Treinta años de MST y lucha por la tierra en Brasil

Entre el 10 y el 14 de febrero, 15.000 campesinos participaron en el VI Congreso Nacional del Movimiento de los Sin Tierra, que este año coincidía con el trigésimo aniversario de la organización.

Amanece en un polideportivo del centro de Brasilia, capital de Brasil, y alrededor de 15.000 campesinos empiezan otra jornada de lucha. Los niños corretean y hombres y mujeres charlan, leen o ayudan en tareas de organización. Huele a frijoles, a bollo y a tierra mojada. Han cambiado estos días la azada por la palabra y se han desplazado desde sus asentamientos para teñir con el rojo de su bandera el centro del poder político brasileño. Son aquellas personas ninguneadas, como diría el escritor uruguayo Eduardo Galeano, que gritan y luchan por la tierra, por la dignidad, por la vida…

Bajo el lema “Luchar, construir, Reforma Agraria Popular”, miles de delegados y delegadas de todos los rincones de Brasil se dieron cita en la capital para celebrar el VI Congreso Nacional del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), que tuvo lugar entre el 10 y el 14 de febrero. Este año era especial porque, coincidiendo con el evento, se celebraban los 30 años del movimiento. Una amplia delegación internacional de más de 27 países también participó en las jornadas.

En un país económicamente creciente como Brasil, las injusticias crecen también. El MST estima que hay entre 150.000 y 400.000 familias viviendo en asentamientos. Son personas sin tierra, excluidas por un sistema agroalimentario que les ha obligado a ocupar los terrenos que necesitan para sobrevivir. Dentro de los asentamientos del MST, sus moradores construyen sus escuelas y talleres, cultivan sus huertas y crean sus estructuras sindicales. Por eso, cuando son desalojados por el Estado, están obligados a marchar a otro lugar donde instalan de nuevo sus “barracas” de plásticos y madera.

“El MST está en una encrucijada. El enemigo ahora es otro. El latifundio continúa pero ahora también luchamos contra las grandes transnacionales, la banca, el mercado, el poder judicial…”, aseguraba uno de los delegados. En el año 2013 la producción de soja en Brasil ocupaba más de 27 millones de hectáreas (más de la mitad del territorio español) y producía unas 81 millones de toneladas, de las cuales el 80% son utilizados para la producción de pienso animal y más del 25% es exportado a la UE para la ganadería intensiva. Todo ello hace avanzar la frontera agrícola capitalista, destruyendo ecosistemas naturales y quitando terreno a la agricultura familiar.

Desde el año 2000, con el apogeo económico brasileño, el Gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) ha dejado de lado la reforma agraria. “Venimos a recordar a Dilma [Rousseff, presidenta de Brasil] que no pararemos hasta que todas las familias tengan una tierra y un hogar donde vivir”, gritaba un delegado. “La Reforma Agraria necesita dos grandes cambios”, decía el catedrático Guilherme Delgado, “uno es un cambio en el uso y propiedad y el otro es la necesidad de redistribuir la tierra”.

Internamente, el MST también está en proceso de cambio. El feminismo está cada vez más presente y existe paridad en el ejecutivo nacional. También se ha apostado por la agroecología, línea que sigue de la Vía Campesina, organización campesina a nivel mundial de la cual forma parte el MST. Aun así, se siguen denunciando agresiones machistas en los asentamientos y rechazo a los colectivos LGTB, así como una jerarquización excesiva en la organización interna del movimiento sin tierra.

Uno de los momentos más importantes del congreso fue la marcha multitudinaria que cubrió de rojo la capital brasileña. Los asistentes al Congreso del MST reclamaron en la Plaza de los Tres Poderes y durante el recorrido, que duró más de cinco horas, una aceleración de la reforma agraria y un cambio de sistema social y político. Se vivió algún momento de tensión entre los manifestantes y la policía frente al edificio de trabajo de la presidenta, Dilma Rousseff, que acabó con un campesino detenido y tres heridos debido al uso de bombas lacrimógenas, pelotas de goma y espráis de pimienta, por parte de la policía. Al día siguiente, representantes del MST entregaron a Rousseff, tras un breve encuentro, una carta con las exigencias del movimiento.

El MST, como movimiento socialista, aspira a la llegada al poder de los trabajadores. Actualmente defiende la política de “palo y prosa”, es decir, por un lado negociación con Gobierno y Estado y por otro lado lucha social en la calle y en el campo y creación de conflicto. Los delegados y delegadas que han participado en las ponencias han expresado su profunda preocupación por las agresiones y asesinatos hacia campesinos a manos de pistoleros contratados por los grandes terratenientes y policías, que ha dejado más de 1.600 campesinos muertos en estos 30 años de lucha, hecho que también han denunciado grupos indígenas allí presentes, que comparten con los campesinos el conflicto por la tierra.

El discurso agroecológico, a favor de las semillas autóctonas, la lucha contra los agrotóxicos y la agricultura familiar han estado presentes en todo momento, defendiendo un modelo de producción familiar, saludable y orgánico, muy lejos de las políticas del Gobierno de Brasil de apoyo a grandes corporaciones destinadas a la producción de soja transgénica.

El congreso acabó con miles de colchones y maletas agolpándose en los autobuses. En un año en el que se están viviendo numerosas movilizaciones sociales debido a la Copa Mundial de Fútbol y a las elecciones, los campesinos han venido a reclamar y a luchar por la tierra. Uno de los líderes del MST en el Estado de Bahía levantó a todo el Congreso al grito de “la lucha es el único camino para retomar el debate de la Reforma Agraria, el oxígeno de nuestra lucha es el conflicto y la resistencia. ¡Luchar… luchar!”. Y así continúan luchando, como en los últimos 30 años, reclamando un pedazo de tierra desde asentamientos en cientos de rincones de Brasil. Decía Anastácio, un indígena de Mato Grosso, “podrán cortar las ramas, podrán quemar la copa, pero nunca acabarán con nuestras raíces, porque son profundas”.

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