Crónicas: El consuelo de una tumba

Cambian los nombres, los lugares y los tiempos, pero la historia es una y vuelve a repetirse. La señora Gloria Zaldívar mira con ansias la cordillera esperando a su hijo, que ha ido a arriar ganado. En estos días debería estar de vuelta. Ya todos los arrieros han regresado, pero el pequeño Jorge no llega. Es 1980 y es la zona de los Andes.

Ahora es 1990, en el Golfo de Arauco, la señora se llama Javiera Rojas y está mirando el mar. Mira con ansias, esperando a su padre, que ha ido a sacar las redes que había puesto en la mañana.

Ambas esperan sin creer que haya acontecido una tragedia. Pasan el día mirando, y el siguiente, y el siguiente. No hay lágrimas ni desesperanza. Puede volver, puede volver… Pero no vuelve. Pasa el tiempo de un modo extraño: cada segundo se demora una hora en pasar y una semana pasa en un minuto.

Hay que resignarse. Cuánto han rezado, cuánto han evitado llorar, pues se aferran a la esperanza. Mientras no aparezca el cuerpo hay esperanza. Ambas han sufrido pérdida de seres queridos antes. Gloria Zaldívar pertenece a una familia de arrieros: recuerda cuando murió su tío, apenas hace dos años: la mula se encabritó, o quién sabe. Cayó al barranco y pudieron sacar su cadáver. Lo buscaron durante tres días, vieron el cuerpo porque vieron los cóndores comiendo. Demoraron otros tres días en sacarlo. Pero lo sacaron, en una bolsa, sólo restos, pero lo sacaron. Y pudo ser enterrado en el cementerio de Putaendo. Ahora es el chico Jorge quien no llega, el que siempre se reía diciendo que podía andar en mula por los sectores más agrestes… Y ha caído la tormenta allá arriba, por los pasos; que hay que dar por perdido al ganado y al arriero.

Javiera Rojas pertenece a una familia de pescadores, y también guarda su propio memorial de tragedias. Cómo no iba a guardarlo si los difuntos entre los pescadores son más frecuentes que en cualquier otro gremio. Sus dos hermanos se arrojaron al agua cuando se les estaba quemando la goleta. Los otros botes salieron a la busca. Encontraron a uno, muerto, y parecía el ahogado más hermoso del mundo, con las facciones soñantes de los fallecidos en el mar. Fue enterrado en el cementerio y, al día siguiente, apareció su hermano. Los buzos pudieron encontrarlo, pero, ¿era un hombre aquello? Las corvinas le habían comido todo; quedaba un poco de tronco, algo de brazo, y los huesos… Esos pedazos fueron enterrados en el cementerio con un nombre: había una tumba para llorar.

¿Y si no hay cadáver? Las mujeres no lo saben, pero están repitiendo penas eternas: desde hace siglos una persona mira al mar, mira la cordillera, esperando, esperando… hasta que la propia esperanza ya no espera. Los demás les dan el pésame: en ambos casos no es posible continuar la búsqueda: viene mal tiempo, hay que seguir trabajando, se hizo todo lo posible…

Y entonces ambas hacen lo imposible: entierran a un difunto que no está. Saben que deben elegir ropa, o un dibujo, o un apero. Buscan los mejores pantalones, la camisa con que se vistieron en una ocasión especial, y se rinden a la evidencia. La madre del arriero va la iglesia llevando con ella el apero de su hijo, sus estribos favoritos, el cuchillo con que solía jugar, y reza, reza, reza. Esa noche, en casa, recibirá las visitas que vendrán a darle el `pésame. La hija del pescador ya está recibiendo visitas. Mientras las vecinas preparan un curanto para atender a quienes vendrán a acompañar a la familia, Javiera pone la ropa del difunto en una mesa, con velas a su alrededor, y se hace el velorio. Los parientes, los amigos, los meros conocidos, conmovidos, se reúnen, rezan, tocan la mesa y la ropa como si tocaran al difunto. Dos días después se realizará la sepultura. A caballo y en mula los arrieros acompañarán a la señora hasta un sitio que les parezca accesible y, a la vez, cercano a la tragedia. Los cañones cordilleranos son inmensos y este sitio podrá quedar a kilómetros del barranco, pero será un lugar donde la señora –mientras tenga salud- podrá concurrir. Allí quedará un montón de piedras coronadas con una cruz de madera destinada a volarse con el tiempo. Bajo esas piedras quedarán la ropa, los aperos; de algún modo se contendrá el recuerdo del malogrado Chico Jorge.

A pie y turnándose para llevar la urna –especialmente hecha por los carpinteros de ribera, expertos en reparar botes- los pescadores llevarán la ropa y los objetos de su compañero desaparecido. No los pondrán en cualquier sitio, sino en el lugar donde “yacen” otros desaparecidos: el cementerio simbólico. Allí se cavará una tumba cuyo dirá: “Acá descansa Pedro Rojas”, tal como en la cruz en la cordillera dice “Aquí yace Jorgito Zaldivar (el Chico)”.

Allá irán las mujeres cada primero de noviembre, a dejar flores; allá irán cada vez que quieran o puedan, a encender velas, a recordar, a hablar con el difunto. Está ahí, enterrado, en esa tumba.

No es posible evitar a la muerte. Pero con una tumba se siente natural. Descanso en paz. Sueño eterno. Cristiana sepultura. Años más –digamos 1999- y las señoras todavía visitarán esas tumbas: de algún modo injusto y doloroso, las que descansan en paz son ellas.

Hay tantos casos sin ni ese consuelo. Es 1999. Es Parral. La señora Margarita Vásquez está agonizando. En sus estertores dice ver a sus padres que, sonrientes, la vienen a buscar desde la misma muerte. Pero no ve a su esposo, tampoco a su hijo, y llora y se revuelve. No quiere morir hasta que ellos aparezcan.

Nunca supo exactamente por qué los tomaron detenidos. Se había producido el golpe de Estado de septiembre de 1973 y, en octubre, se los llevaron. Los subieron a un camión militar y adiós. Con ellos fueron detenidos también otros de sus hijos, incluso el de doce años… Pero a su marido y a su hijo Gilberto nunca los soltaron. Ella los esperó, día a día. Como había toque de queda, es decir que nadie podía andar en la calle después de cierta hora, dejaba las puertas abiertas para que pudieran entrar si llegaban tarde. De noche encendía velas en su casa, de día iba a la Iglesia a rezar. Una familia de campo. ¿Por qué los tomarían detenidos? Con el tiempo descubrió que ir a preguntar, que realizar investigaciones ante el sargento de Carabineros, ante los sargentos –porque los oficiales no hablaban con una campesina- de los regimientos, no la llevaba sino a peor angustia. Le decían cosas contrapuestas, con cara de comprensión y amistad si no había nadie, con cara de odio y como ladrando si había otros militares presentes. Gilberto había hecho él mismo, con sus manos la mesa, las sillas de su casa y las puertas. Y en esa mesa conservaba su lugar, y esas puertas estaban abiertas esperando su regreso… Y no regresaba, y no regresaban…

La señora había tenido un dúo con su marido, en que cantaban cuecas y tonadas… Con los años cantaba en su casa las canciones que había entonado con su Gilberto. Haciendo, como hacía en el dúo, la segunda voz. Habían pasado diez años, quince, veinte, veinticinco, y ella –cada vez más débil, salía de su casa a esperar el regreso. Siempre estaba la puerta abierta y ya todos los vecinos sabían la historia triste y comprendían que –en pequeños festejos de la escuela, en año nuevo, bodas y bautizos- la vida debía seguir… Ella entendía que estaban muertos, pero ¿tenía una esperanza? Sonreía, bailaba… Pero bailaba sola. Cumbias, cuecas, siempre sola.

Nunca hubo respuesta, nunca volvieron su marido y su hijo. Pero su canto en segunda voz y su baile solitario fueron comentados por todos. Incluso en la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos se comentaban otras formas de vivir esa espera mezclada con el duelo: personas que se colgaban al cuello una foto del desaparecido y dormían con él, tomaban desayuno con él… Había otras maneras, tantas! Hasta que la cueca sin compañero se transformó en un símbolo. Y en impensables actos solidarios, en escenarios del mundo, se bailaba la cueca sola.

Nada de eso le importaba a Margarita, que –con la puerta abierta de su casa- murió a los ochenta y tres años. Su hija nos contó: “Mi madre se resistía a morir sin antes ver a sus seres queridos, no podía partir con ese dolor. (…) cayó enferma y pedía no morirse, no podía partir sin haber visto el regreso de mi padre y hermano, aunque fue­ran sus restos. En su agonía dijo que sus padres la venían a buscar, pero en las visiones no veía ni a su esposo ni a su hijo, no, y eso la martirizaba, los llamaba pero ellos no venían. Lo último que dijo es que ellos todavía estaban aquí, en la tierra, que debíamos encontrarlos y enterrarlos para que pudieran partir y estar con ella. Mi madre falleció atormentada por el dolor».

Foto: Señora Margarita de Parral cantando sola y en segunda voz. Esperó hasta el día de su muerte el regreso de su marido y su hijo, detenidos en 1973

Crónica extraída del Libro “Cementerios Simbólicos. Tumbas sin difunto: Pescadores Artesanales de la Región del Bío Bío” .

Se puede adquirir en:

Librería Estudio. O’Higgins 465 Locales 38 y 40 Galería Italia

Librería Paz. Galería Alessandri s/n Loc. A Concepción

Librería Lar, 2° piso, artistas del acero. O’Higgins 1255. Concepción

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