Destapan multimillonario plan de la CIA para asesinar a dirigentes de la insurgencia colombiana

Acción encubierta en Colombia
Inteligencia y kits de bombas GPS de Estados Unidos ayudan a la nación latinoamericana a paralizar a las fuerzas rebeldes

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), de 50 años de antigüedad y en su día consideradas la insurgencia mejor financiada del mundo, se encuentra en su estado más reducido y vulnerable en décadas, debido en parte a un programa de acción encubierta de la CIA que ha ayudado al Ejército colombiano a matar al menos a dos docenas de líderes rebeldes, de acuerdo con entrevistas realizadas a más de 30 funcionar

ios retirados y en ejercicio de Estados Unidos y de Colombia.

La ayuda secreta, que también incluye ayuda en espionaje electrónico y escuchas por parte de la Agencia de Seguridad Nacional, se sostiene gracias a un presupuesto secreto de varios miles de millones de dólars. No es parte del paquete público de 9 mil millones de dólares fundamentalmente en ayuda militar denominado Plan Colombia, que comenzó en 2000.

El programa de la CIA desclasificado previamente fue autorizado por el presidente George W.Bush a comienzos de los años 2000 y ha sido continuado bajo el presidente Obama, de acuerdo con funcionarios militares, de inteligencia y diplomáticos. La mayoría de los entrevistados declararon bajo anonimato debido a que el programa es secreto y c

ontinúa en marcha.

El programa encubierto en Colombia proporciona dos servicios esenciales a la batalla de esta nación contra las FARC y un grupo insurgente de menor tamaño, el Ejército de Liberación Nacional (ELN): inteligencia en tiempo real que permite a las fuerzas militares de Colombia cazar a los cabecillas de las FARC individualmente y, desde 2006, una herramienta particularmente efectiva para matarlos.

El arma es un kit de guiado por GPS que transforma una bomba de gravedad de 500 libras muy poco precisa en una bomba inteligente de alta precisión. Las bombas inteligentes, también denominadas munición guiada de precisión o PGMs, son capaces de matar a un individuo en una selva triplemente frondosa si su localización exacta puede determinarse y se programan las coordenadas geográficas en el pequeño cerebro computerizado de la bomba.

En marzo de 2008, de acuerdo con nueve funcionarios estadounidenses y colombianos, la Fuerza Aérea Colombiana, con la aprobación tácita de Estados Unidos, lanzó bombas inteligentes de fabricación estadounidense a través de la frontera de Ecuador para matar al alto dirigente de las FARC, Raúl Reyes. El rol indirecto de Estados Unidos en ese ataque no ha sido previamente desclasificado.

El programa de acción encubierta en Colombia es una más dentro de un puñado de iniciativas de inteligencia que han escapado del conocimiento público desde los ataques del 11 de septiembre de 2001. La mayor parte de estos otros programas, pequeños pero crecientes, se localizan en países donde los violentos cárteles de la droga han causado inestabilidad.

Encabezando la lista se encuentra México, donde la ayuda de inteligencia de Estados Unidos es mayor que en ningún otro lugar aparte de Afganistán, tal como el Washington Post reportó en abril. También incluye Centroamérica y África Occidental, a donde se han desplazado las rutas del tráfico como consecuencia de la presión estadounidense contra los cárteles en los demás lugares.

Cuando se le pidió un comentario sobre la ayuda de inteligencia estadounidense, el presidente Juan Manuel Santos declaró al Post durante un reciente viaje a Washington que no deseaba hablar de ello en detalle, por resultar un tema sensible. “Ha sido de ayuda”, afirmó. “Parte de la experiencia y de la eficiencia de nuestras operaciones y nuestras operaciones especiales han sido el producto de un mejor entrenamiento y conocimiento que hemos adquirido de muchos países, entre ellos los Estados Unidos”.

Un portavoz de la CIA rechazó hacer declaraciones.

Colombia y las FARC han sostenido negociaciones de paz durante un año en La Habana. Hasta el momento han acordado los marcos de trabajo para la reforma agraria, el desarrollo rural y para permitir a los insurgentes participar en el proceso político una vez finalice la guerra. Ambas partes se encuentran discutiendo actualmente un nuevo enfoque de la lucha contra el narcotráfico.

Al borde del colapso

Hoy una comparación entre Colombia, con su dinámica economía y el estiloso ámbito social de Bogotá, y Afganistán podría parecer absurda. Pero hace poco más de una década Colombia tenía la tasa de homicidios más alta del mundo. Los bombardeos aleatorios y fuertes operaciones militares invadían la vida cotidiana. Unas 3.000 personas fueron secuestradas en un año. Los profesores, defensores de derechos humanos y los periodistas sospechosos de simpatizar con las FARC aparecían muertos cotidianamente.

La mezcla explosiva de las FARC, los cárteles, los paramilitares y unas fuerzas de seguridad corruptas creaban un hervidero de violencia sin precedentes en la América Latina contemporánea. Casi un cuarto de millón de personas han muerto durante la larga guerra, y muchos miles han desaparecido.

Las FARC fueron fundadas en 1964 como un movimiento campesino marxista en busca de tierra y justicia para los pobres. para 1998, el presidente de Colombia en aquel entonces, Andrés Pastrana, concedió a las FARC una zona desmilitarizada del tamaño de Suiza para animar las negociaciones de paz, pero sus violentos ataques no hicieron sino aumentar, así como sus vínculos con el narcotráfico.

Para el año 2000, una envalentonada insurgencia de 18.000 efectivos apuntó hacia los líderes políticos. Asesinó a representantes electos. Secuestró a una candidata presidencial e intentó asesinar a un favorito a las presidenciales, el intransigente Álvaro Uribe, a cuyo padre las FARC habían asesinado en 1983.

Temiendo que Colombia se convirtiera en un estado fallido con un peso todavía mayor en el tráfico de drogas dentro de Estados Unidos, la administración Bush y el Congreso incrementaron la ayuda a los militares colombianos a través del Plan Colombia.

Para 2003, la implicación de Estados Unidos en Colombia abarcaba a 40 agencias y 4.500 personas, incluyendo contratistas, todos trabajando para la Embajada estadounidense en Bogotá, en aquel momento la mayor embajada de Estados Unidos en el mundo. Siguió siéndolo hasta 2004, cuando fue superada por Afaganistán.

“No hay ningún país, incluido Afganistán, en el que tuviéramos más actividad”, declaró William Wood, quien fuera embajador en Colombia de 2003 a 2007 antes de ocupar el mismo cargo en el Afganistán destrozado por la guerra durante dos años.

Cuando Bush se convirtió en presidente, ya había en los registros dos fallos presidenciales autorizando acciones encubiertas por todo el mundo. Uno autorizaba operaciones de la CIA contra organizaciones terroristas internacionales. La otra, firmada a mediados de los años 80 por el presidente Ronald Reagan, autorizaba la acción contra narcotraficantes internacionales.

Se requiere una autorización presidencial para que la CIA pueda hacer cualquier cosa además de recopilar y analizar información de inteligencia en el exterior. Proporcionar equipamiento de espionaje a un socio, apoyar a partidos políticos extranjeros, sembrar propaganda y participar en operaciones o entrenamientos letales son todas acciones que requieren una autorización y una notificación a los comités de inteligencia del Congreso.

La autorización antinarcóticos había permitido a la CIA y a una unidad técnica del clandestino Comando de Operaciones Especiales Conjuntas (JSOC) proporcionar apoyo a la caza que duró años contra el señor de las drogas colombiano Pablo Escobar, de cuyo asesinato por las fuerzas colombianas se cumplen 20 años este mes. También hizo posible operaciones apoyadas por la CIA contra traficantes y terroristas en Bolivia y Perú hace años.

Bajo el programa colombiano, la CIA no tiene autorización para participar directamente en las operaciones. Las mismas restricciones aplican para la participación militar en el Plan Colombia. Tal actividad ha sido constreñida por los miembros del Congreso que vivieron el escándalo del rol secreto de Estados Unidos en las guerras centroamericanas en los años 80. El Congreso rechazó autorizar que la participación militar de Estados Unidos en Colombia escalara como lo hizo en Nicaragua, El Salvador, Honduras y Panamá.

Las FARC calculan mal

El nuevo golpe encubierto contra las FARC comenzó de forma no oficial el 13 de febrero de 2003. Aquel día un Cessna 208 con un solo motor se estrelló en la selva dominada por los rebeldes. Los guerrilleros en la zona ejecutaron al oficial colombiano a bordo y a uno de los cuatro contratistas estadounidenses que estaban trabajando en la erradicación de coca. Los otros tres fueron tomados como rehenes.

Estados Unidos ya había declarado a las FARC como organización terrorista por sus asesinatos indiscriminados y el narcotráfico. Aunque la CIA tenía las manos ocupadas en Iraq y Afganistán, Bush “presionó a [l director de la CIA George] Tenet” para ayudar a encontrar a los tres rehenes, según un ex oficial superior de inteligencia que tomó parte en las discusiones.

La designación de las FARC como terrorista hizo que fuera más fácil encontrar un presupuesto negro. “Conseguimos dinero de muchos botes diferentes”, declaró un alto diplomático.

Uno de los oficiales de la CIA que Tenet envió a Bogotá era un agente de unos cuarenta años cuyo nombre el Washington Post se reserva porque permanece encubierto. Él creó la Célula de Fusión de Inteligencia de la Embajada de Estados Unidos, apodada “el Bunker”.

Era una habitación estrecha, de 30 por 30 pies con techo bajo y tres hileras de computadoras. Ocho personas se sentaban en cada fila de consolas. Unos peinaban mapas satelitales de la selva; otros buscaban lugares ocultos de las FARC en el subsuelo. Algunos hacían seguimiento a imágenes del movimiento de vehículos marcados con dispositivos de rastreo. Las interceptaciones de voz de comunicaciones de radio y teléfonos celulares eran desencriptadas y traducidas por la Agencia de Seguridad Nacional.

Los analistas del Bunker fusionaban las pistas de los informantes con información obtenida a partir de medios técnicos. Los analistas buscaban vincular a individuos con el flujo de la insurgencia de drogas, armas y dinero. Ya que la mayor parte, dejaban solo los violentos grupos paramilitares.

Los expertos técnicos y los contratistas del Bunker construyeron para los colombianos su propio sistema informático de inteligencia de alcance nacional. También ayudaron posteriormente a crear centros de fusión regionales para llevar la inteligencia táctica a los comandantes. La agencia también pagó el mecanismo de comunicaciones encriptadas.

“Teníamos mucho interés en pillar a las FARC, y no era tanto cuestión de capacidad como de inteligencia”, afirmó Wood, “específicamente la habilidad de localizarlos en la franja horaria de una operación”.

Fuera del Bunker, agentes asignados de la CIA y contratistas enseñaron el arte de reclutar informantes a unidades colombianas que habían sido investigadas y a las que se había sometido al polígrafo. Entregaron dinero a personas con información sobre los rehenes.

Mientras tanto, la otra agencia secreta estadounidense que había estado en la primera línea en la localización y asesinato de miembros de al-Qaeda apareció en escena. Comandos de élite del JSOC comenzaron sesiones periódicas de entrenamiento anual y misiones de reconocimiento con pequeñas unidades para intentar encontrar a los rehenes.

A pesar de todo el esfuerzo, la localización de los rehenes resultó ser escurridiza. Buscando otra cosa que hacer con el nuevo equipamiento y personal de inteligencia, el jefe del Bunker y su agregado militar del Comando de Operaciones Especiales de Estados Unidos asignaron a sus hombres una segunda misión: convertir en objetivo a la dirigencia de las FARC. Esto era exactamente lo que la CIA y el JSOC habían estado haciendo contra al-Qaeda al otro lado del mundo. La metodología era familiar.

“Hubo polinización cruzada en ambas direcciones”, declaró un alto oficial con acceso al Bunker en aquel momento. “No necesitábamos inventar la rueda”.

Una petición del presidente de Colombia

Localizar a los dirigentes de las FARC resultó ser más sencillo que capturarlos o matarlos. Unas 60 veces las fuerzas colombianas habían obtenido o se les había entregado información confiable pero fallaron en capturar o matar a algún alto dirigente, de acuerdo con las declaraciones de dos oficiales estadounidenses y un alto oficial colombiano en retiro. Era siempre la misma historia. Helicópteros Black Hawk proporcionados por Estados Unidos transportaban tropas colombianas dentro de la selva a unos seis kilómetros de un campamento. Los hombres se adentraban en el denso follaje pero los campamentos estaban siempre vacíos para cuando ellos llegaban. Luego supieron que las FARC tenían un sistema de alerta temprana: anillos de seguridad a varios kilómetros de los campamentos.

Para 2006, el deprimente record llamó la atención del recién llegado jefe de misión de la Fuerza Aérea estadounidense. El coronel estaba perplejo. ¿Por qué el tercer receptor en ayuda militar de Estados Unidos [detrás de Egipto e Israel] había hecho tan pocos progresos?

“Estoy pensando: ¿con qué matamos a las FARC?”, dijo en una entrevista el coronel, quien declaró bajo la condición de anonimato.

El coronel, un experto en aviones de carga, afirmó que “empezó a buscar en Google bombas y bombarderos” buscando ideas. Eventualmente llegaron al Paveway II Mejorado, un kit de guiado relativamente barato que se podía atar con correas a una bomba de gravedad Mark-82 de 500 libras.

El coronel aseguró que le habló al entonces ministro de Defensa Santos sobre su idea y escribió un informe de una página para que se lo entregara a Uribe. Santos llevó la idea al Secretario de Defensa estadounidense Donald Rumsfeld. En junio de 2006, Uribe visitó a Bush en la Casa Blanca. Mencionó el reciente asesinato del jefe de al-Qaeda en Iraq, Abu Musab al-Zarqawi. Un F-16 había lanzado dos bombas inteligentes de 500 libras al interior de su escondite y lo habían matado. Uribe presionó para obtener la misma capacidad.

“Claramente esto era muy importante” para Uribe, afirmó el General retirado de la Fuerza Aérea Michael V.Hayden, quien había pasado a ser director de la CIA unos meses antes.

Primero, estaba el asunto de montar bombar pequeñas en una aeronave colombiana. Colombia no tenía F-16. Raytheon, el fabricante del kit, envió ingenieros para encontrar la forma de montar el equipo en un avión. Primero intentaron montarlo en un Embraer A-29 Super Tucano de fabricación brasileña, una aeronave turbopropulsada diseñada para misiones de contrainsurgencia de baja altura. Pero para fijar el cable que iba del cerebro computerizado de la bomba a la cabina de mando había que taladrar demasiado cerca del depósito de combustible. En lugar de eso, lo montaron de cualquier forma en un Cessna A-37 Dragonfly más antiguo, una aeronave de ataque ligera que se desarrolló por la fuerza aérea de Operaciones Especiales para Vietnam y posteriormente se utilizó en la guerra civil salvadoreña.

Entonces los ingenieros y los pilotos colombianos probaron el primero de tres PGMs en un campo aéreo remoto cerca de la frontera venezolana. El objetivo era de 2 por 4 y estaba clavado en el suelo. El avión lanzó la bomba desde una altura de 20.000 pies. “Aterrizó a un pie de distancia”, dijo el coronel. El resultado fue tan bueno, que pensó: “¿Por qué malgastar dos kits más?”. Las bombas inteligentes estaban listas para ser utilizadas.

Pero los abogados de la Casa Blanca, junto con sus colegas de la CIA y de los departamentos de Justicia, Defensa y Estado, tenían sus propias preguntas que hacer. Una cosa era usar un PGM para derrotar a un enemigo en el campo de batalla -la fuerza aérea estadounidense llevaba años haciéndolo-. Pero otra cosa era usarlo para alcanzar a un lider individual de las FARC. ¿Constituiría eso un asesinato, prohibido por la legislación de Estados Unidos? Y, “¿Podríamos ser acusados de participar en asesinato, incluso si no lo hacíamos nosotros?”, dijo un abogado implicado.

La Oficina de Asesoramiento Legal de la Casa Blanca y otros decidieron finalmente que el mismo análisis legal que habían aplicado a al-Qaeda podía aplicarse a las FARC. Matar a un líder de las FARC no sería asesinato porque la organización suponía una amenaza para Colombia. Además, no se podía esperar que ningún comandante de las FARC se rindiera.

Y, como organización narcotraficante, el estatus de las FARC como una amenaza contra la seguridad nacional de Estados Unidos había sido fijado anteriormente, con la autorización de Reagan antidrogas. Para ese tiempo, la epidemia del crack estaba en su punto álgido, y el Gobierno decidió que las organizaciones que llevaban drogas a las calles de Estados Unidos eran una amenaza para la seguridad nacional.

Existía otra preocupación. Algunos altos oficiales estabann preocupados porque las fuerzas colombianas podrían utilizar los PGMs para asesinar a quienes consideraban enemigos políticos. “Las preocupaciones eran grandes, dados sus problemas de derechos humanos”, declaró un ex alto oficial del Ejército.

Para asegurarse de que los colombianos no darían mal uso a las bombas, los oficiales de Estados Unidos idearon una solución innovadora. La CIA mantendría el control sobre la clave de encriptación insertada en la bomba, que descodificaba las comunicaciones con los satélites GPS de forma que pudieran ser leídos por las computadoras de la bomba. La bomba no podía alcanzar su objetivo sin la clave. Los colombianos tendrían que solicitar aprobación para algunos objetivos, y si daban mal uso a las bombas, la CIA podía denegar la recepción de GPS para uso futuro.

“Queríamos un mecanismo de refrendación”, declaró un alto oficial que participó en las deliberaciones.

Para cortar la cinta roja inicial, los primeros 20 kits de bombas inteligentes -sin las llaves de encriptación- llegaron a través de la CIA. La cuenta fue por menos de 1 millón de dólares. Después de eso, a Colombia se le permitió adquirirlos a través del Programa Exterior de Ventas Militares.

Un primer golpe

Tomás Medina Caracas, también conocido como Negro Acacio, el jefe narcotraficante de las FARC y comandante del Frente 16, fue el primer hombre que la Célula de Fusión de Inteligencia de la Embajada de Estados Unidos puso en la cola de un ataque con PGM.

Sobre las 4:30am del 1 de septiembre de 2007, pilotos con gafas de visión nocturna soltaron varias bombas inteligentes Enhanced Paveway II sobre su campamento en el oriente colombiano mientras oficiales en ambas capitales esperaban. Las tropas sólo pudieron recuperar una pierna. Parecía por su complexión oscura pertenecer a Acacio, uno de los pocos líderes negros de las FARC. Los tests de ADN confirmaron su muerte.

“Hubo gran excitación”, recuerda William Scoggins, jefe del programa antinarcóticos del Comando Sur del Ejército de Estados Unidos. “No sabíamos qué impacto tendría, pero pensamos que esto era un factor que cambiaba el juego”.

Seis semanas después, bombas inteligentes mataron a Gustavo Rueda Díaz, alias Martín Caballero, líder del Frente 37, mientras hablaba por su teléfono celular. Las muertes de Acacio y Caballero causaron el derrumbe de los frentes 16 y 37. También desencadenaron deserciones masivas, según un cable secreto del Departmento de Estado fechado el 6 de marzo de 2008 y hecho público por el grupo anti-secretismo Wikileaks en 2010. Este era justo el comienzo de la desintegración de las FARC.

Para ocultar el uso de los PGMs al conocimiento del público, y para asegurar el máximo daño al campamento de los líderes de las FARC, la fuerza aérea y los asesores de Estados Unidos desarrollaron nuevas tácticas de ataques aéreos. En una misión típica, varios Dragonfys A-37 volando a 20.000 pies de altura llevaban bombas inteligentes. Tan pronto como los aviones entraban en una “cesta” a tres millas del objetivo, el software GPS de una bomba se activaba automáticamente.

Los Dragonflys eran seguidos por varios Super Tucanos A-29, volando mucho más bajo. Ellos lanzaban una serie de bombas tontas en un patrón cercano. Su presión de explosión mataría a cualquiera que se encontrara cerca y además despejaría la densa selva y oscurecería el uso de bombas inteligentes.

Entonces, volando bajo, aviones artillados AC-47 de la era de Vietnam, apodadas Puff the Magic Dragon, ametrallaban la zona con ametralladoras fijas, “disparando a los heridos que trataran de ponerse a cubierto”, según uno de los varios oficiales del ejército que describieron el mismo escenario.

Sólo entonces llegaban las fuerzas de infantería colombianas para hacer prisioneros, y recoger a los muertos, así como teléfonos celulares, computadores y discos duros. La CIA también pasó tres años entrenando a los equipos de apoyo aéreo colombianos en el uso de lasers para guiar clandestinamente a los pilotos y a las bombas inteligentes guiadas por laser a sus objetivos.

Casi todas las operaciones dependían en gran medida de las interceptaciones de señales de la Agencia de Seguridad Nacional, que alimentaban con inteligencia a las tropas en el terreno o a los pilotos antes y durante una operación. “Las interceptaciones…. eran un factor que cambiaba el juego”, afirmó Scoggins, del Comando Sur de Estados Unidos.

La naturaleza ininterrumpida del trabajo de la NSA fue recogido en un cable secreto del Departamento de Estado publicado por Wikileaks. En la primavera de 2009, el objetivo era el traficante de droga Daniel Rendón Herrera, conocido como Don Mario, entonces el hombre más buscado de Colombia y responsable de 3.000 asesinatos en 18 meses.

“Durante siete días, utilizando inteligencia humana y de señales”, activos de la NSA “trabajaron día y noche” para reposicionar a 250 comandos aerotransportados entrenados y equipados por Estados Unidos cerca de Herrera mientras intentaba escapar, según un cable de abril de 2009 y un alto representante del Gobierno que confirmaron el rol de la NSA en la misión.

La CIA también entrenó a los interrogadores colombianos para preguntar con mayor efectividad a miles de desertores de las FARC, sin el uso de las técnicas “mejoradas de interrogatorio” aprobadas para al-Qaeda y luego rechazadas como abusivas por el Congreso. La agencia creó asimismo bases de datos para hacer seguimiento de informes de forma que se pudieran hacer búsquedas y referencias cruzadas para construir una imagen más completa de la organización.

El gobierno colombiano pagaba a los desertores y les permitía reintegrarse a la sociedad civil. Algunos, a cambio, ofrecieron valiosa información sobre la cadena de mando de las FARC, rutas de viaje estandar, campamentos, línea de suministros, fuentes de droga y dinero. Ayudaron a dar sentido a las interceptaciones de voz de la NSA, que habitualmente utilizaban palabras clave. Los desertores también se utilizaron en ocasiones para infiltrar los campamentos de las FARC sembrando aparatos de escucha o balizas que emitían una coordenada GPS para las bombas inteligentes.

“Aprendimos de la CIA”, afirmó un alto oficial de la seguridad nacional colombiana sobre el programa de informes. “Anteriormente no le prestábamos mucha atención a los detalles”.

Ecuador y los rehenes no olvidados

En febrero de 2008, el equipo estadounidense-colombiano consiguió su primer avistamiento de los tres rehenes estadounidenses. Tras una espera de cinco años, la reacción fue rápida en el cuartel general del Comando de Operaciones Especiales de Estados Unidos en Tampa, que empezó a enviar comandos del JSOC, declaró un alto oficial de Estados Unidos que se encontraba en Colombia cuando arribaron.

El equipo del JSOC estaba encabezado por un comandante del Equipo Seis de las fuerzas de operaciones especiales de la Marina. Pequeñas unidades establecieron tres áreas de operaciones cerca de los rehenes y llevaron a cabo reconocimiento de largo alcance, afirmó el alto oficial. La NSA aumentó su vigilancia. Todos los ojos estaban puestos en la remota localización de la selva. Pero al tiempo que las preparaciones preliminares se desarrollaban, las operaciones se calentaban en otro lugar.

Justo al otro lado del río Putumayo, una milla dentro de Ecuador, la inteligencia estadounidense y un informante colombiano confirmaron el escondite de Luis Edgar Devia Silva, también conocido como Raúl Reyes y considerado el número 2 en el secretariado de las FARC integrado por siete miembros.

Era un descubrimiento delicado para Colombia y Estados Unidos. Llevar a cabo un ataque aéreo significaba que un piloto colombiano a bordo de un avión colombiano impactara el campamento utilizando una bomba fabricada en Estados Unidos con un cerebro controlado por la CIA.

El coronel de la Fuerza Aérea tenía un sucinto mensaje para el comandante de operaciones aéreas colombiano a cargo de la misión. “Le dije: Mira, todos sabemos dónde está este tipo. Simplemente no la jodas”.

Los abogados de seguridad nacional de Estados Unidos vieron la operación como un acto de defensa propia. A raíz del 11-S habían elaborado una nueva interpretación del uso de la fuerza permisible contra actores no estatales como al-Qaeda y las FARC. Era así: Si un grupo terrorista era controlado desde un país que no podía o no quería detenerlo, entonces el país atacado -en este caso, Colombia- tenía el derecho de defenderse utilizando la fuerza, incluso si eso suponía adentrarse en otro país soberano.

Esta era la justificación legal para los ataques con drones de la CIA y otras operaciones letales en Pakistán, Yemen, Somalia y mucho después, para el asalto en Pakistán que mató a Osama bin Laden.

De esta forma, minutos después de la medianoche del 1 de marzo, tres Dragonflys A-37 despegaron de Colombia, seguidos por cinco Super Tucanos. El sistema de guiado de las bombas inteligentes se activó una vez que los aviones alcanzaron el radio de tres millas de la localización de Reyes.

Como se les había ordenado, los pilotos colombianos permanecieron en el espacio aéreo colombiano. Las bombas impactaron donde se había programado, destruyendo el campamento y matando a Reyes, quien, de acuerdo a los informes de los noticieros colombianos, estaba durmiendo en pijama.

Las fuerzas colombianas se apresuraron a cruzar la frontera y se adentraron en Ecuador para recolectar los restos de Reyes y se alzaron asimismo con un gran tesoro oculto de equipos informáticos que resultó ser el más valioso descubrimiento de inteligencia de las FARC obtenido nunca.

El bombardeo desencadenó una seria crisis diplomática. El líder venezolano Hugo Chávez llamó a Colombia “estado terrorista” y desplacó tropas a la frontera, igual que hizo Ecuador. Nicaragua rompió relaciones. Uribe, bajo presión, se disculpó ante Ecuador.

La disculpa, si bien calmó las relaciones en América Latina, enfadó al pequeño círculo de oficiales estadounidenses que conocían la historia detrás, uno de ellos dijo: “Recuerdo haber pensado: no puedo creer que estén diciendo esto”, afirmó. “Para ellos era una locura renunciar a una importante argumentación legal”.

Pero la conmoción no dañó los profundos lazos entre Estados Unidos y las fuerzas colombianas ni desalentó la misión para rescatar a los rehenes. De hecho, el número de tropas JSOC continuó aumentando hasta llegar a más de 1.000, afirmó un alto funcionario en Colombia en aquel entonces. Los funcionarios pensaron que con seguridad serían avistados, pero no lo fueron. Un ejercicio militar conjunto de Estados Unidos y Colombia proporcionó la cobertura suficiente cuando el Comité Internacional de la Cruz Roja apareció en bases aisladas y tropezó con unos estadounidenses corpulentos, afirmaron dos funcionarios de Estados Unidos.

Después de seis semanas esperando encontrar a los rehenes, casi todas las tropas del JSOC abandonaron el país para ir a misiones en otros lugares. Una unidad permaneció. El 2 de julio de 2008, tuvo el papel poco habitual de suplente en la dramática y bien documentada Operación Jaque, en la que fuerzas colombianas haciéndose pasar por miembros de un grupo humanitario engañaron a las FARC para que entregaran a los tres rehenes de Estados Unidos y otros 12 sin disparar un tiro. El equipo del JSOC y una flota de aeronaves de Estados Unidos estaban posicionados como Plan B, en caso de que la operación colombiana saliera mal. Santos continua la guerra de bombas inteligentes

Como señal de confianza, a comienzo de 2010 el Gobierno estadounidense dio a Colombia el control sobre la clave de encriptación GPS. No había habido informes de mal uso, fallos o daño colateral de las bombas inteligentes. La transferencia fue precedida por rápidas negociaciones sobre las normas de compromiso para el uso de bombas inteligentes. Entre las normas figura que solamente se lanzarían contra campamenors aislados en la selva.

El presidente Santos, que fue ministro de Defensa bajo Uribe, ha aumentado enormemente el ritmo de las operaciones contra las FARC. Se han asesinado casi tres veces más dirigentes de las FARC -47 frente a 16- bajo Santos que bajo Uribe. Entrevistas y análisis de páginas web gubernamentales e informes de prensa muestran que al menos 23 de los ataques bajo el Gobierno de Santos fueron operaciones aéreas. Las bombas inteligentes se usaron solamente contra los más importantes líderes de las FARC, afirmaron funcionarios colombianos en respuesta a las preguntas. En los demás casos se utilizaron bombas de gravedad.

Colombia continúa mejorando sus capacidades aéreas. En 2013, la fuerza aérea mejoró su flota de bombardeos a reacción Kfir, de fabricación israelí, equipándolos con bombas guiadas por laser Griffin de fabricación israelí. También ha montado bombas inteligentes en algunos de sus Super Tucanos.

Habiendo diezmado a la máxima dirigencia de las FARC entre los comandantes del frente, el ejército, con la ayuda continuada de la CIA y otras agencias de inteligencia, parece que se abre camino entre los rangos de nivel medio, incluyendo a los comandantes de compañía móvil, los cuadros más curtidos en combate y con más experiencia que quedan. Según funcionarios colombianos, un tercio de estos últimos han sido muertos o capturados.

La administración Santos también ha apuntado a las redes de suministro financiero y de armas que apoyan a las FARC. Algunos críticos piensan que el Gobierno ha estado demasiado concentrado en matar a los dirigentes y no lo suficiente en usar al ejército y la policía para ocupar y controlar el territorio rebelde.

Matar a un individuo nunca ha sido la medida del éxito en la guerra, dicen los expertos en contrainsurgencia. Lo que importa es el caos y la disfunción que causa en la organización matar a la dirigencia. Las operaciones aéreas contra la dirigencia de las FARC “han puesto la organización patas arriba”, afirma un funcionario del Pentágono que ha estudiado la historia estadounidense clasificada de la guerra en Colombia.

Algunos han huido a Venezuela. Un miembro del secretariado se esconde intermitentemente en Ecuador, según altos funcionarios de Colombia, lo que rompe el importante lazo psicológico con las tropas en el terreno y dificulta el reclutamiento.

Por el temor de ser localizados y bombardeados, las unidades ya no duermen dos días seguidos en el mismo lugar, por lo que los campamentos deben esparcirse más. “Saben que el Gobierno tiene ahora tanta información sobre ellos e inteligencia en tiempo real”, declaró Germán Espejo, consejero de seguridad y defensa de la Embajada colombiana. Preocupados por los espías en sus filas, son comunes las ejecuciones.

Las FARC todavía lanzan ataques -un coche bomba en una estación de policía rural el 7 de diciembre mató a seis oficiales de policía y dos civiles- pero ya no viajan en grupos grandes, y esto limita a la mayoría de las unidades a menos de 20. Ya no son capaces de lanzar asaltos a gran escala, el grupo ha tenido que volver a tácticas de golpear y correr, utilizando francotiradores y explosivos.

El desgaste de 50 años de vida errante en la selva ha pasado cuentas en el equipo negociador de las FARC, también. Aquellos que han vivido en el exilio parecen más dispuestos a continuar la lucha que aquellos que han estado combatiendo, afirman funcionarios colombianos. Las negociaciones, afirmó Santos en la entrevista, son resultado de la exitosa campaña militar, “la guinda en el pastel”.

El 15 de diciembre las FARC declararon que comenzarían un cese al fuego unilateral de 30 días como señal de buena voluntad durante las fiestas. La administración Santos despreció el gesto y prometió continuar su campaña militar. Más tarde ese mismo día, las fuerzas de seguridad mataron a un guerrillero de las FARC implicado en un ataque con bomba contra un ex ministro. Tres días después, el Ejército mató a otros cinco.

Elyssa Pachico y Julie Tate contribuyeron a este reportaje.

Fuente: http://www.washingtonpost.com/sf/investigative/2013/12/21/covert-action-in-colombia/?hpid=z1

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