Ha muerto Carlos Camus, centinela de los derechos humanos

El pasado domingo 16 de marzo y a la edad de 87 años murió el obispo emérito de Linares, Carlos Camus Larenas. El religioso falleció en el Hospital Clínico de la Universidad Católica, donde permanecía internado desde hace algunas semanas.

Camus, Ingeniero Químico de la Universidad Técnica Federico Santa María, fue ordenado sacerdote en Valparaíso el 21 de septiembre de 1957. Fue párroco en Peñablanca, Quilpué, Población Achupallas, Viña del Mar y La Matriz, en Valparaíso. Asimismo, fue asesor de la Juventud Obrera Católica y de la Acción Católica Rural. En 1968 fue designado por el Papa Pablo VII como obispo de Copiapó y en diciembre de 1976 trasladado a Linares.

Camus sera recordado por su valentia, formando parte de los sacerdotes católicos que denuncio los crímenes de la dictadura militar, desempeño diversos cargos en la Conferencia Episcopal y en el Celam, los cuales le sirvieron de plataforma para sus denuncias. A su trabajo de derechos humanos se extendió a las denuncias sobre los crímenes del enclave nazi de Colonia Dignidad, fue vital su apoyo a los trabajadores en la primera huelga desarrollada en dictadura, durante la construcción de la central hidroeléctrica de Colbun-Machicura.

A continuación una semblanza del prelado, publicada por Agustín Cabre Rufatt en revista Punto Final.

Carlos Camus, centinela de los derechos humanos

Por Agustin Cabre R. / Punto Final

Con el alejamiento de Carlos Camus Larenas del obispado de Linares, entra en fase terminal toda una generación de pastores de la Iglesia Católica que contó, al menos, con tres características: lucidez, humanidad y valentía. La lucidez le valió a esos obispos para ubicarse en el momento histórico que les tocó vivir y asumir sus tareas; la humanidad, para revertir una imagen de jerarquía lejana del pueblo y solemnemente celestial en sus actuaciones; y la valentía, para enfrentar los problemas más urgentes y acuciantes.

El hecho que puso a los obispos chilenos en primera línea durante las décadas de los 70 y los 80 fue, sin duda, la revolución social iniciada en 1970 con el triunfo de Salvador Allende en las elecciones presidenciales y posteriormente su derrocamiento por la acción combinada de la derecha económica, el Departamento de Estado de Estados Unidos, las grandes compañías transnacionales del cobre y de las comunicaciones, la insurrección civil del comercio, algunos colegios profesionales y los gremios, pagada a buen precio, según se va comprobando a medida que se desclasifican los archivos de la CIA y del gobierno de Estados Unidos.

Desde luego que a lo anterior hay que agregar los propios errores históricos del gobierno de Allende y los partidos de la Unidad Popular. Todo culminó con el brutal golpe militar del 11 de septiembre de 1973, en que se inaugura la dictadura militar que permaneció por eternos 17 años.

Quizá una de las grandes sorpresas de los militares en el poder fue que la Iglesia Católica no los aplaudiera. Al contrario: que se convirtiera desde el inicio en un severo crítico del nuevo régimen y se comprometiera con la defensa de los derrotados.

La dictadura sorprendió a los obispos. El golpe lo veían venir como inevitable, pero lo que en un principio no tenían contemplado, ni su estructura mental podía aceptar como realidad, fue el hecho de una dictadura militar.

Le escuché en varias ocasiones al cardenal Silva, al arzobispo José Manuel Santos y a algún otro pastor, que jamás imaginaron que las FF.AA. se iban a quedar instaladas en el poder. Tampoco podían creer que el país estaba bajo una dictadura sangrienta. ¿Cómo iba a imaginarlo, por ejemplo, el arzobispo Santos, que había sido profesor en la Academia Naval y había tenido por alumnos a la mayoría de los altos oficiales a los que se empezó a señalar como sanguinarios? Todos los obispos habían departido en actos oficiales e incluso tenían cierta amistad (cuando no parentesco) con almirantes, generales y comodoros a los que conocían como gente caballerosa y que de la noche a la mañana se habían convertido en lobos. Cuando la sorpresa se empezó a disipar en base a las denuncias constantes y a la comprobación de casos, la indignación les ganó la partida. Ahí se pusieron con todo de parte de los caídos.

Les costó su tiempo. El mismo cardenal Silva creyó por demasiados años que el cura Juan Alsina había muerto en un enfrentamiento armado. Le costó asumir que había sido fusilado a traición. Las informaciones que les proporcionaban los organismos del gobierno militar tenían por finalidad confundirlos. Y se logró el objetivo. Muy lentamente los pastores debieron convencerse del engaño. Algunos no lo lograron superar.

El mismo Carlos Camus declaró años más tarde: “por fin pudimos reunirnos todos los obispos, casi un mes después del golpe; cada uno llegó preocupado por algún caso de atropello de la dignidad humana, creyendo que eran situaciones aisladas. Cuando fuimos escuchando los relatos de unos y de otros, y especialmente de Santiago, donde fue necesario organizar rápidamente el Comité Pro Paz, nos dimos cuenta que el problema era mucho mayor”.

De todos modos, casi todos ellos, incluso los que aparecieron como más proclives al gobierno militar, tuvieron actitudes nobles en defensa de los perseguidos. ¿Quién más marcado a favor del régimen militar que el obispo Orozimbo Fuenzalida? Pues bien don Orozimbo escondió por muchos días, en su propia casa, siendo obispo de Los Angeles, al senador socialista Jaime Suárez Bastidas, ex ministro del Interior y ex secretario general del gobierno de Allende, y a toda su familia. Otros casos: el arzobispo José Manuel Santos, que se reconocía a sí mismo como estructuralmente “anticomunista”, se convirtió en un gran adalid en la defensa de los perseguidos, sin renunciar a sus principios, pero empleando una lógica maciza que pulverizó al general Ibáñez Tillería, amo de la Octava Región. Igualmente, el obispo auxiliar de Santiago, don Sergio Valech, quien reía autodefiniéndose como “momio progresista “, fue el hombre que se enfrentó el aparataje del poder dictatorial negándose a entregar información en el caso de las “fichas de la Vicaría”.

CAMUS, SECRETARIO GENERAL DEL EPISCOPADO

Pero hubo determinados pastores que se pusieron en primera línea en la defensa de los derechos humanos.

Esa causa superó los naturales temores, dudas y resistencias mentales que ciertamente tenían en relación al mundo marxista. En declaraciones oficiales, en homilías, en conversaciones, los obispos se manifestaban con la clásica ambigüedad de los que están entre dos aguas. No querían por nada la imposición de una filosofía marxista. Tampoco querían que se impusiera un modelo de sociedad basada en el egoísmo materialista del mundo liberal, y, mucho menos, sostenida por la fuerza bruta de las armas. Tampoco podían manifestar sus secretas simpatías, ya en declinación, por la Democracia Cristiana tras el fracaso de la administración de Frei Montalva que había entregado el poder a la Unidad Popular. No querían de ningún modo justificar la dictadura militar, aunque casi todos ellos justificaron el golpe.

El elemento que unió a los pastores fue la causa de los DD.HH. En eso no podían titubear ni equivocarse. Coincidiendo con esa realidad, supieron elegir las directivas adecuadas para la Cech (Conferencia Episcopal de Chile): el arzobispo Santos, el cardenal Silva, el obispo Carlos Camus. Camus, como secretario general de la Cech, se convirtió en el rostro y voz del episcopado. “En esos años de secretario de los obispos, en la época más dura, conocí el drama de la tortura y de los desaparecidos” (Carta a los jóvenes, p. 125).

El 1 de marzo de 1974 los obispos eligieron por unanimidad a Camus como secretario de la Cech y un mes después, en la asamblea plenaria, emitieron un documento en el que denunciaban la situación de los derechos humanos, las injusticias económicas y sociales, la falta de libertad, especialmente de los sindicatos y universidades y los asesinatos y desaparecimiento de personas.

Fue en esa época cuando el cardenal Silva detuvo un documento condenatorio a la dictadura chilena que traía la firma del mismísimo Papa Pablo VI. El cardenal se arrepintió de ello hasta el fin de sus días.

La creación del organismo pro paz y después de la Vicaría de la Solidaridad fue la respuesta más llamativa a las amenazas en esos años. El obispo Camus habló sin que le temblara la voz. Su pensamiento, representativo de la mayoría episcopal, quedó plasmado en entrevistas, conferencias, artículos, homilías, y, especialmente, en declaraciones a la prensa. Una de estas conversaciones con los periodistas, siendo off de record por expreso acuerdo, fue difundida por la imprudencia de uno de los religiosos organizadores de la reunión quien trasmitió las palabras de Camus a la prensa alemana. De ahí salió al mundo y causó revuelo. El obispo reconocía que muchos presbíteros así como organismos de Iglesia estaban salvando vidas de los perseguidos por el régimen, y trabajaban codo a codo con personeros marxistas sumergidos necesariamente por la situación que se vivía.

Camus ya no fue reelegido como secretario de la Cech, siendo sustituido por Bernardino Piñera, hombre de gran carisma personal, igualmente crítico del régimen, pero con mayor destreza diplomática.


OBISPO DE LINARES

A fines de 1976 Carlos Camus fue nominado obispo de San Ambrosio de Linares. Allí, en materia de DD.HH. tuvo que enfrentar, sin lograr victoria completa tras 25 años de lucha, lo del misterioso reducto de Colonia Dignidad.

La labor de Camus como pastor en Linares se concentró en “construir iglesia”, es decir, organizar la comunidad cristiana en todos sus niveles. Los sectores rurales vieron, al mismo tiempo, levantarse sedes comunitarias y capillas en un número tal que cubría todo el mapa diocesano. La formación de líderes y catequistas, la pastoral juvenil, la creación de una red de comunicaciones que empleaba la radio y el periódico, la creación de Fundaciones de ayuda social, la organización del obispado mediante un Sínodo permanente que entregaba voz al pueblo mediante el diálogo y la consulta anual, la confianza en los laicos, la promoción vocacional…

Camus resultó ser un obispo popular, aclamado y discutido. Su visión del acontecer nacional lo llevaba a no callar las injusticias. Cuando en 1985 pidió públicamente a Pinochet que tuviera un gesto de grandeza, como el de O’Higgins, y renunciara al poder, se volvió a encender la rabia de sus acusadores.

Carlos Camus pasa a un merecido retiro. Deja una huella de nobleza, de claridad, de servicio pastoral dedicado a los más humildes, de dignidad humana y, por lo tanto cristiana.

Se va con él toda una generación de pastores que ayudó a que el país fuera menos tenebroso y volviera a respirar. Este ligero recuento de su actividad con resonancia nacional es un homenaje sencillo que me parece hacía falta. He leído y releído la carta que el Papa Juan Pablo II le dirigió a Camus al cumplir sus 25 años episcopales, en 1993. Carta escrita por los asesores vaticanos, entre los que descollaba Angel Sodano, ex nuncio en Chile. En ese documento no hay una sola letra que recuerde y agradezca la difícil, áspera y muchas veces incomprendida labor del obispo Camus en defensa de los derechos humanos de sus conciudadanos

AGUSTIN CABRE RUFATT

Fuente: http://www.puntofinal.cl/537/carloscamus.htm

Imagen: Archivo Vicaria Solidaridad

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