Santiago Feliú se nos fue de repente a los 51 años El trovador que fue un país

El disco corre una y otra vez por el viejo equipo de música. «Siento que mis destellos ahogan tu brisa, tu brisa que presiento inagotable, azul, infinita; límpida brisa de lirismo inevitable, soplo de sueños que en mi verso se derrama», canta Santiago Feliú y su inconfundible voz atraviesa las primeras horas del amanecer como una luz cálida y profunda, empeñada en desmentir la noticia que ahogó la mañana: «Murió Santiago Feliú», me dicen desde el otro lado del teléfono pero no lo creo. El disco sigue: «Si de mi voz florece la canción, motivo de tu dar; si de tus ojos nace la bondad de abrirme en el verso un palpitar: no me dejes ir», reclama Santi como si desde la inmortalidad tuviera consciencia de que muchas generaciones de cubanos no hubiéramos sido lo mismo sin esas canciones que lanzó desde las mismísimas entrañas de la vida, sin esa obra que reflejó como un espejo la existencia de un trovador que se afanó en cumplir al límite el significado de la palabra coherencia, que hizo trizas los conservadurismos, que disparó al corazón enfermo de aquellos que van por el mundo con el disfraz de la doble moral y los falsos compromisos políticos.

La sorpresiva muerte de Santiago, a los 51 años, es un cisma en la cultura cubana. Lo es sobre todo porque nadie como él logró llenar el vacío del camino con esas canciones creadas con una sensibilidad de extraña belleza, una sensibilidad nacida de las cicatrices de las guerras internas de un trovador que subía a los escenarios como si le fuera la vida en ello, como si tuviera plena seguridad de que ese encuentro entre el público, sus canciones y la noche, era el instante perfecto para gritarle al mundo que, pese a todo, teníamos el coraje de estar vivos y que podíamos salvarnos, simplemente, si le tendíamos la mano al que escuchaba al lado sin importar nada más que eso: el abrazo, la ilusión, y la seguridad de compartir el mismo destino, el mismo origen, el mismo país, los mismos conflictos y las mismas esperanzas por ver, mas allá de las fuertes marejadas, un mejor futuro.

Santi, uno de los cuatro topos junto a Varela, Gerardo, Frank, nunca creyó en los paraísos artificiales, ni en los diferentes estadios de la fama. Para el trovador, sencillamente, se trataba de ir por el mundo cargando su guitarra, sus ideales, sus perdidas, para alimentar la ilusión, la moral y las esperanzas de aquellos empeñados en seguir inventando otro planeta, otro futuro, otras libertades, otro destino, en los que valiera la pena realmente vivir como un ser humano.

Por eso se le podía ver lo mismo entregando su estrella a los zapatistas en México, a las madres de la Plaza de Mayo en Argentina, o al público cubano en cualquier parte del planeta durante conciertos nada complacientes, en los que llamaba por su nombre a los conflictos de un país en pugna por mantener en pie los ideales con los que crecieron la mayoría de sus habitantes, al tiempo que se mostraba tal y como era: un sobreviviente íntegro, un trovador que encontró, en la verdadera herencia de la filosofía del rock and roll y la Nueva Trova, su brújula para continuar creando en medio de la indiferencia de un tiempo que no parece comulgar con la poesía.

No creo que se puede hablar a cabalidad de Santiago sin haber crecido con sus canciones en la dureza de los años 90; sin haber visto como cantaba por aquella época con las venas abiertas como si tuviera la vida sobre el filo de un cuchillo; sin haber repetido con amigos que ya no están esos temas memorables que reflejaban aquellas empecinadas utopías que nos ayudaron a mantenernos en pie mientras nuestros padres se las inventaban de mil maneras en el asfalto para ponernos un plato a la mesa. Pero no importaba. Porque después de los conciertos, de las noches, de las largas madrugadas en la Avenida de los Presidentes quedaban los gastados cassetes con las canciones de Santi que nos recordaban, que si volviéramos a nacer, sería preciso ser lo mismo.

Santiago sabía que su público ya no era el mismo. Que muchos de sus seguidores ya no se podían reconocer en sus conciertos. Pero de todos modos seguía alentado a las nuevas generaciones a continuar el compromiso con la belleza, con la justicia, con la verdad, mediante nuevas canciones que retrataban sus obsesiones más desgarradoras: Cuba y la vida. Cuba y el futuro. Cuba y su gente.

De ahí que no perdía ni un instante para lanzar su opinión sobre los controvertidos contextos que jugaban en contra de la expansión de la cultura cubana, contextos que nombró por su nombre en un diálogo con Granma el pasado mes de agosto. «Siempre he querido pensar que el futuro tiene que ser mejor que el pasado, solo que el futuro está detenido y anclado en una prostituida comercialización feroz de la canción, lejos del arte de hacer canciones. Más que nada los autores componen directamente para un éxito comercial. Tampoco tienen los jóvenes de hoy líderes cantores del calibre de aquellos de los sesenta, setenta y ochenta. Esa pasión militante por la canción poética decayó notablemente, solo espero que sea cíclico y que se vuelva a continuar creando el futuro».

De nuevo el futuro. De nuevo otra de las palabras que define los momentos más desgarradores de su obra, el clímax de sus canciones, y la intensa calma de las noches en vela que utilizaba para darle forma esa colección de temas que hoy, muchos cubanos en cualquier parte del mundo, volverán a colocar en sus equipos de audio para desmentir la noticia de la muerte del inolvidable zurdo maravilloso.

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