La historia de Alto Llacolén: Robo y despojo a pobladores en Dictadura

Las tomas de terreno, campamentos o poblaciones surgidas de estas instancias, vivieron de forma muy cruel y dura la dictadura militar desde el mismo día del golpe.

No fueron solo las de claro carácter combativo como la “Ho Chi Ming” en Penco, el “Campamento Lenin” en Talcahuano, la “Luciano Cruz” en Pedro de Valdivia en Concepción, la “Che Guevara” o “Luis Emilio Recabarren” en Coronel, sino que la represión afectó al conjunto de ellas, algunas persistentes desde los años 50 y desvinculadas de organizaciones políticas de izquierda.  Sus habitantes fueron desarraigados y dispersados en diversos lugares siempre en la periferia, sin servicios de ningún tipo, para habilitar los sitios a los empresarios inmobiliarios que se enriquecían a costa del dolor de los más humildes.

A continuación relataremos la historia de Alto Llacolen, uno de tantos de estos lugares surgidos de la migración campo-ciudad y la necesidad de vivienda, de los nuevos trabajadores que llegaban hasta Concepción en la década de los 50 cuyo crimen para los golpistas fue conquistar un derecho social básico: la vivienda digna.

El Caso de Alto Llacolen (San Pedro)

Intentaremos hacer la historia de lo acontecido tras el golpe militar de 1973 hasta 1980,  año en que los últimos habitantes de nuestra población fueron lanzados a la calle.

A fines de los años 50 del siglo pasado, se gestó en los Altos de Llacolen, en San Pedro,  un asentamiento permitido, que hacia 1973 contaba con más de 80 viviendas y sobre 500 habitantes.

Inmediatamente posterior al golpe, Alto Llacolen sería allanado por fuerzas militares. Allí comenzaría la pesadilla que vivieron miles de pobladores de campamentos, tomas de terrenos o asentamientos, en el campo o la ciudad.  Como muchos pobladores, campesinos y mapuche, con el golpe militar fuimos despojados de nuestras tierras.

A partir del mismo 11 se propagaron los rumores para infundir el miedo, desde nuestra población, “grupos guerrilleros ingresaban a la cordillera de Nahuelbuta”: había comenzado la guerra psicológica. Las ráfagas de metralletas se hacían sentir cada noche, el miedo permanente a los allanamientos y que destruyeran lo poco que poseíamos; la cuestión llegó a tal, que muchas noches dispararon directamente contra nuestras casas, no se podía encender ni una vela en la noche para atender a los niños, que eran la gran mayoría de los habitantes en esos momentos; y si lo hacíamos se sentía el ruido de las ametralladoras sobre nuestras casas, colocábamos colchones en las ventanas, tendíamos los niños en el piso, era un infierno.  Se vivieron momentos de gran tensión y nerviosismo, por lo que varios pobladores comenzaron a abandonar sus casas y el lugar por el terror que sentían.

Luego comenzaron los desalojos, nos echaban a la calle sin saber dónde ir, algunos probablemente los más necesitados, ante la imposibilidad de recurrir ante nadie, de no poseer nada, nos quedamos a pesar de todo, sin embargo y luego de vivir 6 años de terror, el año 1979 nos erradicaron violentamente los militares.

Llegaron un día los camiones del ejército y comenzaron a hacer efectivo el desalojo, nos apuntaban con sus armas y salimos con lo que pudimos cargar.  Grande fue la sorpresa de los vecinos que llegaron desde sus trabajos, en ese momento al no encontrar a sus familias y sin saber a donde habían ido a parar.

El primer grupo de erradicados fue enviado a Chiguayante, el segundo a Hualpencillo, otro grupo a Coronel, solo el último grupo en ser erradicado (1980) permaneció en San Pedro, en la Población Candelaria, antigua toma de terreno de la época de la Unidad Popular.

Por miedo tuvimos que dejar todo, no solo nuestra tierra, también nuestras casas y parte de nuestros enceres, este desalojo había sido solicitado a petición de la Sociedad Llacolén, quienes no eran dueños de los terrenos, ya que estos históricamente pertenecieron a la “sucesión Onfray” lo que consta en diversos papeles oficiales.

Los Onfray habían abandonado el país y entregado los terrenos a los pobladores, nosotros habíamos logrado sanearlos, pagar sus deudas por contribuciones atrasadas.

La Sociedad Llacolén dueña de los campos deportivos del mismo nombre, en cuyo directorio figuraban líderes del movimiento de extrema derecha Patria y Libertad, se hizo de esta propiedad, gracias a la dictadura militar, así como se adueñaron casas, campos y empresas.  Muchas poblaciones históricas desaparecieron y dieron paso a remodelaciones, condominios lujosos del negocio inmobiliario, ese fue también parte del botín de esta guerra desigual que los ricos de este país declararon a los pobres.

Somos miles las víctimas no reconocidas en los informes del Estado Chileno. Actualmente se reconoce la existencia de desaparecidos, ejecutados, ex presos políticos, víctimas de la tortura, exonerados políticos, existen incluso grupos de conscriptos forzados durante la dictadura, los trabajadores públicos reclaman el daño provisional generado en dictadura, al igual que los profesores los perjuicios arrastrados de la municipalización forzada durante el gobierno de Pinochet. Sin embargo, los miles de pobladores desalojados violentamente, desarraigados, no hemos sido ni reconocidos ni indemnizados por todo los abusos que se cometieron en nuestra contra, ni siquiera existimos en algún informe oficial de víctimas de la represión durante la dictadura, como tampoco los campesinos chilenos o mapuche  a los cuales los terratenientes quitaron sus tierras en los años del terror.

Fuimos desalojados de nuestras casas sin poder llevarnos una sola tabla y nunca supimos donde fueron a parar, porque las desarmaron y no dejaron rastro de ellas, hoy a 40 años de estos hechos es imposible olvidar, es muy doloroso, nuestras casas eran amplias, muchas de más de 100 metros cuadrados construidos, recibimos casas de 50 mts2.

17 Hectáreas de terreno que ocupábamos están en manos del “Country Club Llacolen”, el portón de acceso a lo que fue nuestra población aún existe, a mi me parece que dijera impunidad, robo, injusticia. Soñamos el día, en que estas tierras vuelvan a sus legítimos dueños, a los pobladores de Alto Llacolen, de alguna forma siempre albergamos la esperanza quienes allí habitamos que recuperaremos algún día lo que nos arrebataron por la fuerza.

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