria para una segunda temporada ni la empatía masiva – la provocada por ejemplo en el caso anterior al referirse a su acción catalizadora en el entorno laboral al día siguiente- sí es un avance importante y significativo a nivel de abordaje de estos temas, desde otro punto de vista y ajeno al mito del Cardenal Silva Henríquez, que en algún momento podría haber eclipsado a la serie [8] .

Esas dos series televisivas, de alto impacto en el público, al punto de activar memorias, romper silencios y provocar la discusión casi cuatro décadas después de temas tabúes en la sociedad chilena, quizá genera el ambiente necesario para ficciones que abordan temas recientes en la gran pantalla, con pasados más inmediatos que se refieren al origen de la transición chilena, derribando los mitos que se construyen tras ella.

En 2012 se estrena la cinta “No” del cineasta Pablo Larraín, que rememora la experiencia del 5 de octubre de 1988, fecha en que el propio dictador Pinochet convoca a un plebiscito para consultar su continuidad por otros ocho años. La cinta se centra en la “campaña del NO”, la utilización en forma descarnada del uso de técnicas publicitarias y de marketing para la defensa de una idea política, algo que genera controversia, porque para muchos, es el primer nivel de consolidación del capitalismo como único sistema posible en Chile [9] .

La cinta no gusta a una parte de la audiencia- aún dividida en Chile- que prejuzga la cinta por su tilde político – y ya han pasado 23 años- pero lo curioso es que a la audiencia que sí empatiza con la campaña y que incluso luchó y defendió la opción “No” hace más de veinte años, le resulta “incómoda” porque a su juicio sintetiza la resistencia a Pinochet y su salida, a una campaña publicitaria: así como se vende Coca Cola, se puede vender la oposición a un régimen y su término. Esta visión, discutible, quizá explica la incomodidad basada en el recordatorio de los pactos políticos que se tuvieron que hacer para pavimentar el camino a la democracia, pactos que se mantienen a día de hoy. Curioso también resulta que la crítica se centre en esta somera conclusión y no en el hecho de que en Chile, aunque Pinochet perdió el plebiscito y finalmente se convocó a elecciones generales en 1989, los enclaves autoritarios persisten a día de hoy, donde la Constitución que rige a Chile sigue siendo la de 1980, elaborada por la Junta Militar de Gobierno y validada en un plebiscito fraudulento autoconvocado ese mismo año.

Como co-autora del documental La alegría de los otros [10] ( España, 45 minutos, 2009) , autogestionado, proyectado solo una vez en Chile y que abarca el mismo periodo histórico, me interesó abordar los discursos fascinantes de esos “otros” que no estuvieron –ni están- en los medios, ni mucho menos en los libros de historia. Los mensajes que han quedado marginados con el paso del tiempo, lo que aparecía en los medios de información que defendieron “la campaña del NO”, denunciados por periodistas – nacionales y extranjeros-que lucharon contra la dictadura exponiendo su vida y la de sus familiares para conseguir la información, hoy han desaparecido. Y no solo eso: hoy por hoy todos los medios masivos que existen en Chile son de derechas, salvo contadas excepciones como el semanal El Siglo del Partido Comunista y la revista Pluma y Pincel y en otros ámbitos, la versión chilena del semanario Le Monde Diplomatique, El Periodista o The Clinic.

Conmueve la dicotomía que se produce en un país que curiosamente hoy más que nunca disponga de más fondos audiovisuales, ayudas y subvenciones para hablar de memoria histórica a través de lo audiovisual y los intentos subvencionados por estos fondos no hablen de las transiciones paralelas que se produjeron, ni de las cuentas pendientes de la transición ni tan siquiera de los enclaves autoritarios de la dictadura, tan arraigados en la audiencia que se hicieron invisibles.

Conmueve también que a la hora de presentar a estos proyectos y o subvenciones, existe una suerte de “reglamento tácito” que empuja a edulcorar los productos audiovisuales que hablan del golpe o de aspectos de la transición, para que no se diga a la hora de deliberar “otra película más del Golpe de Estado”, “otra película más de Allende” o, en forma análoga a España “otra película más de la Guerra Civil”.

La ausencia total de estos discursos tiene su máxima expresión en los informativos de televisión, donde la información de “derechos humanos” o “memoria”, que ocupó un lugar importante en la primera década de la transición, con reportajes de investigación, quede relegada en este último lustro, a la onomástica o a la detención, captura o muerte – ya ni hablar de juicios- de torturadores o colaboradores de la dictadura.

La inminente conmemoración de los 40 años del golpe en septiembre de 2013, no desvelan hasta ahora, que los nuevos intentos por reconstruir un discurso serio desde lo audiovisual, vaya más allá de los homenajes: al menos, en lo que a productos audiovisuales masivos se refiere.

Sin embargo, caben destacar algunas series que verán la luz en este septiembre y algunas semanas antes. Es el caso de “Chile, las imágenes prohibidas” serie documental de la televisión privada Chilevisión. En el mismo canal se proyectará una serie de cuatro capítulos sobre la “Caravana de la muerte”, nombre con el que se conoce a la sangrienta comitiva del Ejército de Chile que recorrió el país en 1973, que por orden de Augusto Pinochet tenía la misión de “agilizar” y revisar los procesos de los detenidos tras el golpe militar. La seria está dirigida por Andrés Wood, director también de la citada “Machuca” y productor de “Los 80”.

En el ámbito periodístico-documental, destaca la serie “Los mil días”, que en cuatro capítulos presenta una mirada al contexto político y social de Chile durante el gobierno de Salvador Allende y “11 íntimo” que muestra el relato de doce chilenos y chilenas que vivieron distintas experiencias el 11 de septiembre de 1973 y que incluirá testimonios y recreaciones de aquella jornada, ambos a exhibirse en la televisión privada Canal 13.

La televisión pública chilena TVN, en conjunto con el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos realizaron “Declaración”, una serie de 20 microprogramas donde realizadores nacionales elaboraron historias basadas en los derechos que integran la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el mismo 11 de septiembre, se prevé que el canal público estrenará el documental “1973, el año que cambió nuestras vidas”. Canal público que por cierto, “omitió” fragmentos del documental “Nostalgia de la Luz” de Patricio Guzmán, hace algunos meses aludiendo a fallos de la emisión.

Ejemplos, que tratan de contrapesar rápidamente en un medio con tanta fuerza aún en Chile como la televisión, con tanta influencia sobre la opinión de determinados segmentos de la audiencia, la ausencia de estos temas a lo largo de estos cuarenta años, corrosiva ausencia que, sumada a la desaparición de medios que lucharon contra la dictadura han entorpecido y ralentizado algunos aspectos del proceso de memorialización en Chile. Una memoria obstinada, emulando uno de los documentales de Patricio Guzmán, una memoria “resbaladiza” en un país que se resiste a guardar y mirar de vez en cuando, sus fotos de familia.

* Carolina Espinoza Cartes (Concepción, Chile, 1974) Es periodista licenciada en comunicación social en la Universidad de Concepción y Master en Información Económica en la Universidad Complutense de Madrid y Master en Servicios de Información y Desarrollo Comunitario en NNTT de la Universidad de Salamanca. En Chile trabajó como redactora en Televisión Nacional de Chile y en Radio Cooperativa. Desde 2000 vive en Madrid, donde se ha desempeñado como editora de contenidos de diferentes programas de la Televisión Educativa Iberoamericana, ATEI y en el Centro de Medios Audiovisuales de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, UNED donde participó en el proyecto audiovisual interactivo “Exhumar una fosa común” realizado en conjunto con el Centro de Medios Audiovisuales de la UNED, CSIC y el Centro de Estudios de Migraciones y Exilios de la UNED, CEME. De su co-autoría es el documental “La alegría de los otros” ( 45 minutos, 2009) sobre la transición chilena después de la dictadura de Augusto Pinochet. También de su co autoría es el libro “La verdad está en los hechos:70 años de Radio Cooperativa”(DIP, 2007) sobre la historia de una de las radios luchó contra la dictadura de Pinochet. con Actualmente trabaja en la realización de un documental sobre el Tren Popular de la Cultura de Salvador Allende.



[1] Armand Mattelart es co autor del film La Espiral (1976),

[2] Patricio Guzmán «El Primer Año» (100’, 1973); «La Batalla de Chile I, II, III, (1977)

[3] Programa de la Unidad Popular. Las primeras 40 medidas del gobierno popular. http://www.abacq.net/imagineria/medidas.htm

[4] Patricio Henríquez, Raúl Ruiz, Miguel Littín, Ignacio Agüero.

[5] El Colectivo Acciones de Arte (CADA), situado por Nelly Richard como parte integrante de la “escena de avanzada” fue formado por el sociólogo Fernando Balcells, la escritora Diamela Eltit, el poeta Raúl Zurita y los artistas visuales Lotty Rosenfeld y Juan Castillo, el CADA es tal vez la más nítida expresión de las contradicciones experimentadas al interior del campo artístico chileno, constituyéndose en el principal síntoma de la dislocación producida por el Golpe de Estado en el carácter modernizador y modernizante que caracterizó, hasta 1973, el desarrollo del arte chileno.

[6] Teleanálisis: el registro no oficial de una época. Gárate y Navarrete, 2002 ( p. 10-12).

[7] La reconstrucción del pasado reciente a través de la narrativa televisiva. Estudio comparativo de los casos de Chile y España en Revista Comunicación, No10, Vol.1, año 2012, PP.666-681.

[8] Raúl Silva Henríquez fue un sacerdote salesiano y abogado chileno, defensor de los derechos humanos durante la dictadura de Augusto Pinochet. En 1976 fundó la Vicaría de la Solidaridad, organismo de la iglesia católica que tenía por objetivo darle asistencia a las víctimas de la dictadura. La seria televisiva citada hace referencia a esa institución.

[9] http://islainexistente.javialvarez.es/2013/06/el-camino-hacia-la-democracia-chilena.html

[10] http://www.sociedadsonora.com/alegriaotros/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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