Cuento: “El ceniciento”

No recuerdo por qué me parecía tan difícil determinar si se trataba de un sueño o qué, pero yo caminaba por una estrecha callejuela del Barrio Chino de Lirquén cuando la vi. Ya sabes lo que dicen respecto a la primera impresión, que es la que te hace perder la cabeza. Me pareció hermosa, con sus manos sumergidas entre montañas de apancoras, con la cara roja de frío y sus ojos que brillaban más que la misma luna.

Quizás fuéramos parte de un mismo sueño. No olvido su desconfianza cuando me paré a su lado. Mi barba de una semana espanta hasta a la más valiente. Yo llevaba bajo mi abrigo un botellín de pipeño, y no dudé en invitarla a dar una vuelta por la playa. Me pareció un día espléndido para enamorarla. Pero tenía que ser lo suficientemente honesto. No se puede cuentear a quien se limpia las manos en un delantal antes de regalarte un beso. Caminamos por la arena entrecruzando nuestras huellas. Le conté algunas anécdotas. Nos tomamos del brazo. Se negó a probar el pipeño, pero me aceptó un cigarrillo. De pronto, sonrió.

El problema ocurrió  después de que la dejara en su puesto de mariscos. Maldita costumbre la mía de no contener las ganas de orinar. Volví a la picá y antes de pasar al baño pedí media docena de empanadas para que no me miraran feo. Media docena de empanadas de marisco y una botella de blanco. Comí y bebí como un endemoniado. Salió otra botella al ruedo. Un plato de pescado frito que terminé regalando a un compadre que pasaba por afuera del local. Poco a poco se fue haciendo de noche, y a medida que oscurecía, que Dios me perdone si esto suena un poco delirante, a medida que oscurecía me pareció que mi sueño se disipaba, y que yo regresaba a la realidad.

Salí del local hecho un príncipe todo cagado. Un ceniciento al que su magia le abandonaba, como al místico sus poderes, como al corrupto sus contactos, como al adicto el vicio que lo hace feliz. Salí a la callejuela dando tumbos. No me sentía nada ebrio, pero me resultó imposible mantenerme en pie. Fue esa realidad tan inestable, o tal vez los vívidos vapores del sueño, los que me hicieron llegar hasta ella olvidando el verso que le dediqué mientras tragaba el vino y las empanadas. Lo olvidé todo y tropecé sobre ella, sobre ella y los amados crustáceos que le daban sustento. Desparramé mi descuidada humanidad entre apancoras que se peleaban por pellizcarme la cara con sus tenazas. Muchas lo consiguieron. En algún minuto perdí el sentido y terminaron por desfigurarme el rostro. Supuse que ella, indignada, no haría nada por salvarme y estuve en lo cierto. Se perdió calle abajo, manipulando hábilmente su carrito, y yo me dejé llevar por una extraña bruma.

Cuando desperté, el compadre al que le regalé el pescado frito dormía a mi lado, mientras que la dependienta me amenazó con llamar a los pacos si no atenuaba sus ronquidos. Me bastó con darle un codazo para tranquilizarlo.

Salí de la picá  en busca de ella, perdidamente enamorado, y la encontré junto a sus apancoras. Me sonrió como si nada. Se limpió las manos en su delantal y me besó. Y entonces, cuando esos labios se juntaron con los míos, la recordé mi esposa. Finalmente, y como un héroe que vuelve a casa después de una gesta legendaria, desperté a su lado empapado en sudor, esa mañana de sábado.

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