Diario de un niño tomecino en los centros de detención y tortura de la dictadura

A manera de introducción

El 20 de diciembre de 1973 mueren fusilados por sentencia de Consejo de Guerra, dos militantes comunistas: Irán del Tránsito Calzadillas Romero, 22 años, obrero de Fiap Tomé y Fernando Humberto Moscoso Moena, 20 años, estudiante de Ingeniería de Ejecución en Madera de la Universidad Técnica del Estado(UTE) en Concepción.

Ambos fueron condenados a la pena máxima por el Consejo de Guerra Rol Ancla 5, de fecha 16 de diciembre de 1973, instruido por la Armada, que afectó a 52 personas, entre ellas un grupo de niños tomecinos, los cuales fueron conocidos al interior de los centros de detención y tortura de Talcahuano como “Los Patos Malos”.

Uno de ellos Víctor Leandro Cortez Cortez, de tan solo 16 años escribió un cuaderno que nos fue hecho llegar a Resumen.cl , hace solo unos días, donde relata los tormentos a los cuales fueron sometidos este grupo de niños en la Comisaria de Tomé, Base Naval de Talcahuano, Isla Quiriquina y Cárcel Publica de Talcahuano.

Víctor sobrevivió a la tragedia pero jamás se pudo reponer de la ejecución de su amigo Fernando Moscoso Moena, motivo por el cual posteriormente se suicidaría.

A continuación la transcripción literal de este cuaderno, además de algunas imágenes de este:

Memorias de un Ex Convicto

Chile, 11 de septiembre de 1973. El gobierno legítimamente constituido encabezado por el primer ministro Salvador Allende Gossens (Q.E.P.D.) es víctima de un pronunciamiento militar en la madrugada del día ya mencionado anteriormente. La casa de gobierno es víctima de un intenso bombardeo por aviones de la Fuerza Aérea de Chile (FACH) y efectivos del ejército. Según versiones, el presidente chileno hizo caso omiso a las órdenes de rendición y evacuación del edificio, y fue acribillado a tiros por las armas traidoras, otros dicen que se suicidó con un arma que le obsequió su colega, el primer ministro de Cuba, Fidel Castro.  Desgraciadamente, aun no sé cuál es la verdad.

Tenía yo alrededor de 16 años, en ese entonces, en que el país era sometido a una dictadura militar, se dictaban bandos a cada momento. Comenzó a regir el toque de queda en todo el país, se veía bastante ajetreo de tropas militares en allanamientos, registros a toda persona que se encontraba en la vía pública, buscando armas que podían ser usadas en su contra, enfrentando a grupos armados que pese a todo se resistían a la realidad de los sucesos.

Personalmente me impactó mucho cuando me enteré de la triste noticia, pues sin tener ninguna filiación política, ni ser simpatizante de ningún partido político, era un admirador del Sr. Allende, era para mí como un ídolo. Supe también que murieron muchos simpatizantes de este Sr. Allende a lo lardo del país, que cayeron bajo las balas militares en enfrentamientos armados.

El país se encontraba en “Estado de Sitio” en “Tiempo de Guerra” cuando un gran amigo mío, digo “gran” porque éramos como hermanos desde pequeños, jugábamos, crecimos juntos, éramos vecinos y nos teníamos mutua confianza. Me pidió siempre y cuando yo quisiese, lo acompañara junto a varios muchachos de nuestro sector a un lugar en que se encontraban escondidos una gran cantidad de explosivos, entre ellos: cartuchos de dinamita, tarros de fulminantes, varios rollos de mecha, etc, y yo acepté encantado, sin preguntar siquiera para dónde se llevarían, qué harían con ellos, si los utilizarían, dónde, contra quién, a pesar de que algo me imaginaba.

Mi amigo del que hoy hablo era dirigente del Partido Comunista y le encantaban las actividades políticas, y partimos esa misma noche en que se me hizo la propuesta, íbamos como ocho muchachos, todos conocidos del barrio, subimos a un cerro un poco retirado del pueblo, ya en vigencia el toque de queda nos separamos en parejas, y nos encontramos en un lugar acordado por nosotros. Llegamos al lugar en que se encontraban los explosivos, algunos muchachos llevaron bolsones que llenaron con explosivos y trasladamos todo y lo escondimos en otro lugar un poco más cercano a la ciudad, y ahí quedó todo. Preparamos el regreso a casa, pero antes me até diez cartuchos de dinamita a mi cinturón, dos o tres me imitaron y regresamos a casa al rededor de las una de la madrugada del día venidero. Nos separamos y antes de llegar a la población mi amigo, yo y otro muchacho más, estuvimos a punto de ser sorprendido por una patrulla naval que pasaba en esos instantes en un vehículo motorizado; retrocedimos y nos paramos tras unos árboles, el vehículo entonces se detuvo frente a nosotros, Y ahí me di cuenta de la gravedad del problema que me había metido, sentí miedo, me tocaba los explosivos que llevaba en el cinturón. Un viento frío corría por mi espalda. Quería deshacerme de ellos y gritar “no disparen”, pero pensé muchas cosas en ese momento que nada hice, no me movía, apenas respiraba, fue algo así como tres minutos, que me pareció una eternidad.  Después, el vehículo continuó su marcha, nunca supe qué fue lo que hizo que se detuviera. Esperamos un rato, nadie se atrevía a salir de su escondite, finalmente, venciendo el miedo, salí yo, sigilosamente caminé hasta la calle, observé para todos lados.  Al percatarme que no se veía nada ni nadie, hice una seña a los demás para seguir. Caminaba yo adelante, llegaba casi a mi destino cuando vi una sombra que se me ocurrió a un Infante de Marina con un fusil sujeto por las dos manos, al verlo abrí los ojos de forma desacostumbrada y quedé paralizado, con un movimiento casi maquinal, giré la cabeza para ver a mis amigos, estos habían visto también una silueta frente a mí y se escondieron inmediatamente. Luego, la figura obscura me dijo con una voz que me pareció amabilísima: “apúrate viejo que ya llegamos”. Comprendí al conocer esa voz y al ver más de cerca su cara; se trataba de uno de los muchachos que había llegado primero que nosotros [y] sostenía un madero entre sus manos.

Llamé en voz baja a mis compañeros que aparecieron inmediatamente sin temor al ver que conversaba casi familiarmente con la repentina aparición de este sujeto que nos informó que estaban preocupados por nosotros, pues habían sentido el ruido del vehículo y además la tardanza nuestra.

Nos dirigimos a la casa de uno de los colegas de mi amigo que residía en el mismo barrio nuestro, nos desembarazamos de la pequeña pero peligrosa carga que quedó en la casa ya citada. Acto seguido, me retiré a casa ya casi amaneciendo, los demás hicieron lo mismo. No se habló más del asunto. Días después se me presentó la oportunidad de recibir un arma para ser usada en “caso de emergencia”.  Que después nos dirían mientras deberíamos poseerla. Se trataba de un rifle “Winchester” de repetición, no recuerdo el calibre, no me arriesgué a llevarla por las consecuencias podría traer a mi familia, la oculté en un lugar retirado, debía esperar que llegaran las balas, que nos entregarían una cantidad a cada uno de los que poseíamos estos delicados artefactos.  A mi edad de ese entonces todo esto era fascinante. No tomaba en cuenta el riesgo que estaba corriendo. Poseía yo un gran espíritu aventurero.

Pasaron los días, nos encontramos ya en el mes de Octubre, cuando una mañana se me informó que en la noche anterior fue sacado de su casa mi gran amigo y compañero de aventuras, junto a otros de su partido, la noche siguiente desaparecieron muchachos que habían participado conmigo en el asunto “explosivos”.  Los efectivos de la Armada y el Centro de Inteligencia ya sabía lo nuestro nos estaban identificando.  A medida que tomaban prisioneros salían nuestros nombres, aunque se quisiese ocultar no se podía soportar las flagelaciones que eran víctimas. Faltábamos sólo yo y tres amigos más que pensamos en escapar, pero lo pensamos mejor y no lo hicimos, estábamos nerviosos cuando nos vimos esa noche antes de acostarnos.

Eran avanzadas horas de esa noche, no recuerdo haber pegado los ojos, cuando de súbito unos golpes en la puerta de la casa me sobresaltaron. Salieron a ver de qué se trataba y escuché que preguntaron por mí, el cuerpo se heló por completo. Entraron a mi pieza y vi a los verdugos. Un teniente joven aun le contaba a mis familiares mis andanzas. Luego se dirigió a mí y me ordenó levantarme, obedecí, los demás infantes de marina registraron mi cuarto en busca de no sé qué.

Una vez vestido me aconsejo tomar una frazada. Me sacaron afuera, no me dieron tiempo de despedirme de nadie, afuera se encontraba un muchacho de los nuestros, no sé si me pareció que estaba bastante maltrecho o no, a pesar que estaba con la cabeza gacha. Luego de recoger a los tres muchachos que faltaban nos condujeron a una comisaría dónde comienza la pesadilla que no olvidaré muy fácilmente.

En la comisaría se veían solamente efectivos de Infantería de Marina y unos pocos Carabineros. Estos Infantes nos comenzaron a tratar mal, por no decir pésimo, se deleitaron golpeándonos a su regalado gusto, golpes de mano, fusiles, palos, con lo que tenían a su alcance, nos identificaron, nos hicieron declarar, a pesar de que todo estaba dicho. Luego nos enviaron directamente a la cárcel en calidad de incomunicados, recuerdo me encerraron en una pequeñísima celda maloliente, inundada en orina, era algo muy desagradable, no podía siquiera recostarme para descansar y relajarme, ya que me encontraba bastante maltratado por la primera paliza recibida. Pasaron no sé cuantas horas, cuando sentí se abrían los cerrojos de mi celdita, al abrir la puerta vi un gendarme que me entregaba un bolso que cuyo interior contenía un precioso desayuno que me habían enviado de mi casa, debía servírmelo en forma exageradamente rápida, no probé nada quizás debido a la inmundicia que me rodeaba, o a la tensión que estaba viviendo, no sé. Después sí que probé el almuerzo, me estaba acostumbrando al olor nauseabundo que despedía ese cuartucho, que no entraba ni siquiera un rayo de luz y que permanecí como una semana más o menos, cada noche la puerta se abría, me sacaban de allí y aprovechaba de tomar aire puro, pero regresaba casi desecho, adolorido, aporreado, cada día que pasó deseaba dormir, mis piernas se me acalambraban por cualquier movimiento que hacía, los ojos se me cerraban, mi maltratado cuerpo necesitaba descansar, pero desgraciadamente no podía satisfacer esa imperiosa necesidad, ya que el medio en que me encontraba me lo impedía. Una noche mí puerta se me abrió, salí, no veía bien, mis ojos acostumbrados a lo obscuro me dolían, sentí que me encadenaban. Mi vista comenzaba a aclararse cuando empecé a ver marinos fuertemente armados, este hecho me extrañó mucho, pensé mil cosas, entre ellas que había llegado mi fin. Me condujeron a otro lugar, en el cual me alegré y a la vez me extrañe al ver a todos mis amigos, hubo intercambio de miradas entre nosotros, pero permanecimos en silencio, quizás por temor a que nos callaran de un golpe, o porque estábamos sorprendidos.

Me encadenaron junto a mi buen amigo y nos informaron que íbamos a ser trasladados a la Isla Quiriquina. Yo me asombre, y no creo que fui el único, porque al instante todos nos miramos con cierta incredulidad en nuestros rostros. Nos encaminaron hacia la calle dónde nos esperaba una camioneta que cuyo alrededor se veía bastante contingente armado. Yo y mi “colega” avanzamos en la delantera, nos dieron la orden se subir, lo hicimos y al mismo tiempo escuchamos gritos y llantos desesperados de nuestros familiares, amigos y amigas que nos deseaban suerte y un feliz regreso, otros nos daban ánimo, nos levantaban más la moral que nos emocionamos, sentí que dos lágrimas rodaron por mis mejillas y vi a mi compañero le ocurría lo mismo. En el interior del vehículo que estaba cubierto por una carpa había también otras personas, entre ellas mujeres, dos de las cuales eran vecinas y amigas nuestras. El vehículo se puso en marcha con su carga humana, fuertemente custodiada por “cosacos”, como le decían también a los Infantes, que antes que nada prepararon las armas con un ruido tenebroso.

El vehículo se detuvo frente a la comisaría, subieron más prisioneros, y partimos, mientras atravesábamos la ciudad, mi buen amigo rompió ese mutismo y se dirigió a mí con la siguiente frase: “mira por última vez tu pueblo”. Sonreí mientras nos ordenaban guardar silencio. El silencioso viaje lleno de tormentosos pensamientos duró aproximadamente una hora y media. Llegamos al puesto militar de Talcahuano, en el lugar denominado Base Naval de este puerto y frente a un pequeño cuartel. La camioneta finalmente paró, se bajaron nuestros guardias, nos ordenaron descender, nos ubicaron frente a una pared, le sacaron el candado a nuestras gruesas cadenas que me mordían mis carnes en cada movimiento, que firmemente atadas a nuestras muñecas no nos dejaban movernos libremente. En ese mal trato no sentía mi brazo derecho.

Las mujeres que venían con nosotros fueron conducidas a otro lugar, no sé qué trato recibieron, nunca les pregunté nada de esto, por temor de hacerles recordar cosas que no quisieran.

Nosotros, una vez libres, nos pusieron en una posición sumamente incómoda, el cuerpo oblicuo apoyado en la muralla por las manos y en el suelo por los pies, estas extremidades (pies y manos) lo suficientemente separadas del cuerpo para que costara un gran esfuerzo mantenerlo en esa posición. Lo que vino después fue algo espantoso.

Nos comenzaron agolpear brutalmente, sin compasión, recibía golpes en todas partes de mi cuerpo, posiblemente mi cuerpo estaba adormecido por el sufrimiento físico y moralmente o estaba acostumbrado a los golpes, porque ya no sentía dolor, sólo me sentía humillado, impotente ante mis verdugos que disfrutaban golpeándome. De uno en uno, pasábamos a una oficina a declarar nuevamente, y golpes iban y venían.  En un movimiento de cabeza vi horrorizado algunos rostros cubiertos en sangre de los muchachos, cuerpos inconscientes tendidos a lo largo del suelo. En ese momento se me obscureció todo, algo me había golpeado la cabeza y perdí el conocimiento, permanecí en ese estado un tiempo no determinado, cuando volví a la normalidad, todo seguía igual, me incorporé, entré a declarar, no sé por qué hice esto, ni me habían llamado siquiera.  Dentro de la oficina había tres señores oficiales de la Armada. Quizás cuál de los tres golpeaba más fuerte, entre golpe y golpe, como pude me despacharon.  Afuera, en el patio, el infierno proseguía tal cual, insultos, combos, patadas, culatazos; rostros sangrando, cabezas rotas, cuerpos en el suelo inconscientes, duraría esto un promedio de tres horas.

A continuación nos ordenaron recoger nuestras pertenencias y abordar un camión que no había visto antes, había que hacerlo en una fracción de segundo, tomé mi frazada y corrí desesperadamente al vehículo, en mi loca carrera recibí los últimos golpes, patadas, palos y palmetazos. Cuando llegué al camión, subí y me di cuenta que estaba con agua, como tenía carrocería metálica, esta no salía [presumiblemente era de lluvia]. Nos obligaron a echarnos sobre la cubierta del vehículo, nos empapamos por completo, se puso en marcha éste, luego se detenía frente a un gimnasio [luego supe era el gimnasio del Apostadero Naval]. Nos bajamos y entramos a dicho gimnasio completamente mojados. Fuimos objeto de algunas tallas por parte de los guardias de ese recinto. No estábamos solos, a lo largo del piso de ese recinto vimos personas, en esa misma situación nuestra, algunos dormían, algunos levantaron sus cabezas para ver a los recién llegados. Nos tiraron en el piso bastante helado y nos cubrimos con nuestras mojadas frazadas, conseguimos permiso para fumar, nos dieron visto bueno a esta petición. Luego nos dispusimos a dormir. Cuán torturados estaban nuestros cuerpos que no sentían ni una pizca de frío, a pesar de estar todos empapados, me sentía magníficamente cómodo, tendido en el frío piso del gimnasio, me pareció que dormí un poquito, cuando nos despertaron alrededor de las 6 am. para lavarnos. A duras penas lográbamos incorporarnos, aun adoloridos, nos dirigimos hacia los baños, empezamos a ver rostros conocidos de nuestro pueblo. Me aseé por primera vez casi en una semana. Después llegó el desayuno que consistía en un poco de té y un pan solamente, nos fuimos a servir nuestro desayuno a las galerías, imitando a los demás presos políticos, lavamos el tiesto, la cuchara y lo devolvimos. Sentados en las galerías, vimos que algunos prisioneros entraban unas mesas y sillas, que instalaron a modo de escritorio, dos potentes focos delante de una pantalla blanca, llegaban máquinas de escribir. Acto seguido, entraban señores oficiales de la Armada quizás y se ubicaban en los improvisados escritorios.

Nosotros observábamos esto en silencio. Nos comenzaron a llamar de a uno. No me acuerdo muy bien, pero el procedimiento era más o menos así. Un señor nos preguntaba nuestros nombres, cedula de identidad, domicilio, filiación política en caso de poseerla, edad, etc.  Otro Sr. Nos ponía frente a esos focos y nos fotografiaba con un numero que sosteníamos nosotros mismos, a otro le afirmábamos lo que teníamos declarado, nos enviaron a sentarnos en otro lugar uno bastante separado de otro y en absoluto silencio.  Luego comenzábamos a pasar a otra oficina donde teníamos que nuevamente declarar y firmar nuestras declaraciones esto ya que lo había hecho bastante veces que se estaba transformando en una rutina, a todo esto llego el mediodía y el almuerzo también, se retiraron nuestros confidentes, nos servimos un desaliñado plato  acompañado de un pan punto.

Nuevamente empezaron a llegar los Srs. Y siguió el asunto, cuando a eso de las tres o cuatro de la tarde nos dieron orden de prepararnos para ser embarcados con dirección a la Isla Quiriquina.  Al salir del gimnasio me di cuenta que no nos íbamos todos; quedaron algunos muchachos entre ellos mi querido amigo.  Nos trasladamos en un vehículo fiscal al lugar denominado “Molo 500” del apostadero naval. Abordamos en una embarcación,  fuera de nosotros también había otras personas en calidad de detenidos, navegamos casi una hora en llegar a la famosa isla.  Desembarcamos en uno de los muelles de la isla y nos encaminábamos a las instalaciones de la escuela de grumetes.  En los corredores de la escuela nos registraron, y nos informaron las condiciones en que nos encontraríamos.  Entramos luego a un gran gimnasio en el cual se encontraban aproximadamente unas 500 personas detenidas, entre ellas mucha gente conocida de nuestra ciudad.  Dejamos nuestras pertenencias en un rincón del establecimiento rodeado de gente que nos hacían preguntas relacionadas con la estadía en ese lugar, le llamaban la atención nuestras tempranas edades.   Pasamos a tomar once o al “rancho” como le llamaban los demás y que era un poco abundante comparado con la del gimnasio de Talcahuano, nos ambientamos casi al instante con la mayoría de la gente, nos ofrecían agua, cigarrillos, golosinas, etc.  Había gran solidaridad entre los cautivos. Llego la hora de dormir, las luces se apagaron y nos entregamos a un profundo sueño, dormimos como troncos, sin tomar en cuenta las condiciones mínimas, tirados en el piso, cubiertos por nuestras frazadas uno junto a otro, por fin nos dimos el lujo de pasar una noche “de una pestañada” como se dice.  Al día siguiente a las 18:00 AM, la terrible diana; de malas ganas nos levantamos con sueño todavía.

Aseo, desayuno, ya lo sabíamos de memoria teníamos que hacer; podíamos escribir a nuestros familiares señalándoles que estábamos con “vida” pues se decía que la persona que llegaba ahí era hombre muerto; gran error que nos dimos cuenta nosotros mismos, ni siquiera se veían malos tratos.  Estábamos divididos por secciones encabezadas por un comandante también prisionero.  La sección nuestra se llamaba “Ancla”.  Yo y mis muchachos por decirlo así le agradamos mucho al encargado de los prisioneros, era muy buena persona y nos bautizo bajo el titulo de “Los Patos Malos”  que nos hizo muy famosos en ese recinto.  Mucho se hablaba de nosotros, incluso algunas personas llegaron a pensar que éramos peligrosos, nuestra causa les sonaba a “guerrilleros expertos en explosivos” trabajábamos en conjunto restaurando unas ruinas que eran antes un fuerte llamado “Rondizzoni”.    O repartíamos el “rancho” a los demás cautivos; permanecíamos ocupados en diversas ocupaciones y nos desagradaba.  Recibimos correspondencia de nuestros familiares y encomiendas, manteníamos contacto con ellos mediante las cartas, pero me preocupaba la suerte de los demás muchachos que no estaban con nosotros, no sabia nada de ellos.

Retrocediendo a los interrogatorios yo aun no había mencionado el tener esa arma de fuego (Winchester) y no pensaba decirlo para no perjudicarme yo y los demás implicados en este asunto que significaba un cargo más a nuestra contra.

Al recinto llegaban mas personas y a la vez también se iban; en esos vaivenes nos enteramos que los muchachos ausentes fueron declarados Reos; profundo pesar nuestro “Reos” mi amigo y los demás muchachos uno de ellos padre de familia.

En las horas de comida, compartíamos durante un breve lapso de tiempo con las mujeres que permanecían también cautivas; Ellas nos lavaban la ropa pero no todo era bueno, a veces pasábamos días grises por problemas originados por cualquier cosa, debíamos permanecer horas de pie en una gran piscina o todo el día encerrados.

Cierto dia informaron que “los patos malos” (nosotros) debían preparar sus cosas para ser embarcadas nuevamente a la base naval de Talcahuano, nos condujeron a  otro muelle sin antes ser sometidos a un intenso registro y abordamos una pequeña embarcación de la Armada.  Llegamos al Molo 500, nos trasladaron a la fiscalía para prestar declaración frente al fiscal, al entrar en esa oficina algo nervioso, a pesar de estar acostumbrado a decir lo mismos tantas veces.  Me asombre al ver que a modo de adorno pendía de la pared de la lujosa sala se encontraba mi “Winchester”, lo mire y finge no tomarle importancia, pero parece que el señor fiscal se dio cuenta de mi observación, pues me preguntó si lo había visto en alguna otra parte; dije a modo de respuesta que “no” mentí arriesgándome que podía haber sido delatado, pero no paso a más afortunadamente. En el interior de esta pequeña sala estoy yo, el fiscal y un joven uniformado, tras una máquina de escribir.  El fiscal mientras conversábamos inspira la confianza inclusive me ofreció un cigarrillo, me leyó mi declaración, me pregunto si estaba conforme con esta o había algo malo, le conteste que todo estaba perfecto; se la firme y me despedí de él; una vez terminado con todos, nos trasladaban al gimnasio; concierta alegría nos encontramos todos nuevamente en este recinto; ellos nos dijeron que solo nos restaba esperar se reuniera el consejo de guerra y dictara su fallo a cada uno de nosotros.

“Los Patos Malos” volvimos a la isla pasaron los días un mes quizás y nuevamente a la base naval de Talcahuano; esta vez al hospital naval a ser sometidos a un riguroso examen psicológico, con cierta persona entendida nos aconsejo actuar de tal manera para nuestro beneficio.  En el hospital me percate que los citados éramos todos menores de edad (menos de18 años) entramos a una sala por turno.  Solo a no se cuantos señores que preguntaban por decir puras tonterías, que un niño de kínder le respondería bien; pero siguiendo las instrucciones de esa cierta persona fingimos ser algo así como “retardados mentales”.

Terminado esto; al gimnasio de la base naval.  Después a la Isla, en estos ajetreos perdí mi buena frazada.  Dormía junto a mi buen profesor primario que recordábamos esos tiempos que según el era muy buen alumno; nunca le di problema de ninguna índole y me sentía orgulloso de mi por el hecho de estar nuevamente con el en estas circunstancias.

Llego el día de mi cumpleaños cumplía los 17 años, me cantaron el tradicional “cumpleaños feliz” y recibí algunos presentes de los prisioneros.

El día en que tuvimos que abandonar la isla para siempre llego, claro esta que nosotros no lo sabíamos.  Algunos nos despidieron con alegría por fuera con pena por dentro; pues no sabíamos que destino llevábamos ni nosotros tampoco.

Lo de siempre a bordo de una embarcación navegamos hasta el molo 500.  Después a la fiscalía en esta ultima una nueva sorpresa para nosotros, nuestras madres o familiares mas cercanos estaban ahí, corrían lagrimas hubo cariñosos abrazos y besos de felicidad, emoción en ambas partes.  Pasamos a un saloncito en el que nos informaron lo siguiente:

Habíamos sido sobreseído del Honorable Consejo de guerra por haber actuado sin discernimiento, además de ser menores de edad, nos encontraron algo asi como tarados.  Éramos 6 jóvenes y solamente 3 pertenecíamos a nuestra causa denominada: Proceso Rol Ancla Cinco (5) en tiempo de guerra.

En ese momento éramos absueltos de la justicia militar pero habíamos cometido un delito y debíamos pagar por el; por esto pasábamos al consejo de menores de la justicia ordinaria que nos sentenciaría.  Dicho esto nos despedimos de nuestros familiares. Y nos movilizamos a nuestro gimnasio, poco estuvimos allí, cuando tuvimos que prepararnos para partir nuevamente; esta vez no íbamos a la isla llevábamos otro rumbo; un rumbo desconocido por todos nosotros, nos registraron, nos despedimos de los muchachos que allí quedaron, nos deseamos suerte por ambos lados.  Trepamos a un vehículo algo sonrientes sin siquiera saber hacia donde íbamos, hasta que un guardia que nos escoltaba nos dijo que íbamos a la cárcel, publica de Talcahuano, sencillamente lo tomamos por broma; desgraciadamente asi era, atravesamos Talcahuano, y llegamos a ese lugar; donde comienza una nueva etapa mas de esta gran experiencia de mi vida, esta vez metido entre, delincuentes habituales, mafiosos, malandrines, ladrones experimentados.  A una primera vista se me ocurrió que esto podía ser peor de todo lo que ya había pasado, pero aquí va mi relato de todo esto: Una vez dentro de ese recinto carcelario, nos sentimos mal acosados por miradas maliciosas de algunos delincuentes que allí estaban, rostros recios, rudos y marcados algunos, miradas penetrantes que causaban cierto temor entre nosotros, no nos separábamos un instante, nos sentíamos desgraciados, no comíamos de esa comida que ahí servían; solo recibíamos el pan; nos dijeron que al otro lado de las murallas había otro patio en el cual se encontraban unos presos políticos.  Pedimos hablar con un vigilante al que le explicamos nuestra situación y pedirle el traslado al otro patio si esto era posible; y quedamos n que este lo consultaría con sus superiores.

Mientras vencíamos ese temor, nos comunicamos con algunos de los delincuentes que nos ayudaron anímicamente y con comida, pues ellos mismos se las preparaban.  En las horas de encierro general en cómodas y estrechas celdas, nos sentíamos seguros ocupamos dos celdas (8 y 12) tres muchachos en cada una de estas; nos autorizaron para permanecer durante el día en ese lado en que según versiones se encontraban esos presos políticos.  Efectivamente habían políticos, la mayoría eran jóvenes marineros nos conocimos casi al instante eran muy comunicativos excelentes personas.  Compartíamos en el día.  Nosotros en las tardes volvíamos al patio común y luego a nuestras pequeñas celdas.

En la cual había una litera para una sola persona, que nosotros preferíamos dormir en el piso envueltos en las frazadas y la litera la usábamos como mueble para dejar nuestras ropas, cosas personales, comestibles, que día tras día se nos desaparecían como por encanto.

Cierto día identificamos a un respetado delincuente que resulto ser coterráneo nuestro, vecino y conocido que se convirtió en nuestro respaldo en cualquier cosa, nos sentíamos mas seguros después de compartir con este matonesco sujeto; los demás delincuentes nos consideraban como sus “protegidos” recomendados por nuestro nuevo amigo, tres veces por semana teníamos visitas de nuestros familiares y nuestros amigos.  En ese recinto carcelario se encontraban varios vigilantes de la ciudad en que residíamos, algunos nos conocían y nos trataban bien.  Nos sacaron del patio común a otro departamento del recinto. Era una sucia celda, en la cual se encontraban unos cuantos pequeños detenidos también; algunos por robo, otros por abandono de hogar, se estaban creciendo en un ambiente que los llevarían directamente al mundo delictual a pesar que ya tenían el hábito.  Su aspecto era lastimero, sus cuerpecitos mugrientos que a penas cubiertos por unas sucias prendas de vestir inspiraban una cierta lastima.   Asíamos completamente el cuarto, incluyendo also muchachitos y sus pobrísimas ropitas.  Instalamos unas letrinas, la acondicionamos un poco mas, que para estos bribonzuelos significaba una gran transformación de su “ocasional residencia”.  Compartimos nuestros alimentos con nuestros chicos.  También se encontraban en ese recinto varias mujeres, entre ellas prostitutas, delincuentes, parteras clandestinas etc.  Acortábamos este cautiverio practicando deporte del cual se destaca el futbol ya que los 6 completábamos un equipo baibifutbol y jugábamos contra los vigilantes, los otros presos políticos y los comunes y equipos que venían a jugar de afuera.

Asi transcurrieron los días, cuando en una de estos supimos que el honorable consejo de guerra se reunió y dicto sus fallos que fueron los siguientes:

Dos ajusticiamientos (penas capitales o penas de muerte)

Cuarenta y una penas de prisión (penas entre 22 años y 60 días)

Y seis absoluciones.  (Estas últimas seis absoluciones éramos nosotros). Nuestros demás compañeros de causa eran ya condenados a prisión, nos intrigaba saber cuáles eran los dos condenados a muerte, ni siquiera nos imaginábamos.  Pero al saber quiénes eran me sentí desfallecer, uno de ellos era nada menos que mi querido amigo, no lo podía creer, me desesperaba la idea que este sería ejecutado, no podía dar crédito a esto, todo me parecía irreal.  Me desmoralice, en las noches veía a mi amigo, recordaba sus miles de travesuras, el era simpático, amable, cariñosos, joven, atlético.  Y ahora sería ejecutado junto a otro amigo de el, llego hasta el recinto que nos encontrábamos, nosotros en calidad de incomunicados, no nos permitían por ningún motivo acércanos hasta el lugar en que se encontraban, esperando el momento de ser fusilados.  Una mañana la celda de los condenados amaneció desocupada, desierta.

El día fatal había llegado, habían sido sacados de madrugada y conducidos a un predio de los alrededores de la zona y allí el destino me separo para siempre de mi mejor amigo.  No voy a negar que llore bastante por el; y no solo yo, sino que mis compañeros también, lo sintieron bastante, se notaba en nuestros rostros, los ojos enrojecidos, desganados, huraños, comimos poco ese día.  Todos los integrantes del recinto carcelario sabían que uno de los ajusticiados era compañero de la causa nuestra hasta tuvimos problemas por esto, porque nos culpaban tener que ver en el caso de los ajusticiados.  En la celda quedo un trozo de madera con corta inscripción de mi amigo en la cual estaba su nombre fecha que fue condenado mas abajo la siguiente frase “Moriré por una causa justa”.

Fue pasando el tiempo estábamos ya terminando el mes de febrero de 1974. Cuando fuimos llevados al juzgado de policía ordinaria donde nos dijeron que el tribunal de menores se encontraba incompetente para nuestro caso el cual determino que liza y llanamente debíamos ser puestos en libertad.  Regresamos al recinto carcelario a empacar nuestras pertenencias dejamos víveres a los pequeños, que nuevamente quedaban solos, algunos de estos pequeños se despidieron agradecidos y a la vez tristes por nuestra retirada, recibimos efusivos abrazos de despedida por parte de los marineros que estaban condenados a permanecer largo tiempo tras las rejas, también recibimos las felicitaciones de nuestra libertad por lado común, nos despedimos de nuestro amigo delincuente y le agradecimos nos hubiera apoyado en momentos críticos.  La verdad es que yo me sentí un poco triste en vez de alegre; por el hecho de que quedaban tantas cosas que conocí deseaban recobrar su libertad, pero estaban ahí emocionados, despidiéndose de nosotros, nos despedimos además de la mayoría de los vigilantes, que tuvieron un brillante comportamiento con nosotros, sin ninguna clase de queja contra ellos.  Todos nos deseaban suerte y éxito para cualquier  labor que desempeñáramos una vez fuera de este recinto.  Y acompañados de nuestras madres nos fuimos a a casa después de una larga y agitada ausencia.  Mi pueblo lo veía extraño raro, cambiado, su gente me parecían apenadas, tristes.   Me vino de pronto a la memoria la historia “para mi” frase que dijera mi ex amigo en el momento que iniciaba un viaje del cual no regresaría desgraciadamente sin vida: “Mira por última vez tu pueblo”; acaso el presentía lo que pasaría, eso lo dijo dirigiéndose a mi, posiblemente fue una macabra broma que se volvió contra el.  Ya nadie más lo vería con vida.  Adiós querido y recordado amigo, hasta nunca más.

De nuestro grupo solo tres nos encontramos libres todavía, el resto cumple condena, algunos se han marchado a otros países, otros esperan el momento de hacerlo y uno que como sabemos no regresara jamás.

FIN

Esta canción que a continuación a noto fue compuesta por un preso político; el cual conoció y se hizo amigo de otros dos detenidos políticos en esa isla (Quiriquina); que un día fueron sacados de allí y nunca más supimos que fue de ellos.

Inspirado en este hecho compuso la siguiente canción:

Dos Amigos

Marcelo Ferrada (compañero de cautiverio isla Quiriquina)

I

Dos amigos que tuve que conocí

En estas circunstancias que ve usted aquí

Al despertar temprano al tocar la diana

Los saludaba yo todas las mañanas

II

Dos meses han pasado ocho semanas

1400 horas encadenadas

Cada segundo es largo en el encierro

Se cuentan los sentimientos de prisionero

III

Desde una alambrada vemos una Iglesia

Desde una alambrada vemos una jaula

Ahí dentro habitan nuestras almas

Que solidarizaban mis esperanzas

IV

Aunque eran de distintas secciones

Estábamos todos juntos por las mismas razones

A veces trabamos con las manos

Compartiendo el trabajo como hermanos

V

Mi sección era ancla la suya cepo

O faro que alumbra olas sin eco

Porque lo mismo da si vamos para el norte

Porque somos todos remos de un mismo bote

VI

Hablábamos de padres y de abuelitos

De nuestros compañeros y de niñitos

Hablamos en pretérito y en futuro

Porque nuestro presente era muy oscuro

VII

Pues nuestro presente daba lo que el camino

Lo demoraban en trasladarnos a algún destino

Que unos quedan y otros parten es nuestra suerte

Que a unos le espera la vida y a otros la muerte

VIII

Dicen que los llevaron para Chillan

Ya sus miradas tristes aquí no están

Dos amigos se han ido quedan 500

Mi corazón que canta guarda silencio.

THE END

Víctor Leandro Cortez Cortez : Ex Convicto

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