El genocidio armenio: Del silencio a la lucha por el reconocimiento

El 24 de abril de 1915 comenzó el primer genocidio del siglo XX, llevado a cabo por el Imperio Otomano y teniendo como víctima al pueblo armenio. Este brutal crimen contra la humanidad permanece impune hasta el día de hoy y negado por el estado turco, heredero de su ejecutor.

El Pueblo Armenio

Los armenios provienen de los Urartos, que crearon un poderoso Estado en el siglo IX AC. Tras las invasiones escitas y medas se creó el primer Estado que fue llamado Armenio por los pueblos vecinos. Durante siglos fue uno de los reinos más poderosos, extendiendo su dominio por la región y entrando en conflicto con los imperios romano y persa, de los que sufriría sucesivas conquistas. En el año 301 adoptaron el cristianismo como religión oficial y aprobaron un alfabeto específico que le otorgó identidad nacional. Tras sucesivas conquistas, en el año 428 su reino fue dividido entre el Imperio Bizantino y el Imperio Sasánida. A fines del siglo XI fundaron un estado independiente, el Reino de Cilicia, que permaneció hasta el siglo XVI cuando la región oriental fue conquistada por el Imperio Persa y la occidental cayó bajo dominación otomana. En 1820 la región bajo control persa pasó a formar parte del Imperio Ruso Zarista. Para comienzos del siglo XX 2.000.000 millones de armenios permanecían en el Imperio Otomano, mientras que 1.700.000 millones permanecían en las zonas ocupadas por Rusia.

El Imperio Otomano

Desde mediados del siglo XVI hasta el siglo XIX la organización socio- política del Imperio Otomano se cimentaba en el poder de la elite de musulmanes otomanos. Los grupos religiosos no musulmanes estaban organizados según sus confesiones en una estructura étnica- religiosa llamada Millet (nación). En un imperio multiétnico, los armenios y otros pueblos eran considerados ciudadanos inferiores, y de acuerdo a la ley islámica, tenían el estatus de Dhimmi (súbditos protegidos no musulmanes de un Estado musulmán). Si bien el Estado era en apariencia tolerante, los Dhimmi eran discriminados, pues vivían en condiciones de inferioridad con respecto a la población musulmana, carecían de derechos políticos y sociales, y eran excluidos del aparato estatal. No obstante, la ley islámica les aseguraba una posición social estable.

La ruptura de este equilibrio de fuerzas entre dominantes y dominados es, para la historiadora Nélida Boulgordjian Toufeskian, la explicación del genocidio armenio. Un antecedente puede ser el fracaso de las reformas de Tauzimat (1839- 1876), tendientes a modernizar la sociedad musulmana (ejército moderno, impuesto en dinero), que solo consiguieron aumentar la pauperización de la minoría armenia, principalmente campesina. A esto se le suma la constitución de los nacionalismos en los Balcanes, la internacionalización de la Cuestión Armenia en el Tratado de San Stéfano (1877) y el Congreso de Berlín (1878), la creación de partidos políticos armenios entre 1885 y 1890 y las presiones de los grupos liberales (como los Jóvenes Turcos), que con apoyo de las minorías (armenios, griegos, judíos, búlgaros) reclamaban la constitución de una monarquía parlamentaria (Nélida Boulgourdian Toufeksian, Juan Carlos Toufeksian y Carlos Alemian; Análisis de prácticas genocidas, Buenos Aires, Fundación Siranoush y Boghos Arzoumanian, 2004).

En 1908 un movimiento revolucionario liderado por los Jóvenes Turcos, derrocó al emperador Abdul Hamid, responsable de la masacre de 300.000 armenios entre 1894 y 1896, e instaló un régimen constitucional y una política descentralizadora que causa descontento entre las minorías. Con el golpe de estado de enero de 1913 la fracción ultranacionalista de los Jóvenes Turcos tomó el poder y hasta 1918 el gobierno estuvo en manos de un triunvirato compuesto por Enver (ministro de Guerra), Taleat (ministro del Interior) y Djemal (ministro de Marina). Este grupo se encontraba influido por las ideas de Ziya Gökalp (1875-1924), intelectual turco que había participado en la Revolución de 1908, y que sentó las bases del genocidio armenio.

Las idea de Ziya Gökalp pueden sintetizarse en los siguientes puntos: a) la nación turca debía conformarse únicamente por musulmanes turco parlantes; b) el territorio de la nación turca debía superar Turquía y ocupar el mítico «Turán» (desde Estambul a Mongolia) a costa de poblaciones como la armenia, a la que acusaba de ser responsable de sus fracasos militares y pérdidas territoriales; c) la nación no se constituye por lo racial o étnico, o por tener ancestros en común, sino por la educación y la cultura (lengua, religión, etc.); y d) la revolución de 1908 creó en la sociedad turca la conciencia de pertenecer a la nación turca, y las minorías que no la integraran o reivindicaran su identidad debían ser excluidas.

Pero estas explosiones de ideas nacionalistas no pueden ser explicadas sino es en relación con la integración del Imperio a la economía internacional. A fines del siglo XIX la mayor parte de la población otomana vivía en el campo, realizando una agricultura de subsistencia. En la ciudad existía un desarrollo capitalista basado en los talleres manufactureros y artesanales, y actividades comerciales llevados a cabo por los no turcos. No había en el espacio económico otomano un proceso de acumulación capitalista endógeno que justificara la organización de estructuras estatales modernas como expresión de un proyecto hegemónico de clase. Entonces ¿a quién respondía el estado genocida turco?. Pues, según Gabriel Sivrinian, a la inserción dependiente en la economía capitalista mundial, en su fase imperialista, y al papel subordinado de las clases dominantes otomanas, que manejaban los factores productivos (tierra, trabajo), respecto a los capitales europeos (en Nélida Boulgourdian Toufeksian, Juan Carlos Toufeksian y Carlos Alemian; Análisis de prácticas genocidas, Buenos Aires, Fundación Siranoush y Boghos Arzoumanian, 2004).

Este fue el estado genocida que llevó adelante la masacre armenia. La base económica le otorgó sentido a la modernización de las estructuras estatales, con el consecuente cambio de lógica de la dominación sostenida en un nacionalismo excluyente.

El Genocidio

El Imperio Otomano ingresó en la Primera Guerra Mundial el 29 de octubre de 1914. A finales de ese año, el gobierno aprobó el servicio militar obligatorio, según el cual todos los hombres adultos menores de 45 años y aptos para las armas debían alistarse en el ejército o pagar un impuesto especial para ser excluidos del servicio militar, lo que redundó en que la mayoría de los hombres en edad militar fueron movilizados para la guerra. Esto incluyó a los armenios que debieron incorporarse al Ejército Turco. Mientras tanto el Imperio Zarista hizo lo mismo con los armenios rusos que se incorporaron como exploradores en los frentes europeos.

En invierno de 1914 el general Enver atacó la ciudad rusa de Kars con el III Ejército y fue derrotado en la Batalla de Sarikamish, a comienzos de 1915. Su ejército de 90.000 hombres fue diezmado a 15.000. Las fuerzas zaristas avanzaron entonces sobre el territorio turco de Anatolia Oriental, en donde existían organizaciones nacionalistas armenias que reclamaban la constitución de un Estado independiente. Ante la posibilidad de que los reclutas armenios se unieran a los rusos, el general Enver ordenó que fueran despojados de sus armas, desmovilizados y destinados a la construcción de caminos en grupos de 500 a 1000 hombres. Allí fueron sistemáticamente ejecutados o esclavizados.

El 20 de abril de 1915, ante la inminencia de la llegada del Ejército ruso, los armenios de la ciudad de Van se rebelaron contra los turcos y proclamaron una breve República Armenia independiente. Cuatro días después de la sublevación, el gobierno de los Jóvenes Turcos consideró que afrontaba una sublevación nacionalista y ordenó las deportaciones masivas hacia el sudeste de la península de Anatolia.

Entre el 24 y el 25 de abril se procedió a la eliminación de la mayor parte de la intelectualidad armenia: 650 escritores, abogados, profesores, sacerdotes, políticos y militares fueron apresados, deportados y asesinados.

A partir del 24 de abril el gobierno ordenó la deportación de los armenios de seis vilayetos orientales: Trebizonda, Erzerúm, Bitlis, Diarbekir, Jarput y Sivás. El plan era ejecutado por la «Organización Especial» (OS) que estaba bajo las órdenes directas de Constantinopla y con poder para remover a funcionarios y gendarmes opositores. En cada ciudad se anunciaba la deportación y se daba dos días a las familias para juntar sus efectos personales, antes de ser deportados en convoyes. A los notables, sacerdotes, militantes políticos y jóvenes se les hacia firmar una declaración falsa y eran ejecutados.

En las aldeas pequeñas las familias eran masacradas y sus casas quemadas u ocupadas. Entre mayo y junio de 1915 el Ejército Turco y las OS asolaron las provincias orientales. Las autoridades toleraban los saqueos, torturas y asesinatos de armenios y se castigaba duramente cualquier protección brindada hacia ellos.

Decenas de miles de hombres fueron asesinados por gendarmes turcos ­y kurdos,­ mientras que muchas mujeres y niños armenios fueron violados y muertos brutalmente en los desiertos del norte de Siria. Los pocos sobrevivientes que quedan han hablado de niños armenios que fueron quemados vivos en hogueras. Miles también fueron asfixiados en cavernas subterráneas, lo que constituyó un antecedente a las cámaras de gas del III Reich alemán.

Tardaron poco los hechos en salir a la luz. El 24 de mayo de 1915 las naciones de la Entente (Gran Bretaña, Rusia y Francia) condenaron el genocidio y responsabilizaron al estado turco. Como represalia, éste oficializó por decreto las deportaciones bajo el pretexto de que los armenios eran culpables de traición, sabotaje y terrorismo.

La deportación era una forma disfrazada de exterminio. El hambre, la sed y las ejecuciones diezmaron a los más resistentes. Los cadáveres se amontonaban en los caminos, de los árboles y postes telegráficos colgaban cuerpos ahorcados, decenas de embarcaciones cargadas de víctimas eran hundidas en el Mar Muerto. De los 1.200.000 de armenios de las provincias orientales solo 300.000 huyeron al Cáucaso y sobrevivieron. 200.000 hombres, mujeres y niños fueron secuestrados y solo una cuarta parte logró escapar.

El general venezolana Rafael de Nogales Méndez dejó testimonio de las deportaciones y masacres que presenció durante los cuatro años que sirvió en el Ejército Otomano: “Las provincias de Van y Bitlis, Diarbekir y en parte la de Mamouret-El-Asis, fueron las únicas en que se celebraron matanzas en el verdadero sentido de la palabra. En los restantes vilayatos del imperio se cristalizó la persecución en forma de deportaciones en masa, que dieron casi el mismo resultado, pues de las innumerables caravanas de millares y docenas de millares de deportados que salían de las regiones costañeras del Mar Negro y del centro y oeste de Anatolia, con rumbo a los desiertos de Siria y Mesopotamia, tres cuartas partes, y en ocasiones quizás el 90 o 95% de sus tripulaciones, solían sucumbir en el camino a causa del tifus y de las privaciones.

Los que no perecían de hambre, caían a la larga víctimas de los bandoleros kurdos y circasianos, y no pocas veces hasta de sus propias escoltas de gendarmes, quienes, cansados al fin de bregar con aquellos infelices, se deshacían de ellos a culatazos, o los obligaban, a fuerza de balazos, a atravesar a nado ríos caudalosos, en que dichas caravanas de esqueletos ambulantes se sumergían para no volver a reaparecer ya nunca más.

Yo he visto en las márgenes del Eufrates los cuerpos carcomidos de decenas y quizás hasta centenares de niños y mujeres armenios sirviendo de pasto a los buitres y chacales.

La presencia de dichos cadáveres no dejó de sorprenderme grandemente, pues las autoridades civiles otomanas solían borrar las huellas de sus crímenes, por regla general con mucho cuidado, para que el revoloteo de los cuervos y el vaivén de los perros carroñeros no fuera a revelar a los viandantes el sitio do había estado cebándose la hiena con la Media Luna estrellada sobre la frente.

No cabe duda de que las matanzas y deportaciones obedecieron a un plan muy bien trazado del partido retrógrado, encabezado por el Gran Visir Talaát Pachá y las autoridades civiles a su mando, para acabar primero con los armenios, y luego con los griegos y demás cristianos, súbditos otomanos, en el Imperio” (Rafael de Nogales Méndez, Cuatro Años para la Media Luna, Caracas, Fundación Editorial El Perro y la Rana, 2006, pp. 140- 141).

Mas adelante deja en claro que el genocidio fue parte de un plan del estado otomano cuando relata su encuentro con el gobernador Reshid Bey: “Después, por medio de algunas observaciones prudentes, pero asaz explícitas, me dio a comprender también que en lo tocante al exterminio de los armenios de su vilayato no había hecho él sino obedecer órdenes superiores, de suerte que la responsabilidad de las matanzas perpetradas allí no debía caer sobre él sino sobre su jefe, el en aquella época Ministro del Interior, Talaát Bey (y un año más tarde Gran Visir, Talaát Pachá), quien se las había ordenado por medio de un telegrama circular, si mal no recuerdo, conteniendo apenas estas tres palabras: yak – vur –oldur, que significan: quema, derriba, mata” (ídem, p. 150).

A fines de julio la deportación continuó en Anatolia y Cilicia. En las zonas alejadas del frente, donde los armenios no podían representar una amenaza, se procedió a una transferencia de población hacia el sur, para ser ejecutados durante el trayecto. Desde Alepo los sobrevivientes fueron conducidos hacia el desierto de Siria en el Sur, o la Mesopotamia en el Sudeste.

Se ha documentado la existencia de 26 campos de concentración en las fronteras con Siria e Irak para confinar a la población armenia: Dayr az-Zawr, Ra’s al-‘Ain, Bonzanti, Mamoura, Intili, İslahiye, Radjo, Katma, Karlik, Azaz, Akhterim, Mounboudji, Bab, Tefridje, Lale, Meskene, Sebil, Dipsi, Abouharar, Hamam, Sebka, Marat, Souvar, Hama, Homs y Kahdem. Según fuentes armenias algunos de ellos pudieron haber sido únicamente lugares de emplazamiento de fosas comunes y otros lugares de confinamiento donde morían de hambre o por las epidemias.

Entre marzo y agosto de 1916, el gobierno de Constantinopla ordenó la ejecución de los últimos sobrevivientes reunidos en los campos de concentración a lo largo del ferrocarril y las orillas del Eufrates.

A lo largo de todo el Imperio cientos de familias armenias fueron rescatados por misiones humanitarias. En muchos casos algunos armenios se salvaron gracias a la intervención de algún funcionario turco, o pudieron ocultarse entre amigos turcos o kurdos. En Urfa, Shabbin Karahisar y Musa Dagh fue la resistencia lo que les permitió salvar sus vidas.

En total, tomando los datos de los refugiados en Rusia, se calcula que la población armenia fue diezmada a 600.000 en 1916, de un total de 2.000.000 en 1914. La Anatolia Oriental fue vaciada de población armenia y una parte de los sobrevivientes encontró refugio en Siria y Líbano.

El Silencio

La aplastante derrota sufrida en octubre de 1918 por los turcos y sus principales aliados (Alemania y el Imperio Austro- Húngaro) puso de manifiesto la siniestra realidad del genocidio armenio. Las presiones internacionales hacia la derrotada Turquía para que condenara a los culpables de la masacre, llevó a que el 11 de junio de 1919 el primer ministro otomano Damad Férid reconociera los hechos en la Conferencia de Paz de París y el 15 de junio del mismo año, Taleat (en ausencia), Enver, Djemar y otros responsables del genocidio fueron condenados a muerte. Pero cuando una nueva fracción de los Jóvenes Turcos, liderada por Mustafá Kemar, tomó el poder en 1921, el llamado Tribunal de la Independencia anuló estas condenas y en 1923 se extendió la impunidad a todos los responsables. No obstante, uno de ellos Taleat, sería ajusticiado por un armenio en las calles de Berlín, en donde era huésped del gobierno alemán.

Durante el gobierno de Kemar se culminó el proceso de constitución de un estado turco homogéneo en base a la eliminación de gran parte de su población. El paso del otomanismo (en donde las minorías tenían vigencia) al turquísmo (nacionalismo turco excluyente) requirió, para su aceptación en la sociedad, de un vaciamiento de la memoria colectiva, borrándose los actos vergonzantes, las perdidas territoriales y los fracasos militares.

Esto hizo que durante muchos años los manuales escolares turcos omitieron los acontecimientos de comienzos del siglo XX. Pero hacia 1985, coincidente con la reivindicación armenia en el plano internacional, la Cuestión Armenia fue incluida en los textos escolares para justificar el genocidio. Se decía que los armenios vivían en paz y prosperidad, pero influidos por los ideales de la Revolución Francesa se sublevaron y comenzaron a masacrar a los musulmanes, por eso hacia 1915 el estado turco debió intervenir para poner fin a la amenaza.

En la actualidad la República de Turquía no niega que se produjeron masacres de civiles armenios, pero no admite que se tratase de ungenocidio, argumentado que las muertes no fueron el resultado de un plan sistemático de exterminio dispuesto por el Estado sino que se debieron a las luchas interétnicas, las enfermedades y el hambre durante el confuso periodo de la Primera Guerra Mundial. A pesar de esta tesis, la mayoría de los investigadores opinan que los hechos encajan en la definición actual degenocidio

El negacionismo turco del genocidio armenio contó desde un primer momento con la complicidad de los países imperialistas que, luego de derrotada Turquía en la Primera Guerra Mundial, se sirvieron de las estructuras del estado genocida. Desde la firma del Tratado de Lausana el 24 de julio de 1923, en donde los países aliados reconocían las actuales fronteras de Turquía, estas potencias han contribuido al silenciamiento sistemático del genocidio, que continúa hasta nuestros días. Es importante destacar que Turquía cumplió un destacado papel como aliada estratégica de Estados Unidos y miembro de la OTAN, ya que desde su territorio se vigila eficazmente a Rusia (como antes a la URSS), se monitorea el Mediterráneo oriental y se controlan los altamente enclaves petroleros del Medio Oriente. Durante las últimas décadas la “ayuda militar” que recibió de Estados Unidos solo fue superada por Israel y Egipto.

En marzo de 2006 el embajador estadounidense en Armenia John Evans fue obligado por la Secretaria de Estado Condoleezza Rice a rectificar sus declaraciones formuladas en la Universidad de Berkeley reconociendo que las matanzas de 1915-1923 se encuadraban en la definición de genocidio de las Naciones Unidas. Este reconocimiento histórico le valió su desplazamiento del cargo (Atilio Borón, “Genocidio Armenio: la tragedia y la farsa”, Rebelión, 25-04-2006).

El negacionismo de un genocidio es la última fase un plan de exterminio que consta de tres pasos: Planificación, Ejecución y Negación. Esto da un manto de impunidad que permite que se cometan nuevos genocidios. En 1939, cuando Adolf Hitler planificaba la invasión a Polonia, justificaba la matanza que se iba a producir con la frase “¿Quién se acuerda todavía de los armenios?”.

En este sentido la novelista de origen turco Elif Shafak, una de las voces que luchan contra el silenciamiento oficial, declaró en 2006: “Si hubiéramos sido capaces de reconocer las atrocidades cometidas contra los armenios habría sido mucho más difícil para el gobierno turco cometer nuevas atrocidades contra los kurdos”.

La importancia del reconocimiento

Como consecuencia de la lucha de numerosas organizaciones de armenios en la diáspora (se calcula que hay alrededor de 12 millones en todo el mundo, de los cuales solo 3,2 millones residen en Armenia), el genocidio fue reconocido por los gobiernos de 20 países, así como de numerosos territorios y regiones de diversos países. El primer país en reconocer el genocidio fue Uruguay a partir de la Ley Nº 13.326 de 1965. En la actualidad los países que han reconocido oficialmente el genocidio armenio son: Argentina, Armenia, Bélgica, Canadá, Chile,Chipre, Francia, Grecia, Italia, Líbano, Lituania, Holanda, Polonia, Rusia,Eslovaquia, Suecia, Suiza, Uruguay, El Vaticano y Venezuela.

Estados Unidos, Israel, Reino Unido y el Estado Español no reconocen la figura de Genocidio para referirse a la masacre que sufrió el pueblo armenio. No obstante las regiones de Escocia, Irlanda del Norte y Gales en el Reino Unido, el País Vasco y Cataluña en el Estado Español, y 42 estados de los Estados Unidos reconocen el genocidio.

También es reconocido por las regiones de Ontario y Quebec en Canadá,Australia Meridional y Nueva Gales del Sur en Australia, Crimea enUcrania, y los estados de Ceará y São Paulo en Brasil.

En 2011 el juez argentino Norberto Oyarbide dictó una «resolución declarativa» –sin efectos penales- en donde en aplicación del Principio de Justicia Universal declaraba que “El Estado turco ha cometido el delito de genocidio contra el Pueblo Armenio, en el período comprendido entre los años 1915 y 1923”, que tendrá un importante valor para que las familias de las víctimas y sobrevivientes de aquella matanza se presenten en otros foros internacionales (Irina Hauser, “El Estado Turco cometió genocidio”, Pagina/12, 02-04-2011). Ese mismo año el Parlamento Francés aprobó por 106 votos a favor y 19 en contra, una ley que condena con un año de prisión y hasta 46.000 euros de multa a quienes nieguen el genocidio armenio (en www.causaarmenia.org).

No obstante aún queda mucho por avanzar. En enero de 2007 fue asesinado de cuatro balazos en la puerta de su casa el periodista turco-armenio Hrant Dink, director del semanario Agos, por intentar fomentar el diálogo entre ambas naciones y encontrar una narrativa común sobre el primer genocidio del siglo XX (Robert Fisk, “El genocidio armenio se cobra la víctima 1.500.001”, en La Jornada, reproducido por Rebelión, 21-01-2007). Si bien un joven turco de 17 años se declaró culpable del atentado, este crimen demuestra la falta de disposición del estado y parte de la sociedad turca a confrontar con su pasado. El escritor turco ganador del Premio Nobel de Literatura Orhan Pamuk también sufrió persecuciones por poner en debate los genocidios armenio y kurdo.

Frente a esto debemos apoyar la lucha de las organizaciones armenias para lograr el reconocimiento del genocidio negado. Es a través de la solidaridad de los pueblos del mundo que lograremos romper el cerco de impunidad que pretenden alzar los ejecutores de uno de los peores masacres de la historia. Esto es fundamental en una época en donde otros genocidios se están llevando a cabo (como el palestino por parte del Estado de Israel o del pueblo subsahariano por Marruecos) ante el silencio de los grandes medios y de las mismas potencias imperialistas que ayudaron al estado turco a silenciar la masacre de los armenios.

Nota:

El concepto “estado turco” aparece en minúscula a lo largo de todo el artículo, respetando el pedido de activistas armenios para los que representa un acto de resistencia simbólica.

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