Crónica: Sueños

¡La desesperación es tanta cuando no aparece el cadáver! Se sabe que existe un tiempo corto para recuperar un cuerpo: después, el mar lo habrá hecho desaparecer. Entonces se recurre a un rastreo que se diría “de milímetro a milímetro” antes de la resignación.

Pero también se generan medios de apoyo a la búsqueda. Los mariscadores tenían un sistema, a fines del siglo XIX y hasta la mitad del siglo XX, que funcionaba a base de fe:” buscaban con una vela pegada sobre una tabla a quién había desaparecido mariscando. La tablilla era arrastrada por la corriente marina del lugar y sobre el camino recorrido se centraba la búsqueda, la que algunas ocasiones daba resultados positivos. La vela era llevada por la corriente marina y no por el simbolismo de la luz, como creían la gente de antaño”, según refiere Francisco Cabrera Bastías en Lugares y tradiciones de Coliumo. Otra forma, con el mismo trasfondo, es realizar apoyo con oraciones. Es lo que ocurrió con la niña Johanna Cárdenas, que cayó del acantilado en caleta El Soldado. Por sacar una fotografía cayó 20 metros como una piedra hasta los requeríos y rompientes. Abajo las olas eran tremendas por una marejada demasiado fuerte. Tras la búsqueda inicial encontraron su chaqueta; estaba claro que el cuerpo, quebrado en decenas de partes, había sido tomado por la corriente. Sus familiares de Brisas del Mar, – utilizaron otro sistema para ayudar a la búsqueda: organizaron una “capilla ardiente” para rezar por la difunta y pedir a Dios, en jornadas incesantes de oración que la mar devolviera el cuerpo. Dos días después, la madre soñó que Johanna le pedía calma, informándole que estaba en una cueva submarina y pidiéndole por favor que la sacaran rápido. Debido a ese sueño un buzo fue a mirar en las cuevas submarinas de El Soldado, cuevas inexpugnables pues el golpe de la ola en la pequeñísima entrada no permite entrar hasta las grandes oquedades interiores. Miró desde afuera y le pareció ver visiones: adentro, parada en una roca, estaba Johanna. ¡Había visto un fantasma! ¡En esa cueva estaría el cuerpo! Fue a buscar ayuda y, en vez del milagro de un cuerpo que debía haber sido llevado por el mar, encontraron otro mayor: la niña estaba viva. Había caído veinte metros entre las rocas sin hacerse ni un rasguño. Arrastrada por las olas, que no la golpearon contra las rocas, se sacó la chaqueta y trató de nadar, pero un solo golpe de aguas la tiró como pelota de basquetbol al interior de la cueva salvadora. Ahí, sin poder salir y parándose en las rocas para no ahogarse al subir la marea, esperó que la encontraran. Cuando ya lo creía todo perdido, vio al buzo, afuera, y respiró aliviada. Al llegar la noticia del rescate, todavía se celebraban angustiosas oraciones en la capilla ardiente, que había cumplido con creces su cometido.

Hablamos de oraciones pero también de sueños…

El documental «Nostalgia de la luz», de Patricio Guzmán, muestra la vida en un observa­torio donde los astrónomos bus­can encontrar conocimiento en un universo infinito. Muy cerca, en pleno desierto, cada día algu­nas personas buscan los restos de sus familiares desaparecidos. Al azar, con palas, cavando aquí y allá; palos de ciego ante la gran­deza representada por el univer­so y la bajeza representada por quienes ocultaron los restos de sus víctimas. A veces se les re­nueva la esperanza; encuentran huesos que llevan al Servicio Médico Legal para desilusionar­se: son vestigios antropológicos de antiguos habitantes, son un empampado… A veces han en­contrado algo que sí les sirve, en general, guiados por sus sueños.

Si hay algo que haga boste­zar son los sueños, y sin embar­go, son tema para estar despier­to. Más allá del tontismo pro­pagado por nuestros medios de incomunicación que publicitan mentiras como «si usted sueña tal cosa, eso significa tal otra», desde antaño se han asociado a comunicaciones con mundos otros: no hay texto antiguo que no nos refiera un caso. Ejemplos clásicos son el sueño de Daniel, que profetizó el futuro de la cultura, y el sueño de las siete vacas flacas devorando siete vacas gordas. Antes de aquello, se creía en dioses: «Los sueños dice Homero que los manda Júpiter». Después vino una co­rriente a agregar causas: la cien­cia psicológica. Pero, ¿quién ha­bla mediante los sueños?

Se llamaba Jorge Vera Piucol, vivía en Repollal, de las islas Guaitecas, y era bueno para recordar sueños. Cualquiera sabe que, cuando se anda en el mar y cae la noche, si es posible uno se acerca a la orilla, deja la embarcación amarrada y duerme tapado con una frazada, cómodo, en tierra firme. Y durmiendo estaba Vera Piucol cuando de pronto fue despertado por tres hombres que zamarrea­ron fuertemente su hombro. «No se preocupe, mi amigo –le sonrió uno–, no somos mala gente. Es bueno ver una persona por acá». Y contó la historia de cómo tras un naufragio lograron llegar a este islote. Piucol, asombrado, recordó que en esa isla no había agua y se alegró de que hubieran logrado sobrevivir. «Esa es la fatalidad, mi amigo, que no sobrevivimos ná, y por eso queríamos pedirle el favor de que, si es tan amable, nos vaya a sacar de una cueva en el centro arriba, en unos peñones. Le quedaríamos agradecidos que nos den una bendición».

Cuando despertó convenció a los compañeros, que habían dormido también en tierra, sin sentir nada, de que hicieran una rápida búsqueda. Y encontraron a los cuatro esqueletos, tres al fondo de la cueva, uno al lado del otro, y el cuarto, tal vez el cal­derero, cerca de la entrada. ¿Se agazapó en la entrada mirando el mar? No supieron y no les importó.

Lo que sigue fue mayor: echaron el bote a la orilla para dormir y lo amarraron débil. Vera Piucol despertó con la seguridad de que vendría marejada y perderían el bote. Se metió, pues, al agua negra como la noche y sacó el bote. Salió estilando y helado justo antes de que se desencadenara la marejada. Los amigos le hicieron una fogata para que se calentara y como pudieron lo ayudaron a dor­mir. En sueños lo vieron hablar, gruñir y mover las manos con ras­tros de pesadilla. Lo despertaron y se enfureció: había visto a unos marinos que mantenían una disputa y ya no podría saber quiénes eran ni dónde estaban. Esos difuntos dieron el aviso que despertó a Jorge en su primer sueño. Les había pasado lo mismo: perdieron el bote y pasaron sus últimos días sin hablarse. Aún ahora conti­nuaban en pugna, pero no pudieron dar el mensaje: dónde estaban, qué necesitaban. En vano Vera volvió a dormir en esos islotes varias veces: nunca más se presentó la tripulación muerta. Otras aventuras como esa alcanzó a tener, y alcanzaron a usarlo para buscar expe­diciones perdidas llevándolo a dormir a impensables lugares. Hoy, que duerme su sueño eterno, ¿a quiénes verá don Jorge?, ¿se estará riendo en otro mundo con sus treinta y tres dientes?

Las viejas explicaciones sobre los sueños y sus extrañas vías de comunicación con mundos distintos se derrumbaron cuando la ciencia psicológica adujo, con método científico, que el mundo otro con que los sueños nos comunican es la profundidad de nues­tra mente y su flujo consciente e inconsciente de deseos, arqueti­pos, contenidos colectivos, represiones individuales, esperanzas y desesperanzas. Por eso encargaron a la psiquiatra Marie Louise von Franz, en Alemania, un estudio sobre los sueños reiterativos de un hombre que soñaba con su tío, muerto hacía algunos meses. Tras las sesiones y la investigación concluyó que no había conte­nidos psíquicos reprimidos ni presencia de arquetipo; adujo, para escándalo del mundo científico que aquello le parecía la visita en sueños de alguien que venía de la muerte.

Crónica extraída del Libro “Cementerios Simbólicos. Tumbas sin difunto: Pescadores Artesanales de la Región del Bío Bío” .

Se puede adquirir en:

Librería Estudio. O’Higgins 465 Locales 38 y 40 Galería Italia

Librería Paz. Galería Alessandri s/n Loc. A Concepción

Librería Lar, 2° piso, artistas del acero. O’Higgins 1255. Concepción

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