Peter Winn: La revolución chilena más allá de héroes y mitos

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Una historia de la Unidad Popular lejos de héroes y mistificaciones, centrada en el proceso de protagonizaron trabajadores y campesinos es el reciente libro del historiador norteamericano Peter Winn. Si te contaron una historia del terror sobre los cordones industriales y las JAP o palabras como ‘poder popular’ o ‘la toma’ te parecen trasnochadas, en poco más de cien páginas comprenderás la vigorosa dimensión de nuestra historia reciente.

La historia viva, esa que pasa cada día ante nuestros ojos, es la relatada por el historiador norteamericano Peter Winn tras su paso por Chile durante los tres años de la Unidad Popular. Sobre todo cuando los protagonistas de esa historia están conscientes de tener en sus manos su destino. Su reciente libro, La revolución chilena (LOM Ediciones) es una concisa interpretación de un proceso que abarca desde los gobiernos de Eduardo Frei Montalva, pasa con fuerza con el de Salvador Allende Gossens y acaba violentamente con la contrarrevolución de Augusto Pinochet y su consolidación en la postdictadura. Según Winn todo ese periodo aún es la historia prohibida del país.

Si la mayoría de la historiografía dedicada al periodo está marcada por el violento golpe militar, en el caso de Winn la óptica se invierte. Su interés va en lo que denomina la revolución por abajo, proceso popular en fábricas y campamentos que acompañó la revolución por arriba, la vía institucional de Salvador Allende. Experiencias únicas de autogestión y poder popular en la historia del mundo occidental, han sido ensombrecidas por el culto a héroes de la izquierda patria y otros personajes del periodo.

La apuesta de Winn es captar la experiencia de ese periodo. Una “revolución pensada y puesta en práctica desde abajo por los trabajadores, campesinos y pobladores” (Pág. 9). Su obra pionero sobre dicho proceso fue Tejedores de la revolución. Los trabajadores de Yarur y la vía chilena al socialismo, en la que revisó el gobierno de Allende desde la vivencia de los trabajadores de la fábrica Ex-Yarur, libro que es considerado por varios historiadores como una de los mejores relatos de la Unidad Popular.

UNA HISTORIA SIN MITOS

En un análisis descarnado y sin mistificaciones, Winn da luces sobre la personalidad de Salvador Allende sin caer en panegíricos. El historiador define al ex presidente como un “político viejo para una nueva política”. La carrera de Allende en las instituciones republicanas chilenas, que lo tuvieron muy joven como ministro de Salubridad, Vivienda y Seguridad Social en el gobierno de Pedro Aguirre Cerda y después como diputado, senador y presidente de ambas cámaras, explican su experticia en los vericuetos de las negociaciones políticas y su fe ciega en las instituciones democráticas chilenas. Winn comenta que Allende tenía habilidades de “un reformista formado en los corredores del poder: no las de un revolucionario que busca derribar el viejo orden, sino habilidades adecuadas a una revolución entendida como ‘un proceso’” (51).

Quizás dichos datos permitan entender la actitud de Allende, quien informado de un golpe preparado a sus espaldas y apoyado por un fuerte movimiento popular que hasta podía haber torcido el destino del país al interior de las filas de las Fuerzas Armadas, prefirió respetar una institucionalidad que ni sus oponentes, ni los militares ya respetaban.

El mismo análisis hace Winn respecto del rol del general Carlos Prats, quien hoy es venerado por su apego a la democracia y la institucionalidad, pero que también vio fraguarse el golpe bajo sus pies y no fue capaz de contenerlo aceptando la ayuda del movimiento popular. “No creía en el poder del ‘pueblo armado’ y tenía fe en el suyo para controlar a las Fuerzas Armadas”- comenta el historiador (115). Todos sabemos el fin de la historia.

REVOLUCIÓN ÚNICA

El gobierno de la Unidad Popular fue una experiencia inédita en Occidente. La apuesta de Allende de transformar una sociedad capitalista en socialista respetando las leyes, la libertad de prensa y, sobre todo, las libertades individuales, fue un acontecimiento único en el mundo que despertó tanto el interés de los eurocomunistas europeos, como el rechazo de Estados Unidos y una frialdad distante de la Unión Soviética y China. A ninguno de ellos les convenía una vía al socialismo en democracia. No en vano la Unión Soviética no dio apoyo ninguno a Chile en divisas cuando EE.UU. había cerrado todos los créditos y China fue uno de los primeros países del mundo en reconocer la legitimidad del gobierno de Pinochet tras el golpe. Lecciones de la historia.

Winn revisa el proceso de consolidación de una izquierda en Chile con una amplia base obrera, que se inicia en los tempranos sindicatos nortinos del siglo XIX y tiene una determinante experiencia de gobierno con el Frente Popular a fines de la década de 1930. Allende en ese proceso aprendió de la importancia de forjar una alianza entre los trabajadores y la clase media (32).

Mas a fines de los ’60 la influencia de la Revolución Cubana en el mapa mental de las nuevas generaciones, competía ya con un Allende dos veces candidato a presidente intentando sumar fuerzas de izquierda y del centro político.
Una vez electo presidente, la agenda transformadora se inició con los llamados cuatro pilares del gobierno de la UP: recuperación para propiedad pública de las riquezas básicas, como el cobre; nacionalización de los bancos; reforma agraria y socialización de las mayores empresas de producción y distribución del país. El manejo económico de Pedro Vuskovic logró que ya en 1971 se tuviese una tasa de crecimiento de un 9%, pese a la crisis económica dejada por el anterior gobierno de Eduardo Frei (95).

Eso por arriba.

LA REVOLUCIÓN POR ABAJO

Un notable aporte del libro de Winn es dar luces sobre la revolución por abajo. El proceso vivido por los trabajadores que eran la base de apoyo del gobierno de Allende en el día a día, quizás es uno de los aspectos más ensombrecidos y tergiversados de nuestra historia reciente. La historia de la comunidad de Nicolás Ailío para entender la Reforma Agraria, la de la fábrica Ex- Yarur para hacer lo mismo con el poder obrero y la historia del campamento Nueva Habana acompañan el relato de Winn. Para el historiador la toma resultó ser la firma del proceso chileno.

La reforma agraria hecha por Allende fue la más grande hecha en la historia mundial sin una revolución violenta de por medio. Tanto que el revolucionario y en ese entonces primer ministro de China, Chou En-lai, le advirtió a Allende que estaba yendo demasiado rápido.

Winn cuenta que en verdad la reforma agraria no partió en el valle central del país, sino que fue empujada por mapuches, quienes concretaron la toma de la Comunidad Nicolás Ailío del fundo Rucalán en 1971 (64). La presión desde abajo llevó a acelerar el proceso iniciado en el gobierno de Frei Montalva y en 18 meses se concretó la reforma más grande en la historia mundial. A mediados de 1972 estaba casi completa. A la par, bajo la UP la cantidad de trabajadores sindicalizados del mundo rural se duplicó (81) y durante el primer año del gobierno de Allende el salario promedio rural aumentó un 75% (82).

La toma también fue la metáfora de los pobladores urbanos. Entre 1968 y 1971 hubo más de 400 tomas en Chile y a fines de 1971 un sexto de la población chilena estaba viviendo en campamentos (63).

En Santiago la toma Nueva La Habana llegó a albergar a mil 500 familias. Fue una experiencia de autogestión territorial con sedes sociales en cada manzana y espacios públicos. Con frentes de Salud, Cultura y hasta de Vigilancia, dicha toma significó para sus habitantes un verdadero control territorial. Así, según cuenta Winn, el castigo de pequeños delitos, como el robo, estaba penado con obras de servicio comunitario o la lectura de obras de Lenin o Marx.

Frases como “crear poder popular” con Winn dejar de ser consignas de una época trasnochada, como muchos pensaron, y adquieren su dimensión histórica, o sea, dan muchas luces para los caminos del presente.
La toma de fábricas fue otro gran avance de la Unidad Popular. Si bien, la participación de los trabajadores en la gestión de las empresas del sector público era una idea cuyo germen estaba en el programa de la Democracia Cristiana, el MAPU la llevó a la UP (84), y así surgen los consejos de trabajadores que empiezan a tomarse las fábricas a medida que los patrones boicotean la producción para hacer zancadillas al gobierno.

Es en Ex-Yarur, donde Winn se empapó del agitado proceso de manera directa y le proporcionó material para escribir el libro Tejedores de la Revolución. El historiador da pistas como funcionaron las fábricas gestionadas por sus propios trabajadores, la relación entre ellos y los supervisores, los comités de producción y las asambleas de sección (85). Winn comenta que en una reunión los trabajadores no aprobaron el informe financiero hasta que el contador lo escribiera en un lenguaje que ellos entendieran. También cuenta que la fábrica bajo dirección obrera aumentó la producción de hilos y telas, enfocándose en producir ‘telas populares’ (86).

Un dato anecdótico: Pese al aumento de la producción, tuvieron que enfrentar una escases de sábanas en el país. La razón: El aumento del salario en el campo provocó que por primera vez muchos chilenos usaran sábanas (81).
En los paros convocados por la patronal, los camioneros y la DC, fue que se evidenció la significancia de este poder popular. En el caso de Ex-Yarur, los trabajadores transformaron la maestranza en una fábrica de repuestos que para 1973 producía dos tercios de los repuestos que eran antes importados. También fue un importante su apoyo en los paros convocados por la patronal, ya sea prestando camiones para distribuir alimentos o sirviendo de garaje para los vehículos que eran atacados por facciones golpistas.

El historiador destaca el control por parte de los trabajadores de las mayores empresas productoras y distribuidoras. A mediados de 1973 más de 500 empresas estaban en manos de sus trabajadores (71). Winn considera que “no era la amenaza de una represión estatal, sino la presión de sus pares lo que empujó a los chilenos más allá de donde nunca habían ido” (90).

LA CONTRARREVOLUCIÓN

El proceso chileno inevitablemente despertó monstruos. Si en Chile la oligarquía no quería perder sus privilegios, Estados Unidos, por mandato especial del presidente Richard Nixon, se constituyó en el principal enemigo del proceso popular.

Al llegar Allende al gobierno el precio del cobre cae extrañamente un 25% en los mercados internacionales, en 1971 la inversión privada disminuyó un 17% y el bloqueo crediticio de Estados Unidos forzó a Chile a pagar en efectivo importaciones que los gobiernos anteriores hacían al crédito. La presión de EE.UU. a través del control del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial fue evidente: Un 90% de las líneas de crédito para Chile fueron cerradas (98).

El golpe fue fuerte, considerando que en 1970 los negocios estadounidenses controlaban dos tercios de los U$1.600 millones de inversión extranjera en Chile (110).

Se trató de un bloqueo financiero invisible. El secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, fue claro en estimular un complot contra Allende para evitar fenómenos ‘imitativos’ del proceso chileno. Nixon, a su vez, llamaba a “hacer chillar la economía”.

La estrategia a tres bandas estaba lanzada: cierre de financiamiento en instituciones internacionales, operación golpista al interior de las Fuerzas Armadas y desestabilización a través de medios de comunicación. El alza en los salarios de los trabajadores también provocó un exceso de demandas por sobre la producción, lo que alimentó la inflación y el desabastecimiento. A su vez, la clase media, grupo social inseguro se sintió amenazada por el poder obrero (99) y fue principal objetivo de las campañas de desestabilización.

La cerrada negación de la Democracia Cristiana, presidida por Patricio Aylwin, en llegar a acuerdos con el gobierno de Allende sería fatal para la democracia chilena. Años más tarde se sabría que el partido de la flecha roja también fue pagado por la CIA para mantener una postura intransigente.

En el paro de Octubre de 1972 se midieron fuerzas. Winn comenta que “la revolución desde arriba permaneció a la defensiva, un paso atrás de los golpes de la derecha. Fue la revolución por abajo que llenó la brecha” (112). Así los cordones industriales fueron el salvavidas del gobierno ante el boicot patronal y los atentados promovidos por la ultraderecha, en los que la Armada de Chile se ponía con los explosivos. La organización de la producción y la distribución de alimentos y bienes básicos, mantener la economía y hasta el orden público en las calles fueron importantes experiencias de control popular.

EL GOLPE Y LA TRANSICIÓN

La violencia del golpe militar no fue sólo para reprimir una izquierda y una clase obrera que demostró ser capaz de conducir su destino. El terror también sirvió para implantar la contrarrevolución económica y social, la “revolución silenciosa” de los Chicago Boys, sentencia Winn.

La modernización neoliberal dejó a Chile sin industria, dio poder absoluto a la patronal bajo la excusa de la ‘flexibilización laboral’ y al salir de la dictadura Chile se insertó en la economía mundial exportando sus recursos naturales como materias primas. La tarea de los Chicago Boys fue seguida por los gobiernos postdictadura. Hacer un neoliberalismo con rostro humano fue el gran afán de los gobiernos del arcoíris. Sobre esta etapa de la historia, Winn es tajante respecto del rol de la Concertación: “en vez de restaurar ‘los cambios’ del periodo 1964-1973 –la Revolución en libertad de Frei Montalva o la Vía Chilena al Socialismo de Allende- consolidó a través de sus políticas la revolución neoliberal de Pinochet” (141).

Datos no faltan: Si en 1972 Chile llegó a ser el segundo país con mayor igualdad de Latinoamérica, treinta años después, es el segundo país más desigual de la región (143).

El libro concluye con un epílogo que muestra que pese al silencio histórico que se impuso a las generaciones que nacieron después del golpe, la revolución chilena es clave para los movimientos sociales, como la revuelta estudiantil de 2011. La imagen de Allende se repite en tales eventos. “Pinochet puede haber derrotado a Allende y revertido su revolución, pero Allende ha ganado la batalla de la memoria histórica” – comenta Winn (13).

Mauricio Becerra Rebolledo
@kalidoscop

El Ciudadano

*Imagen portada: Afiche del Movimiento Voluntarios de la Patria (1971)

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