La huelga larga del carbón

Uno de los sujetos sociales más activos en la construcción de nuestra identidad ha sido el proletariado. Si bien poco estudiado y a menudo olvidado en el discurso oficial como el elemento fundamental para entender lo que somos hoy como región y como país, vale la pena insistir en su revalorización. No nos faltan ejemplos en la historia de nuestra región para referirnos a este asunto, hoy tomaremos un momento importantísimo en la historia del pueblo trabajador regional: la huelga del carbón de 1920.

Cuando comenzaba el siglo XX, los trabajadores eran todavía una masa semi esclavizada que veía en el establecimiento minero una opción a la rígida y antigua estructura agraria que mantenía al pueblo chileno en la indignidad, al arbitrio de patrones inescrupulosos. Ahora bien, los yacimientos mineros del golfo de Arauco comenzaron a expandir su actividad hacia 1860, reclamando una mano de obra cada vez mayor, aunque sin ninguna capacidad de elevar sus prestaciones sociales, tal como venía ocurriendo en Europa desde hacía un siglo.

Frente al nivel de explotación, los obreros de Lota y Coronel, principales enclaves mineros, decidieron organizarse y ya hacia 1902 lograron concretar una federación acicateados por las primeras movilizaciones. En 1902 nace la Federación de Trabajadores de Lota y Coronel, luego de años de trabajo silencioso, articulado en diversas mancomunales y sociedades dispuestas a dignificar a los trabajadores. Ese mismo año se producen las primeras actividades de protesta:

La primera huelga se produjo en marzo de 1902, exigiendo como primera medida el pago de salarios en forma mensual, y no cada dos o tres meses como era la costumbre a fin de retener la mano de obra, y además que esta cancelación de salarios fuera en moneda legal, y no en vales o fichas que reforzaban la subordinación total a la compañía propietaria. Luego de doce días de la paralización de faenas, los mineros volvieron a trabajar, esperanzados en que la compañía había accedido a sus demandas, sin embargo tras varios meses de espera, y al evidenciar en la realidad que la compañía no había aceptado ninguna demanda, se declararon en huelga en mayo del mismo año…” (Benedetti, 2011: 236).

Como se colige de la cita, los trabajosos años de motines y revueltas que definieron las últimas décadas del siglo XIX habían constituido un poderoso aprendizaje, producto de lo cual la zona del carbón constituyó herramientas organizativas que le permitieron desarrollar estrategias de cara a enfrentar a sus históricos enemigos, la burguesía y el Estado oligárquico.

Cabe destacar el momento expansivo del sindicalismo chileno, la Foch (Federación Obrera de Chile) oficializó un cambio de giro en 1919. En su convención de Concepción apostó fuertemente por la movilización, ese año se registraron marchas del hambre y protestas sucesivas del movimiento de arrendatarios (lucha por la vivienda). En ese marco se entiende la huelga de los trabajadores de la zona del carbón, que viene a coronar el proceso de politización y movilización de los obreros chilenos.

Con esta arremetida popular en marcha y en pleno año electoral, diversos sucesos tanto en Santiago como en Magallanes llevaron al líder sindical y político comunista, Luis Emilio Recabarren a la cárcel, la tensión era evidente en el poder oligárquico y, aun así, los trabajadores no se amedrentaron para sostener en pie las demandas que ahora incluían, además de los derechos laborales, una apertura del anquilosado sistema político chileno (debemos agregar la lucha por una asamblea constituyente, que desembocó en la carta fundamental de 1925). Pero veamos cómo empezó la huelga larga de 1920:

A la FOCH, le tocó jugar a principios de este mismo año, un papel destacado en la denominada “huelga larga” de los mineros del carbón. El movimiento se inició allí, en la ciudad de Curanilahue, donde los trabajadores presentaron un pliego de peticiones a la Compañía “Los Ríos de Curanilahue”. Ante la negativa de ésta para dar respuesta a las demandas obreras, la huelga se inició el día 8 de marzo de 1920. El movimiento se extendió rápidamente por toda la zona del carbón: Lota, Coronel, Schwager. Las compañías se negaron a negociar, a pesar de que el gobierno se mostró partidario de ello. Esto último le otorgó mayor fuerza y legitimidad al movimiento, que exigió de todos modos un actitud más enérgica de parte de las autoridades” (Garcés, 1988: 28-29).

Los trabajadores resistieron durante un mes la presencia del Ejército en la zona, a días de iniciada la huelga fue detenido el dirigente de los obreros en huelga, Guillermo Vidal, que merece un sitial destacado en las páginas de la historia del pueblo chileno. Además de lo anterior, la solidaridad de la provincia es de destacar, el 7 de abril la FOCH convocó a un paro general en la zona, trabajadores de la industria y ferrocarriles acogieron el llamado, incluyendo a los portuarios de Talcahuano, incluso los de Valparaíso.

La mayor satisfacción hubo de esperar hasta mediados del mes de mayo, cuando la Junta de conciliación se reunió finalmente en Concepción, a pesar de la reticencia de las compañías carboníferas, con ello se llegó finalmente a una de las más grandes victorias del movimiento obrero chileno, abriendo las puertas a la dignificación del trabajo asalariado, de la mano de una lucha inclaudicable y que maduró luego de décadas de aprendizaje social.

Los obreros consiguieron el aumento de remuneraciones, aunque menor al demandado originalmente, estableció el pago mensual de los salarios y se suprimió la obligación de comprar en las pulperías, así como el fin definitivo de la ficha como medio de pago. Queremos destacar el reconocimiento de la organización sindical, se le restó poder a la policía de las compañías, verdaderas guardias blancas, se calificó a la prensa obrera como “inconveniente” por parte de esta Junta y, por último y tal vez más relevante, la jornada laboral de ocho horas.

La jornada laboral de ocho horas fue, en definitiva, el reconocimiento a décadas de lucha y organización, fue el primer lugar en el país donde se conquistó este derecho y dio nuevos bríos a los trabajadores chilenos. Lo anterior no significó que se detuvieran las matanzas de obreros, pero su fuerza social ya fue indesmentible. Para nuestro territorio, además, significó reconocer a los obreros como parte constitutiva de nuestra realidad e identidad, obreros que vivirían su esplendor como sujeto político y social en el siglo XX hasta el momento del golpe de 1973.

Bendetti, Laura (2011). La cuestión social en Concepción y los centros mineros de Coronel y Lota (1885-1910), Tomé: Al aire libro.

Garcés, Mario (1988). Las centrales unitarias en la historia del sindicalismo chileno, Santiago: ECO.

Grez, Sergio (2011). Historia del comunismo en Chile. La era de Recabarren (1912-1924), Santiago: LOM.

Ngehuin (2011). Diccionario enciclopédico de la región del Bio Bio, Vol VIII, historias locales, Concepción: Ngehuin.

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