Crónica desde Madrid: una visión del descontento

Una de las cosas que me ha llamado poderosamente la atención en las poco más de dos semanas que llevo en Madrid es la enorme disonancia que parece haber entre la lectura de la realidad que hacen los medios de comunicación y lo que uno percibe a simple vista en la calle. Mientras los diarios y la televisión manifiestan optimismo por la leve mejora que aparentemente experimenta el país en términos macroeconómicos, en la última semana las protestas en diversos puntos de España parecen sugerir otra cosa. Al parecer, el panorama no parece mejorar para ese treinta por ciento de españoles en paro, es decir, cesantes.

Aprovecharé de indicar que por momentos me pareció estar más cerca de casa de lo que pensaba: también acá la prensa es cómplice de los gobiernos de turno y de los grandes grupos económicos, y necesita intercalar algo de miedo en la población. Miedo que, desde luego, no ha de provenir del peligro a ser víctima de un desahucio (embargo de tu casa) como los que se suceden a diario, ni tampoco de la posibilidad de quedar sin empleo y pasar a engrosar la estadística del paro. No. Acá el peligro mayor parece ser el convertirse en víctima del terrorismo, o de no controlar bien la rabia y que la desesperación te lleve a actuar al margen de la ley. Entonces, pasarás a formar parte del bando de los inadaptados, de los resentidos, de los malditos, a fin de cuentas.

Pese a todo, las paredes de la ciudad parecen mostrar una visión radicalmente diferente a esta ciudadanía pujante que se las arregla sin necesidad alguna de escupir al cielo, temerosa del rechazo social y, cómo no, de la represión policial heredera de los mejores tiempos del franquismo. Basta con andar por algunas callejuelas de los barrios de Malasaña o Embajadores, o frecuentar puntos de reunión incluso turísticos como la Puerta del Sol, la Plaza de España y a lo largo y ancho de la Gran Vía (algo así como nuestra Alameda santiaguina), para encontrar rayados de spray denunciando el malestar, lienzos en apoyo a alguna vivienda con orden de desalojo por desahucio que los vecinos han decidido defender de la fuerza pública, y llamados de toda índole a la desobediencia civil.

Entretanto, la condena pública del gobierno se dejaba caer sobre los algo más de ciento treinta mil personas que marcharon en Bilbao. Entre las demandas más importantes figuraba una crítica a la actual administración, peticiones territoriales y sociales, así como el respeto por los derechos humanos de algunos militantes de la organización separatista vasca, ETA, en prisión. Sin embargo, esto último fue lo que –vaya novedad-, llamó más la atención de los medios. Se criticó, sobre todo, que la marcha no fuera “silenciosa” (como se había pactado), y que un “pequeño grupo” se atreviera a pedir a viva voz la excarcelación y/o mejora de las condiciones de encarcelamiento de los presos etarras. Debía ser, curiosamente, una marcha muda.

La chispa que encendió la pradera.

Cabría preguntarse entonces, ¿cómo es posible que en un país con una cesantía de casi el treinta por ciento, en el que sus habitantes han sido víctimas de una economía cuyos recortes han mermado dramáticamente la protección social, no haya vivido una situación de estallido social?

Una noche, un par de helicópteros comenzaron a sobrevolar a baja altura el radio céntrico de Madrid. Junto a él, un rumor de sirenas proveniente de las calles aledañas me advirtió de que algo raro sucedía. Un rápido vistazo a las redes sociales me bastó para informarme. Cientos de personas se reunían a esa hora en la Puerta del Sol, en apoyo a los vecinos del barrio Gamonal, en Burgos, que llevaban alrededor de tres días manifestándose contra la construcción de un bulevar.

El conflicto comenzó como una demanda vecinal por parte de un grupo de pobladores, hartos de ver cómo se malgastaba el dinero público en una obra que únicamente les acarrearía problemas. Me explico. Lo que sucede con la construcción de ese bulevar es algo parecido a lo que ocurre con la población Aurora de Chile de Concepción, donde intereses ligados a importantes grupos económicos quieren aumentar la plusvalía del sector, con la consabida erradicación de los vecinos, que pronto no estarán en condiciones económicas para vivir en un lugar que se volverá demasiado caro, con lo que se fuerza su desplazamiento. Este proceso recibe el nombre de “gentrificación”, y se ha vuelto una bandera de lucha obligatoria para diversas organizaciones político-sociales antineoliberales asentadas en la ciudad.

Pero volvamos a Burgos. La protesta de los vecinos no tardó en ser duramente reprimida por las autoridades, y se tradujo en que la comunidad reaccionara, defendiéndose. Una cosa llevó a la otra y los resultados de la espiral de violencia no tardaron en ser notorios: sucursales de banco apedreadas, paraderos, señaléticas, contenedores y demás propiedad pública hecha añicos, policías heridos, pobladores detenidos, y un largo etcétera. Pese a que el alcalde finalmente accedió a paralizar las obras del bulevar, ya era tarde. La solidaridad para con los vecinos del barrio Gamonal se haría visible en toda España.

En Madrid, a la concentración en la Puerta del Sol le siguió una marcha hacia la sede del gobernante Partido Popular (derecha conservadora), donde tuvieron lugar algunas escaramuzas entre la policía antidisturbios (versión española de nuestras infaustas fuerzas especiales) y los manifestantes. Al día siguiente, el jueves 16 de enero, otra concentración tuvo lugar, esta vez de forma simultánea frente al Ministerio de Justicia y en la Puerta del Sol. Nuevamente, la represión del estado español se hizo sentir… helicóptero incluido.

Por supuesto, el final de esta historia está abierto. Nadie, ni siquiera las autoridades, se atreve a augurar lo que pueda ocurrir. Todo depende del pueblo español. Frente a sí está la posibilidad de agachar la cabeza y continuar soportando los abusos de una clase política comprometida únicamente con sus intereses (¿les suena familiar?). Del otro lado, una oportunidad histórica para organizarse y luchar con el objetivo de reconquistar los derechos que le fueran usurpados.

Video de Periodismo Digno:

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