Crónicas: Viudas

“Mi marido salió hace cuatro meses a comprar pan para el almuerzo y todavía no regresa, ¿qué hago?”, pregunta la señora desesperada a un carabinero. Y él le responde “Almuerce sin pan, pues señora”.

La señora Marta Carvajal, de Punta Lavapié, viuda de pescador desaparecido, alcanza a escuchar el chiste a sus espaldas antes de retirarse de la oficina. El trato ha sido bueno y deferente, pero en el fondo ha sospechado esa incomprensión que se confirma ahora. Ha ido a preguntar pues quiere y no quiere certificar la muerte de su marido. Sabe que el trámite es necesario, pero ¿no equivale aquello a botar un recuerdo, a rendirse y olvidarlo? Con todo un conflicto interno ha encargado sus niños a los vecinos, se ha vestido con sus mejores ropas, ha tomado el bote, luego la micro y –muchas horas después- ha llegado a la oficina del Registro Civil.

A la Municipalidad ya no quiere ir nuevamente. Cuando nació su guagüita (20 días después del desaparecimiento) prometieron tantas cosas que ella llegó a pensar que su marido seguía protegiéndola desde el más allá. Pero nunca concretaron ninguna ayuda. Ninguna. Fue a decirles –confiada- que su casa ya no soportaría otro temporal. Le dijeron que tomarían medidas. Se le cayó la casa. Es verdad que con su marido no habían querido arreglar esa rancha miserable, que era de sus papás, puesto que consiguieron el subsidio habitacional… Aquello -en su momento- los había llenado de alegría. “Tendremos casa, se reían, los niños crecerán en una casa digna”. Pues adoraban a sus niños. Por eso, precisamente, su marido había muerto, por conservar el sostén de los niños! Había sido el 4 de junio de 2009 cuando cayó un temporal imprevisto que parecía de otro mundo. Antes de amanecer los vinieron a despertar con grandes golpes y gritos. ¡El temporal norte estaba mandando a pique a todos los botes fondeados, las marejadas estaban muy altas y los vientos tenían insólita fuerza! ¡Cuánto esfuerzo tenían ellos en esa lancha que amenazaba hundirse, ahí tenían el medio de subsistencia! Entonces su marido no tenía que pensar más que en sus hijos, pero pensar en sus hijos era pensar en la embarcación: subió a un bote y remó para alcanzar su lancha e intentar salvarla. Al poco escucharon gritos entre la lluvia. Cuando el día puso algo de luz, no había nada: sólo restos de maderas, viento, lluvia y golpes de ola. Todas las personas de la caleta, hasta los niños, buscaron en la orilla y nunca apareció el ahogado!

Ella estaba desecha, todo era llanto, y le faltaban tan pocos días para tener la siguiente guagüita! Debía ir al hospital, debía cuidarse, le decían todos. Sí, pero antes había que hacer lo que correspondía hacer: tras el amargo tiempo de espera, vino el velorio… El velorio de la ropa del difunto. Y luego el entierro. Bajo un árbol quedó la sepultura.

Y ella –pocas horas después- tuvo su guagüita, como confirmando que la vida debe continuar. Cuando, habiendo visto casas con ayuda de sus vecinos, fue a tramitar el subsidio, le dijeron claramente que no iban a entregárselo pues estaba a nombre de su marido. En otra parte le ofrecieron algo barato, pero –sin su marido- no podía garantizar los pagos. También le ofrecieron que propusiera dejar un bien como garantía, pero, sin la embarcación, que además había estado a nombre de su marido, no tenía un bien.

Después de tantas promesas y tanto esfuerzo, tuvo que irse al único destino posible: como tantas viudas, se fue a vender tortillas en Laraquete. Con su hermana mayor está allegada hoy doña Marta, viviendo en Lota. Si, en un futuro lejano, quisiera casarse de nuevo, no podría… ¡ y si tuviera hijos!

*

“¡Los hijos, los niños!” María Rodríguez, de Tubul, –con un nudo en la garganta y los ojos arrasados por las lágrimas- todavía no puede creerlo. Sus dos hijos habían salido sólo hace unos días, contentos, pensando en la abundancia de mariscos en la isla Santa María… Y ahora, temblando, se entera del naufragio. “¿Han muerto los dos?”, pregunta. Y, sin que le digan nada, sólo por la mirada, ya lo sabe. Las palabras solamente confirman y agregan detalles: ambos se abrazaron sabiendo que no podrían salvarse. Dijeron a todos que quienes sobrevivieran le dijeran a ella que la querían mucho. Y abrazados se fueron mar adentro.

Están los cuerpos, al menos tiene el consuelo desconsolante de ir hasta una patrullera y verlos ahogados. Cuando –hace años- desapareció su marido ella no tuvo ese consuelo. Hizo el velatorio de ropa, sí, organizó y lloró en los funerales simbólicos, pero no es lo mismo. Ella, que lo ha vivido, en medio de su dolor no se da cuenta, pero en el fondo sabe que no es lo mismo…en menesteres prácticos. Sus dos hijos tendrán certificado de defunción; estarán legalmente muertos, y con ello ya no habrá posibilidad de que se presenten esos impensables problemas producidos años después de los desaparecimientos.

No se lo representa pero sabe que aquello es otro alivio. Hace tantos años, cuando desapareció su marido, nadie sabía ni ella quería hacer esos trámites. Habían tenido un niño juntos, y con gusto se dedicó a criarlo, pero pasó el tiempo y conoció a otro buen hombre, honesto y esforzado como su esposo. Se fueron a vivir juntos, pero cuando quisieron casarse… No pudieron. Nació su segundo hijo y, cuando lo fue a inscribir al Registro Civil, descubrió que sería un “hijo nacido fuera del matrimonio”. El segundo hijo, pues, no tendría derecho a las pobres cosas que serían su herencia: una rancha, algún bote, pero ¿acaso era ella la dueña de esas cosas, producto de su matrimonio, y por tanto imposibles de tramitar sin la autorización notarial de su esposo muerto? Por otro lado, el primer niño tampoco tendría derecho a los bienes que ella pudiera dejar a su muerte, si eran también de su segundo..?

Durante mucho tiempo, escuchando historias parecidas- temió que sus hijos, que se veían tan hermanables, se distanciaran por esos tremendos asuntos de las herencias y los papeles faltantes. Con los dos iba al cementerio simbólico a poner flores a su marido, a su primer marido, y los veía jugar, a veces pelear, a veces llorar, y, presintiendo su propia muerte, ensoñaba que eran ellos los que la iban a ver, a dejarle flores. No, ella quería que nunca pelearan, que nunca se distanciaran por unas pocas cosas que al fin no serían de nadie por culpa de unos papeles que no se podrían obtener nunca.

Y la historia termina como un cuento trágico. Los deseos se le cumplen. Abrazados han muerto sus dos hijos. Y ahí queda la señora María, a quien las adversidades no le borran la bella sonrisa triste, porque está segura de que tanto sufrimiento tendrá su recompensa en el más allá.

Crónica extraída del Libro “Cementerios Simbólicos”. Se puede adquirir en:

Librería Estudio. O’Higgins 465 Locales 38 y 40 Galería Italia

Librería Paz. Galería Alessandri s/n Loc. A Concepción

Librería Lar, 2° piso, artistas del acero. O’Higgins 1255. Concepción

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