Sebastián Acevedo, 30 años después: recuerdo cada vez más vigente y necesario

Al conmemorarse 30 años de la inmolación de Sebastián Acevedo, familiares, amigos, integrantes de agrupaciones de derechos humanos y de lo que fuera el Movimiento Contra la Tortura, se congregaron frente a la Catedral para, como todos los años en esta fecha, recordar su nombre y su gesto en defensa de la vida.

En los ojos de Elena Sáez se reflejaba la tristeza. Quizás los últimos momentos que pasó junto a su esposo, Sebastián Acevedo, vinieron a su mente rápidos, como en un torbellino, como fue el 11 de noviembre de 1983 cuando él se inmoló a lo bonzo frente a la Catedral de Concepción exigiendo saber dónde estaban sus hijos María y Galo.

Treinta años después, en el mismo lugar, el recuerdo volvió a rondar en la forma de un homenaje a la memoria de este obrero de la construcción que, en un supremo gesto de amor, dio su vida por la de sus hijos.

Tal vez fueran las tres décadas que han transcurrido de este dramático hecho; o los 40 años del golpe militar recientemente conmemorado, los que sensibilizaron un poco más a los penquistas, que esta vez se detuvieron en mayor número a escuchar a este grupo de personas que año a año mantiene viva la memoria de Sebastián envuelto en llamas…

“11 de Noviembre de 1983, 11 de Noviembre de 2013; 30 años de la inmolación de Sebastián Acevedo; 30 años después, en Chile aún no hay justicia….”

A las 13:00 horas en punto la letanía empezó a escucharse en medio del bullicio de la ciudad. Ahí estaban algunos integrantes de lo que fue el Movimiento Contra la Tortura Sebastián Acevedo y también de otras organizaciones de derechos humanos. Las mismas caras, las mismas convicciones, el mismo recuerdo.

María Candelaria, la hija por la cual Sebastián se inmolara, repetía la letanía con voz fuerte y clara.

“30 años después, no podemos callar lo que hemos visto y oído. 30 años después, el estado protege, los nombres de los torturadores. Los torturadores siguen libres, las víctimas piden justicia; y Chile no está en paz…”

Hilda, Cristina, Manuel, Solange, Ester, Yola, Olimpia, Mauricio, Ricardo, Silvia, Verónica… acompañaron, como en otras ocasiones, el recuerdo de Sebastián y su grito desesperado: ¡Que la CNI devuelva a mis hijos!”

“30 años después no podemos callar lo que hemos visto y oído; 30 años después, no podemos olvidar, el sacrificio de un padre, que se inmoló por sus hijos exigiendo: “Que la CNI devuelva a mis hijos”. Hoy estamos nuevamente recordando ese gesto, seguimos cantando, seguimos denunciando, el sufrimiento de miles de hermanos y hermanas que sufrieron tortura…”

Manos solidarias sostenían el lienzo de plástico negro, con letras pintadas de blanco, similar al que tantas veces usara el Movimiento Contra la Tortura en sus acciones de denuncia pública en las calles de Concepción.

“Hoy estamos nuevamente, recordando ese gesto. Seguimos cantando, seguimos denunciando, el sufrimiento miles de hermanos y hermanas, que sufrieron tortura. 30 años después, no podemos callar, lo que hemos visto y oído…”

Terminada la letanía, vino el canto, también tradicional: “Por el pájaro enjaulado/ por el pez en la pecera/ por mi amigo que está preso/ porque ha dicho lo que piensa. Por las flores arrancadas/ por la hierba pisoteada/ por los árboles podados/ por los cuerpos torturados/ Yo te nombro libertad…”

Aplausos, un breve espacio de silencio. Y la voz de Manuel Flores, integrante del Movimiento Sebastián Acevedo -”Los Sebastianes”- que se levanta para, en nombre del grupo, anunciar la instalación de una placa en el lugar donde Sebastián Acevedo se detuvo y encendió sus ropas con fuego, como un homenaje a ese padre desesperado, a ese obrero de la construcción, que tenía clara conciencia de lo que podía ocurrirle a sus hijos en manos de los agentes de la CNI.

“Aquí, Sebastián Acevedo Becerra prendía su cuerpo en llamas en señal de protesta por la violación a los derechos humanos y la tortura cometidas durante la dictadura militar”.

Un ramo de claveles rojos que poco antes había depositado María Candelaria, se unieron a la sencilla placa recordatoria. Elena miraba y contenía unas lágrimas que nublaban sus ojos, sosteniéndose de María.

Y mientras el acto terminaba, una cruz roja era pintada en la acera de enfrente, en la plaza, al lado del árbol donde cayó Sebastián envuelto por las llamas ante los horrorizados ojos de los penquistas que presenciaron lo ocurrido la tarde del 11 de noviembre de 1983.

Los treinta años ya quedan en el recuerdo, pero con la huella profunda, como la misma María Candelaria reconoce, ha dejado Sebastián en el alma de muchos: “Mi padre tomó una decisión a favor nuestro, de sus hijos, de dar la vida, aún perdiendo la suya… Lo llevo todos los días presente…”

Texto y fotos: M.E.Vega

12 de noviembre de 2013.-

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