LA HISTORIA DE UNO DE LOS GUARDAESPALDAS DEL LÍDER DE COLONIA DIGNIDAD “Mi vida bajo el régimen de Paul Schäfer”

A ocho años de la caída del líder de Colonia Dignidad, uno de sus guardaespaldas, Friedhelm Zeitner, cuenta su historia. Está a punto de recibir una segunda condena por haber acompañado a Paul Schäfer cuando estuvo prófugo, lo que lo enviaría a prisión. Asegura que hasta los 42 años vivió convencido de que Schäfer era santo y que el sistema que impuso en Villa Baviera era un plan divino. Aunque fue abusado y tratado como esclavo, dice que no estuvo consciente de aquello hasta que Schäfer fue detenido. Pide que la justicia lo trate como víctima y no como miembro de una “asociación ilícita”.

En febrero de 2004 aterricé en Buenos Aires. Lo hice junto a Carola Fuentes. Ambos trabajábamos como periodistas del programa Contacto, de Canal 13, e íbamos tras la pista de Paul Schäfer, líder de Colonia Dignidad. Schäfer era entonces el prófugo más buscado por la policía chilena. Se le acusaba de homicidios, torturas, desapariciones y violaciones de menores al interior del enclave alemán. Nuestro objetivo inicial era ubicar a la mano derecha de Schäfer, Peter Schmidt, quien meses antes había cometido su primer descuido: apareció comprando una camioneta en la localidad de Chivilcoy, situada 165 kilómetros al sureste de Buenos Aires. Cuando logramos ubicar su residencia, encontramos a seis ex colonos que protegían a Schäfer.

Fueron 13 meses de seguimiento furtivo y vigilancia sin reposo a la casa de Chivilcoy, ubicada en un campo denominado La Solita. El desenlace ocurrió a las 15:10 del 10 de marzo de 2005, cuando agentes de Interpol de Argentina, junto a nuestro equipo de Contacto, ingresaron a la residencia donde se escondía Schäfer, quien había sido trasladado hasta la localidad de Tortuguitas, en la provincia de Buenos Aires. Terminaba así la fuga de un hombre que había logrado ocultar por más de cuatro décadas una historia cargada de secretos infames.

La policía de Interpol Argentina se prepara para allanar la casa donde se refugiaba Paul Schäfer.

Cuando la policía ingresó a la casa, Schäfer dormía la siesta. En la cocina, Peter Schmidtjunto a Rebeca Schäfer, la hija adoptiva del prófugo, tomaban té. En el living, Mathias Gerlach leía la Biblia sentado en un sillón de cuero. Tras ser esposados, todos fueron conducidos a la comisaría de Interpol de Buenos Aires.

Los tres aprehendidos ese día de marzo de 2005 no fueron los únicos acompañantes que tuvo Schäfer en su clandestinidad de siete años. Fueron seis las personas que integraron el férreo círculo que ayudó a Schäfer a ocultarse desde que escapó de la justicia chilena en diciembre de 1997.

Peter Schmidt, el único con residencia oficial en Argentina y a nombre de quien se compraron propiedades, vehículos y maquinaria agrícola, era el encargado de tomar contacto con los miembros de la Colonia Dignidad que sabían dónde estaba Schäfer. Lo hacía desde teléfonos públicos o por correo postal, como lo pudo establecer nuestro equipo periodístico gracias a una vigilancia permanente. Schmidt, uno de los más radicales defensores de Schäfer y quien hasta ahora jamás ha dicho algo en contra del hombre al que llamaba “mi padre”, también se encargaba de las cobranzas de trabajos esporádicos que el grupo realizaba en los campos de sus vecinos argentinos y de todo trámite en el exterior de la casa de seguridad.

María Streber era la encargada de la cocina y de mantener una pequeña huerta y un gallinero. Sus únicas salidas, una o dos veces al mes, eran para hacer compras en el supermercado de Chivilcoy. La excepción fue en marzo del 2001, cuando salió para trasladarse hasta el Hospital Alemán de Buenos Aires, aquejada de fuertes dolores. Le descubrieron un cáncer y meses más tarde, en octubre de 2002, falleció.

A partir de la muerte de María, la cocina quedó a cargo de Renate Freitag, quien inicialmente atendía el teléfono y se ocupaba de la limpieza de la casa y el cuidado del jardín. Para entonces, Renate ya había aprendido a hacer quesos con la leche de las vacas que tenían en la quinta.

Friedhelm Zeitner, a quien todos llamaban Felipe, era el encargado de realizar trabajos en los campos aledaños y en el amplio terreno de La Solita. Era común verlo salir de la residencia a primera hora de la mañana, montado en grandes maquinarias agrícolas, y regresar al final de la tarde. Era el único que se relacionaba con los vecinos.

Mathias Gerlach también trabajaba conduciendo tractores, pero lo hacía sólo en el terreno de la casa-quinta. Fue siempre uno de los guardaespaldas más sumisos de Schäfer, con quien compartió dormitorio todo el tiempo que permanecieron en Argentina. Las investigaciones posteriores establecieron que Schäfer lo bañó hasta que cumplió 30 años.

Rebeca Schäfer ayudaba en la cocina y el jardín, pero no le gustaba trabajar con las otras dos mujeres de la casa. Ya antes de llegar a vivir con su padre adoptivo en Argentina, les comentaba a las otras jóvenes de la colonia que no le gustaba ser mujer, que preferiría ser hombre. Fue la única del grupo sorprendido en Chivilcoy que visitó a Schäfer en prisión hasta el día de su muerte, lo que le permitió al ex líder de Villa Baviera seguir comunicándose con el exterior.  Hoy vive en Viña del Mar junto a Peter Schmidt.

Con estas seis personas y fiel a los códigos que impuso con mano férrea, Schäfer continuó su vida en Argentina al estilo de una “pequeña Colonia Dignidad”. Lo único que le faltaron fueron los niños, pero no porque él así lo quisiera. El anciano pedófilo en varias ocasiones anunció su idea de traer algunos de los menores que vivían en Villa Baviera hasta La Solita. Para ello, ordenó acondicionar en el patio unos vagones de tren con cocina, baño y piezas. No alcanzaron a ser utilizados para los fines que Schäfer quería.

El 25 de enero de 2013, casi tres años después de la muerte de Paul Schäfer, cuatro de las seis personas que permanecieron hasta el final junto al prófugo en Argentina -Peter Schmidt, Friedhelm Zeitner, Matthias Gerlach y Renate Freitag-, fueron condenados a tres años y un día de presidio menor en su grado máximo, además de la inhabilitación perpetua de derechos políticos, como encubridores de cuatro delitos de violación de menores y otros 12 delitos de abuso sexual contra niños. No pasaron ni un día en la cárcel pues se les concedió el beneficio de la libertad vigilada (Vea la sentencia).

El 28 de mayo pasado, una nueva acusación fue formulada por el ministro Jorge Zepeda en contra de los seis acompañantes de Schäfer en Argentina, a los que sumó a otros ocho colonos de Villa Baviera. Todos ellos fueron acusados de haber formado parte de una “asociación ilícita” que ayudó a su líder a cometer delitos. Los abogados querellantes estiman que los cuatro que ya fueron condenados -Schmidt, Zeitner, Gerlach y Freitag-, si reciben ahora una nueva sentencia, esta vez sí deberán cumplir la pena encarcelados. Por estos días la amenaza de la prisión ronda como un fantasma sobre los 14 acusados.

Fue probablemente ese temor el que motivó a uno de los guardaespaldas de Schäfer en Argentina a contar, por primera vez, parte de sus casi 42 años junto al polémico ex líder de Colonia Dignidad.

Durante los 13 meses que duró nuestra búsqueda y seguimiento a los habitantes de la casa-quinta La Solita, nos cruzamos muchas veces con Friedhelm Zeitner, a quien inicialmente conocí como Felipe. Mi rostro no le resultó desconocido cuando nos encontramos cara a cara el día en que la policía argentina desbarató el andamiaje clandestino que armó Schäfer.

Han transcurrido ocho años y todo ha cambiado para Felipe. No es solo su mirada, caminar y apariencia. A sus 50 años, hoy está casado y es padre de dos hijas, sigue residiendo en Villa Baviera y aprender a vivir en libertad ha sido duro. Pero nada parecido a lo que le ha costado asumir lo que vivió mientras fue educado por Paul Schäfer como uno de sus “soldados” favoritos. Recién en los últimos años ha comprendido todo el daño que le produjo el sistema de vida impuesto por Schäfer y los abusos a los que él, y todos los colonos de su generación, fueron sometidos por el predicador pedarasta.

NINGÚN NIÑO VIVIÓ CON SUS PADRES

-¿Cuál es su historia familiar y cómo llegó a Villa Baviera?
Mi mamá llegó a Chile en 1962, estando embarazada y yo nací en Villa Baviera en 1963, pero no viví nunca con mis padres. En marzo de 2006, un año después de la captura de Paul Schäfer, vinieron mis padres a visitarme a Chivilcoy, en Argentina. Fue el primer encuentro familiar de mi vida con ellos. Fue entonces -y también por primera vez-, que pudimos conversar algo sobre el pasado. Allí mi mamá me contó que a los dos meses de mi nacimiento fui sacado de su lado y entregado a otras tías, las que me criaron. Schäfer le prohibió visitarme. Hay una foto de toda la comunidad tomada el 8 de noviembre del 1964, cuando yo tenía un año y dos meses, donde estoy en brazos de una tía y mi mamá está a cuatro o cinco metros de distancia. No tengo recuerdos de infancia junto a mi mamá… Durante toda mi vida bajo la autoridad de Schäfer, yo nunca supe lo que significaba una mamá y un papá.

-¿Nunca le preguntó a su madre por qué permitió que los separaran?
No, nunca le pregunté. Realmente nunca tuve espacio. Y después, cuando Schäfer estaba preso y ella vino a verme a Argentina, no se me ocurrió. Más tarde, cuando regresé a Chile, ella ya no vivía aquí. Se fue con mi padre a Alemania. Él acaba de cumplir 90 años, no pude ir a verlo por tener estos juicios y no sé si voy a poder hablar con ellos alguna vez de estas cosas.

-¿Y cómo les explicaban a usted y a los otros niños de la Colonia Dignidad lo que era una familia y de cómo se engendran los niños?
Del funcionamiento biológico no tenía ni idea. Ni siquiera el de los animales, su sistema de reproducción. Eso estaba estrictamente prohibido por Schäfer. Al punto que a los libros se les borraban o se les pegaba algo encima de las hojas donde se hablaba de matrimonio o de crías. En el colegio que funcionaba al interior de la colonia, también dirigido por Schäfer, se ocultaba totalmente el funcionamiento biológico de los humanos y de todo tipo de criaturas y fue prohibido decir “mamá” y “papá”.

Los niños eran separados de sus padres. Desde los ocho años comenzaban a trabajar, extensas jornadas de hasta doce horas.

No recuerdo cuando me di cuenta qué significaba realmente un papá y una mamá. No tenía ni idea de cómo llegué al mundo. No sabía cómo se hacían los hijos. Incluso las mujeres que estaban casadas y se embarazaban debían permanecer escondidas hasta dar a luz.  Cuando fui creciendo y entendí que las mamás tenían a los hijos, aun así no sabía por dónde nacían. Después, con el tiempo, supe que una señora era mi mamá y un señor mi papá; pero la idea de Schäfer era que nosotros no supiéramos quiénes eran nuestros padres. De hecho, hubo una generación entera, de unos 20 a 25 jóvenes, que nunca supimos quiénes eran nuestros padres. Él nos decía que la Biblia dice que todos somos hermanos e hijos de Dios y que los padres no tenían ninguna importancia.  Y citaba la frase: “Yo soy tu padre”.

-¿Cómo se estructuraba entonces la vida de las personas al interior de Villa Baviera?
Aquí todos vivían separados. Schäfer los separaba. Allí (lo señala), en ese edificio largo, vivían cinco o seis hombres casados por pieza. En ocasiones, a los jóvenes nos mandaban a compartir pieza con estos hombres y así nos enterábamos de que eran casados. Ningún niño, durante todo el régimen de Schäfer, vivió con sus padres. Por el contrario, se impedía cualquier contacto con los padres. Hoy, pienso que era justamente porque Schäfer debe haber tenido miedo de que entráramos en confianza y que llegáramos a contarles las cosas que él nos hacía…

“DESDE LOS 8 AÑOS FUI ABUSADO POR SCHÄFER”

“Cuando mi padre llegó de Alemania yo tenía 9 años. Pocas horas antes de su llegada a la colonia, Schäfer duchó a todos los jóvenes, se vino a mi cámara de ducha y me acusó de haber cometido tres delitos sexuales con otros compañeros míos. Me presionó diciendo que si no le confirmaba su acusación, él le iba a contar todo a mi papá –al cual yo ni siquiera conocía– y que no participaría de la fiesta de su llegada”.

-¿Qué le había hecho usted a esos tres niños?
Nada. Todo fue inventado por Schäfer. Durante muchos años me pregunté por qué me hizo eso. Sólo después de que salieron a la luz todas sus maldades he tenido una respuesta… Lamentablemente, y aunque me duele mucho, tengo que decir que durante años fui abusado sexualmente por él. Comenzó tocándome mis partes íntimas, pero enseguida fue subiendo de tono. Me da mucha vergüenza reconocer las cosas que hizo conmigo, pero desde los 8 y hasta los 17 años fui abusado sexualmente por Schäfer.

-¿Cómo eran esos abusos?
Me obligaba a masturbarlo y luego me penetraba… La primera vez que lo intentó me dolió mucho y grité fuerte, pero él seguía intentando. Para eso él usaba una especie de vaselina que mantenía en su mesa de luz.  Cada vez que me tocaba yo mostraba repulsa, nunca me gustó y por eso él me recriminaba: “¿Tú no me quieres?”, “¡por qué no lo haces bien!”, “¿hay alguien a quién quieres más que a mí?”. Y entonces, agarraba mi mano y me la llevaba a sus genitales. Siempre se masturbaba arriba de nosotros y manchaba todo, ¡era asqueroso!, y uno se tenía que dormir así. Nos tiraba en la cama boca abajo y entre las piernas echaba su semen. “Todo lo que hago está de acuerdo con la Biblia y la palabra de Dios”, me decía…

-¿Hacía lo mismo con otros niños?
Lo hacía con todos. Por eso, y aunque a mí no me gustaba, pensaba que estaba bien. Los toqueteos por encima de la ropa o metiendo la mano dentro del pantalón los hacía también cuando íbamos a bañarnos al canal de Las Turbinas. En esos paseos él era el único adulto y siempre había un “elegido” al que hacía que le tocara sus genitales. No me gustaba y me daba vergüenza, pero uno tenía sentimientos encontrados, ya que ser “elegido” por él –sprinter se le llamaba– era como un privilegio. Cuando tenías ese privilegio, él no te retaba, no te castigaba y tampoco nadie te podía hacer nada. Pero uno no podía elegirlo a él. En una ocasión, Schäfer entró al taller y yo fui a abrazarlo, él se echó para atrás y empezó a gritarme: “¡Eres un Judas! ¿Por qué me vienes abrazar? ¡Sal de aquí!”. Me quede muy triste y humillado. Uno nunca sabía cómo proceder con Schäfer.

-¿Hasta qué edad podían formar parte de los “elegidos”?
Los abusos de Schäfer terminaban de la misma manera que empezaban. Así como un día te encontrabas en su pieza, un buen día ya no te llamaba más, ya no le interesabas. Eso pasaba entre los 16 a 17 años. Después supe que con otros fue más tarde. En mi caso, como a los 17 años dejé de ser sprinter.  A veces pasó que el encargado de escoger al sprinter del día –en mi época quién lo hacía era mi hermano mayor Wolfgang Zeitner– le enviaba a uno de nosotros y Schäfer lo mandaba de vuelta: “No, a éste no me lo mandes más”. Ahí uno dejaba de ser sprinter y para el joven eso era lo peor que te podía pasar: Schäfer ya no te quería más y eras sustituido por una generación de más chicos. Schäfer nunca te daba una explicación, y nosotros obedecíamos como en todas las otras cosas de la vida.

-¿Debían confesarse con Paul Schäfer?
Sí, y así Schäfer mantuvo el control total sobre nosotros. Nos obligaba a decirle todos nuestros pecados y faltas. “El pecado empieza antes de cometer el hecho, en los pensamientos”, decía, y así nos obligaba a que le contáramos todos nuestros pensamientos. Eso era la seelsorge, que es tener la dirección espiritual de cada uno de nosotros.  Siempre dejaba claro que la confesión se debía hacer solo con él. Y si alguno durante un tiempo no se fue a confesar, fue menospreciado por él delante de todos. Y para uno era lo peor que podía pasar, te sentías el peor pecador.

-¿Qué pasaba cuando ustedes eran humillados por no haberse confesado?
Me llamaba y se aprovechaba de mi mal estado psicológico y se mostraba como un buen hombre que tenía amor para que yo me entregara a él y así poder aprovecharse y abusarme sexualmente. Me hizo entender que esos tratos pertenecían a la educación íntima y sanación de almas, los que no podían ser conocidos por un tercero. Él abusaba de nosotros en su pieza. Llevaba todas las noches a un sprinter a su pieza y al día siguiente el chico escogido tenía el turno de hacer todo el día desprinter. Según sus ganas, lo volvía a llevar otra vez en la tarde a su pieza. El sprinter lo acompañaba por 24 horas, pero a veces lo dejaba 48 horas y después lo sustituía otro. Todo eso lo hacía bajo la pantalla religiosa, porque repetía que todo lo que hacía estaba acorde con la Biblia.

Schäfer predicó durante 30 años la palabra de Dios y prohibió estrictamente que todos los jóvenes tuviéramos acceso a una Biblia. Lo que él predicaba era lo único correcto ya que el mundo estaba manipulado por el demonio. Nadie de nosotros tenía acceso a la Biblia.  En alguna ocasión que él se enteró de que alguno de nosotros la había leído, lo llamó delante de todos y lo retó: “No te corresponde leer la Biblia. Ustedes no tienen permiso de leer una Biblia, no necesitan saber más de lo que yo mismo les digo de la Biblia”.

Supe que Friedhelm Bensch se consiguió una Biblia y encontró una parte donde dice que un hombre no se puede acostar con otro hombre y le dijo a Schäfer que era Moisés quien decía que lo que él nos hacía estaba prohibido por la Biblia. Schäfer ordenó que lo castigaran.

SCHÄFER Y DIOS

-¿No había posibilidad de resistir o desobedecer una orden impartida por Paul Schäfer?
Schäfer era la única orientación para toda la juventud de la colonia. Lo que él decía teníamos que cumplirlo y si alguno no lo cumplía, era castigado con golpes de palo o de manguera o con arresto sin alimentación durante semanas y otros castigos más. Yo viví eso también…

Cuando tenía 4 ó 5 años fui separado de mis compañeros a los que llevaron a una casa al lado del hospital (Neukra), donde fueron brutalmente torturados. Eso le pasó también a uno de mis hermanos. En ese período fui cuidado por dos tías, Eva Schaak  e Irma Wellnitc, las que me observaban permanentemente. Cuando yo estaba en mi cama me venían a ver con frecuencia, me destapaban, miraban debajo de mi pijama y si mi pene estaba duro, Eva se sacaba su zapato y me pegaba fuertemente en el trasero hasta que mi pene se achicara. Esto pasó innumerables veces.

– ¿Cómo se comportaba Paul Schäfer con las mujeres?
Las trataba mal a todas. Me tocó ver en varias ocasiones como las insultaba diciéndoles sauweib(mujer cerda) o  schweineweb (mujer chancha). Y cuando se refería a las jovencitas, Schäfer las llamaba “gallinas” o “gansas”. No me podía imaginar en esos tiempos que se podía querer a una mujer, porque Schäfer siempre las trataba ante nosotros como una clase inferior. Las niñas y jovencitas de mi edad eran estrictamente separadas del resto y hasta escondidas. Durante muchos años no nos debíamos ver, al punto que yo ni sabía de dos hermanas mías que habían nacido. Con el tiempo me fui enterando. A la hermana mayor en alguna ocasión la vi, pero a mis dos hermanas menores, durante años, nunca las vi. Cuando ya tenían 18 ó 20 años y empezaron a trabajar en el hospital o la lavandería, las veía de lejos, pero no podíamos ni siquiera hablar una palabra. A mi hermana más joven, que ahora vive en Alemania, no la conozco. Jamás hablé una palabra con ella. Yo me enteré después que volví de Argentina que mis abuelos habían muerto aquí en la colonia. Mientras viví en la colonia nunca supe que se habían muerto. Las muertes no se comunicaban. Cuando yo era chico y moría alguien, se reunían todos y se iba en procesión a despedir a la persona que había muerto, pero eso poco a poco fue desapareciendo. Después, uno dejaba de ver a una persona y con el tiempo te enterabas de que había muerto.

-¿A qué edad lo sacaron del cuidado de Eva e Irma en la colonia?
A los 8 años Schäfer me trasladó a un gran grupo de niños y jóvenes con el que pasé más de 20 años de mi vida. Cuando me integraron al grupo me pusieron al lado de un joven mayor -Gerd Schaffrik-, quien me cuidaba y a quien tenía que seguir paso a paso. La regla era que no podía alejarme más de tres metros de él y tenía que preguntarle todo lo que quería o necesitaba hacer. Este era el sistema “Bammel y Bimmel”. Los Bammel eran los más grandes que cuidaban a los Bimmel, los más chicos. Éramos como 20 Bimmel y no podíamos comunicarnos entre nosotros, tampoco jugar ni tocarnos. Tuve como cinco Bammel y recuerdo con pena a  Michael Laube, porque me pegaba cuando le decía que tenía necesidad de ir al baño.

-¿Incluso para ir al baño debían pedirles permiso a los Bammel?
Sí, y debíamos dejar la puerta abierta para ser observados por el Bammel, que te apuraba. Era una desesperación cada vez que tenías que ir al baño, por lo que uno intentaba ir lo menos posible. En las comidas debíamos pedirle permiso por cada trozo de pan o plato de comida. Muchas veces quedábamos con hambre. Siempre anduve con mucha sed, ya que tampoco podíamos tomar agua. ¡Eso era terrible! Todo controlado por el Bammel. Schäfer prohibió que después de las 18:00 tomáramos cualquier líquido para que no mojáramos la cama. Y si alguien se hacía pipí era castigado. A mí me pasó y Gerhard Mücke me pegó con un palo en el trasero. Me golpeó mucho. No se me ha podido olvidar esa noche…

-¿Schäfer autorizaba a los Bammel para que los golpearan y castigaran?
Schäfer puso esa regla para los Bammels: el derecho de pegar a los Bimmels en tres ocasiones: por encontrarnos haciendo alguna cosa prohibida; por no cumplir órdenes y por agresión a adultos. LosBimmels estábamos obligados de avisar a Schäfer el motivo por el cual éramos golpeados por elBammel antes de 15 minutos de pasado el hecho. Si los Bimmels no cumplíamos esa orden, éramos golpeados nuevamente por el Bammel. Toda la gente podía ver cómo éramos golpeados porque la cara estaba deformada y se ponía colorada hasta quedar azul.

-¿Qué otros castigos recibían los más chicos de la colonia?
Durante años los jóvenes hacíamos todo juntos: trabajábamos, nos lavábamos y dormíamos en grupo. También comíamos en una mesa larga y cuando uno de nosotros había hecho algo “malo”, tenía que sentarse en una mesa aparte y era despreciado por todos. Cuando Schäfer impartía ese castigo, llamaba a todo el grupo para que formara una media luna donde informaba lo ocurrido con esa “oveja negra” y luego la castigaba brutalmente. Eso lo sufrí muchas veces.

Los Bammels también eran castigados por Schäfer cuando eran denunciados por haber hecho algo malo. Una vez yo denuncié a mi hermano mayor… Habíamos viajado al casino de Bulnes un grupo de jóvenes y en la noche no había cama para todos, así que mi hermano dijo que yo dormiría con él. Cuando estábamos acostados, él se me echó encima y trató de abrazarme y besarme en la boca… Al día siguiente se lo conté a Schäffer. Ahora sé que Schäfer castigó brutalmente a varios mayores por haber sido denunciados por los Bimmel de haber sido abusados. El caso más terrible es el de un joven que hoy vive en Alemania: fue castrado por la doctora Gissela Seewald, por orden de Schäfer. Más tarde, por mi señora me enteré que con las mujeres hicieron cosas similares y varias fueron esterilizadas.

Otro castigo terrible era aplicarnos electricidad en los genitales. Eso dolía mucho. Uno terminaba con mucho dolor. Bajo este régimen pasé toda mi juventud.

RÉGIMEN DE ESCLAVITUD

-¿Desde qué edad debían trabajar en Villa Baviera?

Debí trabajar duramente desde los 8 años y seguir el ritmo de otros jóvenes que tenían hasta 11 años más que yo. Trabajábamos con pala, chuzo, picota, haciendo canales de riego, cercos, caminos, juntando piedras y troncos en los campos. A los 18 años, en 1981, empecé a aprender un oficio: tornero mecánico, soldador y constructor. Trabajé en eso 14 ó 15 años, siempre con un maestro alemán: reparé herramientas y maquinarias agrícolas, camiones y maquinarias pesadas; construimos máquinas nuevas, como harneros y cintas para la planta chancadora. No existía un horario de trabajo. Trabajábamos desde las 8:00 hasta las 22:00 y a veces hasta la medianoche, todos los días, incluidos sábados y domingos. Desde 1985 fuimos todos los domingos a Bulnes, a trabajar de garzón, atendiendo a la gente en el restaurante de la colonia, sin contrato de trabajo. Nunca se nos pagó nada. Se nos prohibía hablar con los clientes de otra cosa que no fuera la toma del pedido y lo relacionado al servicio. Y si alguien desobedeció fue castigado por un tiempo y retirado del puesto de garzón. Mi hermano Reinhard Zeitner desobedeció, conversó con un cliente y Schäfer lo castigó por varias semanas de no poder ir al restaurante. Eso no significaba que uno se quedaba en el campo sin trabajar, por el contrario, debías quedarte en la central de comunicaciones y en los equipos de seguridad, en turnos de guardia de ocho horas por la noche y 12 o más horas en el día.

-¿Cómo eran las clases que se impartían en el colegio que funcionaba al interior de Colonia Dignidad?
Esa especie de colegio lo armó el propio Schäfer y las clases se hacían en cualquier edificio o habitación libre. Frecuentemente éramos interrumpidos por Schäfer y teníamos que dejar las clases porque a él se le ocurría que había que hacer algún trabajo. Para Schäfer no era prioridad que estudiáramos. Los profesores no tenían ningún título, eran adultos que él escogía. Por ejemplo, mi hermano mayor daba clases de Matemática y Biología. Durante todo el tiempo de colegio nunca recibimos un certificado porque Schäfer lo prohibía, para que nadie se creyera más inteligente. También dijo que no quería que nosotros saliéramos muy inteligentes, porque los inteligentes acababan en el Infierno, pues desafían a Dios con su orgullo. Por esa misma razón no permitía que nadie tuviera estudios superiores. Schäfer era todo para nosotros: enseñanza, ley, director, confesor. No teníamos otra visión del mundo que la que él nos entregaba.

En ese mundo cerrado yo no tenía idea de lo que eran las leyes, la justicia, los poderes del Estado ni lo que eran delitos y deberes. El mundo que estaba afuera de las puertas de Villa Baviera no existía para nosotros. Las pocas veces que nos encontrábamos con chilenos o con visitas, no estaba permitido hablar ni comunicarse con ellos. Estaba prohibido ver televisión y leer diarios. Solo Schäfer tenía una televisión en una sala con llave.  Las únicas noticias que escuchábamos las daba el domingo Gerd Seewald, quien leía un resumen autorizado por Schäfer.

VISITAS ILUSTRES: PINOCHET Y “MAMO” CONTRERAS

-¿Cómo trataba Schäfer a los mayores? ¿Hacía diferencias?
Siempre hablaba mal de los mayores, muy mal. A veces, se tocaba un tema que se relacionaba con una persona mayor y él nos decía: “Está mal porque no se confiesa conmigo las veces que debe hacerlo, no cuenta sus cosas íntimas. Para qué está acá si vive su vida aparte. No se da cuenta que está camino al infierno”. Como hablaba mal de todo el mundo, al final, siempre me venía el pensamiento de que ya no servíamos como humanos y que solo él se iba a salvar. De eso conversábamos entre los jóvenes. Las noticias que se nos contaban eran todas cosas malas que pasaban fuera y dentro de Chile. Uno quedaba siempre con la sensación de que era una suerte vivir aquí dentro. Era la protección. Schäfer usaba esto para decirnos que él era el único correcto.

Eso era en cierto modo confirmado por las visitas de políticos y personalidades importantes a la colonia, donde todos hacían muchos elogios a nuestra vida y nos decían que lo que se vivía aquí dentro era lo mejor. Tuvimos incluso la visita del presidente Augusto Pinochet. También de gente de la embajada alemana en Chile, que eran las visitas importantes que teníamos más seguido. Quien venía mucho a la colonia era Manuel Contreras (ex director de la DINA). Y otro que también la frecuentaba era Pedro Espinoza (el ex director de Operaciones de la DINA). Incluso los mismos hijos de Espinoza se quedaban aquí en la colonia y vivían junto con nosotros.

-¿Y recibían trato de sprinter como todos los otros jóvenes de la colonia?
No creo. Yo conozco bien a Pedrito y a Rodrigo, quien hoy es piloto de helicóptero y también hizo la carrera militar, pero después la dejó porque lo jodieron tanto. Hace un tiempo estuvo por acá, estaba trabajando para una empresa haciendo un estudio ambiental. Somos muy amigos. No creo que a ellos Schäfer los haya escogido como sprinter, porque eran chicos de afuera y tenían familia.

-¿Qué pasaba cuando los visitaba Pinochet?
El primer día que llegó Pinochet lo recibimos con el coro de jóvenes. Yo mismo cantaba en ese coro y para mí fue una gran emoción que el Presidente de Chile nos viniera a visitar. Lo recibimos con la canción “Ich hatte einen kamerade” (Yo tenía un camarada). Recuerdo que a Pinochet se le caían las lágrimas. Después de la canción, Schäfer se lo llevó a la casa de huéspedes y ya no supimos más. Esas visitas le daban mucha validez a quien nos dirigía, porque teníamos el honor de haber tenido al presidente y uno sentía que, a pesar de estar disgustados con el trato que a veces teníamos, estábamos en un buen lugar.

-¿Cómo funcionaban y en qué consistía el dispositivo de seguridad que funcionaba en Colonia Dignidad?
Lo primero en el sistema de seguridad era la central de comunicaciones ya que antes no existía el celular. Había dos o tres teléfonos fijos y radios. La 70cm (UHF onda 70 cm se usa en la montaña), otra 2 metros (VHF onda dos metros),  una radio antigua y otra de larga distancia para comunicarse con Alemania, porque casi todo el tiempo que existió Villa Baviera en Alemania siguió funcionando la sociedad que inició Schäfer en el pueblo de Siegburg y que operó hasta principios de los ’90. Ahí se cerró y se vinieron para acá Rita Seelbach, Alfred Matthusen y Alfred Schaak, el esposo de Eva Schaak, a quién en dos ocasiones Schäfer lo hizo regresar a Alemania. Duró muy poco en la colonia porque enfrentó a Schäfer por los envíos de armas que le pidió hacer y que venían camufladas como “ayuda humanitaria”.  Alfred le dijo a Schäfer que los envíos de armas iban en contra de sus principios y del espíritu de la fundación religiosa a la cual él y su familia se habían entregado.  Schäfer le dijo que regresara a Alemania y que preparara su testamento. Alfred así lo hizo. Pocos días después quienes estaban con él dicen que enfermó gravemente. Lo llevaron a un hospital y murió. Fue entonces que el doctor Hopp, quien había viajado a Alemania por orden de Schäfer, hizo los trámites para evitar que se le hiciera la autopsia. Trajeron su cuerpo y fue enterrado aquí en la colonia. Ahora me he enterado que Alfred Schaak no es el único de nosotros al que Schäfer mandó matar. Me gustaría que otros pudieran dar su testimonio también, para que se sepa toda la verdad.

Esa central después se trasformó en un control de seguridad. Era una sala grande y en una mitad había equipos de seguridad donde se oían los pitos cuando alguien pasaba o tocaba el cerco o cruzaba la barrera infrarroja. La colonia tenía 12 kilómetros de cerco y cada cinco postes había un sensor de movimiento camuflado. Después, con el tiempo, se pusieron monitores con cámaras en todos los portones. Cuando uno estaba haciendo guardia en la central de comunicaciones y sonaba alguna alarma, tenía que avisar inmediatamente a Erwin Fege. Todo estaba codificado. Por ejemplo, uno se comunicaba con PPP (sobrenombre de Erwin Feger) y decía “2 A”. Él sabía que “2 A” era la señal que correspondía a tal lugar e iba de inmediato a ese sitio con su jeep y perros. Siempre andaba armado. Había un grupo de adultos que llevaba permanentemente pistola, igual que Schäfer. Si el aviso era que habían saltado más de dos o tres alarmas, ahí Fege pedía que más gente lo acompañara.

-¿Ese sistema era para impedir que ingresaran extraños a Villa Baviera?
No solo para eso. Otras veces se usó para evitar la fuga de personas de la colonia. Fege iba con perros y más personas y lo traían de vuelta. Ahí se lo llevaban a Schäfer y lo dejaban a solas con él. Después Schäfer lo humillaba delante de todos, diciendo que era un traidor y que ése era el camino más rápido para irse al infierno. Algunos fueron castigados duramente por eso.

-¿Ustedes tenían algo propio en Villa Baviera?
Nunca tuve una pertenencia. No teníamos ni siquiera nuestro propio carné y pasaporte. Por orden de Schäfer todo era guardado en la oficina de administración. Todas las cosas que uno necesitaba, como ropa, zapatos y artículos de aseo, eran entregadas por la administración de Schäfer. Si yo necesitaba zapatos o botas, tenía que mostrar las que llevaba puestas para que Schäfer constatara que estaban rotas.

Schäfer mantenía el control total de cada uno de nosotros. Hasta los 30 años o más, sólo podíamos ducharnos en su presencia, recorría las duchas, nos observaba y nos tocaba según su gusto. Nos duchaba siempre el sábado, una vez a la semana. Cuando él entraba al subterráneo donde estaban las duchas, teníamos que estar todos preparados: 40 y hasta 50 hombres jóvenes y sólo con un short especial encima (turnhose). Antes de empezar a ducharnos teníamos que cantarle una canción, de lo contrario se iba y no nos duchábamos. A veces, esperábamos varias horas su llegada. Muchas veces no llegó y teníamos que lavarnos en una fuente con agua sin asear la parte debajo del cinturón. Así, pasaban tres, cuatro o cinco semanas en que Schäfer no llegaba a ducharnos y no podíamos lavarnos la parte mencionada. Esto para mí era horrible e insoportable. Pero cuando él te llevaba a su pieza, como tenía una ducha, si uno llevaba varios días sin ducharse, antes de pasar a su cama, él nos duchaba usando un jabón especial. A nosotros jamás se nos permitió usar perfumes, sin embargo, él tenía muchos perfumes y colonias traídas de Alemania.

-¿Qué sabía usted en esos años sobre las violaciones de derechos humanos cometidas dentro de la colonia?
De todas las acusaciones ante los tribunales que salieron en los medios de comunicación por horribles torturas, desaparecidos, muertos y armas dentro de la Villa, yo no sabía nada y no lo creí hasta que fue confirmado por la misma gente involucrada en estos hechos después de 2005. Pensaba que eran calumnias, porque Schäfer lo dijo así ante toda la comunidad… Vine a conocer después hechos realmente horrorosos.

Supe, por ejemplo -contado por mi maestro tornero, el señor Carl Vandenberg-, que unas tropas del Ejército chileno que yo había visto en los años después del golpe militar, habían venido a limpiar de comunistas la zona. Yo era pequeño y recuerdo que la tropa del Ejército se quedó algunos días en el galpón Autohalle (el galpón de autos). Y si bien conocí los bunkers que había, jamás me imaginé que ahí se torturaban o mataban personas, ya que nosotros conocimos estos lugares mucho tiempo después, cuando empezaron a ser usados para guardar cereales o papas, a principios de los ‘90.

Me fui sorprendiendo de muchas cosas que jamás imaginé que pasaran en la colonia cuando volví de Argentina después de la captura de Schäfer, en diciembre de 2008. Ahí me enteré de que había un lugar donde enterraban los cuerpos de los “comunistas” que mataron en la colonia y que está como a 15 kilómetros del lugar donde vivíamos, en la montaña.

-¿Qué sucedió en la colonia cuando la justicia comenzó a investigar las violaciones de derechos humanos cometidas en Villa Baviera?
En los ‘90, antes de salir hacia Argentina, el juez (Guillermo) Navas nos empezó a llamar a algunos para interrogarnos. Antes de ir a declarar, Schafer nos reunía y nos decía lo que teníamos que decir. El juez me empezó a preguntar sobre mi vida: “¿Y sus padres dónde están?”. “En la colonia”, le dije, y le conté que mi madre había venido antes y que cuando yo tenía 9 años había llegado mi padre. Ahí el juez me preguntó: “¿Pero cómo es posible que su mamá haya estado diez años sola aquí y después vino su papá?”.  Yo no entendía la pregunta y le repetía que eso es lo que yo sabía. El juez pensaba que yo no quería responderle. Cuando volví a la colonia Schäfer me empezó a preguntar qué me había dicho el juez y qué le había respondido. Pero en esos interrogatorios, nunca se nos preguntó sobre los abusos sexuales, eran preguntas sobre los desaparecidos y de eso nada sabíamos.

DE PARRAL A ARGENTINA Y URUGUAY

-¿Cómo se involucró usted en el grupo que acompañó a Schäfer en Argentina?
El 30 de julio de 1997 me encontraba en Bulnes trabajando de garzón y de mecánico, cuando el doctor Hopp me preguntó si estaba dispuesto a acompañar a Michael, su hijo adoptivo, a Argentina por unas semanas. La explicación que me dieron fue que se estaba apelando en tribunales en contra de la adopción de Michael y que lo querían entregar al Sename. Como para mí era una aventura salir a otro país y conocer algo nuevo, acepté acompañarlos. El doctor Hopp nos llevó hasta Mendoza. Íbamos con su mujer Dorothea Witthan, su hijo Michael Hopp y Rebeca Schäfer. Ya en Argentina, pasaron varios meses y cuando tuvimos que cambiar la visa, el doctor Hopp nos ordenó viajar hasta Uruguay.  Un día, apareció Peter Schmidt en Uruguay y nos sorprendió a mí y a la señora Dorothea con la noticia de que él había comprado el campo a donde habían llevado a Schäfer en Argentina. Me dijo que Schäfer y él querían que yo me fuera para allá para trabajar el campo. Como me sentía aburrido de no hacer nada, me gustó la oferta y pasado un tiempo me fui a ese campo. Peter me había dejado su celular y la dirección.

-¿Cómo fue su vida en esos primeros meses fuera de la colonia?

Cuando salí por primera vez y empecé a vivir con Michael Hopp y Dorothea Witthan en Argentina y Uruguay, al principio seguía muy restringido. El mundo era todavía para mí algo malo que no podía explorar, porque podía ceder a las tentaciones. Al cabo de unos meses, teníamos que salir a comprar y uno se encontraba con otra gente. De a poco empecé a ver otras cosas. Ahí supe que no podía dar señales de las cosas que me impresionaban, porque nos decían que estábamos pecando, desviándonos de la verdad. Recuerdo que cuando llegué por primera vez a Mendoza fuimos a un supermercado y vi un montón de gente comprando en un lugar donde había de todo. Fue tanto lo que me sorprendí, que le dije a la esposa del doctor Hopp: “¡Qué lindo esto! ¡Qué grande! ¡Qué cantidad de cosas!”. Yo no sabía que existía una cosa así. Y la señora Dorothea se molestó.

Aprendí mucho en los ocho años que viví en Argentina. Tuve la oportunidad de salir de la colonia y si bien seguía dominado por Schäfer, igual pude conocer otro mundo.  Conocí gente buena y que me quería, dueños de campo, contratistas, empresarios que me contrataban para hacerles trabajos y me trataban tan bien, incluso para ellos yo era como un niño. Y me enseñaban cosas. Al conocer a gente tan buena y honesta, se me produjo una contradicción porque Schäfer seguí insistiendo en que el demonio dominaba el mundo, que pensar que esa gente era buena eran tentaciones que me ponía el demonio. Esas cosas me hacían dudar a veces de Schäfer. Ahí recién, por primera vez y tímidamente, empecé a contradecirle.

-¿Cómo se financió la fuga y permanencia de Schäfer en Argentina, qué sabe usted sobre el origen y el manejo de ese dinero?

Schäfer llegó a Argentina con un maletín lleno de dólares. Nunca supe con qué cantidad, pero hablaban de muchos miles de dólares. Ese maletín tenía clave y se guardaba en el cuarto de Rebeca. De ahí se sacaron los dineros para comprar las primeras maquinarias y animales. Después se usaba el dinero que nosotros mismos generábamos con nuestros trabajos y cría de animales. Ahí Peter y yo hicimos en Chivilcoy una cuenta corriente en Credicom. Llegamos a tener unos 40 mil pesos argentinos. Respecto del maletín que Schäfer guardaba, cuando lo detuvieron se lo apropió Peter. Yo le pregunté qué había hecho con ese dinero. Primero me contó que lo había mandado a una cuenta en Alemania; después me dijo que se lo había dado a un amigo de Chivilcoy para que lo guardara y que se había quedado con el dinero. Peter se fue de La Solita sin avisar y ya nunca más supimos qué pasó con ese maletín y el dinero.

-Usted era tornero, ¿qué sabía del trabajo en el campo antes de llegar a Argentina?
Cuando llegué al campo de La Solita, el viejo decidió que debíamos comprar vacas y a mí se me encargó cuidarlas.  Así que monté la lechería. De repente una vaca dejó de dar leche y yo le pregunté al señor que me las vendió por qué pasaba eso. Y él me dijo que la llevara porque había que “hacerla servir por un toro”. Yo no tenía ni idea de qué era eso, pero la metí al camión y la llevé. Ahí vi por primera vez cómo funcionaba la reproducción. Pensé “ahh, así debe ser con el ser humano”. Y como el hombre me hablaba con palabras que yo nunca había escuchado, para mí era una gran vergüenza: “Soltá la vaca ahí que voy a traer el toro. Ya vas a ver cuánto tarda el toro en cogerse a tu vaca”. Y ahí aparecía el toro y se subía arriba de la vaca y a mí me daba vergüenza y me daba vuelta, pero era una lucha porque también quería ver y sentía que era un pecado verlo, pero la curiosidad me hacía que mirara de vez en cuando. Él se dio cuenta de que yo actuaba raro, pero no me dijo nada. Vaya a saber qué pensaba ese hombre de mí.

Yo me vine a dar cuenta a esa edad, con 40 años, que así se hacían los animales.  Y me acuerdo de haber observado esa primera vez con atención como la vaca iba engordando porque dentro se estaba haciendo un ternero. Y yo pensaba: “¿Por dónde va a salir ahora el ternero?”. Y le preguntaba a un veterinario, intentando que no se diera cuenta de que yo no sabía, y cuando parió ahí vi por dónde salía.

Ahí yo pensé que con el ser humano debería ser más o menos igual. Pero igual me faltaba conocer. Poco antes de casarme supe esto de los óvulos y de qué pasa cuando hay relaciones y todo eso.

Empezamos a criar chanchos y también se montaban arriba de las chanchas y empezaban a engordar y después salían un montón de chanchitos… Pero de eso nunca pudimos hablar delante de Schäfer, ni siquiera en Argentina cuando yo era encargado de los animales. Estaba estrictamente prohibido que nosotros preguntáramos de dónde venían los animales y en todos los libros de estudio que circulaban dentro de la Colonia esas partes eran tapadas.

(Felipe trae un libro de religión para jóvenes) Vea como esto está tapado. (Una de las páginas tiene pegado un papel, al sacarlo con cuidado se aprecia debajo un dibujo del episodio de Moisés abandonado en una cesta a orillas del río). Si nosotros veíamos a un niño tan pequeño podíamos preguntarnos “¿de dónde sale ese niño tan pequeño?”.  Nunca vimos un recién nacido. Era para que no nos vinieran pensamientos sobre cómo podía venir al mundo un bebé tan fresquito. Y realmente no teníamos ni idea de cómo nacía un niño.

-¿Quién se encargaba de censurar el contenido de los libros?
La censura de los libros se hacía en lo que se llamaba la oficina central. Lo hacía el doctor Gerd Seewald con una señora Úrsula Schmidt que ya falleció. Ellos eran los encargados de poner en todos los libros los papeles para tapar esas partes.  Daba curiosidad saber qué es lo que estaba tapado. Yo intenté alguna vez leer debajo, pero era difícil porque estaba muy bien pegado. Hubo uno al que descubrieron tratando de sacar el papel y fue encerrado por semanas en una pieza. En el sistema que vivíamos a uno no se le ocurría preguntar siquiera por qué esos libros estaban tapados. Hasta la curiosidad era castigada, así que era mejor no preguntar.

-¿Por qué, a pesar de todas estas restricciones a las que eran sometidos los colonos, a usted se le permitió salir y conocer gente en el campo de La Solita?
Durante todo ese tiempo en Argentina me dediqué duramente al campo, haciendo crianza de cerdos, vacunos y otros trabajos agropecuarios. Tenía mucha comunicación con los vecinos, con mis clientes y proveedores. Aprendí de ellos a tratar animales y otras cosas. Mi relación con el exterior era abierta comparada con la vida en la colonia. Todo lo que aprendí de los argentinos lo aplicaba en mi trabajo.

Schäfer siempre intervenía en mi manera de trabajar y quería enseñarme de otra forma. Él seguía tratándome como siempre lo había hecho, como un esclavo, y yo me oponía a seguir sus órdenes y quería hacerlo tal como lo había aprendido de los argentinos. Como siempre me oponía a sus intervenciones, me puso un apodo: Contreras. Muchas veces volví tarde del trabajo de otros campos y no le gustaba que me duchara a esa hora y solo, por lo que mandaba a Peter Schmidt a decirme que a esa hora no me podía duchar. No le hice caso y seguí duchándome cuando lo necesitaba. Sentía que él quería seguir controlándome, pero nunca más le di la oportunidad, porque a los 35 años había, por primera vez, gozado de una vida propia y normal estando en otros países sin el régimen de Schäfer, con la señora Dorothea, Michael y los demás en Uruguay.

-¿Cómo era la rutina diaria en la casa de La Solita y qué mecanismos de seguridad se adoptaban para resguardar a Schafer?
El día empezaba a las 07:30  y comenzábamos a trabajar a las 8:30. Uno debía afeitarse, desayunaba en la cocina y a trabajar.  Schäfer nos decía el día anterior lo que debíamos hacer. Él se levantaba a eso de las 11:00 o 12:00. Cuando llegaba la hora del almuerzo, él recién había desayunado y empezaba a dar más órdenes: “Haga esto”, “siga por ahí”. Iba pasando la hora y uno tenía mucha hambre. Muchas veces, como recién había desayunado, nos hacía seguir trabajando hasta las 5 ó 6 de la tarde. Era algo terrible.

Almorzábamos todos juntos.  La mesa era rectangular y él se sentaba a la cabecera. A su derecha, Peter Schmidt. A la izquierda, su hija Rebeca. El menú era igual para todos. En ocasiones a Schäfer se le preparaba algo diferente, pero no era habitual.

Se tomaba jugo en las comidas, hecho de las mismas frutas que teníamos en la quinta: naranjas, duraznos, pomelos, manzanas. A veces él tomaba Coca Cola.  En las comidas no tomaba nada más, pero tenía un lugar donde guardaba sus bebidas alcohólicas, como champagne, Martini y whisky, pero eso se lo servía solo, porque para nosotros el alcohol era un pecado. Nadie le podía tocar esas botellas.  Durante mucho tiempo tomó un vino blanco que se llamaba New Age, que encargaba que le compráramos en el supermercado. A veces lo compraba él, pero no salía mucho, no se dejaba ver. Incluso, cuando entraban mecánicos o personas a comprar o a dejar algo, siempre se escondía. Decía que era porque el Departamento Quinto de la PDI lo buscaba para matarlo. Siempre nos dijo eso, pero jamás que era acusado de violaciones y de abusar de nosotros.

Después del almuerzo, debíamos seguir trabajando mientras él dormía siesta o veía televisión. Siempre estaba descansado y a veces, por la tarde, pasaba lo mismo que al mediodía, se venía levantando de la siesta y empezaba  con sus órdenes y así seguíamos hasta las 11 o 12 de la noche.

Y después llegábamos a la casa, comíamos algo y él tomaba la Biblia y empezaba a predicarnos hasta las 2 o 3 de la mañana. Después le empezamos a decir que estábamos muy cansados y conseguimos, con muchas quejas, que dejara de predicar a esas horas.

LAS PRIMERAS REBELIONES

-¿En ese tiempo en La Solita, usted se rebeló alguna vez contra el orden establecido por Schäfer?
-En Uruguay me había comprado una máquina de fotos con rollo. Después, en La Solita, compramos una chatarra de cosechadora y me tocó arreglarla. La desarmé e hice varias piezas nuevas. Fueron varios meses de trabajo.  La primera vez la sacamos a pedido de un vecino que nos contrató para que le cosecháramos el sorgo. Al salir le tomé un par de fotos. Cuando habíamos terminado de cosechar Peter llevaba el sorgo a unos galpones y se le reventó una rueda del tractor y casi se vuelca. Cuando estábamos cenando con Schaefer, me preguntó por qué había hechos las fotos de la cosechadora. Le dije que era porque después de tanto trabajo para repararla quería guardar un recuerdo.  Ahí, a los gritos, me dice: “¿Para lucirte? ¿No te das cuenta de por qué se le reventó el neumático a Peter? ¿No te das cuenta que puede ser porque te querías lucir y fuiste orgulloso”. Nunca más en todos los años que pasé en Argentina saqué una foto. Siempre tuve miedo de que me retara otra vez de esa manera.

Dos veces me escapé del campo. Quería volver a Chile porque no aguantaba el maltrato psicológico de Schäfer. Estando con él en Argentina empecé a rechazar su manera de tratarme. Incluso, una vez tenía comprado el pasaje a Chile, pero como hice una llamada desde el terminal de Buenos Aires y Schäfer me habló tan cariñoso, decidí volver.

Cuando yo no le decía muy seguido mis pensamientos, me retaba ante todos y decía que eso podía significar que tal vez me había salido del camino correcto o que era traidor. En otra escapada, me arranqué caminando a Chivilcoy y desde allá llamé a Peter para que me trajera plata y ropa para irme a Chile. Ahí vino Peter, mandado por Schäfer, para conversar conmigo. Y Peter me dijo que él mismo había tenido una inspiración en la que había escuchado que yo podía ser Judas. Schäfer siempre siguió presionándome psicológicamente porque  necesitaba el control total de las personas.

 

-¿Cuándo tuvo usted conciencia total de que había sido abusado sexualmente por Schäfer?
Mientras Schäfer estuvo en Argentina, varias veces, con ansiedad, tocó el tema de buscar a niños como Michael Hopp y otros chicos de su edad para llevarlos al campo de Argentina. Hoy me doy cuenta que lo hacía para seguir con los abusos sexuales allá. Afortunadamente ese plan nunca se concretó.

Un día me conseguí una Biblia y comencé a leerla. Cuando Schäfer me vio con la Biblia me llamópharisäer (fariseo). No le gustó que yo la leyera. Pero no me dejé intimidar y seguí leyéndola sin ocultarme de los demás, hasta que encontré varias partes donde por fin entendí lo horrible que Schäfer hizo conmigo respecto de los abusos sexuales. Allí me di cuenta de que él siempre afirmaba que lo que hacía estaba de acuerdo con la Biblia y que no era verdad. Schäfer solo predicó lo que no afectaba su vida secreta de pedófilo. Todos los temas relacionados con casamiento, familia, amor, conocerse, sexo, no los tocaba. Y si alguna vez habló de familia o casamiento, los puso como algo malo. Me dio cada vez más asco vivir con él, porque me sentía engañado y vendido… Hasta hoy me cuesta comprender cómo fue posible haber pasado una vida como esa. Lentamente comenzaba a entender, por mi propia experiencia, aunque todavía no sabía nada en específico de las acusaciones contra Schäfer, que los abusos existían.

-¿Encaró a Schäfer alguna vez en La Solita por los agresiones sexuales a las que lo sometió cuando usted era niño?
Empecé a enfrentarme con él por lo que había hecho conmigo sexualmente. Fueron cinco o seis veces en que me quejé y pregunté por qué de sus horribles actitudes conmigo. En la última ocasión le grité con todas mis fuerzas al mismo tiempo que lo rechazaba, porque ante mis acusaciones, él nuevamente abusó de la palabra de Dios para distorsionar lo que yo le decía. Me dijo que era yo quien tenía que pedir perdón a Dios por lo que había hecho con él.  Le respondí: “Tú cometiste pecado en mí desde chico y te aprovechaste de mi inocencia”. Me contestó: “La Biblia dice en el Testamento Antiguo, que los dos deben morir por ese pecado”.

Como Schäfer sabía que yo no podía saber bien lo que dice la Biblia, se aprovechó y usó el texto que se refiere a partes (hombres adultos) conscientes. Al final, ya no lo escuché más y le grité todo mi rechazo. Su respuesta fue: “Mejor que me hubiera muerto”.  Schäfer nunca reconoció ante mí sus maldades, nunca pidió perdón. Todo lo contrario, ante Peter y Rebeca hablaba mal de mí, como si yo fuera un enfermo mental, un traidor y un desviado del camino de Dios. Por ello, fui mal visto por ellos dos también.

Un día estábamos cenando todos, cuando de repente, Schäfer hizo hablar a su hija adoptiva (Rebaca), quien me acusó de un acontecimiento entre ella y yo. Cuando terminó de contar, sin escucharme a mí, Schäfer me atacó. Entonces, yo me levanté con fuerza de la mesa, gritándole dos o tres veces: “Tú estás predicando la palabra de Dios y tus hechos son todo lo contrario”. Se levantó Peter Schmidt, agarrándome agresivamente por el cuello y amenazando con pegarme, hasta que Schäfer mismo le gritó que me soltara.

LA CAPTURA Y LAS ACUSACIONES

-¿En qué momento el grupo que acompañaba a Schäfer se dio cuenta de que habían sido detectados en Argentina?

A fines de noviembre del 2004  Peter Schmidt se enteró que un amigo en Chivilcoy había sido visitado por la Interpol y que habían preguntado por Schäfer. Él se cambió a Tortuguitas (provincia de Buenos Aires) con todos los demás y yo me quedé solo en el campo, haciendo todo el trabajo con los animales y la prestación de servicios.

Cuando empezaste aparecer tú por La Solita y Schäfer se enteró de que andaba alguien que no era de acá, siempre sospechó. Nos decía que tuviéramos cuidado contigo. Por eso, al inicio, cuando estabas con alguno de los vecinos, nunca nos acercamos. Una vez comenté con Schäfer que había ido a la casa de un vecino y estabas tú, y que me preguntaste de dónde era y cómo me llamaba. Ahí Schäfer me dijo: “Le dije que no se acercara a ese hombre. Yo tuve un sueño que ese hombre venía acá para capturarme”.

Después de la captura de Schäfer, cuando todos fuimos acusados de encubridores de abusos sexuales, para mí fue una ruptura total. Nunca pensé que algo así podría ocurrirme, que yo podría ser involucrado en estos delitos.

-Pero es un hecho que usted formó parte de un grupo que prestó colaboración y resguardo a un prófugo acusado de graves violaciones de derechos humanos y múltiples agresiones sexuales contra niños.
Yo siempre traté de hacer lo correcto dentro de lo que yo sabía, de lo que me habían enseñado. Yo no conocía el mundo como lo conozco ahora. Para mí se abrió un mundo diferente cuando comprendí estos hechos tan horribles. Como me procesaron y tuve acceso al expediente, al ir leyendo las acusaciones de los chicos, se me confirmó que lo ocurrido conmigo también lo había hecho con otros niños.

Después de que lo capturaron, varios medios de comunicación me vinieron a entrevistar. No supe cómo reaccionar, incluso llegue a defender que Schäfer era inocente. Solo después de leer el expediente supe toda la verdad.

Peter y Rebeca siguieron manteniendo contacto con Schäfer y se mostraban muy apáticos frente a nosotros tres: Mathias, Renate y yo. Ellos seguían con el sistema de Schäfer, lo adoraban como un santo y no les gustaba que yo me informara de la verdad de las acusaciones. De repente Rebeca Schäfer y Peter Schmidt nos dejaron solos. Salieron del país. Primero lo hizo Rebeca y después Peter. En Santiago, fue encontrada una hoja escrita por ella. Estaba dictada por Schäfer y decía que me demandaran en Argentina para que yo nunca pudiera regresar a Chile. Peter Schmidt empezó a ejecutar esas demandas instruido por Schäfer. Una de las demandas era que teníamos que pagar arriendo por el uso del predio, que pertenecía a Peter. En el juicio del ministro Hernán González –por abusos deshonestos–, Schäfer declaró que yo lo había llevado a Argentina. Por esa declaración me condenaron en el fallo de la Corte Suprema, aunque se comprobó que yo salí de Chile de forma independiente sin saber de la fuga de Schäfer.

-Pero usted convivió con un prófugo y con su trabajo generó recursos para sostener su permanencia en Argentina.
Yo salí de Chile con la familia Hopp y después me fui a trabajar en un campo donde vivía Schäfer sin conocer las acusaciones que lo habían convertido en un prófugo. Lo único que yo sabía hasta el momento de mi partida a Argentina era que todas las acusaciones y denuncias que se le hacían, eran falsas. Eso fue lo que siempre todos en la Villa Baviera escuchamos.

Lo que cuentan otros jóvenes en sus acusaciones contra Schäfer, en nada difiere de lo que a mí me hizo. Y tampoco del daño que les provocó a muchos de los colonos que creyeron ciegamente en él. Por citar un caso que conozco personal y directamente, puedo decir que Schäfer y Hugo Baar obligaron a mi padre cuando aún estaba en Alemania y poco antes de venirse a Chile, a cobrar toda su pensión acumulada –que no era poco dinero, porque tenía muy buen negocio–, diciéndole que acá no le faltaría nada. Hoy no tiene pensión y vive de sus hijos.

Yo también fui una víctima de Schäfer. El testimonio que entrego es prueba de que nunca he pertenecido a una asociación ilícita. Nunca bajo el sistema de Schäfer tuve un cargo o responsabilidad, nunca tuve algún mueble o inmueble inscrito a mi nombre, todas las cosas en Argentina estaban a nombre de Peter Schmidt. Todo lo contrario, decidí venir a Chile para presentarme y colaborar con la justicia, a pesar de que Schäfer quería evitar mi retorno.

Reconozco que la vida de Schäfer fue errónea y que yo fui parte de ello, pero no pude saber que estaba mal porque nací y crecí dentro de ese sistema. Nunca tuve la oportunidad de conocer otra realidad. Hasta los 35 años para mí no existían amigos ni conocidos fuera de Villa Baviera. Tampoco teníamos recursos. No teníamos carnet de identidad y no se me permitió aprender a conducir vehículos hasta los 30 años. El castellano lo aprendí en Argentina.

Si miro hacia atrás, internamente siempre tuve una gran ansiedad: tener a mi lado una persona de confianza y ser amado por alguien. Gracias a Dios tuve la oportunidad de encontrar una mujer que me ama y que me entiende, aunque pasé momentos difíciles en que anduve destruido y desorientado por todo lo vivido. Hoy tengo dos hijas, una de 2 años y medio y la mayor de 3 años y 7 meses, que me dan mucha alegría y me ayudan a olvidar el pasado. No he sido irresponsable. Antes de casarme fui a ver a un médico para informarme de las funciones biológicas para formar una familia.

En toda mi vida nunca he buscado hacer daño ni mal a nadie. Hice el camino más correcto dentro de mis conocimientos. Siento injusto que se me involucre como parte de una asociación ilícita porque nunca participé en acciones ilícitas. Todo lo aquí he descrito lo puedo confirmar con testigos. Quiero ser escuchado por la justicia porque todo lo que he relatado es solamente una pequeña parte de mi vida y de lo ocurrido. Después de tanto tiempo de sufrimiento y esclavitud recién he empezado a recuperarme con la ayuda de mi familia y de muchos amigos. Por primera vez puedo decir que soy feliz viviendo con mi familia, a la que puedo proveer con mi trabajo. Si soy condenado por un delito que no cometí, sería el derrumbe de mi vida. De ser así, hubiera sido mejor no haber formado una familia.

Foto: Ciper

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LA HISTORIA DE UNO DE LOS GUARDAESPALDAS DEL LÍDER DE COLONIA DIGNIDAD “Mi vida bajo el régimen de Paul Schäfer”